Por José Luis Preciado
Un artículo reciente de Stewart Battle y otro de Helga Zepp-LaRouche, ambos publicados por EIR, destacan que ha comenzado una nueva fase en el desmantelamiento de la maquinaria bélica mundial, un proceso comparable al cambio de fase del agua, donde la sustancia no cambia, pero su estado sí. La reciente Estrategia de Seguridad Nacional (NSS) de Estados Unidos, bajo la administración de Trump, ha colocado a Europa y la OTAN en una situación de vulnerabilidad estratégica, revelando que la supuesta defensa del orden mundial unipolar del imperio angloestadounidense está siendo reemplazada por un nuevo orden poli céntrico.
“El detonante más reciente ha sido la nueva Estrategia de Seguridad Nacional (NSS, por sus siglas en inglés) del gobierno de Trump, que prácticamente ha declarado a Europa y a la OTAN enemigos de Estados Unidos, incapaces de sobrevivir en el futuro. La publicación del documento hace cuatro días ha desatado una histeria sin precedentes en toda Europa y podría incluso ser el principio del fin de la OTAN. Hay mucho que se puede y se debe criticar de la nueva doctrina, sobre todo el hecho de que reclame un retorno a la definición de justicia de Trasímaco como ‘la ventaja del más fuerte´ Sin embargo, al mismo tiempo, supone una ruptura total con el sistema que surgió al final de la Guerra Fría y que ha acercado al mundo a una guerra nuclear más que en cualquier otro momento anterior. Por lo tanto, su desaparición supone una oportunidad para crear un nuevo sistema más justo que su predecesor y que tenga legítimamente en cuenta los intereses de los demás.”
Con su habitual optimismo, Helga Zepp-LaRouche señala que la NSS de Trump ofrece una oportunidad para que Europa se retire de la OTAN y rediseñe su arquitectura de seguridad en términos soberanos, frente a la amenaza de una “borradura civilizacional” si continúa la senda de declive económico y militar. Según Zepp-LaRouche, los intentos europeos por imponer una “derrota estratégica” a Rusia son insostenibles y podrían conducir a la destrucción del continente, ya que Europa carece de la fuerza nuclear y militar necesaria para enfrentar a la Federación Rusa, actualmente la potencia nuclear más fuerte del mundo.
Mi hipótesis es que esta estrategia de Trump tiene como objetivo abandonar a Europa a su suerte en su próxima guerra contra Rusia, conflicto en el cual se busca desgastar a esta última, así como recrear viejas formaciones imperiales en el nuevo orden mundial policéntrico. En este nuevo esquema, las divisiones del continente no se determinarán por un imperio central, sino por las zonas de influencia de antiguos imperios hoy reconvertidos en Estados-civilización o nuevos bloques de poder regional. Y las élites supranacionales también compiten entre sí para definir quién tendrá más regiones o influencia en las distintas macro regiones que se irán conformando en este nuevo reparto de las cartas de la Historia.
En otras palabras, la guerras futuras no son un accidente, sino un instrumento geopolítico y metapolítico para configurar el mapa de la multipolaridad. Los Habsburgo, por ejemplo, quieren su propia región, para lo cual buscan recrear el imperio austro-húngaro. En un evento reciente organizado por la Orden de San Jorge y el Movimiento Paneuropeo de Austria, el Archiduque Carlos de Austria abogó por la destrucción de Rusia, afirmando que este debería ser el principal objetivo de la política exterior europea. Este discurso polémico evoca la historia de la familia Habsburgo como socios de la nobleza negra veneciana y su influencia en la política mundial, recordando un pasado lejano en el que las cruzadas y las dinastías gobernaban Europa y más allá, y un pasado más reciente en el que figuras como el Conde Richard von Coudenhove-Kalergi y el peón de la Corona Británica, Sir Winston Churchill, promovían una Europa unida como barrera contra Rusia y la integración euroasiática.
Al mismo tiempo, las élites cabalistas y las viejas órdenes ocultistas de Occidente que ejercen influencia en la Administración Trump, lanzan advertencias sobre un cambio de régimen en Venezuela, ubicada en lo que consideran su patrio trasero (o región de influencia). Como señala Stewart Battle, el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, ha mostrado gran preocupación ante la posibilidad de un ataque estadounidense y está tomando medidas intensivas para impedirlo. Se ha confirmado el despliegue de un radar de alta potencia por parte de los militares estadounidenses en Trinidad y Tobago, dentro del alcance de la costa venezolana. Celso Amorim, principal asesor de política exterior de Lula, advirtió que un eventual ataque no se limitaría a un conflicto bilateral, sino que tendría repercusiones a nivel global.
