Por José Luis Preciado
El autor Daniel Estulin recuerda que Gran Bretaña nunca fue simplemente una nación, sino la plataforma territorial de un proyecto de poder heredado de Venecia: controlar las conexiones mediante las cuales funciona la geografía, financiar en lugar de conquistar, convertir la deuda en instrumento de dominio. Carl Osgood, en EIR, revela que esa misma lógica ha saltado a la órbita: el Ministerio de Defensa británico anunció la creación del No. III Space Effects Squadron, una unidad de la RAF dedicada a “interrumpir, degradar y negar» la actividad hostil en el espacio, presentando como «disuasión» lo que constituye la proyección del modelo imperial decimonónico hacia el dominio orbital. La convergencia entre ambos diagnósticos es estremecedora: mientras Escocia, Gales e Irlanda del Norte impulsan conjuntamente la disolución del Reino Unido, la City reinventa el imperio sin necesidad de poseer nada, y el espacio se convierte en el nuevo territorio donde se libra la batalla por el control de lo real.
La tesis de Estulin es que el poder supremo ya no pertenece a quien fabrique microchips o baterías de litio, sino a quien certifique que esos objetos son auténticos. Durante más de cuatro siglos, la City de Londres ejerció un dominio singular sobre la economía mundial sin poseer directamente los recursos: le bastaba con situarse en el espacio intermedio donde se genera la confianza, controlando seguros, contratos, cartas de crédito y arbitraje comercial. Hoy, ante el desplazamiento masivo de la producción física hacia China, Rusia y el Sur Global, esa misma lógica da un salto cualitativo. La City ya no se conforma con gestionar la incertidumbre de las transacciones; aspira a resolver el problema más profundo del siglo XXI: cómo certificar que la materia misma —un semiconductor, una batería, una muestra biológica— es auténtica y no ha sido alterada. Esta transición combina física cuántica e inteligencia artificial para construir la infraestructura tecnológica que permitirá decidir qué objetos del mundo físico son reales y cuáles dejan de existir económicamente. Quien controle esa infraestructura no necesitará poseer recursos: bastará con decidir qué recursos son reales.
El artículo de Osgood documenta la dimensión militar de esta transformación. El Air Chief Marshal Sir Harv Smith, jefe de la RAF, anunció en la UK Space Power Conference que el nuevo escuadrón reunirá personal especializado de todas las Fuerzas Armadas para contrarrestar la actividad hostil en órbita y defender los satélites de los que depende la nación. El Secretario de Defensa, Wes Streeting, lo expresó sin ambages: «El control de las olas fue el ingrediente esencial de la disuasión en el siglo XIX; por eso Gran Bretaña construyó la mejor potencia naval de la historia. En el siglo XX fue el control de los cielos. Este siglo dependerá del control del espacio.» La declaración no es una metáfora: es la declaración explícita de que el modelo imperial de dominación territorial se reproduce ahora en la órbita terrestre, con satélites que guían buques, conectan teléfonos móviles y advierten de ataques con misiles como el equivalente funcional de las rutas marítimas y los cables telegráficos del imperio victoriano. La diferencia es que ya no se trata de conquistar territorios, sino de controlar las señales, los datos y las infraestructuras que hacen funcionar el mundo.
Estulin introduce la oposición simbólica entre el «dragón rojo» y el «dragón verde» para explicar esta transición. El dragón rojo de Gales representa el poder visible: corona, territorio, soberanía manifiesta. El dragón verde representa el poder invisible: conocimiento, iniciación, redes, programación y transformación. Vincula esta segunda tradición con John Dee —cartógrafo, matemático, consejero de Isabel I y ocultista que contribuyó a imaginar intelectualmente el futuro imperio antes de que existiera materialmente—, la magia enoquiana, la Golden Dawn y Aleister Crowley. Su argumento es que existe una continuidad funcional entre el deseo antiguo de descubrir las leyes ocultas de la realidad y el proyecto moderno de dominar sistemas mediante psicología, propaganda, cibernética, algoritmos, inteligencia artificial y finalmente transhumanismo. La secuencia histórica que propone es vertiginosa: Venecia convirtió las redes en poder; Inglaterra transformó esa lógica en imperio; la City convirtió el imperio en finanzas; Estados Unidos convirtió esas finanzas en arquitectura mundial; Silicon Valley transformó esa arquitectura en algoritmos; y el transhumanismo intentaría convertir al propio ser humano en territorio programable.
La paradoja fundamental es que Gran Bretaña creó un sistema internacional capaz de sobrevivir sin Gran Bretaña. Nueva York absorbió las funciones financieras, Washington las militares, Silicon Valley las tecnológicas. Por eso, una fragmentación británica no equivaldría necesariamente al fracaso del proyecto histórico británico: podría representar que las redes creadas por ese proyecto se han emancipado definitivamente del territorio que las originó. La eventual desintegración territorial del Reino Unido sería menos importante que una transformación mucho mayor del poder occidental: el tránsito histórico del imperio territorial británico hacia un sistema transnacional de finanzas, información, algoritmos y control tecnológico que podría continuar funcionando aunque desaparezca la Gran Bretaña que originalmente lo engendró. El «dragón rojo», territorial e imperial, llega al final de su ciclo mientras el «dragón verde» —financiero, informacional, algorítmico y finalmente biotecnológico— ocupa su lugar. Y en ese nuevo orden, el espacio orbital no es un dominio exterior: es la próxima frontera donde se librará la batalla por decidir qué es real, quién lo certifica y quién controla las reglas del juego.
Fuentes consultadas
Daniel Estulin. El Reino Unido podría desintegrarse. 7 de julio de 2026.
Carl Osgood. British Imperialism in Space. EIR. 25 de septiembre de 2026.