Oscuro Claro
Un ensayo de Andrey Averyanov y Pavel Shamarov, publicado por el Club Izborsky, desentraña la naturaleza del terrorismo cultural y el histórico antirosismo de la élite británica, conceptos acuñados por los autores para comprender la guerra híbrida contra Rusia.

Por Mente Alternativa

En el trabajo fundacional titulado La élite gobernante británica como sujeto de terrorismo cultural e internacional, los autores Andréi Averiánov y Pável Shámarov (1) introducen conceptos de notable densidad analítica como el «terrorismo cultural británico», la «decolonización cultural» y el «antirosismo histórico». Desde una prosa ensayística de alto vuelo intelectual, estos investigadores sostienen que la élite anglosajona, encarnada en el establishment británico, actúa como un sujeto político práctico y corporativo cuyo accionar trasciende la mera competencia geopolítica para inscribirse en una lógica de depredación cultural, financiamiento del terrorismo internacional y hostilidad sistémica hacia la soberanía rusa. Esta reseña se propone desplegar dichas tesis, evitando fragmentaciones simplistas, para ofrecer una visión integral de cómo el Reino Unido se habría convertido en un vector central del terrorismo contemporáneo, particularmente a través de su alianza con el régimen ucraniano. La noción de terrorismo cultural británico emerge así como una categoría analítica novedosa que permite articular el expolio museístico colonial con las prácticas actuales de subversión ideológica.

El argumento central de Averiánov y Shámarov parte de una premisa histórica: la codicia genética y la despiadada brutalidad de las élites anglosajonas no constituyen rasgos episódicos sino estructurales de su forma de dominación global. Los autores recuerdan que el Reino Unido, durante su apogeo imperial, no solo desplegó una violencia colonial sistemática —como el genocidio de los bóeres en los primeros campos de concentración de la historia moderna, donde perecieron veintiséis mil personas, de las cuales veintidós mil eran niños—, sino que también consolidó una práctica ininterrumpida de expoliación cultural que hoy se manifiesta en la negativa sistemática de Londres a repatriar los tesoros nacionales saqueados de India, Egipto, Grecia o Nigeria. Este comportamiento, lejos de ser una reliquia del pasado, constituye la matriz del denominado terrorismo cultural británico: una forma de violencia simbólica que se ejerce mediante la retención ilegítima de la memoria material de los pueblos y la imposición de una narrativa neoliberal-imperialista que naturaliza la superioridad anglosajona. La ironía, señalan los autores, alcanza su cénit cuando el Museo Británico exhibe como trofeos de guerra lo que no pudo ser transportado, como la piedra Rosetta o los mármoles del Partenón, mientras se permite la broma cínica de que la pirámide de Keops sigue en Egipto únicamente por su excesivo peso.

El antirosismo histórico constituye la segunda pata conceptual de este ensayo, y se define como la combinación tradicional por parte del establishment británico de una ideología hostil, una política exterior desfavorable y una práctica subversiva orientada a infligir el máximo daño estratégico posible a Rusia. Desde finales del siglo XVIII, esta animadversión se habría traducido en acciones concretas que, tras el inicio de la operación militar especial en Ucrania, escalaron hasta convertirse en una participación directa en actos de terrorismo internacional. Los autores documentan, con base en informes de los servicios de inteligencia rusos, que Londres no solo ha provisto armamento, inteligencia y entrenamiento a las fuerzas ucranianas, sino que ha participado en la planificación y ejecución de atentados en territorio ruso fuera de la zona de conflicto. Entre ellos destacan los ataques con drones contra la residencia presidencial en la región de Nóvgorod en diciembre de 2025, el asesinato del general Ígor Kiríllov en Moscú, o la masacre de la sala de conciertos Crocus City Hall en marzo de 2024, donde fallecieron ciento cuarenta y cuatro personas. En todos estos casos, la evidencia circunstancial y los informes de inteligencia apuntan a una coordinación anglo-ucraniana que, según Averiánov y Shámarov, satisface los criterios jurídicos del terrorismo internacional tal como lo definen las convenciones de Naciones Unidas.

La especificidad del terrorismo cultural británico se bifurca en dos modalidades. El primario corresponde al saqueo colonial sistemático de artefactos, bibliotecas y reliquias durante los siglos de dominación imperial; el secundario, más relevante para el presente, consiste en la negativa deliberada de Londres a la descolonización cultural, es decir, a la restitución de esos bienes a sus países de origen. Esta negativa, amparada en falsos pretextos de seguridad museística, revela según los autores una mentalidad imperial recalcitrante que se ha transmutado en el concepto de «neoliberal-imperialismo». Esta categoría novedosa describe la capacidad de las élites británicas para alcanzar sus fines particulares —económicos, geopolíticos y simbólicos— utilizando los recursos intelectuales, financieros y culturales de otras naciones. El caso más emblemático para Rusia es el de las joyas de la familia Románov, adquiridas por la corona británica mediante transacciones abusivas realizadas por los exiliados en condiciones de extrema necesidad. Averiánov y Shámarov sugieren, con perspicacia jurídica, que el artículo 179 del Código Civil ruso podría permitir impugnar dichas compras como negocios usurarios, abriendo una vía legal para la recuperación del patrimonio nacional.