Como señalé en un artículo de agosto, lo que ocurre actualmente en Ucrania —incluida cualquier pausa— es apenas el prólogo de lo que viene. La misma dinámica se trasladará al Cáucaso y otros escenarios bajo la doctrina Trimarium, intentando arrastrar a quien puedan a un enfrentamiento directo con Rusia.
“El objetivo final de este ciclo de guerras es sabotear la integración euroasiática y frenar la consolidación del orden multipolar personificado por los BRICS, liderado por China y su Iniciativa de la Franja y la Ruta. Por ello, los próximos veinte o treinta años, según el patrón conceptual definido por el historiador Fernand Braudel y actualizado por Fursov como ‘el reparto de las cartas de la Historia’, alude a un ciclo prolongado de conflictos sucesivos. Fursov advierte que estos conflictos dispersos reflejan ciclos sistémicos del capitalismo donde las élites metapolíticas se reparten el mundo, encaminando al siglo XXI hacia un orden multipolar basado en macroregiones encabezadas por Estados-civilización, es decir, formaciones imperiales. La arrogancia del hombre contemporáneo, programado para concebir a partir del pensamiento neoliberal de falsa bandera, y que hasta hace poco se empeñaba en creer que las guerras mundiales ‘son cosa del pasado’ ignora estos patrones y que la transición hacia un nuevo orden global siempre ha sido marcada por la violencia prolongada. En este gran juego, EE. UU. ya no puede imponer su voluntad como antes. La resistencia rusa, el apoyo chino y la desobediencia global evidencian su declinación estructural. Washington enfrenta un desajuste brutal entre expectativas y realidad; incluso Trump, que proyectaba control absoluto, ahora negocia desde el desconcierto, volviéndose impredecible y peligroso. Ante este panorama, quien piense en binomios de izquierda/derecha o buenos/malos queda fuera de juego, pues el poder mundial se disputa en tableros multidimensionales —algunos ocultos. Y es precisamente esa capacidad de moverse en múltiples planos, además de sus rasgos ocultistas, lo que ha permitido a ciertas familias aristocráticas conservar su poder incluso tras la caída de las monarquías absolutas.”
Meses antes, predije en otro artículo que el regreso de Trump reactivaría viejas ambiciones imperiales aunque ahora bajo la lógica del regionalismo económico proteccionista. Este proyecto busca subordinar a América Latina para contrarrestar a China. Ya en 2023 alertamos en MA sobre el papel estratégico de Iberoamérica y el Caribe en un posible conflicto global contra el gigante asiático: el investigador Evan Ellis, de la Escuela de Guerra del Ejército de EE.UU., destacó la necesidad de asegurar los recursos de la región para fines bélicos, posición que fue confirmada por la general Laura Richardson, jefa del Comando Sur, en el Foro del Instituto Aspen.
Battle y Zepp-LaRouche coinciden en que la situación actual refleja el colapso del orden unipolar pos-Guerra Fría y el surgimiento de un mundo multipolar, en el que los países del Sur Global y organizaciones como BRICS y SCO buscan un desarrollo soberano e igualitario. Mientras Estados Unidos se prepara para terminar de devorar al continente americano, ajusta su política hacia una coexistencia más estable con Rusia y China, dejando a Europa atrapada en su neocolonialismo militar y condenada a personificar el tablero de juego en el que se decidirán los futuros Estados-civilización.
El desmantelamiento de la maquinaria bélica mundial, por tanto, no solo significa la reducción de la amenaza nuclear o la reevaluación de alianzas militares, sino también la redefinición geopolítica de regiones enteras, particularmente Europa. Las guerras de Ucrania y las tensiones en otras regiones no son meros conflictos aislados, sino elementos de un proceso más amplio que busca reestructurar el poder global de manera policéntrica, equilibrando antiguos imperios con nuevos actores emergentes.
En este contexto, la estrategia de Trump puede ser interpretada como un catalizador para acelerar la transición hacia un nuevo orden multipolar, obligando a Europa a enfrentar sus propias debilidades y redefinir su papel frente a Rusia y el mundo, mientras se asientan los fundamentos de las futuras zonas de influencia de los Estados-civilización, y mientras desgasta a sus competidores para enfocarse en América Latina. Tal como subrayan Battle y Zepp-LaRouche, ignorar estas dinámicas no solo sería ingenuo, sino potencialmente catastrófico para el continente y para la estabilidad global.