Por José Luis Preciado
La reciente conferencia sobre «Disuasión Estratégica» celebrada el 5 de agosto en Omaha, Nebraska, ha revelado con crudeza inusitada la verdadera naturaleza de la política de seguridad del establishment estadounidense. Tal como lo documenta el geoestratega Dennis Small, el subsecretario de Política del Departamento de Defensa, Elbridge Colby, propuso un cambio radical en la doctrina nuclear de Estados Unidos para enfatizar el posible uso de armas nucleares tácticas, mientras el almirante Richard Correll, comandante del Comando Estratégico de EE.UU., declaraba ante los medios que es necesario «ampliar las opciones» disponibles para el presidente, «desde nuestra exquisita capacidad no cinética hasta nuestra capacidad convencional, pasando por —si se quiere imaginar— algún tipo de intercambio nuclear limitado hasta una escalada de máxima intensidad». Estas declaraciones, enmarcadas entre las conmemoraciones del bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki, no son meras bravuconadas retóricas sino la expresión explícita de una estrategia que busca convertir el espectro de la aniquilación nuclear en un instrumento de política demográfica, al servicio de la agenda maltusiana que ha caracterizado al Imperio Británico desde los tiempos de Thomas Malthus.
La respuesta de China y Rusia no se hizo esperar. El diario semioficial chino Global Times del 6 de agosto publicó las declaraciones del experto militar Zhang Junshe, quien advirtió que este plan ignora que «cualquier uso nuclear desencadenaría represalias con consecuencias catastróficas» y que «una estrategia nuclear de este tipo puede parecer atractiva, pero su aplicación sería un camino hacia la autodestrucción». Por su parte, Dmitry Trenin, presidente del Consejo Ruso de Asuntos Internacionales, declaró sin ambages que «la propia seguridad de Estados Unidos se vería gravemente perjudicada» y que «los conflictos en cuestión dejarían de ser regionales y pasarían a ser globales». Esta convergencia de advertencias desde Pekín y Moscú no es casualidad, sino la manifestación de un nuevo equilibrio geopolítico que se está forjando ante la mirada atónita de un Occidente que parece haber perdido toda capacidad de autocrítica y toda noción de la racionalidad estratégica que prevaleció durante la Guerra Fría.
Mientras los estrategas del Pentágono juegan con el fuego de la aniquilación nuclear, una transformación silenciosa pero profunda está reconfigurando la geografía económica y política de Eurasia. Como documenta Kamil Askerkhanov en su análisis «Norte-Sur: el renacimiento del Heartland», publicada el 11 de agosto de 2026, el corredor de transporte Norte-Sur está emergiendo como el nuevo eje de organización del continente euroasiático, en un giro que desafía décadas de orientación hacia el eje Este-Oeste que beneficiaba exclusivamente los intereses del capital financiero transatlántico. La ruta del Mar del Norte, que conecta el Ártico con el Océano Índico a través del territorio ruso, ha experimentado un crecimiento exponencial en el tráfico de contenedores chinos, triplicándose entre 2023 y 2025, según revela Small en su informe. La empresa china Sea Legend Shipping ha obtenido permisos para operar siete buques en esta ruta, reduciendo el tiempo de travesía de 37 a 20 días, un avance que el director general de Rosatom, Alexi Likachev, ha calificado como «todavía más importante y necesario por la situación permanentemente difícil en el Golfo Pérsico». Esta nueva arteria comercial no solo es más eficiente sino también más segura, como ha señalado el presidente Putin, en un momento en que los cuellos de botella tradicionales —el estrecho de Ormuz, Bab el-Mandeb y el Mar Negro— están siendo militarizados por las potencias occidentales.
El corredor Norte-Sur no es una ruta única sino un abanico de posibilidades que están transformando la arquitectura misma de Eurasia. Askerkhanov identifica tres direcciones principales: a través del Cáucaso e Irán, completando la línea Resht-Astara que conectará el sistema ferroviario ruso con los puertos iraníes del sur; a través de Kazajistán, Turkmenistán e Irán; y una tercera ruta que atraviesa Asia Central, Afganistán y Pakistán, con el ferrocarril transafgano que proporcionará a Asia Central acceso directo a los puertos paquistaníes del Mar Arábigo. Paralelamente, la Unión Económica Euroasiática ya tiene una zona de libre comercio con Irán y está negociando con India, mientras Rusia e Irán discuten la conexión de gas a través de Azerbaiyán con una capacidad potencial de 55 mil millones de metros cúbicos anuales. Esta estructura vertical, que va del Ártico al Océano Índico, representa la resolución del histórico problema de la continentalidad del Heartland que Sir Halford John Mackinder, uno de los fundadores de la geopolítica, identificó como la debilidad estratégica de Rusia: su limitado acceso al océano mundial. Ahora, ese acceso se está construyendo no a través del enfrentamiento con el Rimland occidental sino mediante un giro estratégico hacia el Sur que convierte a Rusia en el nodo norte de un sistema meridional que conecta el Ártico, Asia Central y el Índico.
