Oscuro Claro
El Senado de Estados Unidos amputó simbólicamente —pero con peso político indudable— los poderes de guerra de Donald Trump sobre Irán, en un voto histórico que reaviva el debate más profundo sobre quién tiene el derecho constitucional de llevar a una nación a la guerra.

Por Mente Alternativa

The Washington Post reportó que el Senado de Estados Unidos aprobó el martes, con un marcador de 50 a 48, una resolución concurrente que instruye al presidente Donald Trump a retirar las fuerzas armadas estadounidenses de las hostilidades contra Irán, en lo que constituye la primera ocasión en que ambas cámaras del Congreso aprueban de manera conjunta un instrumento de esta naturaleza desde el inicio del conflicto. El voto en el Senado se produjo dos días después de que Trump amenazara públicamente con bombardear a Irán si no controlaba a sus milicias en el Líbano, y en él cuatro senadores republicanos rompieron con su partido para sumarse a la mayoría demócrata: Rand Paul de Kentucky, Susan Collins de Maine, Lisa Murkowski de Alaska y Bill Cassidy de Luisiana.

Lo que está en juego en este voto no es meramente táctico ni circunstancial: es la pregunta más antigua y perturbadora de cualquier república que aspire a la democracia, la que pregunta si un solo hombre puede decidir llevar al país a la guerra, gastar ochenta mil millones de dólares adicionales en municiones y sacrificar vidas de soldados sin que el pueblo, a través de sus representantes, tenga voz o voto. El conflicto con Irán comenzó el 28 de febrero, y desde entonces trece militares estadounidenses han muerto, miles han sido puestos en peligro, y los precios de la gasolina y los alimentos se han disparado de manera sostenida. Todo ello sin una declaración formal de guerra ni una autorización legislativa explícita, lo que convierte este episodio en un caso de manual sobre la patología del presidencialismo desbordado.

La Ley de Poderes de Guerra de 1973 fue concebida precisamente como una respuesta al trauma de Vietnam: una ley que limita a 60 días el período durante el cual un presidente puede mantener tropas en hostilidades sin autorización del Congreso. Esa ventana, que se cerró el 30 de abril, ya expiró. Y sin embargo, la guerra continúa. El senador Tim Kaine de Virginia, quien llevó la medida al plenario del Senado, argumentó con una lógica demoledora: la propia solicitud del gobierno de 80 mil millones de dólares en gastos de emergencia para reponer los arsenales agotados por el conflicto es la prueba más elocuente de que la guerra ya ocurrió, ya costó y ya dejó secuelas que el Congreso tiene la obligación de encuadrar y limitar. El dinero pedido, las municiones consumidas y los cuerpos de los soldados son argumentos que ningún retórico presidencial puede disolver.

La resolución no tiene fuerza de ley. Ese detalle es crucial para entender tanto su alcance como sus límites. Al tratarse de una resolución concurrente, no requiere la firma presidencial, pero tampoco obliga jurídicamente. Trump puede ignorarla. Y todo indica que lo hará: cuando la Cámara de Representantes aprobó la medida semanas atrás, él la descartó como un voto sin sentido y arremetió contra los cuatro republicanos que se sumaron a los demócratas —Thomas Massie, Brian Fitzpatrick, Tom Barrett y Warren Davidson— acusándolos de socavar su autoridad negociadora frente a Irán. Lo mismo puede esperarse ahora que el Senado ha cerrado el círculo bicameral. Sin embargo, el jurista Carl Tobias, catedrático en la Universidad de Richmond, apuntó que eso no hace el voto irrelevante: es el primero en el que ambas cámaras coinciden, y tiene una carga política que ningún mandatario puede ignorar impunemente cuando las elecciones de medio término están acercándose.

Lo que revela este proceso es una textura más compleja de la política republicana contemporánea. Durante meses, solo Paul apoyó las resoluciones de poderes de guerra. Luego Collins se unió el 30 de abril. Murkowski se sumó el 13 de mayo. Y Cassidy, recién derrotado en sus primarias republicanas al interior de Louisiana, votó a favor esta semana sin nada que perder electoralmente. El crecimiento gradual de ese bloque disidente dentro del propio Partido Republicano no es trivial: sugiere una erosión lenta pero real del consenso que Trump había logrado mantener en torno a su manejo del conflicto. Al mismo tiempo, el senador demócrata John Fetterman de Pensilvania fue el único miembro del partido opositor que votó en contra, evidenciando que el alineamiento partidario en materia de política exterior no es monolítico ni en uno ni en otro bando.

