Por José Luis Preciado
No es tarea sencilla narrar el declive de una civilización cuando sus actores principales aún se creen en la cima de su poder. Sin embargo, para comprender el torbellino que sacude hoy cada rincón de la economía mundial, es necesario remontarse a las entrañas mismas del planeamiento estratégico de la oligarquía transatlántica. Como advierte Dennis Small, la clave para interpretar la cascada de catástrofes que vivimos —desde el colapso energético en el estrecho de Ormuz hasta la hambruna anunciada en el Cuerno de África— no se halla en la suma caótica de los acontecimientos diarios, sino en una intención de largo aliento: la “desintegración controlada de la economía mundial”. Small, retomando los trabajos del Consejo de Relaciones Exteriores de Estados Unidos (CFR) y su proyecto de los años setenta, nos recuerda que figuras como Fred Hirsh, entonces director de la revista londinense The Economist, propusieron ya en esa década inducir una recesión planetaria que, bajo la tutela de los intereses especulativos de Wall Street y la City de Londres, redujera el crecimiento a cero y desencadenara consecuencias demográficas predecibles: el despoblamiento como objetivo legitimado. El propósito del presente artículo es demostrar que el empobrecimiento global que hoy padecemos no es una fatalidad, sino la fase ejecutiva de un plan trazado hace medio siglo, cuyas herramientas actuales son el cierre del estrecho de Ormuz, el ataque a la infraestructura energética rusa y la subasta de alimentos para los pobres del planeta.
Para medir la magnitud de esta ejecución, basta con atender a los números que el propio The Economist —el mismo que décadas atrás teorizó la desintegración— publicó en su edición del 30 de abril de 2026. Small, en su intervención, desglosa con precisión las cifras que el semanario británico ofrece casi como un parte de guerra financiero. Durante marzo y abril de 2026, el cierre del estrecho de Ormuz redujo la oferta de petróleo en 12,3 millones de barriles diarios, más del diez por ciento del consumo mundial. Sin embargo, lo que los estrategas de Londres llaman eufemísticamente “destrucción de la demanda” —esto es, el colapso del consumo inducido por la carestía y la quiebra— apenas alcanzó los 4 millones de barriles diarios en ese mismo periodo. La diferencia, advierte Small citando al rotativo, se ha cubierto con el agotamiento de las reservas y el petróleo en alta mar a un ritmo de 8 millones de barriles diarios. La pregunta que se hacen los analistas no es si sobrevendrá el desabastecimiento, sino cuándo. Los expertos consultados por The Economist calculan que la escasez se materializará en un plazo de cuatro a ocho semanas en la mayoría de las regiones del planeta. Ya hay señales inequívocas de desesperación: el barril de diésel, que hace una semana se cotizaba a 300 dólares, se vende hoy a 600. Indonesia, Pakistán y Filipinas están a cinco o seis semanas de quedarse sin gasolina. Algo se romperá, confiesa la revista británica, mientras admite que, hasta ahora, “la carga de estas políticas recae principalmente sobre el mundo en desarrollo”. Esa es la esencia de la desintegración controlada: los pobres pagan primero, y los ricos especulan con el resto.
