Por Mente Alternativa
El 29 de septiembre de 2025, la quiebra de First Brands, un proveedor de autopartes para Walmart, AutoZone, NAPA y Advance Auto Parts, encendió la mecha de un incendio financiero que amenaza con propagarse mucho más allá de lo que Wall Street o los reguladores imaginan. Tal como documenta Paul Gallagher en The Guardian y Bloomberg, el problema no está en los productos que vende First Brands, sino en su financiamiento fuera de balance y en la especulación privada sobre facturas comerciales. Los inversores privados, seducidos por tasas de interés elevadas, se vieron atrapados en un juego de “musical chairs” en el que los activos prometidos se rehypotecaron varias veces entre diferentes fondos, creando un riesgo sistémico opaco y potencialmente explosivo. Firmas conocidas como Jefferies, UBS y Millennium ya enfrentan exposición multimillonaria, mientras que Raistone ha visto evaporarse $2.3 mil millones derivados de First Brands, el 80% de sus ingresos. Este es un patrón que recuerda a Greensill Capital y Carillion, pero la amenaza actual es aún más grave, porque la concentración de riesgos en el sistema es hoy mucho mayor que en 2008, con más de la mitad del sistema financiero mundial en manos de instituciones no bancarias (IFNB) poco reguladas.
Según el FMI, la concentración de riesgos financieros ha alcanzado niveles históricos. Las IFNB representan el 49.1% de los activos financieros globales —$239 billones—, superando a los bancos, con exposición creciente a bonos soberanos, deuda corporativa y crédito privado. La proporción de ETF en bonos corporativos ha pasado del 37% al 45% en la última década, con un apalancamiento creciente y desajustes de liquidez que amplifican el riesgo de contagio. Muchos de estos fondos dependen de líneas de crédito bancarias para financiar activos ilíquidos a largo plazo con pasivos a corto plazo. En Estados Unidos y Europa, la exposición de los bancos a las IFNB alcanza los $4.5 billones, y alrededor del 50% de los bancos ponderados por activos superan su capital de nivel 1 en exposición a IFNB, una receta para una cascada de liquidaciones en caso de pánico. La volatilidad del mercado, hasta ahora contenida, está en mínimos históricos, los diferenciales de bonos corporativos están estrechísimos, y la concentración de capital en unas pocas tecnológicas del S&P 500 alcanza el 35%, comparable al pico de la burbuja puntocom. El P/E forward del índice está en el percentil 96 desde 1990, con el valor justo según el FMI en el percentil 81, lo que indica una sobrevaloración de al menos un 10% solo según criterios conservadores.
El fenómeno es una paradoja de idiotez sin precedentes: el mercado subestima el riesgo mientras la concentración de activos y liquidez en instrumentos riesgosos alcanza niveles históricos. La deuda corporativa y privada se expande de manera desmesurada, con tasas de incumplimiento en ascenso, mientras los inversores minoristas y fondos apalancados adquieren activos riesgosos a niveles récord. La actividad de recompra de acciones por las empresas alcanza $1 billón en 2025, en lugar de invertir en crecimiento real. La burbuja es global y sistémica, con riesgo de contagio entre acciones, bonos, derivados, divisas y crédito privado, amplificada por la interconexión transfronteriza y la dependencia de los intermediarios financieros. El FMI reconoce la anomalía: “a pesar de la calma aparente, los cambios estructurales subyacentes crean vulnerabilidades significativas para la estabilidad financiera global”, y los riesgos geopolíticos y comerciales son mayores que en cualquier otro momento desde la pospandemia, con una concentración de liquidez y riesgo sin precedentes.
El sistema está atrapado en un círculo vicioso: las IFNB compran activos apalancados, generando liquidez para sí mismas pero creando riesgo para bancos y mercados; los fondos de bonos de alto rendimiento y MMFs están sobrecargados, y cualquier salida masiva desencadenaría squeezes de liquidez que afectarían también al mercado de divisas, los swaps y los derivados, hoy en niveles récord de $130 billones en divisas frente a $95 billones en 2019. La estupidez de los participantes, la sobrevaloración histórica y la confianza en políticas monetarias incapaces de corregir desequilibrios estructurales, completan la ecuación de un sistema que, como lo dice el FMI, no tiene colchón de resiliencia suficiente. La burbuja de IA, la concentración de capital en pocas manos y la subestimación de los riesgos inflacionarios y geopolíticos son solo el combustible que alimenta este incendio financiero.
En términos simples: el sistema financiero global está mucho peor que en 2008. La sobrecarga de deuda, la concentración récord de liquidez en activos riesgosos, la expansión sin control de IFNB poco reguladas, la dependencia de los bancos, la burbuja tecnológica, la sobrevaloración de bonos y acciones, la falta de margen de maniobra monetaria y fiscal, y la conducta irracional de inversores y empresas configuran un entorno donde un shock menor —una quiebra como First Brands, un giro de sentimiento en Wall Street, un colapso en el mercado de bonos privados— podría desatar un efecto dominó imposible de contener. La historia no ofrece precedentes: la concentración de riesgos es ahora la más alta de la historia, y las llamas ya están encendidas en los mercados de deuda privada no regulados. La pregunta no es si habrá crisis, sino cuándo y con qué intensidad explotará este incendio.