Este nuevo eje vertical está emergiendo como una frontera entre dos espacios civilizatorios. Al este de esta línea, se está construyendo una nueva arquitectura euroasiática basada en la cooperación y el desarrollo, mientras al oeste se extiende un cinturón de creciente inestabilidad que va desde Ucrania y el Mar Negro hasta el Mediterráneo oriental y el Golfo Pérsico. El contraste es tan nítido como aleccionador: mientras el Sur Global avanza en la construcción de infraestructura y el fortalecimiento de lazos económicos, el mundo transatlántico se hunde en una espiral de militarización y conflicto que amenaza con arrastrar a toda la humanidad. Esta dicotomía no es accidental sino estructural, y refleja el choque entre dos sistemas económicos antagónicos que el economista e historiador Alex Krainer ha desenterrado con lucidez en su análisis del libre comercio británico frente al Sistema Nacional Americano. Como señala Krainer, el sistema británico de libre comercio se caracteriza por orientar el capital y la mano de obra hacia la especulación, deprimir los salarios, concentrar la riqueza en unas pocas manos y dar lugar a guerras universales perpetuas, mientras el sistema nacional de economía política fomenta la producción de bienes e infraestructura, eleva el nivel de vida, dispersa la riqueza y se esfuerza por preservar la paz. Esta antítesis fundamental explica por qué el establishment occidental, en lugar de sumarse a la nueva ola de desarrollo que está transformando Eurasia, prefiere arriesgar la aniquilación nuclear antes que abandonar su modelo de extracción y dominación.
La propuesta de una guerra nuclear «limitada» que han puesto sobre la mesa Colby y Correll no es sino la expresión más extrema de esta lógica depredadora. Como ha demostrado el profesor Ted Postol del MIT y otros científicos que han estudiado el tema, no puede existir una guerra nuclear limitada; cualquier uso de estas armas desencadenaría una escalada incontrolable con consecuencias catastróficas para toda la humanidad. Sin embargo, la irracionalidad aparente de esta propuesta adquiere una lógica siniestra cuando se la conecta con la agenda maltusiana que ha caracterizado al establishment angloestadounidense desde sus orígenes. Dave Christie ha trazado esta conexión en su análisis de lo que denomina la «Allgemeine SS» moderna, señalando que la red que rodea a figuras como el pedófilo Jeffrey Epstein, con sus raíces en el tráfico de armas británico a través de Douglas Leese y el escándalo de Al Yamamah, representa una continuidad de esa mentalidad que concibe a la mayor parte de la humanidad como «consumidores inútiles» que deben ser eliminados. La referencia de Benjamin Netanyahu a Israel como un nuevo modelo espartano, en línea con el culto de Apolo en Delfos que dio origen al maltusianismo, y la fusión militar entre Estados Unidos e Israel a través de la Resolución HR 219 del Senado, apuntan a la construcción de un aparato que estaría dispuesto a actuar como «guarda forestal de la raza humana» para reducir la población del planeta.
En este contexto de creciente peligro, emergen iniciativas que ofrecen una alternativa a la locura belicista. Una carta abierta al arzobispo John Wester de Santa Fe, Nuevo México, respaldada por el Instituto Schiller y organizaciones como Pax Christi, solicita al Papa León XIV que convoque una conferencia de paz para retirar las armas nucleares de las fronteras de Rusia y planificar la abolición de las armas nucleares en todo el mundo. Esta iniciativa, que ya está recibiendo amplio apoyo internacional, tiene dos elementos particularmente significativos: el reconocimiento de que es imperativo retirar las armas de la frontera rusa para evitar una guerra nuclear, y el énfasis en que la paz debe basarse en el desarrollo económico para todos los países. Como ha insistido Helga Zepp-LaRouche en reiteradas ocasiones, necesitamos una nueva arquitectura de seguridad y desarrollo a nivel mundial que supere la parálisis política que se ha apoderado de Occidente frente al horror de la guerra nuclear y que podría ir en dirección a un caos multipolar a largo plazo. Esta orientación hacia el desarrollo es precisamente la que caracteriza al Sur Global, donde la Ruta Marítima del Norte, el corredor Norte-Sur y todos los grandes proyectos de infraestructura están transformando la realidad económica y creando las bases para un nuevo paradigma de cooperación internacional.
