Oscuro Claro
El manifiesto Palantir expone sin ambages la deriva autoritaria de la inteligencia artificial aplicada a la guerra, donde la empatía es desechada como un estorbo.

Por Mente Alternativa

El 22 de abril, el medio EIRNS dio cuenta de un documento que, por su contundencia y sus implicaciones, merece ser examinado con la misma atención que antaño se dedicaba a los tratados de paz o a las declaraciones de guerra. Se trata del manifiesto publicado por Alexander C. Karp, director ejecutivo de Palantir Technologies, la empresa cofundada por el polémico Peter Thiel, y que el propio Karp había anticipado en su libro The Technological Republic: Hard Power, Soft Belief, and the Future of the West, escrito junto a Nicholas W. Zamiska y publicado por el sello del New York Times. Este manifiesto Palantir, estructurado en veintidós puntos que la propia compañía resumió en su cuenta de la red social X el dieciocho de abril, no es un mero comunicado corporativo ni una hoja de ruta comercial: es una declaración ideológica de intenciones que aboga por la construcción de sistemas de muerte autónomos, el retorno al servicio militar obligatorio y la sustitución de la disuasión nuclear por una nueva era de disuasión basada exclusivamente en inteligencia artificial. Ante semejante programa, la pregunta que se impone no es si estamos ante un exceso retórico, sino si la tecnocracia de Silicon Valley ha encontrado por fin su manifiesto fundacional.

La primera gran tesis que sostiene este manifiesto Palantir es la existencia de una “deuda moral” de Silicon Valley con Estados Unidos. Karp, conocido por su personalidad espartana y por su rechazo ostensible a toda forma de empatía, sostiene que la élite ingenieril californiana ha desperdiciado su talento en la construcción de aplicaciones triviales —la llamada “tiranía de las aplicaciones”— en lugar de poner su capacidad al servicio de la defensa nacional y la seguridad del Estado. Esta idea, que ya había sido desarrollada en The Technological Republic, adquiere en el manifiesto una crudeza inusitada: las empresas tecnológicas, según Karp, deben desempeñar un papel activo en la lucha contra el crimen violento y, por extensión, en la guerra. No se trata aquí de una metáfora ni de una sugerencia tímida: Palantir ya vende sus productos a organismos policiales de todo el mundo, y su plataforma Gotham es utilizada por la CIA, el FBI, el Pentágono y agencias de inteligencia del Reino Unido y Alemania. El manifiesto Palantir no hace sino verbalizar lo que la compañía ya practica en silencio: la conversión del software en arma de destrucción masiva.

Pero es quizá el duodécimo punto del manifiesto Palantir el que contiene la proposición más radical y, al mismo tiempo, más inquietante para el orden geopolítico actual. Karp declara sin ambages que “la era atómica está terminando” y que “una nueva era de disuasión basada en la inteligencia artificial está a punto de comenzar”. Esta afirmación, leída a la luz de la teoría estratégica clásica, supone un cambio de paradigma de magnitudes colosales. Durante décadas, la paz de posguerra se sostuvo sobre el terror mutuo que garantizaba la destrucción asegurada mediante arsenales nucleares. Karp propone ahora que ese equilibrio ceda paso a un nuevo orden en el que la superioridad algorítmica determine quién puede atacar y quién debe someterse. La pregunta no es, según el CEO de Palantir, si se construirán armas autónomas dotadas de inteligencia artificial, sino quién las construirá primero. Si Occidente se entretiene en debates éticos estériles, advierte Karp, China o Rusia no tendrán esos escrúpulos, y la supervivencia de las democracias quedará en entredicho. Este argumento, tan falaz como recurrente en la historia del complejo industrial-militar, sirve de coartada para la carrera armamentística algorítmica que el manifiesto Palantir no solo justifica, sino que exige.