Pero el cerco no se limita al Golfo Pérsico. Small enfatiza que la otra pata de esta tenaza es la guerra delegada en Ucrania, donde el gobierno de Kiev, bajo tutela directa de Londres y Washington, ha lanzado una lluvia de drones sin precedentes contra los centros petroleros, refinerías y puertos de distribución de Rusia. Aunque Moscú minimiza el impacto públicamente, la información recabada indica afectaciones severas en el puerto de Ust-Luga, por donde sale el 40% de las exportaciones rusas, y en Tuapse, en el Mar Negro, que canaliza aproximadamente el 12% del crudo ruso hacia China, Indonesia y Turquía. Rusia exporta 5 millones de barriles diarios, y cada interrupción en esa cadena se suma al déficit global. La intención declarada por los titiriteros de Londres es destruir la capacidad energética de su adversario geopolítico al mismo tiempo que asfixian a Irán. El resultado es una sinfonía de escasez orquestada desde dos frentes simultáneos. Y como si la combustión y la guerra no bastaran, la crisis de los fertilizantes emerge como el brazo alimentario de esta misma política. Small advierte, con datos de primera mano, que una de las principales comercializadoras internacionales ha anunciado que, en cuestión de semanas, la escasez de fertilizantes será tan extrema que estos se pondrán a subasta. Ya no habrá contratos de largo plazo ni acuerdos con gobiernos: los ricos pujarán por el amoníaco y la urea, mientras los campesinos de África, Asia y América Latina verán cómo sus cosechas se evaporan. El paralelismo con la pandemia de COVID-19 es inevitable y escalofriante: entonces, los países pudientes acapararon las vacunas; ahora, harán lo propio con los nutrientes de la tierra. Se repetirá la misma lógica: millones de muertos por hambre allí donde no haya moneda fuerte para competir en la puja.
Este cuadro de destrucción no sería completo sin mencionar el teatro de operaciones en Iberoamérica, donde la misma doctrina de la desintegración controlada busca desmantelar cualquier gobierno que ofrezca una alternativa a la dominación financiera. Small dedica un tramo central de su análisis a la desestabilización en curso contra el gobierno de Claudia Sheinbaum en México, orquestada desde la embajada de Estados Unidos a cargo de Ron Johnson, un veterano de operaciones encubiertas en Centroamérica. La excusa es el narcotráfico —un problema que, como recuerda Small, fue creado y alimentado por los propios bancos de Wall Street y la City de Londres— pero el objetivo real es controlar los hidrocarburos mexicanos y otras materias primas, replicando el modelo aplicado en Venezuela y el que se prepara para Cuba. La táctica es la de la mafia: se crea el problema, se rompe la vitrina, y luego se ofrece protección a cambio de soberanía. En Perú, se agita una contienda electoral para evitar la consolidación del puerto de Chancay y su conexión con un ferrocarril bioceánico, única alternativa viable al control angloestadounidense. En Brasil, Lula sufre un ataque político incesante desde las redes bolsonaristas conectadas con Steve Bannon y el entorno de Trump. Small es concluyente: sin Brasil, no hay espacio de maniobra para México; sin el corredor bioceánico, el continente queda atrapado en la jaula financiera del Imperio. Y para que no quede duda sobre la naturaleza imperial de esta cruzada, Small inserta un análisis de la reciente visita del rey Carlos III a Estados Unidos. Lejos de ser un mero protocolo, esa visita constituyó una operación de lavado de cerebro destinada a imponer el síndrome de Estocolmo sobre la población estadounidense: hacerle creer que la guerra de independencia no fue una ruptura con el imperio británico, sino una reclamación de su legado. Las palabras de Trump —diciendo que Adams, Franklin y Washington se inspiraron en John Locke, Hobbes y Adam Smith, cuando precisamente lucharon contra esa tradición— y las del monarca, elogiando la Carta Magna como fuente de la Constitución estadounidense, son una impostura histórica de primer orden. La foto de “los dos reyes” difundida por la Casa Blanca sella simbólicamente esta alianza contra la humanidad.
Frente a este monumental entramado de destrucción inducida, Small no se limita al diagnóstico. Advierte que el costo monetario de la guerra contra Irán —que el Pentágono cifra en 25.000 millones de dólares en armamento— asciende ya a mínimamente 4 billones de dólares si se suman los daños regionales, la caída del PIB mundial calculada por el FMI y el impacto en la capacidad de reproducción social. Pero la verdadera magnitud se mide en vidas humanas. Small ofrece una aproximación escalofriante: de aquí a 2050, la aplicación de estas políticas de “desintegración controlada” podría reducir la población mundial en quinientos a mil millones de personas respecto de lo que hubiera sido sin ellas. No se trata de una profecía apocalíptica, sino de la consecuencia lógica de una guerra maltusiana declarada. Sin embargo, existen fuerzas que se oponen a este designio. Small menciona la intervención directa del presidente Putin, quien llamó a Trump por una hora y media durante la visita del rey Carlos para advertirle, en términos “amistosos pero francos”, que una reactivación de la guerra en Irán o una operación terrestre en territorio iraní tendría “consecuencias inevitables y extremadamente graves”. También destaca la convocatoria de China, como presidente rotatorio del Consejo de Seguridad de la ONU, a un debate abierto ministerial el 26 de mayo sobre la defensa de los propósitos y principios de la Carta de las Naciones Unidas. Esa, afirma Small, es la dirección correcta: no parchear el sistema podrido, sino reemplazarlo por completo con una nueva arquitectura de seguridad y desarrollo internacional, tal como ha propuesto insistentemente Helga Zepp-LaRouche en los últimos años.
