Por José Luis Preciado
El síntoma de una hegemonía en descomposición
Hay momentos en la historia en los que los imperios no se derrumban de forma abrupta, sino que exhiben fisuras internas que anticipan transformaciones más profundas. La revisión del T-MEC 2026 no representa una ruptura espectacular, sino una señal más inquietante: la incapacidad de Estados Unidos para sostener las reglas que durante décadas definieron el comercio en América del Norte. Esta determinación revela la profunda crisis estructural de la hegemonía estadounidense y su creciente incapacidad para gestionar las reglas del comercio que durante décadas definieron el orden neoliberal en la región. Lejos de ser un hecho aislado, el T-MEC 2026 se ha convertido en el campo de batalla donde se libra una disputa por el modelo de desarrollo y la reconfiguración del poder global, un síntoma inequívoco de la mutación de un imperio que, al intentar recuperar el control, siembra la incertidumbre que terminará por erosionar su propia primacía.
No se trata, como algunos analistas superficiales han querido presentar, de un desencuentro diplomático menor ni de una maniobra técnica de renegociación. Lo que está ocurriendo en la revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá es mucho más profundo y sustancial. La decisión de la administración de Donald Trump de no prorrogar el acuerdo por un periodo de dieciséis años, optando en su lugar por un mecanismo de revisiones anuales hasta 2036, constituye un punto de inflexión en la relación económica de América del Norte. Esta decisión, comunicada oficialmente por el representante comercial estadounidense Jamieson Greer, no es un simple desacuerdo técnico entre socios comerciales, sino la declaración pública de que Estados Unidos ya no está dispuesto a jugar bajo las reglas que él mismo diseñó durante décadas. Lejos de renovar automáticamente el acuerdo por un nuevo periodo de largo plazo, Washington optó por activar el mecanismo de revisiones anuales durante los diez años que le quedan de vida, introduciendo un nivel de incertidumbre que afecta directamente a una de las regiones económicas más integradas del mundo. El Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá, que regula cientos de miles de millones de dólares en comercio anual, deja de ser un marco estable para convertirse en un instrumento sujeto a presiones políticas constantes, a ciclos electorales cambiantes y a las veleidades de una administración que ha hecho de la incertidumbre su principal arma de negociación.
Este giro no puede entenderse como un hecho aislado. Forma parte de un proceso más amplio en el que la hegemonía estadounidense enfrenta límites estructurales derivados de su propia dinámica interna. La presión por reindustrializar la economía, reducir déficits comerciales y responder a tensiones sociales domésticas ha llevado a cuestionar los mismos acuerdos que durante décadas facilitaron la expansión del capital estadounidense por todo el mundo. El resultado es una paradoja evidente: al intentar recuperar control, Estados Unidos introduce volatilidad en el sistema que sostiene su propia primacía económica. La estabilidad que antes garantizaba ahora se transforma en incertidumbre estratégica.
La génesis del proteccionismo trumpista y el fin del libre comercio
Para comprender cabalmente las implicaciones de esta decisión, es necesario remontarse a los fundamentos ideológicos que han guiado la política comercial de la administración Trump. Como ha señalado el maestro Enrique Dussel Peters, coordinador del Centro de Estudios China-México de la UNAM y de la Red Académica de América Latina y el Caribe sobre China, la decisión de no prorrogar el T-MEC responde a una concepción del mundo articulada de manera explícita y contundente tanto por Donald Trump como por su principal asesor en materia comercial, Robert Lighthizer, quien fuera el representante comercial de Estados Unidos durante la primera administración Trump y que, aunque no ocupa un cargo formal en la actualidad, sigue siendo una de las mentes más influyentes en la configuración de la política económica estadounidense. Ambos han sido categóricos al señalar que el libre comercio, tal como se concibió después de la Segunda Guerra Mundial y se consolidó con la creación de la Organización Mundial del Comercio y el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, se ha acabado para Estados Unidos.
Desde la perspectiva de esta corriente ideológica, que algunos han denominado la «doctrina del garrote» o la visión más brutal del trumpismo, Estados Unidos ha sido víctima del libre comercio. Las instituciones de Bretton Woods, el GATT, la OMC y todos los mecanismos que Estados Unidos promovió para abrir los mercados del mundo ahora son vistos como instrumentos que han permitido a otras naciones, particularmente a China, aprovecharse del sistema estadounidense. Esta narrativa, que resuena profundamente en sectores de la clase trabajadora estadounidense que han visto desaparecer sus empleos manufactureros, ha sido el combustible ideológico para una transformación radical de la política exterior de Washington.
