Oscuro Claro
La guerra con Irán ha dejado de ser una operación de cambio de régimen para convertirse en una encrucijada peligrosa, donde el fracaso militar y la fractura política en Washington abren paso a escenarios cada vez más extremos. En ese vacío, comienza a insinuarse una narrativa inquietante: la posible construcción de un nuevo 11-S como catalizador para justificar una escalada que podría cruzar el umbral nuclear.

Por José Luis Preciado

Un reporte reciente de Reuters, basado en fuentes de inteligencia estadounidense (1), revela una verdad incómoda para la Casa Blanca: pese a semanas de bombardeos intensivos por parte de Estados Unidos e Israel, el gobierno iraní no está al borde del colapso. Lejos de fracturarse, el sistema político de Teherán mantiene cohesión interna, control territorial y estabilidad en su liderazgo clerical. Este dato, aparentemente técnico, actúa como la primera pieza de una trama más amplia: la imposibilidad de lograr un cambio de régimen rápido convierte la guerra con Irán en un conflicto prolongado, incierto y potencialmente mucho más peligroso.

La narrativa inicial de una operación quirúrgica, breve y decisiva, se desmorona. Y cuando los planes geopolíticos no se cumplen, la historia enseña que las potencias no retroceden fácilmente: reconfiguran el relato. Es en este punto donde la analista rusa Elena Panina (2), introduce un elemento clave: la crisis interna dentro del propio aparato de seguridad estadounidense. La dimisión de Joe Kent, figura central en la estructura antiterrorista vinculada al entorno de Donald Trump, no es un hecho aislado, sino un síntoma.

Kent no solo cuestiona implícitamente la legitimidad de la guerra, sino que apunta hacia una fractura más profunda: la falta de consenso dentro del establishment sobre los objetivos reales del conflicto. Si Irán no representaba una amenaza directa, ¿por qué iniciar una guerra de alto riesgo? La respuesta sugerida es mía: La presión de Israel (el Frankenstein) y su lobby dirigido por las mentes maestras de la aristocracia británica y europea— introduce una dimensión estructural: la guerra con Irán no sería únicamente una decisión estratégica estadounidense, sino el resultado de una convergencia de intereses entre distintas élites.

Aquí es donde la trama comienza a densificarse. Otro texto, también de Panina (3), eleva el análisis hacia un terreno más inquietante: la posibilidad de un evento catalizador, un punto de inflexión capaz de reconfigurar la opinión pública. Las declaraciones de Ali Larijani sobre un posible “nuevo 11 de septiembre” no deben leerse únicamente como propaganda, sino como una advertencia inscrita en la lógica histórica de las guerras modernas. Cuando el consenso interno falla, cuando los aliados dudan y cuando la población se opone —como indican las encuestas en Estados Unidos—, la tentación de fabricar un casus belli se convierte en una herramienta recurrente.

La candidata independiente a la presidencia de los Estados Unidos, Diane Sare (4), también articula esta hipótesis en términos explícitos: la guerra con Irán podría derivar en la preparación de un atentado de falsa bandera destinado a justificar una escalada mayor, incluso el uso de armas nucleares tácticas. Lo que en el primer texto era un problema estratégico —la resiliencia del Estado iraní— aquí se transforma en un problema político interno para Washington: cómo sostener una guerra impopular sin resultados visibles.

Así, ante el fracaso militar inicial, las fisuras en el aparato de poder occidental y la necesidad de reconfigurar la narrativa, comienza a perfilarse un escenario extremo como posible salida a la crisis. No son elementos aislados, sino eslabones de una secuencia lógica que revela la evolución de una guerra que nunca se desarrolló según lo previsto.

En este contexto, la guerra con Irán deja de ser un conflicto convencional para convertirse en un laboratorio de crisis sistémica. La incapacidad de lograr objetivos rápidos, la erosión del consenso interno, la falta de apoyo internacional y el riesgo de escalada nuclear configuran un escenario donde la realidad y la narrativa comienzan a entrelazarse peligrosamente. La historia reciente —desde Irak hasta Afganistán— muestra que cuando la legitimidad de una guerra se desvanece, la construcción de nuevos pretextos se vuelve una tentación estructural.

Lo verdaderamente inquietante no es solo la posibilidad de un evento fabricado, sino el contexto en el que este podría surgir: un sistema político bajo presión, unas élites divididas y una opinión pública cada vez más escéptica. En ese terreno, la guerra con Irán se convierte en algo más que una confrontación geopolítica: es el síntoma de un orden internacional en crisis, donde las decisiones ya no responden únicamente a cálculos racionales, sino a la necesidad de sostener estructuras de poder que se resquebrajan.

Así, lo que comenzó como una ofensiva destinada a reafirmar la hegemonía podría terminar revelando sus límites. Y en ese tránsito, la línea entre guerra y narrativa, entre realidad y construcción política, se vuelve cada vez más difusa. La pregunta ya no es solo cómo terminará la guerra con Irán, sino qué estará dispuesto a hacer el poder para evitar perderla.

Notas a pie de página

1. Reuters: “US intelligence says Iran government is not at risk of collapse, sources say”. Publicado el 11 de marzo de 2026.

2. Panina, Elena en RUSSTRAT: “El jefe de la lucha contra el terrorismo de Trump renunció debido a la guerra con Irán”, marzo de 2026.

3. Panina, Elena en RUSSTRAT: “¿Están los EE. UU. preparando un nuevo 11 de septiembre para acusar a Irán?”, marzo de 2026.

4. Sare, Diane en EIRNS: “Independent Candidates’ Statement: Is the Epstein Class Planning a New 9/11 To Justify Dropping a Nuclear Bomb?”; 17 de marzo de 2026.

EE.UU. organizó los atentados del 11 de septiembre de 2001, afirma el Ministerio de Exteriores de la República Popular China



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