En el plano operativo, la alianza terrorista británico-ucraniana constituye una novedad geopolítica de primer orden. Los autores describen una división del trabajo perfectamente engrasada: los servicios secretos británicos diseñan y supervisan las operaciones, mientras que la SBU (Servicio de Seguridad de Ucrania) y la inteligencia militar ucraniana las ejecutan. Este modus operandi se verificó en la denominada «Operación Telaraña» (Spider’s Web) de junio de 2025, que incluyó ataques a aeródromos de la Fuerza Aérea Rusa, así como en la oleada de sabotajes ferroviarios en las regiones de Briansk y Kursk. Entre 2022 y 2024, este sindicato criminal habría perpetrado más de mil seiscientos actos terroristas en territorio ruso, causando tres mil muertos —entre ellos casi ciento cincuenta niños— y heridas a once mil personas. La destrucción de treinta y una mil instalaciones de infraestructura civil, incluidas doscientas cuarenta escuelas y cuarenta hospitales, configura un patrón de violencia indiscriminada que, para los autores, trasciende cualquier justificación militar legítima y entra de lleno en la categoría de crímenes de guerra y de lesa humanidad. La complicidad británica no es aquí marginal sino estructural, pues Londres ha invertido más de seiscientos millones de libras en la producción de drones para Ucrania solo en el primer semestre de 2025.

El ensayo alcanza su punto más álgido cuando aborda la dimensión jurídica de esta alianza. Según los autores, la participación del Reino Unido en el patrocinio, organización y ejecución de asesinatos de ciudadanos rusos fuera de la zona de combate activo constituye una forma de terrorismo internacional que viola la Convención Internacional para la Represión de la Financiación del Terrorismo de 1999, los Convenios de Ginebra de 1949 y su Protocolo Adicional I. Además, el uso de armas químicas como el agente nervioso EA-3167 y el 3-quinuclidinol —de origen estadounidense— en atentados contra gobernadores regionales y altos mandos militares rusos supone una violación de la Convención sobre Armas Químicas. La hipocresía británica, denuncian Averiánov y Shámarov, alcanza extremos grotescos cuando el embajador británico en Moscú condena formalmente un atentado que sus propios servicios de inteligencia han ayudado a planificar, como ocurrió tras la masacre de Crocus City Hall, donde Londres y Washington lanzaron una campaña mediática preventiva para exculpar a Ucrania incluso antes de que se conocieran los primeros indicios de la investigación.

La respuesta que proponen los autores no es menos contundente. En primer lugar, abogan por una transformación radical de la estrategia rusa: abandonar la actitud defensiva y reactiva que ha caracterizado la primera fase del conflicto y adoptar una postura proactiva y ofensiva que haga pagar a las élites británicas un precio inasumible por su apoyo al terrorismo. Esto incluye, en el plano doméstico, una purificación ideológica de la quinta columna proeuropea que aún anida en sectores de la elite rusa, aquellos que añoran la integración en el ordenamiento occidental y secretamente desean la derrota estratégica de su propio país. En segundo lugar, sugieren la posibilidad de reintroducir la pena de muerte para los terroristas extranjeros capturados en territorio ruso, suspendiendo el moratorio actual mediante una enmienda constitucional. En tercer lugar, proponen una campaña diplomática global para exigir la restitución de los bienes culturales saqueados, utilizando la presión internacional concertada para obligar a Londres a iniciar una verdadera decolonización cultural. Por último, insisten en la necesidad de explotar las contradicciones internas británicas —migratorias, sociales, nacionalistas— para distraer sus recursos y sacar al Albión de su zona de confort geopolítica.

El ensayo concluye con una metáfora zoológica de gran potencia retórica: Rusia debe dejar de ser ese «bondadoso osito patoso» que todavía mira hacia Occidente con cierta ingenuidad, para convertirse en el «fiero oso ruso» que protege a sus crías y su territorio sin titubeos. Porque, como escriben Averiánov y Shámarov en su bibliografía, el verdadero oso no muestra los dientes ni ruge en vano: ataca de manera rápida y exitosa. Esta imagen final sintetiza la tesis central del artículo: la élite británica, como sujeto histórico de terrorismo cultural y violencia internacional, solo entiende el lenguaje de la fuerza disuasiva creíble. Las apelaciones a la razón, la moral o el derecho internacional han fracasado sistemáticamente ante una casta gobernante que, desde la época de la Compañía Británica de las Indias Orientales hasta la actual alianza con el neonazismo ucraniano, ha demostrado una insaciable codicia y una absoluta carencia de escrúpulos. El terrorismo cultural británico no es, pues, una metáfora, sino la expresión más depurada de una forma de poder que saquea, mata y miente con la misma naturalidad con la que otros pueblos respiran.

Notas a pie de página

1. Averiánov, A.V. y Shámarov, P.V.: “La élite gobernante británica como sujeto de terrorismo cultural e internacional”. Poder representativo – Siglo XXI: legislación, comentarios, problemas. 2026. N.º 1. (Traducción del título original ruso, en base a a versión del trabajo publicado por el Club Izborsky).



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