Es importante subrayar la ironía histórica de esta posición. Estados Unidos, que desde 1944 con las instituciones de Bretton Woods, y a lo largo de todo el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, se dedicó a exigir y solicitar la apertura de mercados a través del GATT y la OMC, y que en el caso particular de México impulsó la firma del TLCAN en 1994 y su posterior renegociación en el T-MEC, ahora se presenta como víctima de aquello que él mismo diseñó. Esta aparente contradicción revela una verdad incómoda para la narrativa dominante: el libre comercio nunca fue un fin en sí mismo, sino un instrumento al servicio de los intereses hegemónicos de Estados Unidos. Cuando ese instrumento dejó de servir a dichos intereses, Washington no dudó en desecharlo y reemplazarlo por nuevas herramientas que le permitan recuperar la ventaja perdida. El concepto de la nación más favorecida, que fue uno de los pilares del comercio internacional durante décadas, ha sido declarado obsoleto. Estados Unidos ya no busca acuerdos comerciales que beneficien a ambas partes bajo el principio de ganar-ganar que tanto se promocionó durante la era neoliberal. Lo que Washington persigue ahora son acuerdos que beneficien exclusivamente a Estados Unidos. Como ha señalado Dussel Peters, es un error seguir añorando los viejos tratados de libre comercio cuando la propia potencia que los promovió los ha declarado inservibles. Los secretarios, subsecretarios, ex secretarios y actuales funcionarios que siguen pensando en términos del viejo paradigma parecen no querer ver lo que está ocurriendo frente a sus narices, a pesar de que está publicado, ha sido dicho veinte veces y ha sido planteado explícitamente.
Las implicaciones de la no prórroga: tres escenarios y una decisión calculada
Para entender la decisión de Estados Unidos, es necesario situarla en el contexto de las tres opciones que estaban sobre la mesa. La primera opción, que fue la defendida por México y Canadá, consistía en renovar el T-MEC por un periodo de dieciséis años, lo que habría garantizado la estabilidad del acuerdo y dado certidumbre a las inversiones regionales. La segunda opción, que representaba el escenario más catastrófico, era la terminación unilateral del tratado por parte de Estados Unidos, lo que habría provocado un terremoto en las cadenas productivas de América del Norte. La tercera opción, que es la que finalmente se materializó, fue la no renovación acompañada de un proceso de revisiones anuales que se extenderá durante los próximos diez años.
Como ha señalado Dussel Peters, la decisión de Greer y la administración Trump no es irrelevante, pero tampoco es el fin del mundo. El T-MEC continúa vigente mientras duren las negociaciones, a menos que alguno de los miembros decida lo contrario. Sin embargo, lo que se avecina no es una simple negociación para refrendar lo ya acordado, sino un proceso intenso y continuo de renegociación anual que se extenderá hasta 2036. En el párrafo de respuesta de Greer, se habla explícitamente del interés y la exigencia de Estados Unidos de renegociar un grupo de aspectos que se están discutiendo, y se espera que Canadá y México proporcionen una respuesta adecuada. Al final de este párrafo, Greer señala la posibilidad de que alguno de los miembros termine con el T-MEC, lo que no es una velada amenaza, sino un planteamiento muy explícito: en cualquier momento, Estados Unidos puede tomar la decisión de terminar con el tratado, siempre y cuando avise con seis meses de antelación.
Esta amenaza no es retórica vacía. El gobierno de Trump ha demostrado repetidamente su disposición a utilizar la fuerza bruta en sus negociaciones comerciales. Los aranceles impuestos al acero y al aluminio bajo el artículo 232, que no forma parte del tratado sino que es una decisión unilateral del presidente estadounidense, son un ejemplo de cómo Washington está dispuesto a utilizar herramientas coercitivas fuera del marco del T-MEC para presionar a sus socios. Como lo expresó Ebrard en su conferencia de prensa, a México le preocupa la reducción de estos aranceles que fueron impuestos con apego al famoso artículo 232, y ese es uno de los temas que se buscará resolver en las mesas de negociación. La postura de Estados Unidos es clara: quiere mantener la vigencia del tratado hasta 2036, pero quiere someterlo a un proceso de revisión constante que le permita ajustar las reglas en función de sus intereses cambiantes. Esta lógica transforma el tratado en un campo de disputa continua, donde la estabilidad deja de ser un supuesto y se convierte en una variable incierta. Las empresas que han invertido en la región bajo la promesa de un marco estable ven ahora cómo la certidumbre se desvanece, lo que podría frenar las inversiones a largo plazo y encarecer los costos de producción en toda América del Norte.
El chantaje como método: la extorsión permanente de Estados Unidos
La decisión de no prorrogar el T-MEC no puede entenderse al margen de la estrategia global de la administración Trump. Como lo han señalado diversos analistas, esta no es una decisión comercial ni arancelaria, sino que es mucho más que eso. Estamos hablando, en pocas palabras, de una reestructuración de América del Norte. Lo que está en juego es el control de las cadenas productivas críticas del continente, la distribución de los beneficios del nearshoring y, sobre todo, el papel que jugará México en este nuevo esquema. La presión de Estados Unidos no es una locura aislada de un presidente volátil; es parte de una estrategia calculada para consolidarse como una potencia hegemónica regional. La discusión del T-MEC, como se ha señalado en múltiples análisis, no es una discusión comercial ni arancelaria, sino una disputa geopolítica por el control de los recursos y la administración de los mismos en el presente y en el futuro. Se trata de soberanismo en la toma de las decisiones comerciales y económicas, y de la capacidad de cada país para definir su propio camino de desarrollo.
