Por José Luis Preciado
En su presentación para el foro Global Vision 2000 sobre Escatología y Tercera Guerra Mundial, el historiador revisionista Matthew Ehret explica que el denominado proyecto sionista no puede ser comprendido en su verdadera dimensión si se le aborda exclusivamente como un fenómeno político o nacionalista contemporáneo. Ehret sostiene una tesis bien documentada: el sionismo, en su núcleo más profundo y en las manos de sus principales artífices, opera como un ritual de inspiración templaria orientado a la consumación de un tiempo escatológico, un drama apocalíptico cuyos actores han sido meticulosamente dispuestos sobre el tablero geopolítico desde hace varios siglos. Esta perspectiva, que el propio autor califica como deliberadamente incómoda, exige al observador despojarse de los lentes convencionales de la historiografía para adentrarse en los vericuetos de las sociedades secretas, las herejías milenaristas y las maquinaciones teológico-políticas que han modelado el conflicto de Oriente Medio y, por extensión, el orden mundial contemporáneo.
La conexión entre el proyecto sionista y el imaginario templario no es una elucubración marginal, sino que se ancla en una trama histórica concreta que Ehret desgrana con meticulosidad. Un primer hilo conductor se encuentra en la paradójica alianza entre el nacionalsocialismo alemán y el movimiento sionista, materializada en el acuerdo de Hávar de 1933, cuyo eco numismático —una moneda conmemorativa acuñada por los nazis— sirve como emblema de una colaboración que trasciende el mero cálculo estratégico. Detrás de este pacto se perfilan figuras como Adolf Eichmann, quien, pese a su notorio antisemitismo, se instruyó en hebreo para estudiar la Cábala y declaró que, de haber nacido judío, habría sido el más ferviente sionista imaginable. Esta aparente contradicción se resuelve, en la lectura de Ehret, cuando se reconoce que tanto Eichmann como Heinrich Himmler, gran maestre de una orden neotemplaria instalada en el castillo de Wewelsburg, compartían una obsesión común: la búsqueda del Santo Grial, el templo de Salomón y otros artefactos que, en su cosmovisión, debían precipitar la era milenaria. No se trataba, pues, de una simple colección de rarezas arqueológicas, sino de la puesta en escena de un ritual que exigía la recreación de un escenario bíblico en Palestina, concebido como el teatro indispensable para el advenimiento del Mesías y el colapso de la civilización occidental.
Este designio escatológico encontraba un correlato teológico en la figura del rabino Abraham Isaac Kook, designado por el Mandato Británico como gran rabino asquenazí de Palestina en 1919. Kook, lejos de abogar por un judaísmo racionalista y desterritorializado, postulaba que la verdad sobre la Tierra Santa solo se revela a través de la Cábala, y que las guerras —lejos de ser males absolutos— cristalizan la identidad nacional y preparan el terreno para la llegada del Mesías. En sus escritos, Kook afirma que en la hora del ocaso de la civilización occidental, Israel está llamado a cumplir su misión divina proporcionando la base espiritual para un nuevo orden mundial. Esta teología de la catástrofe redentora, que identifica el conflicto global como el crisol necesario para la emergencia mesiánica, no se quedó en el plano de las especulaciones místicas, sino que se tradujo en un programa político de colonización ilegal y expansión territorial que, como muestra Ehret, encuentra su correlato en los mapas de la Gran Israel que hoy animan a los sectores más radicales del militarismo israelí. La aspiración a unas fronteras que abarcarían desde el Nilo hasta el Éufrates, engullendo Egipto, Siria, Jordania, Irak y Arabia Saudita, no es un sueño irredentista aislado, sino la manifestación geográfica de un mito fundacional que se nutre de las profecías del libro de Ezequiel y de las tradiciones apocalípticas del judaísmo esotérico.
Sin embargo, el análisis de Ehret adquiere una dimensión aún más inquietante cuando desvela que esta constelación de ideas no es patrimonio exclusivo de una facción del judaísmo, sino que ha sido cuidadosamente cultivada y orquestada por redes transnacionales de poder que hunden sus raíces en el corazón mismo de la cristiandad occidental. El eje simbólico que conecta el monte Carmelo —escenario del Armagedón— con santuarios dedicados al arcángel San Miguel en Irlanda, Francia e Italia dibuja una línea geográfica que los cruzados y los templarios consideraban sagrada, una «espada de San Miguel» que no es sino la cristianización de antiguos cultos solares, como el de Apolo o el de Mitra. Ehret traza un arco genealógico que va desde los rituales mitraicos de sacrificio del toro, practicados por las legiones romanas, hasta la transformación de esa iconografía en el culto a San Miguel, utilizado por los cruzados para legitimar la matanza de musulmanes y judíos bajo el estandarte de una guerra santa. Este sincretismo pagano-cristiano, lejos de ser una curiosidad arqueológica, constituye el sustrato ritual de una mentalidad que concibe la historia como un guion prefijado, en el que la violencia y el caos son los parteros de una nueva era.
