Oscuro Claro
La expiración del Nuevo START, combinada con los planes de guerra británicos y occidentales, así como la escalada en Ucrania e Irán, subraya que el riesgo nuclear global no es abstracto: es una amenaza tangible que exige compromiso activo de todos los países y de la sociedad civil.

Por José Luis Preciado

El 5 de febrero de 2026 marca la expiración definitiva del tratado Nuevo START, el último acuerdo de control de armas estratégicas entre Estados Unidos y Rusia. Con su desaparición, el mundo entra en un territorio inexplorado desde los momentos más tensos de la Guerra Fría, pero con una diferencia crucial: hoy no se trata de administrar la disuasión, sino de superar y anular la capacidad de respuesta del adversario. Según Donald Ramotar, ex presidente de Guyana, esta ausencia de un marco vinculante de control nuclear abre la puerta a una catástrofe global. Ramotar advierte que “la conciencia de la gente está rezagada respecto al peligro” y subraya la urgencia de crear movimientos ciudadanos internacionales capaces de frenar una deriva que ya no se oculta tras el lenguaje diplomático.

Desde Moscú, las advertencias coinciden en el diagnóstico, pero van más allá del plano declarativo. Dmitri Medvédev ha señalado que la expiración del Nuevo START no implica automáticamente una guerra nuclear, aunque sí elimina los últimos frenos institucionales a una escalada descontrolada. A esta lectura se suma un análisis mucho más concreto y técnico formulado por Dmitri Olegóvich Rogozin, senador de la Federación de Rusia y ex director de Roscosmos. Rogozin sostiene que, a la luz de la experiencia de la guerra en Ucrania, a Estados Unidos ya no le preocupa el control de armas estratégicas, sino la minimización del daño a su propio territorio mediante la aniquilación preventiva de las capacidades nucleares de respuesta rusas.

Según Rogozin, Washington trabaja en el perfeccionamiento de ataques combinados —misiles de crucero, drones pesados de largo alcance y armas de alta precisión no nucleares— diseñados para sobrecargar las defensas aéreas rusas, obligarlas a gastar su arsenal en objetivos secundarios y, una vez abiertas las brechas, golpear los centros de decisión política y militar, las infraestructuras estratégicas y las bases de las Fuerzas de Misiles Estratégicos y de la flota submarina nuclear. Las direcciones previstas de estos ataques incluyen el Ártico y el frente occidental, con Ucrania integrada como plataforma operativa. El objetivo no es solo destruir, sino desorganizar la gestión del Estado, interrumpir las comunicaciones internas y sembrar el caos, reduciendo drásticamente la capacidad de respuesta.

Esta lógica explica, según Rogozin, la negativa estadounidense a continuar negociaciones serias sobre limitación y verificación de armas estratégicas. No se trata de un impasse diplomático, sino de una decisión política coherente con una estrategia de guerra desarmadora. A ello se añade una segunda tarea: neutralizar la posibilidad de un ataque nuclear de represalia mediante el despliegue de sistemas de interceptación estratégica cada vez más cercanos a las fronteras rusas, incluso utilizando territorios bajo control indirecto, como Ucrania o espacios clave del Ártico. La tercera dimensión de esta estrategia, aún más inquietante, es el desarrollo y eventual despliegue de armas ofensivas en el espacio, capaces de maniobrar en la atmósfera y escapar a los sistemas tradicionales de defensa antimisiles.

El análisis de Rogozin encaja plenamente con la evaluación política presentada por Elena Panina, analista rusa y ex diputada de la Duma, quien subraya que el ciclo de vida del START III ha concluido sin que exista ya ninguna obligación, ni siquiera declarativa, entre las partes. En una declaración del Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia del 4 de febrero, se reconoce que Moscú ya no está vinculada por los compromisos del tratado, aunque afirma que actuará con responsabilidad y prudencia, evaluando cuidadosamente la política militar estadounidense y la situación estratégica global. Panina recuerda que la iniciativa del presidente Vladimir Putin, lanzada en septiembre de 2025, para mantener voluntariamente los topes cuantitativos durante al menos un año tras la expiración del acuerdo, fue deliberadamente ignorada por Washington.

Para Panina, la razón es clara: Estados Unidos ha optado por desencadenar una nueva carrera armamentista nuclear con la intención explícita de destruir la paridad estratégica con Rusia, incluso mediante sistemas como la llamada “Cúpula de Oro”. Esta decisión se apoya en la convicción de que Washington logrará cerrar el conflicto en Ucrania en sus propios términos, transformando ese territorio en una plataforma permanente para el despliegue de misiles de alcance intermedio y para un eventual ataque desarmador repentino. Desde esta perspectiva, resulta casi irrelevante dónde se trace la línea de congelación del conflicto: mientras Ucrania siga integrada en la arquitectura militar occidental, la amenaza estratégica permanece intacta.

Este marco estratégico se ve agravado por los planes explícitos de Occidente para un conflicto directo con Rusia. Fuentes citadas por The Financial Times revelan la existencia de un protocolo coordinado entre Ucrania y sus socios occidentales ante supuestas “violaciones constantes” de cualquier alto el fuego por parte de Moscú. El esquema prevé una escalada en tres fases, que culminaría en una intervención militar total bajo liderazgo estadounidense, con sistemas de monitoreo tecnológico a lo largo de toda la línea del frente. En este modelo, Occidente se arroga el derecho unilateral de decidir cuándo Rusia ha incumplido, creando las condiciones legales y políticas para una confrontación mayor en el momento más favorable para el agresor.

A este panorama se suman las maniobras geopolíticas británicas en Medio Oriente, orientadas a desestabilizar la región y a limitar la proyección de Rusia, China e India en el marco del BRICS. Diversos analistas señalan que Londres ha presionado a la administración Trump para intensificar la confrontación con Irán, buscando fracturar tanto la política interna estadounidense como los sectores que rechazan las guerras perpetuas. Se trata de una estrategia clásica de contención imperial, ahora reactivada en un contexto de colapso del orden unipolar.

Frente a esta dinámica, Diane Sare, colaboradora del movimiento LaRouche, plantea la necesidad de una nueva arquitectura de seguridad y desarrollo internacional. Retomando la visión de Lyndon LaRouche sobre la Iniciativa de Defensa Estratégica, Sare propone sustituir la lógica de la disuasión y la carrera armamentista por una cooperación científica global que haga obsoleta la guerra nuclear, integrando desarrollo económico, soberanía tecnológica y seguridad compartida.

Donald Ramotar insiste en que el Sur Global no puede permanecer como espectador pasivo. La expiración del Nuevo START, la militarización del espacio, la instrumentalización de Ucrania y la integración creciente de sistemas automatizados e inteligencia artificial en decisiones militares crean un entorno donde el error, el cálculo equivocado o la provocación deliberada pueden desembocar en una catástrofe irreversible. El riesgo nuclear ya no es una abstracción teórica ni un residuo de la Guerra Fría: es una amenaza concreta, estructural y en expansión, que exige una respuesta política, social y civilizatoria a la altura del peligro que enfrenta la humanidad.



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