Estados Unidos, al no renovar el tratado, está chantajeando a México. Está extorsionando a su socio comercial con la amenaza de la desintegración económica para obtener concesiones en áreas clave. Quiere endurecer las reglas de origen para excluir a China de las cadenas productivas norteamericanas. Quiere imponer barreras no arancelarias que limiten la capacidad de México para desarrollar su propia política industrial. Quiere mantener a México en su papel histórico de plataforma manufacturera de mano de obra barata, ensamblando productos diseñados en otro lugar, produciendo componentes desarrollados en otro lugar y capturando apenas una fracción del valor generado. Este chantaje se ejerce no solo a través de la amenaza comercial, sino también a través de otros mecanismos de presión. Como se ha señalado en diversos análisis, Estados Unidos ha utilizado la seguridad, las visas, la designación de organizaciones criminales como terroristas, y la presión migratoria como herramientas complementarias para doblegar a México. Si México cede en lo comercial, si acepta las condiciones impuestas por Washington, puede esperar que cesen o se reduzcan las presiones en otros frentes. Esta es la lógica del chantaje: crear múltiples frentes de presión para que la contraparte se vea obligada a ceder en aquellos que son más importantes para el chantajista.
La dependencia estratégica: Estados Unidos necesita a México para competir con China
La paradoja fundamental de la posición estadounidense radica en que, a pesar de su deseo de dominar y subordinar a México, Washington no puede prescindir de su socio del sur. La probabilidad de que Estados Unidos compita con China sin México es prácticamente inexistente. Esta conclusión, que es compartida tanto por republicanos como por demócratas, descansa sobre una realidad económica ineludible.
Estados Unidos organizó el mundo durante treinta o cuarenta años bajo la premisa de que la producción podía dispersarse por el mundo sin consecuencias estratégicas. La globalización a su modo, impulsada por las empresas multinacionales estadounidenses, buscaba reducir costos y maximizar ganancias. El resultado fue una extraordinaria reducción de costos para las empresas estadounidenses, pero también una creciente dependencia de Asia en sectores críticos. La pandemia, las interrupciones logísticas, la guerra tecnológica con Pekín y la crisis de los semiconductores mostraron al gigante en cueros: Estados Unidos había perdido el control de las cadenas productivas que sostienen su propia prosperidad.
China es hoy por hoy la fábrica del mundo. China es hoy por hoy el centro gravitacional de sectores estratégicos. China controla una parte sustancial del procesamiento mundial de minerales críticos. Domina perfectamente la producción de baterías para vehículos eléctricos. Lidera el mercado de paneles solares. Ocupa posiciones centrales en numerosas cadenas de suministro industriales, incluso en aquellos sectores donde Estados Unidos conserva ventajas tecnológicas, como los semiconductores avanzados. La dependencia de insumos, materiales y procesos distribuidos por Asia sigue siendo enorme.
Desde la perspectiva estadounidense, la conclusión es muy clara: la competencia con China ya no puede librarse únicamente imponiendo aranceles o sanciones comerciales. China ha demostrado que puede soportar esas presiones y seguir creciendo. Entonces, el T-MEC adquiere una dimensión estratégica que trasciende lo comercial. Estamos hablando de cuál va a ser la construcción de América del Norte, de si América del Norte puede estar integrada, puede innovar, puede dar seguridad económica. Sin esa integración, Estados Unidos no va a poder derrotar a China, no va a poder enfrentar a China, porque Estados Unidos tiene una estructura fragmentada, una estructura dependiente de otros lados. El país indispensable para Estados Unidos en esta estrategia es México porque ninguna estrategia seria de reindustrialización puede funcionar sin aprovechar la capacidad manufacturera de México, su ubicación geográfica, la integración logística que el país ha desarrollado durante tres décadas. Los semiconductores, que algunos piensan que México no produce, requieren de ensamblaje, requieren de una planta de ensamblaje y prueba. Las baterías requieren de una enorme red de proveedores industriales. Los minerales críticos necesitan capacidad de procesamiento y manufactura. La industria farmacéutica demanda cadenas regionales resilientes. Ninguna de estas actividades puede escalarse exclusivamente en Estados Unidos sin disparar costos y perder una enorme competitividad.
Sin México no existe una verdadera estrategia norteamericana de nearshoring. Sin México no existe una alternativa regional a las cadenas asiáticas. Sin México no existe una masa crítica suficiente para competir con China. Sin embargo, esta necesidad convive con una creciente desconfianza. Washington no tolera la presencia de China en México, no le gusta que México tome decisiones soberanas. Lo que temen es que México termine funcionando como una especie de plataforma donde los chinos puedan evadir los aranceles de Estados Unidos. No quieren que las empresas chinas accedan al mercado estadounidense, y temen que a través de México lo puedan llevar a cabo.