La institucionalización de esta escatología belicosa, según Ehret, encuentra su formulación más acabada en la obra del jesuita Francisco Ribera, quien en 1591, en el contexto del Concilio de Trento y la lucha contra la Reforma, elaboró una interpretación futurista del libro del Apocalipsis que habría de convertirse en el manual de operaciones de las élites británicas del siglo XIX. Ribera postulaba que el anticristo surgiría en un templo de Jerusalén reconstruido, que aboliría la religión cristiana, destruiría Roma y conquistaría el mundo, siendo finalmente recibido por los judíos como su mesías. Esta teología, que parecía condenada a la marginalidad, fue redescubierta en 1826 por S.R. Maitland, custodio de los archivos vaticanos, y se convirtió en el eje de las Conferencias de Albury Park, una serie de encuentros que entre 1826 y 1831 reunieron a las mentes más influyentes del establishment británico para discutir profecías, sionismo y el fin de los tiempos. Entre ellos destacaban Henry Drummond, Edward Irving y, sobre todo, Lord Anthony Ashley Cooper, séptimo conde de Shaftesbury, a quien Ehret señala como el verdadero fundador del sionismo político. Fue Shaftesbury quien acuñó la célebre fórmula de «un país sin nación para una nación sin país», y quien impulsó la idea de que los judíos, como «antiguos y legítimos señores del suelo», debían ser restituidos en Palestina como parte de un designio providencial que, no por casualidad, coincidía con los intereses geopolíticos del Imperio Británico.
Pero el verdadero arquitecto del sionismo cristiano, y quizá la figura más decisiva en la difusión de esta ideología, fue John Nelson Darby, fundador de los Hermanos de Plymouth y creador del dispensacionalismo premilenialista. Darby, emparentado con la aristocracia militar británica y vinculado a la Compañía Británica de las Indias Orientales, desarrolló una teología que dividía la historia en dispensaciones o eras, y que sostenía que el retorno de los judíos a Palestina era un requisito indispensable para el arrebatamiento de la Iglesia —el famoso «rapto»— y la batalla final de Armagedón. Lo notable del sistema de Darby, como subraya Ehret, es que no solo era una especulación teológica, sino un programa de acción geopolítica: sus seis viajes a Estados Unidos, la fundación de sectas y colegios bíblicos, y su influencia sobre figuras como Dwight L. Moody, C.I. Scofield o William E. Blackstone —autor del memorial que en 1891 pedía la creación de un Estado judío en Palestina— convirtieron el dispensacionalismo en la doctrina dominante del protestantismo estadounidense. Esta red de instituciones y predicadores, que Ehret califica de «completamente contaminada» por las ideas de Darby, ha sido el principal vector de un apoyo incondicional a Israel que, en su lógica interna, no busca la paz ni la justicia, sino la provocación del escenario profético que desencadene la intervención divina y, con ella, la destrucción del mundo actual.
La dimensión ritual de este proyecto adquiere sus contornos más siniestros en la figura de George Hawkins Pember, otro líder de los Hermanos de Plymouth, cuyos escritos sobre Babilonia, el anticristo y el reino venidero no eran meras reflexiones piadosas, sino planes de ingeniería social y geopolítica. Pember imaginaba una Babilonia reconstruida como centro comercial y espiritual del mundo, un emporio que, bajo la apariencia de progreso y paz, serviría como la capital del anticristo. Esta visión, que Ehret conecta con los megaproyectos turísticos y de desarrollo en Gaza y otras zonas de conflicto, revela que la economía y el comercio no son fines en sí mismos, sino medios para invocar la figura del anticristo y precipitar la catástrofe global. La misma lógica se aprecia en la actuación de Orde Wingate, líder de las «escuadras nocturnas» de la Haganá y ferviente seguidor de Darby, quien veía en la colonización judía de Palestina la clave para la dominación mundial del Imperio Británico. La pregunta que Ehret plantea, y que resuena como un aldabonazo en la conciencia del lector, es si el poder reside realmente en Israel o si, por el contrario, Israel es un constructo sintético, un «títere» creado y manipulado por fuerzas ocultas que utilizan el conflicto como un ritual de invocación.