Un documento de la RAND Corporation de 2023 revela la hoja de ruta de la guerra de Estados Unidos contra el multipolarismo. Este documento, titulado «Competencia entre Grandes Potencias y Conflicto en el Siglo XXI fuera del Indo-Pacífico y Europa», no es un estudio académico neutral sino un plano de batalla que recomienda el respaldo a «revoluciones de color» y campañas de guerra informativa para desestabilizar a los socios de la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China. Lo más perturbador es la admisión de que una guerra con Irán sería en realidad un arma dirigida contra la seguridad energética de China, y la referencia al uso de terroristas uigures en Siria como parte del arsenal de grupos respaldados por Estados Unidos para ser utilizados contra Pekín. Esta estrategia de confrontación total, que conecta la guerra en Ucrania, la amenaza a Irán y la desestabilización de Asia Central, revela que no estamos ante crisis inconexas sino ante una guerra global orquestada por el establishment angloestadounidense para preservar su primacía a cualquier precio, incluso si ese precio es la paz y la estabilidad del mundo.
La tesis de Tom Switzer en The Spectator, que sugiere que el fin de la hegemonía estadounidense desencadenaría la Tercera Guerra Mundial, es un ejemplo perfecto de esta lógica autojustificatoria que ha caracterizado al pensamiento occidental. Como ha señalado Elena Panina en su respuesta a Switzer, esta perspectiva no solo es históricamente miope sino que invierte la cadena de causalidad que realmente alimenta la inestabilidad global. Lejos de ser un limitador de conflictos, Estados Unidos ha sido, durante las últimas ocho décadas, el iniciador o beligerante principal en la mayoría de los conflictos significativos a nivel global. Su presencia militar ubicua no es una red de seguridad sino un sistema de proyección de poder que, por su propia naturaleza, tensa las relaciones internacionales. Sin esa presencia, los conflictos regionales encontrarían un dique de contención natural en los intereses puramente regionales, y el mundo podría cristalizar equilibrios de poder más orgánicos y estables, como el balance entre China, Japón, India y Australia en el Pacífico, o entre Irán, Turquía, Arabia Saudita e Israel en Oriente Medio. La desintegración de la hegemonía estadounidense no abriría las puertas del caos sino que permitiría la emergencia de un orden más diverso, resiliente y, en última instancia, más pacífico.
El momento actual, con su mezcla de peligro extremo y oportunidad histórica, exige una claridad de pensamiento y una determinación de acción que superen la parálisis que el horror puede generar. Como señala Small en su reflexión, si uno ve una cosa horrible, la mente a veces simplemente se paraliza, pero eso no ayuda a resolver el problema. Es importante usar ese horror y ese peligro para activarse y activar a otros en la dirección de los cambios políticos y económicos requeridos para garantizar que este mundo pueda seguir existiendo. La orientación que se requiere en Occidente es, en términos generales, exactamente la que ya existe en el Sur Global: el desarrollo de grandes proyectos de infraestructura, la cooperación económica basada en el beneficio mutuo, la inversión en ciencia y tecnología para el bienestar de todos, y la construcción de una nueva arquitectura de seguridad que reconozca la soberanía e intereses legítimos de todas las naciones. El Sur Global está abierto a que Estados Unidos y Europa cambien su orientación, a que regresen a la tradición de Franklin Roosevelt y el Sistema Nacional de Economía Política que hizo grande a Estados Unidos en el siglo XIX y principios del XX, a que abandonen la locura maltusiana y belicista que los ha llevado al borde del abismo.