La disputa por el modelo de desarrollo: México entre la espada y la pared
En este nuevo escenario, México ocupa una posición distinta a la que tuvo en el pasado. No se trata de una victoria absoluta ni de un cambio de hegemonía, pero sí de una reconfiguración del equilibrio. El país se ha consolidado como un socio comercial clave para Estados Unidos, impulsado por el fenómeno del nearshoring, que ha trasladado cadenas de suministro desde Asia hacia territorio mexicano. Esta integración productiva ha generado una interdependencia profunda. Sectores como el automotriz, electrónico y agroindustrial dependen de flujos constantes entre ambos países. Romper o debilitar este entramado no solo afectaría a México, sino también a la estructura industrial estadounidense. Ahí reside la tensión central del T-MEC 2026: Estados Unidos busca redefinir las reglas sin desmantelar completamente el sistema del que depende. México, por su parte, no tiene la capacidad de imponer condiciones unilaterales, pero tampoco puede ser tratado como un actor subordinado en los mismos términos del siglo XX. El mecanismo de revisiones periódicas introduce una lógica distinta. Las reglas dejan de ser permanentes y pasan a ser renegociables en función de coyunturas políticas, ciclos electorales y presiones económicas. Esto transforma el tratado en un campo de disputa continua, donde la estabilidad deja de ser un supuesto y se convierte en una variable incierta.
En paralelo, el nearshoring aparece como una oportunidad y un riesgo. Por un lado, fortalece la posición de México como nodo industrial estratégico. Por otro, depende de un entorno de certidumbre jurídica que el propio proceso de revisión pone en entredicho. Las inversiones continúan, pero bajo una lógica más cautelosa, consciente de que las condiciones pueden cambiar en plazos cada vez más cortos. La revisión del T-MEC 2026 no implica el fin del acuerdo ni una ruptura inmediata del sistema comercial norteamericano. Lo que expone es algo más profundo: una transición en la forma en que se ejerce el poder económico. De un modelo basado en reglas estables y previsibles, se pasa a otro donde la negociación constante reemplaza a la certidumbre institucional. Este cambio refleja una transformación más amplia en el orden global. Estados Unidos ya no actúa como un garante indiscutible de estabilidad, sino como un actor que reacciona a sus propias contradicciones internas. En ese contexto, México no emerge como una nueva potencia dominante, pero sí como un actor cuya relevancia ya no puede ser ignorada ni subordinada automáticamente. El T-MEC 2026 no es el colapso del sistema. Es el síntoma de su mutación. Y en esa mutación se juega no solo el futuro del comercio en América del Norte, sino la redefinición del poder en el siglo XXI.
La posición mexicana: entre la defensa y la negociación
Ante este escenario, el gobierno de México, encabezado por la presidenta Claudia Sheinbaum, ha adoptado una postura que busca equilibrar la defensa de los intereses nacionales con la necesidad de mantener una relación funcional con Estados Unidos. La instrucción de la presidenta ha sido clara: México debe guardar la mejor posición dentro del nuevo esquema comercial que Estados Unidos está promoviendo, y debe hacerlo sin ceder en los temas fundamentales para el desarrollo nacional. El secretario de Economía, Marcelo Ebrard, ha sido el encargado de liderar las negociaciones y de transmitir al público mexicano la posición del gobierno. En sus declaraciones, Ebrard ha insistido en que el T-MEC sigue vigente hasta 2036, que no se ha modificado sustancialmente y que las revisiones anuales son un mecanismo para resolver diferencias y preocupaciones. Ha señalado que el objetivo de México es mantener el acceso preferencial al mercado estadounidense, que el ochenta por ciento de lo que México exporta a Estados Unidos no paga aranceles, y que esa situación no se ha modificado ni se espera que se modifique.
Ebrard ha reconocido, sin embargo, las preocupaciones de Estados Unidos. La administración Trump está preocupada por el déficit comercial con México y Canadá, y por la pérdida de empleos manufactureros en Estados Unidos. Ha señalado que la solución a estos problemas no pasa por imponer aranceles o cerrar fronteras, sino por producir más en América del Norte. Si queremos reducir el déficit, si queremos resolver este tema, lo que necesitamos hacer es producir más en Norteamérica, ha dicho Ebrard. Producir en México, en Estados Unidos y en Canadá, para no importar tanto de otras regiones del mundo. México ha identificado áreas clave donde la producción norteamericana puede ser incrementada para reducir la dependencia de importaciones. El sector farmacéutico es uno de ellos: prácticamente toda la penicilina que se necesita en América del Norte se importa. Todos los elementos sustantivos para producir medicamentos se importan. Los semiconductores, el noventa por ciento se importa. El objetivo de México es ponerse de acuerdo con Estados Unidos y Canadá sobre cómo producir eso de este lado, para no tener que importarlo. Si no se produce, no se puede resolver el déficit.