En conclusión, el empobrecimiento global que asfixia hoy a todas las naciones —desde el agricultor keniano que no encuentra diésel para sus bombas de riego hasta la familia mexicana que pierde sus cupones de alimentos, pasando por el trabajador español que ve cómo el precio del gasoil se duplica en una semana— no es un fenómeno meteorológico ni un accidente de mercado. Es el resultado de una política deliberada, ejecutada por intereses financieros concretos con nombres, apellidos y direcciones postales en Wall Street y la City de Londres. La doctrina de la desintegración controlada, formulada por Fred Hirsh en los años setenta, implementada por Paul Volcker a finales de esa década con tasas de interés del veintiuno por ciento, y rehecha hoy por asesores como Steve Miran, Scott Bessent y Howard Lutnick bajo el eufemismo de “recesión controlada”, tiene un solo objetivo: concentrar la riqueza y el poder en el vértice de la pirámide mientras la humanidad se desangra. La visita del rey Carlos, los elogios de Trump al Imperio Británico, la foto de los dos reyes: todo ello forma parte del mismo intento de naturalizar lo inaceptable. Pero la historia no se ha escrito aún. La convocatoria al debate del Consejo de Seguridad, la presión desde el Congreso estadounidense gracias a las cartas de ciudadanos de todo el mundo, y la advertencia estratégica de Putin son señales de que la resistencia es posible. La única pregunta que queda, mientras la soga se aprieta alrededor del cuello de la humanidad, es si despertaremos a tiempo para cortarla.
Fuentes consultadas
- Dennis Small, La guerra de Irán y la ‘desintegración controlada’ de la economía mundial, EIR 4 de mayo de 2026.
- Fred Hirsch, Michael W. Doyle y Edward L. Morse, Alternatives to Monetary Disorder, 1980s Project/Council on Foreign Relations (New York: McGraw-Hill, 1977), xiv + 153 pp.
- Paul Volcker, discurso en memoria de Fred Hirsch, Universidad de Warwick, 9 de noviembre de 1978. Citado por Dennis Small.
- The Economist, «The crisis in oil markets will get bigger before it goes away» (briefing sobre la crisis del estrecho de Ormuz), 30 de abril de 2026.
- Executive Intelligence Review (EIRNS), escribió cómo «Los precios de los fertilizantes se duplican desde el cierre de Ormuz, lo que amenaza con una hambruna masiva», 1 de mayo de 2026. El dato ha sido corroborado por múltiples fuentes periodísticas independientes: véase AInvest, «Urea Surge Hides Grain Trap: Fertilizer Shock Sets Up Yield Crunch», 1 de mayo de 2026, que reporta un aumento del 40 % en los precios de la urea y una interrupción de 2 millones de toneladas métricas de fertilizante; Commodity Board Europe GmbH, «霍尔木兹冲突窒息肥料和能源流动», 31 de marzo de 2026, que documenta incrementos del 20-50 % en urea y amoníaco; y Hong Kong Economic Times, «霍峽關閉能源化肥價飈 最少漲至秋季», 6 de mayo de 2026.*
- Executive Intelligence Review (EIRNS), «A medida que suben los precios de los alimentos, se desploma la ayuda alimentaria federal para los estadounidenses pobres», 4 de mayo de 2026.