El cuarto punto del manifiesto Palantir aborda otra de las grandes obsesiones de su autor: la crítica del poder blando. Karp sostiene que la retórica moral, la diplomacia y los valores democráticos han mostrado sus límites. Para que las sociedades libres prevalezcan, afirma, se necesita poder duro, y en este siglo el poder duro se construye exclusivamente sobre código y algoritmos. Esta dicotomía entre un Occidente supuestamente debilitado por sus escrúpulos y unos adversarios despiadados y eficientes es una constante en la literatura tecnofascista contemporánea. El manifiesto Palantir añade además un elemento de especificidad geopolítica que resulta escalofriante: “La castración de Alemania y Japón tras la guerra debe revertirse”. Según Karp, el desarme alemán fue una corrección excesiva por la que Europa está pagando ahora un alto precio. Y si Japón mantiene su “devoción sumamente teatral al pacifismo”, advierte, el equilibrio de poder en Asia está a punto de cambiar drásticamente. Estas afirmaciones, leídas con serenidad, no son otra cosa que una apología del rearme integral de las potencias derrotadas en la Segunda Guerra Mundial, un objetivo que ningún demócrata sensato podría aplaudir y que sin embargo aparece formulado en el manifiesto Palantir como si se tratara de una mera actualización técnica de la defensa occidental.

La periodista Rosa Jiménez Cano, corresponsal tecnológica en Estados Unidos, ha señalado en diversos análisis que Peter Thiel, el otro gran artífice de Palantir, siempre ha tenido una vertiente de columnista y ensayista, y que le gusta crear doctrina. Thiel concibe el mundo desde una visión selectiva, elitista y alineada con el “America First” trumpista. El manifiesto Palantir no hace sino traducir esa visión a un programa de acción concreto. Por eso no sorprende que el documento incluya una defensa explícita del nacionalismo cultural: en su vigésimo primer punto, el manifiesto sostiene que no todas las culturas son iguales, que algunas han producido maravillas técnicas mientras que otras son disfuncionales y regresivas, y que hay que resistir la tentación superficial de un “pluralismo vacío y hueco”. Estas declaraciones, que podrían haber sido extraídas de cualquier panfleto de la extrema derecha europea o estadounidense, adquieren una dimensión siniestra cuando se recuerda que Palantir no es un grupo de presión ni un partido político, sino una empresa que maneja datos sensibles de millones de personas y que colabora directamente con las agencias de deportación del gobierno estadounidense.

No menos controvertido resulta el sexto punto del manifiesto Palantir, en el que Karp propone la vuelta al servicio militar obligatorio. “Como sociedad”, escribe, “deberíamos considerar seriamente abandonar un ejército exclusivamente voluntario y solo librar la próxima guerra si todos comparten el riesgo y el costo”. Esta propuesta, que algunos podrían leer como un gesto igualitario, es en realidad una exigencia de movilización total de la sociedad en función de los imperativos de la defensa tecnológica. El manifiesto Palantir no solo quiere las armas de inteligencia artificial, sino también los cuerpos que las operen y los ciudadanos que las legitimen. Se trata, en suma, de una militarización integral de la vida social, un objetivo que ha suscitado reacciones vehementes en el ámbito académico y político. El economista Yanis Varoufakis, por ejemplo, calificó el contenido del manifiesto como la personificación del “mal” en sus redes sociales, mientras que el experto en populismo Cas Mudde definió la propuesta como “puro tecnofascismo”, advirtiendo que este posicionamiento descalifica a Palantir como socio comercial para cualquier nación democrática y exigiendo que Europa cese toda inversión en la firma.