Ebrard también ha señalado que la posición de México es mantener el T-MEC como el mejor acuerdo posible, y que México compara favorablemente con el resto del mundo en términos de acceso al mercado estadounidense. Ha señalado que México tiene uno de los aranceles efectivos más bajos del mundo, y que más del ochenta por ciento de lo que exporta a Estados Unidos no paga arancel. Esta situación, ha insistido, no se ha modificado y no se espera que se modifique. Sin embargo, Ebrard también ha reconocido la incertidumbre que generan las revisiones anuales. Ha señalado que la extensión del tratado por dieciséis años es una opción que puede ocurrir en cualquier momento, una vez que se hayan resuelto las preocupaciones de las partes. De hecho, ha dicho, el objetivo de estas revisiones es incentivar a que se llegue a un acuerdo. En cualquier momento puede suceder, ha dicho Ebrard, es difícil decirte una fecha o en qué momento puede ocurrir, pero siempre va a estar como una opción y como algo que podemos hacer los tres países.
El papel de China en la renegociación: el elefante en la habitación
Uno de los aspectos más importantes de la renegociación del T-MEC, y que a menudo se pasa por alto en los análisis superficiales, es el papel de China. China se ha convertido en el cuarto miembro fantasma del T-MEC, sin haber firmado un acuerdo con ninguno de los tres países. Esta realidad se ha vuelto más relevante que nunca, y es una de las principales razones por las que Estados Unidos está renegociando el tratado. China, desde 2016, es la economía número uno del mundo medida en poder de compra, según el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. China no es una entidad aislada, sino la principal economía del mundo. Y segundo, China es el líder tecnológico en la actualidad. China se ha posicionado en cadenas globales de valor críticas: autopartes, automotriz, telecomunicaciones, inteligencia artificial. China ya es el líder tecnológico en muchos de estos sectores, o está compitiendo duramente con empresas japonesas y estadounidenses.
Cuando se firmó el TLCAN en 1993, y cuando se firmó el T-MEC en 2020, esta realidad no era tan contundente. Ahora sí lo es. Estados Unidos y el movimiento MAGA (Make America Great Again) parten de buscar regresar a Estados Unidos a los años 1950 y 1960, donde China no era competencia, donde la Pax Americana era el líder indiscutible en términos productivos, tecnológicos, de inversión y de comercio. Pero ya no lo es. Cuando analizamos las cadenas globales de valor, como por ejemplo la de autopartes y automotriz, que es el núcleo del T-MEC, nos encontramos con que China en 2025 produjo 3.5 veces más autos, camiones ligeros y pesados que Estados Unidos. En autos eléctricos, la diferencia es aún mayor. En baterías eléctricas, China tiene un dominio aplastante. Diciéndolo diplomáticamente, hay una contradicción fundamental: el MAGA sigue asumiendo que Estados Unidos es el indiscutible hegemón global que puede dictar al mundo condiciones, pero su comportamiento con China es totalmente diferente. Con México y Canadá, Estados Unidos puede imponer condiciones. Con China, el comportamiento es completamente distinto, porque China le está comiendo el mandado en términos de ser la fábrica del mundo y el líder tecnológico.
Para México, esto plantea un dilema fundamental. México necesita una agenda y una estrategia nacional con respecto a Estados Unidos y con respecto a China. La parte de la estrategia con China ha sido dejada de lado en las últimas tres décadas. México se ha concentrado en Washington, en el T-MEC, en el agua, en el fentanilo y en docenas de temas, pero ha descuidado su relación con la principal economía del mundo y el líder tecnológico global. México cada vez requiere más insumos y bienes de capital de China. China se ha convertido en el principal importador de bienes de capital en México, y muchos mexicanos no son conscientes de esta realidad. Si México decidiera desvincularse de China, imponer aranceles a sus productos o suscribir en el T-MEC cláusulas que excluyan empresas, comercio o inversión de origen chino con el único propósito de congraciarse con Washington, se enfrentaría a una contradicción insoslayable: las propias corporaciones estadounidenses demandan masivamente insumos chinos en virtud de su precio competitivo, su calidad y su superioridad tecnológica. La disyuntiva, por tanto, no se plantea en términos excluyentes —Estados Unidos o China—, sino en la necesidad de articular una relación simultánea con ambas potencias. Canadá ya ha comprendido esta lógica y ha establecido vínculos con Pekín. El propio Donald Trump ha viajado a China y ha elogiado públicamente a su presidente. Sin embargo, parece que a América Latina, y en particular a México, se le prohíbe siquiera concebir una agenda sustancial con el gigante asiático, como si el solo hecho de pensar en China constituyera una herejía diplomática.