El líder de la minoría demócrata, Chuck Schumer, no midió sus palabras al calificar la decisión de Trump de atacar a Irán como un error histórico de primer orden, uno de los peores en materia de política exterior que este país haya cometido. El senador Adam Schiff, desde California, recordó que la administración jamás justificó ante el Congreso ni ante la ciudadanía las razones de esa guerra, que los objetivos y las justificaciones cambiaron repetidamente a lo largo del conflicto, y que el acuerdo alcanzado con Teherán para reabrir el Estrecho de Ormuz —que Trump negocióen términos que muchos consideran un regalo a Irán— ha generado críticas bipartidistas agudas en Capitol Hill. En ese escenario, la aprobación bipartidista y bicameral de esta resolución no es un triunfo legislativo ordinario: es un momento en que el Congreso intenta recordarle al Ejecutivo que la Constitución divide el poder de guerra entre las ramas del gobierno por una razón que la historia ha validado con sangre.

Esta no es la primera vez que el Congreso y Trump se enfrentan en este terreno. Durante su primer mandato, el Congreso aprobó resoluciones de poderes de guerra para retirar tropas de las hostilidades en Yemen en 2019 y de los posibles ataques contra Irán en 2020. Trump vetó ambas. En esa ocasión, las resoluciones eran conjuntas y requerían su firma. Ahora, al tratarse de una resolución concurrente, ese mecanismo no aplica. Pero el mensaje político es inequívoco, y su fuerza no proviene del derecho positivo sino de la legitimidad democrática: el pueblo, a través de sus representantes de ambas cámaras y de ambos partidos, ha dicho que esta guerra debe terminar.

El problema de fondo es estructural y sobrepasa a Trump: el poder ejecutivo estadounidense ha acumulado durante décadas prerrogativas bélicas que la letra de la Constitución no le concede. El Artículo I otorga al Congreso la facultad de declarar la guerra; el Artículo II convierte al presidente en comandante en jefe. Esa tensión siempre ha existido, pero la era post-11 de septiembre la exacerbó hasta el extremo, otorgando al Ejecutivo cartas blancas bajo el argumento de la emergencia perpetua. La Ley de Poderes de Guerra de 1973 fue el intento de legislar un equilibrio, pero sus mecanismos han probado ser insuficientes cuando el presidente en turno está dispuesto a desafiarlos. Lo que el voto del martes demuestra es que, al menos en este ciclo histórico, hay voluntad política bipartidista para resistir ese desbordamiento del poder presidencial, aunque sea de manera simbólica.

En el ámbito de la política internacional, el momento no podría ser más cargado. Trump afirmó el domingo anterior al voto que Irán debía detener inmediatamente a sus representantes en el Líbano o sufriría bombardeos aún más intensos. Los medios estatales iraníes respondieron que esas declaraciones violaban el memorándum de entendimiento negociado entre las partes, cuyo primer párrafo prohíbe expresamente que cualquiera de los dos lados formule amenazas contra el otro. La amenaza de Trump llegó dos días antes de que el Senado votara para limitar su autoridad bélica, lo que hace la coincidencia temporal particularmente reveladora: el presidente intenta expandir el conflicto mientras el Congreso intenta contenerlo. Esa tensión no se resolverá con un solo voto, por más histórico que sea.

El dilema que este episodio planta en el corazón de la democracia estadounidense no es nuevo, pero raramente se ha exhibido con tanta nitidez: ¿puede un sistema constitucional sobrevivir cuando el Ejecutivo tiene voluntad y capacidad para ignorar los frenos legislativos, incluso cuando estos frenos son bipartidistas, bicamerales y constitucionalmente fundamentados? La respuesta no está en las resoluciones ni en los votos simbólicos. Está en las elecciones de medio término que se avecinan, en los presupuestos que el Congreso aprueba o niega, y en la disposición de los ciudadanos a exigir que quienes tienen el poder de declarar la guerra rindan cuentas por las guerras que libran. Esta décima votación en el Senado sobre los poderes de guerra de Trump contra Irán es menos un punto de llegada que una señal: la fatiga democrática frente al unilateralismo bélico tiene límites.

Fuentes consultadas

The Washington Post. Senate votes to direct Trump to withdraw troops from Iran conflict, 4 Republicans break ranks. Publicado el 24 de junio de 2026. Recuperado de washingtonpost.com.



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