Esta sospecha se ve reforzada por la presencia, en el entramado de los Hermanos de Plymouth, de una figura tan perturbadora como Aleister Crowley, quien, criado en el seno de esta secta, confesaría en su autobiografía que «simplemente pasé al lado de Satán». Crowley, con su obsesión por Babilonia, su magia sexual y sus rituales de sacrificio, representa la cara oculta de un mismo proyecto: la invocación del anticristo a través de la degradación y el caos. Su influencia, junto con la de otros ocultistas como Jack Parsons y L. Ron Hubbard, fundador de la Cienciología, apunta a una red de iniciados que, desde el seno de las élites políticas y científicas, han tejido una trama de poder que trasciende las fronteras nacionales y las confesiones religiosas. Ehret no duda en señalar que esta red, que se nutre de las tradiciones mistéricas de Caldea y del mito de los ángeles caídos y los nefilim —un tema que hoy resurge en la cultura popular y en el discurso de ciertos predicadores—, concibe a la humanidad como un rebaño dividido en razas superiores e inferiores, y ve en el conflicto de Oriente Medio el altar sobre el que se sacrificará a millones para dar a luz a una nueva era.
La exposición de Ehret culmina con una reflexión que, si bien no pretende ser concluyente, abre una veta de indagación indispensable: ¿por qué las grandes familias judías que han financiado el sionismo, como los Rothschild, han residido siempre en Europa o Estados Unidos, y nunca en la Tierra Santa? Esta pregunta, que el autor deja flotando como una hipótesis, sugiere que el proyecto sionista no es, en última instancia, un movimiento de liberación nacional, sino un ritual de larga duración cuyo desenlace —el sacrificio de Israel como chivo expiatorio en el escenario del Armagedón— está ya inscrito en el guión que los poderes ocultos han escrito durante siglos. La provocación final de Ehret, que vincula la parafernalia simbólica de la realeza británica con el imaginario de la película La semilla del diablo, no es un mero golpe de efecto, sino una invitación a leer los acontecimientos contemporáneos como los actos de un drama sagrado, donde la geopolítica, la religión y el ocultismo se funden en una sola narrativa de destrucción y renovación. En este sentido, el artículo de Ehret no solo ofrece una genealogía heterodoxa del conflicto de Oriente Medio, sino que nos confronta con la pregunta última sobre el sentido de la historia: ¿estamos ante el despliegue de fuerzas ciegas o ante la consumación de un designio que, desde los tiempos de los templarios y los misterios de Mitra, ha estado esperando su hora? La respuesta, como el propio autor sugiere, quizá no esté en los archivos ni en los mapas, sino en la capacidad de despertar de un sueño milenario que, bajo la apariencia de la política real, ha estado tejiendo el sudario de la civilización.
Fuentes consultadas
Matthew Ehret. The Zionist Project as a Templar End Times Ritual. YouTube. 21 de agosto de 2026.
Francisco Ribera. In Sacrum Beati Ioannis Apostoli, & Evangelistiae Apocalypsin Commentarii. 1591.
J.S. Hitchcock. The Beast and the Little Horn. (Fecha y medio no especificados).
S.R. Maitland. (Obra no especificada). 1826.
Henry Drummond. (Conferencias de Albury Park). 1826-1831.
Edward Irving. (Fundador de la Iglesia Nueva Apostólica). (Fecha no especificada).
Lord Anthony Ashley Cooper (Shaftesbury). State and Prospects of the Jews. 1839.
Lord Anthony Ashley Cooper (Shaftesbury). Colonial Office Confidential Report on the Establishment of the Jewish Nation in Palestine. 1845.
John Nelson Darby. (Obras diversas sobre dispensacionalismo). (Fecha no especificada).
George Hawkins Pember. The Antichrist, Babylon and the Coming of the Kingdom. (Fecha no especificada).
George Hawkins Pember. Great Prophecies Concerning the Gentiles, the Jews and the Church of God. (Fecha no especificada).
Aleister Crowley. The Confessions of Aleister Crowley. (Fecha no especificada).
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