¿A qué obedece esta negación sistemática a considerar a China como un actor relevante en la estrategia nacional? Enrique Dussel Peters ha diagnosticado este fenómeno como producto de un pensamiento colonializado que oscurece la capacidad de análisis de las élites latinoamericanas y mexicanas, al que se suma una ignorancia generalizada sobre la realidad china, no solo entre la ciudadanía, sino también y de manera alarmante entre las propias élites dirigentes y las instituciones del Estado. En el mejor de los casos, existen centros de estudio dedicados a Asia, pero semejante aproximación resulta insuficiente cuando se considera que el continente asiático alberga treinta naciones, y que abordar con seriedad el estudio de China, Japón, Rusia y los veintisiete países restantes constituye una empresa monumental que rebasa con creces la capacidad instalada. México carece de instituciones que promuevan una agenda sustancial con China desde el Poder Ejecutivo, el Poder Legislativo o los organismos empresariales. Por el contrario, prevalece la convicción de que Washington es el único horizonte posible, y que cualquier acercamiento a Pekín —de permitirse siquiera— debería postergarse indefinidamente: quizás este año, aunque ya se intuye que el próximo será igualmente improbable, y así sucesivamente hasta la eternidad.
La integración regional y la soberanía tecnológica: el futuro de México
Lo que está en juego en la renegociación del T-MEC es el modelo de desarrollo de América del Norte. México, como lo han señalado diversos analistas, no puede seguir siendo una plataforma manufacturera que ensambla productos diseñados en otro lugar, produce componentes desarrollados en otro lugar y captura apenas una fracción del valor generado. México necesita que la integración de América del Norte se traduzca en desarrollo tecnológico propio, no prestado, y no únicamente en más fábricas. El camino para lograrlo pasa por varias vías. En primer lugar, México necesita dejar atrás su condición de plataforma manufacturera y convertirse en un protagonista pleno de la nueva revolución industrial. Esto implica participar no solo en el ensamblaje de productos, sino también en su diseño, en la ingeniería de mayor complejidad, en la propiedad intelectual y en la captura de valor agregado. La industria automotriz, que es el ejemplo más claro de la integración mexicana a las cadenas globales de valor, ilustra perfectamente las virtudes y limitaciones del modelo actual. México produce millones de automóviles al año, alberga plantas de prácticamente todos los grandes fabricantes globales, pero gran parte de las decisiones estratégicas continúan tomándose fuera del país. Las patentes se registran fuera de México, los centros de investigación permanecen fuera de México, la ingeniería de mayor complejidad se desarrolla fuera de México. México fabrica, otros diseñan. México ensambla, otros controlan la propiedad intelectual.
Esta situación debe cambiar. México debe participar en la producción de semiconductores, de baterías, de minerales, de productos farmacéuticos avanzados. Si México creciera y ascendiera en la escala de valor, si se convirtiera en un socio tecnológico en la nueva arquitectura norteamericana, la competencia con China se transformaría en una oportunidad histórica para la industrialización mexicana y para un fortalecimiento de América del Norte. Pero esto es precisamente lo que Estados Unidos no quiere. Estados Unidos históricamente ha sido el peor enemigo de México, el que ha saboteado cada vez que ha podido el crecimiento económico del país, el que lo ha visto como su patio trasero y no como un aliado. El temor de Estados Unidos es que México, si se fortalece tecnológicamente, pueda convertirse en un competidor, o al menos en un socio que pueda negociar en términos más igualitarios. Por eso, Estados Unidos busca mantener a México en su condición de plataforma manufacturera, evitando que consolide su política industrial, que se convierta en un jugador importante en la nueva revolución industrial. Esta lógica es la que subyace al chantaje de Washington.
Las consecuencias del colapso imperial: una nueva guerra fría y el papel de México
La decisión de no prorrogar el T-MEC no es un hecho aislado, sino parte de un proceso más amplio de colapso imperial. Estados Unidos, como lo han señalado diversos analistas, ya entró en un proceso de colapso imperial. Esto no quiere decir que Estados Unidos vaya a desaparecer, ni que va a entrar en una época oscura, pero sí que va a dejar el control del mundo como lo tiene actualmente, o por lo menos va a tener que compartirlo en un orden mundial multipolar. Y en ese compartir es donde entra la competencia, una competencia para la cual Estados Unidos nunca se ha preparado, porque Estados Unidos jamás ha competido con nadie. Estados Unidos jamás se ha dedicado a competir con otras naciones de manera justa. Se impone vía militar, y actualmente vía tecnológica, volviendo dependiente a su contraparte. El único país que le empezó a competir a Estados Unidos en la década de 1990 fue Japón, y Estados Unidos lo frenó, controló la economía japonesa y la abrió a intereses estadounidenses en una posición ventajosa para sí mismo. Ahora Estados Unidos se topa con que esa idea de libre comercio que le vendió al mundo, y que ellos definieron, estructuraron y controlaron, ya no les conviene. Porque aprovechando sus propias reglas, otra nación que no es de Occidente, sino de Oriente, se las ha comido.