La batalla económica que Krainer describe entre el libre comercio británico y el Sistema Nacional Americano no es un asunto académico sino la cuestión central de nuestro tiempo. El ejemplo de Enrico Mattei, el visionario italiano que construyó la industria energética de su país al margen de las «Siete Hermanas» angloamericanas y que fue asesinado en circunstancias misteriosas en 1962, es una advertencia de lo que ocurre a quienes desafían el orden establecido. Pero también es una prueba de que el sistema nacional funciona cuando se le permite hacerlo: Mattei convirtió a Italia en una potencia energética independiente, redujo los precios del consumo en un 25%, impulsó la recuperación económica y ofreció a las naciones recién independizadas de África y Asia términos que ninguna empresa angloamericana consideraría, construyendo refinerías localmente y cediendo la propiedad al país anfitrión. Su legado, junto con el de Hamilton, Clay, Carey y List, constituye una tradición viva que ha inspirado a los líderes del movimiento BRICS y a las fuerzas que están construyendo la nueva Eurasia. La influencia de Lyndon LaRouche, a pesar de la implacable campaña de difamación que sufrió, ha sido crucial para mantener vivo este conocimiento y para articular la alternativa al orden global de libre comercio que está llevando al mundo al desastre.
El contraste entre la visión de desarrollo del Sur Global y la orientación belicista del mundo transatlántico se manifiesta de manera más concreta en el reciente «Acuerdo de Defensa Conjunta de La Meca» firmado entre Pakistán, Turquía y Arabia Saudita, analizado por David Christie. Este acuerdo, que surge tras la exposición de la supuesta seguridad proporcionada por Estados Unidos después de los ataques militares contra Irán, representa la búsqueda de acuerdos de seguridad regionales que podrían ser una extensión del acercamiento entre Arabia Saudita e Irán auspiciado por China en 2023 y la expansión de los BRICS que incluyó a estas naciones junto con los Emiratos Árabes Unidos y Egipto. Sin embargo, como advierte Christie, este proceso podría ir en dirección de un «caos multipolar a largo plazo» o, en el mejor de los casos, hacia un «nuevo paradigma». La dirección que tome dependerá de si se implementa el «Plan Oasis Extendido» de desarrollo de agua y energía para todas las naciones de la región, con Asia Sudoccidental como encrucijada clave de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, conectando Asia, Europa y África. Solo a través de este desarrollo compartido podría haber paz duradera en la región, demostrando una vez más que la paz y la seguridad son el resultado del desarrollo económico, no de la disuasión militar.
La parálisis política que se ha apoderado de Occidente frente al peligro nuclear es el síntoma de una cultura que ha perdido la fe en el futuro y que solo concibe el progreso como acumulación de poder destructivo. La alternativa existe y está siendo construida día a día por las naciones del Sur Global, que están demostrando que otra economía es posible, otra geopolítica es posible, otra relación entre los seres humanos y la naturaleza es posible. El corredor Norte-Sur, la Ruta Marítima del Norte, el ferrocarril transafgano, los acuerdos de cooperación entre Rusia, China, India, Irán y los países de Asia Central son los ladrillos de un nuevo orden que no está basado en la dominación sino en la cooperación, no en la extracción sino en el desarrollo, no en la guerra sino en la paz. La invitación está abierta para que Estados Unidos y Europa se sumen a este esfuerzo, para que abandonen la locura belicista y maltusiana que los ha llevado al borde del abismo y regresen a la tradición del Sistema Nacional de Economía Política que hizo posible el progreso del siglo XIX y principios del XX. El momento de decidir es ahora, porque como han advertido los expertos chinos y rusos, una estrategia nuclear de este tipo puede parecer atractiva, pero su aplicación sería un camino hacia la autodestrucción. La humanidad tiene la capacidad y el deber de elegir el camino del desarrollo y la cooperación, de construir un futuro donde la paz y la prosperidad sean el patrimonio de todos los pueblos de la Tierra.
Fuentes consultadas
Dennis Small. El Pentágono prepara uso de armas nucleares tácticas. EIR. 10 de agosto de 2026.
Dave Christie. Nukes and Today’s Allgemeine SS. The LaRouche Organization. 10 de agosto de 2026.
Dave Christie. Mecca Joint Defense Agreement. The LaRouche Organization. 10 de agosto de 2026.
Kamil Askerkhanov. Norte – Sur. El renacimiento del Heartland. Opinión. 11 de agosto de 2026.
Alex Krainer. The Empire is crumbling: British free trade vs the American System. I System Trend Compass. 4 de agosto de 2026.
Tom Switzer. Are we on the brink of World War Three? The Spectator. 17 de agosto de 2026.
Elena Panina. The Spectator (Reino Unido): Si Estados Unidos deja de ser la potencia hegemónica, se desencadenará la Tercera Guerra Mundial. Russtrat. 10 de agosto de 2026.
Raphael S. Cohen, Elina Treyger, Irina A. Chindea, et al. Great-Power Competition and Conflict in the 21st Century Outside the Indo-Pacific and Europe. RAND Corporation. 2023.