La recepción crítica del manifiesto Palantir no se ha limitado, sin embargo, a la izquierda intelectual. Eliot Higgins, fundador de la tecnológica Bellingcat, cuestionó irónicamente la normalización de que empresas privadas emitan declaraciones sociopolíticas tan cargadas de ideología. Y en España, Oscar Méndez, presidente y fundador de la asociación Genaia de inteligencia artificial generativa, se declaró ofendido por algunas afirmaciones del documento: “¿Acaso se es moralmente deficiente si no se defiende la industria militar?”, preguntó Méndez, que advirtió además que la humanidad dispone de unos ochocientos a mil días para reaccionar a nivel nacional y global ante esta deriva. El propio diario El País, en su edición del veintisiete de abril de dos mil veintiséis, recogió el aluvión de críticas al manifiesto Palantir y calificó la propuesta como algo situado “entre el tecnofascismo y el villano de James Bond”, una fórmula que capta bien la mezcla de horror e incredulidad que ha suscitado el documento.

Pero el manifiesto Palantir no es solo un texto provocador; es también un reflejo del poder real que la compañía ha acumulado en los últimos años. Palantir nació después del once de septiembre, y desde entonces ha tejido una red de contratos gubernamentales valorados en miles de millones de dólares. Su plataforma Gotham es el sistema operativo de la inteligencia estadounidense, y su responsable de tecnología, Shyam Sankar, fue elevado por la administración Trump al rango de teniente coronel asesor en el Pentágono, algo que en una carrera militar convencional requeriría décadas de servicio. El manifiesto Palantir es, en este sentido, la justificación ideológica de un poder que ya existe y que no deja de expandirse. Por eso resulta insuficiente reaccionar con indignación o con sarcasmo ante sus veintidós puntos; lo que exige es una respuesta política y social a la altura de los riesgos que plantea.

La crítica del poder blando que propugna el manifiesto Palantir es, en el fondo, una crítica de la democracia misma. Porque el poder blando no es solo retórica grandilocuente, como despectivamente lo llama Karp; es el conjunto de instituciones, normas y valores que han permitido a las sociedades occidentales construir órdenes políticos basados en el consentimiento y no exclusivamente en la coerción. Al declarar la obsolescencia de ese poder blando, el manifiesto Palantir aboga por un retorno a la ley del más fuerte, pero con una novedad inquietante: el más fuerte ya no será el que tenga más bombas atómicas o más soldados, sino el que posea los algoritmos más eficientes para matar sin intervención humana. Esa es la promesa del tecnofascismo: una guerra limpia, aséptica, algorítmica, en la que la muerte se delega en máquinas y la responsabilidad moral se disuelve en líneas de código.

El nombre de la empresa, por cierto, no es casual. Palantir remite a las piedras videntes de la obra de J. R. R. Tolkien El Señor de los Anillos, unos artefactos mágicos que permitían ver a lo lejos pero que estaban en posesión de los villanos que deseaban subyugar a los pueblos libres de la Tierra Media. La elección de ese nombre por parte de los fundadores de la compañía es, cuando menos, una confesión involuntaria de sus aspiraciones. Porque el manifiesto Palantir no es otra cosa que el intento de convertir esa fantasía de control omnímodo en realidad operativa. Y mientras los debates éticos sobre la inteligencia artificial militar se suceden en congresos y comisiones parlamentarias, la empresa sigue firmando contratos, instalando sus sistemas en agencias gubernamentales y expandiendo su influencia por todo el mundo. El manifiesto Palantir ha llegado, pero la máquina que describe ya estaba en marcha mucho antes de que se publicara la primera de sus veintidós tesis.

Fuentes consultadas
  1. EIRNS, “Palantir, la máquina de matar de IA, publicó un manifiesto tecnofascista espartano”, 22 de abril de 2026.
  2. Karp, Alexander C. y Zamiska, Nicholas W., The Technological Republic: Hard Power, Soft Belief, and the Future of the West, New York Times Books, 2025.
  3. Zahn, Jimena, “Las ‘22 tesis’ de Palantir: el manifiesto de la era del tecnofascismo”, Punto de Fuga, 24 de abril de 2026.
  4. El País, “Manifiesto Palantir: entre el tecnofascismo y villano de James Bond”, 27 de abril de 2026.

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