China se ha convertido en la fábrica del mundo, en el centro gravitacional de los sectores estratégicos. China controla la parte sustancial del procesamiento mundial de minerales críticos, domina la producción de baterías de vehículos eléctricos, lidera el mercado de paneles solares, ocupa posiciones centrales en numerosas cadenas de suministro industriales. En sectores donde Estados Unidos conserva ventajas tecnológicas, como los semiconductores avanzados, China controla insumos materiales y procesos distribuidos por Asia. Estados Unidos tiene ventaja en algunos aspectos, pero China controla insumos para desarrollar esos semiconductores. Esto se convierte en la peor pesadilla de Estados Unidos: del otro lado del mundo hay un competidor que hace lo mismo, pero que no depende de Estados Unidos. El proceso es simple: Estados Unidos va a ir para abajo y China va a ir para arriba, porque China ya controla la situación. Entonces, obviamente, Estados Unidos cambia las reglas. Para poder sobrevivir, tienen que cambiar las reglas. Las mismas reglas que ellos llevaron a cabo, las tienen que cambiar, porque además resulta que la otra parte tiene una política industrial durísima, donde el Estado controla el desarrollo, no la iniciativa privada produce hacia adentro de manera considerable, y tiene un mercado enorme hacia adentro, un mercado al que Estados Unidos no ha podido acceder y no podría acceder con una competencia real, porque no sabe competir.
Entonces, hay que reventar ese mundo, hay que reventar esas reglas, hay que reventar lo que Estados Unidos creó, porque es la única forma que tienen de poder competir con China. Ahora necesitan que regresen las fábricas a Estados Unidos, que regrese la manufactura, que regrese todo lo que se fue por el libre comercio. Pero las empresas dicen: no puedo hacerlo, esto va a traer consigo un mayor gasto, un gasto directo hacia el consumidor, un problema de logística. Y entonces el gobierno de Estados Unidos somete a América Latina. Si no puede traer las industrias de automóviles de México, impide que México tenga acuerdos con China, impide que México pueda respirar en muchos sentidos. La forma de proteger su economía no es integrando a México realmente, sino impidiendo que México y Canadá rebasen a Estados Unidos. Es controlando todo, porque así se conformó Estados Unidos: controlando, no compitiendo, no invirtiendo, no negociando. Esa es la lógica del imperio.
La oposición mexicana y el discurso del fracaso
En este contexto, las posturas de la oposición política en México revelan su profunda desconexión con la realidad. Ricardo Anaya, el ex candidato presidencial del PAN, ha acusado al gobierno de Morena de haber «reventado» el T-MEC, calificando la situación de preocupante y el gobierno de irresponsable. Estas declaraciones han sido recibidas con escepticismo por analistas que señalan que Morena no tiene la capacidad ni el poder para reventar un tratado comercial, que la decisión de no prorrogar el T-MEC fue tomada exclusivamente por Estados Unidos, y que la oposición está culpando al gobierno mexicano de algo que es resultado de la política exterior estadounidense. La ironía es que la oposición, que durante décadas fue la principal impulsora de los tratados de libre comercio y del neoliberalismo en México, ahora ve cómo su «patrón», Estados Unidos, les dice que el libre comercio ya no funciona, que ya se acabó. Los panistas y priistas que firmaron los tratados comerciales, que llevaron al país a la situación en la que se encuentra, ahora se quedan sin discurso. La respuesta de la oposición ha sido intentar culpar a Morena, pero eso es una falacia. Morena no está entre la espada y la pared; lo que hay es un gobierno que no ha cedido a los chantajes de Estados Unidos, que no ha cedido a lo que Estados Unidos quiere que ceda para controlarlo. Y es precisamente esa resistencia la que enfurece a la oposición, que ve con horror que un gobierno mexicano se atreva a decir no a Washington. Por eso, los personajes de la oposición, los intelectuales orgánicos del neoliberalismo, tienen que inventar historias sobre la culpa de Morena, porque no pueden aceptar que su modelo ha fracasado. Es un fracaso desde el momento en que Estados Unidos dice «ya me voy para atrás del libre comercio». Está reconociendo que fracasó. Entonces, todos estos que nos vienen a contar el cuento de que el neoliberalismo es un éxito han fracasado. Son un fracaso como tales.
La propuesta de un nuevo modelo: el tercer sector y la banca social
Frente al chantaje y la incertidumbre, han surgido voces que proponen alternativas al modelo de desarrollo dependiente. Daniel Marmolejo, en un análisis profundo de la situación, ha planteado la necesidad de fortalecer internamente a México a través del tercer sector de la economía: las cooperativas de producción, las cooperativas de ahorro y préstamo, las cajas populares, las cooperativas que están enfocadas a satisfacer necesidades muy locales. Esta propuesta, que ha sido recogida por diversos analistas, plantea que México debe dejar de depender de las corporaciones extranjeras y desarrollar su propia economía social y solidaria. Marmolejo ha señalado que México necesita un acuerdo de banca social, que fortalezca la banca de desarrollo, las cooperativas de ahorro y préstamo y los sistemas solidarios de pensiones. Esto no solo generaría estabilidad económica, sino que también evitaría un caos social interno en el país. Además, ha señalado la necesidad de pensar como piensa China, cuyo ejemplo más claro es Huawei, una sociedad cooperativa. México ya tiene mucha capacidad y aprendizaje para articular y armonizar las estructuras productivas con fines científicos y tecnológicos para satisfacer sus propias necesidades. La propuesta de Marmolejo es que México debe brincar del aprendizaje y la maquila a la creación e innovación, pero como proyectos sociales y solidarios bajo el rector del tercer sector de la economía. Esto implicaría que la Comisión Nacional Bancaria y de Valores flexibilice su visión para fortalecer la propia economía interna de México. Porque cuando hablamos de libre comercio, cuando hablamos de las empresas que se han establecido desde hace 32 años en México con el T-MEC, muchas de esas son empresas extranjeras que se han aprovechado, que han pauperizado, que han degradado el medio ambiente y que no han generado una economía estable en el país. Si México va a estar en una mesa con extorsionadores cada año, debe ir fortaleciendo el interés nacional bajo la perspectiva única de un tercer sector de la economía social y solidaria.
El horizonte: entre la sumisión y la resistencia
El T-MEC 2026 no es el fin del sistema, sino el síntoma de su mutación. Estados Unidos, al no prorrogar el tratado, está reconociendo su incapacidad para sostener las reglas que durante décadas definieron el comercio en América del Norte. Pero también está creando las condiciones para una nueva fase de su imperio, una fase en la que la incertidumbre y la coerción reemplazan a la estabilidad y el consenso. Para México, el horizonte no es fácil. El país está atrapado entre la necesidad de mantener su relación con Estados Unidos y la urgencia de desarrollar su propia capacidad productiva y tecnológica. Ceder al chantaje de Washington significaría renunciar a cualquier aspiración de desarrollo autónomo y confirmar su papel de plataforma manufacturera. Resistir el chantaje, por otro lado, implica asumir costos económicos y políticos que el país no siempre está dispuesto a pagar. La decisión de México en los próximos años determinará no solo su relación con Estados Unidos, sino su lugar en el orden global del siglo XXI. Si México logra transformar su integración manufacturera en un proyecto de desarrollo nacional, si logra dejar atrás su condición de plataforma y convertirse en protagonista pleno de la nueva revolución industrial, si logra diversificar sus relaciones económicas más allá de Estados Unidos y construir una relación madura y equilibrada con China, entonces el país podrá navegar las aguas turbulentas del colapso imperial con mayor autonomía y resiliencia. Pero si México cede al chantaje, si acepta las condiciones de Washington y renuncia a su política industrial, si se convierte en un simple vasallo de la potencia hegemónica, entonces su destino será el de siempre: ser el patio trasero de Estados Unidos, la mano de obra barata que ensambla los productos diseñados en otro lugar, el país que produce las riquezas que otros disfrutan, la nación que nunca logra romper el techo de cristal de su dependencia.
La historia nos enseña que los imperios no duran para siempre. Estados Unidos está en declive, y China está en ascenso. En medio de esta transición, México tiene la oportunidad de redefinir su papel, de construir un proyecto de desarrollo propio que beneficie a su pueblo y no solo a las élites que han saqueado el país durante décadas. Pero para ello, necesita coraje, visión y voluntad política. Necesita dejar de ser el país que dice «sí» a todo lo que impone Estados Unidos y empezar a decir «no» cuando sea necesario. Necesita construir su propia soberanía tecnológica, su propia política industrial, su propio destino. El T-MEC 2026 es una prueba de fuego para México. La forma en que el país responda al chantaje de Estados Unidos definirá no solo su futuro económico, sino su identidad como nación soberana. En esta encrucijada histórica, México tiene la oportunidad de demostrar que ha aprendido las lecciones del pasado, que ya no es el país que aceptaba todo lo que le decían desde Washington, que es capaz de pensar por sí mismo y de construir su propio camino de desarrollo. La pregunta es si será capaz de sacudirse la anglofilia y encontrar el valor para hacerlo.
Fuentes consultadas
Conferencia de Marcelo Ebrard en “Las Mañaneras del Pueblo”. “Ebrard afirma que el T-MEC está garantizado hasta 2036 y sin cambios”. Milenio. 2 de julio de 2026.
Entrevista con Enrique Dussel Peters. “EUA No Quiere Mas Tratados Comerciales; México Debe Ver A China”. Jesus Escobar Tovar Canal de Entrevistas. 2 de julio de 2026.
Entrevista con Daniel Marmolejo. “T-Mec: La Herramienta De Extorsión De Estados Unidos”. Jesus Escobar Tovar. 2 de julio de 2026.