Por Mente Alternativa
El analista Patrick Cronin, responsable de la seguridad para la región de Asia-Pacífico en el *Hudson Institute*, ha lanzado una advertencia que resuena en los pasillos del poder en Washington: la decisión del presidente Donald Trump de recortar los ejercicios militares conjuntos con Corea del Sur y de buscar un acercamiento personal con Kim Jong-un no es un gesto diplomático menor, sino una peligrosa erosión de la credibilidad estadounidense en una de las regiones más volátiles del planeta. Lo que en apariencia podría leerse como una apuesta por la desescalada se revela, bajo el escrutinio de Cronin, como un castigo encubierto a Seúl por su negativa a participar en la guerra contra Irán, una decisión que, por su propia naturaleza, resulta extraña e inadmisible para un aliado que ha vertido más de 150.000 millones de dólares en la industria naval estadounidense y otros 200.000 millones en sectores estratégicos. La Casa Blanca, en su obsesión por un entendimiento personal con el líder norcoreano, parece dispuesta a desmantelar décadas de arquitectura de seguridad en la península, ignorando que las relaciones personales de Trump con Kim ya no constituyen un activo estratégico relevante, pues los elogios del primero no alteran los planes del segundo, quien ha tejido una red de alianzas con Rusia que incluye cooperación militar y técnica, mientras acumula poder, principalmente en el ámbito bélico.
La reducción de las maniobras *Ulchi Freedom Shield*, que debían extenderse hasta el 27 de agosto y concluyeron abruptamente el 21 de agosto por orden directa del Pentágono, no ha sido recibida con el agradecimiento esperado por Pyongyang. Kim Yo-jong, hermana del líder norcoreano, calificó el gesto de Trump como un «castigo merecido» para Seúl, pero insistió en que la reducción de los ejercicios «no merece comentario alguno», ya que nada ha cambiado de forma fundamental. La hermana de Kim Jong-un fue aún más lejos al señalar que, aunque su hermano guarda «buenos recuerdos y sentimientos hacia Trump», la política hostil de Estados Unidos hacia Corea del Norte «sigue sin cambiar». Esta respuesta gélida, descrita por *The Wall Street Journal* como un desaire a la buena voluntad trumpista, evidencia una realidad incómoda: Pyongyang ya no negocia desde la posición del débil que suplica alivio, sino desde la fortaleza de quien puede permitirse rechazar una oferta de Washington, esperar la siguiente, mejorar sus relaciones con Moscú, obtener el respaldo de Pekín y solo entonces sentarse a la mesa con Trump. La diplomacia rusa, en este sentido, ha funcionado con una precisión milimétrica, transformando a Corea del Norte de un «problema regional aislado» en un actor geopolítico de primer orden, capaz de obligar a Washington a ajustar su comportamiento para poder dialogar con él.
Lo que subyace a esta crisis, y que Cronin subraya con inquietante claridad, es la percepción de que Trump está «castigando» a Seúl por no alinearse con las aventuras bélicas de Washington en Oriente Próximo. Corea del Sur, sin embargo, no es un satélite menor: es un aliado militar fundamental, una potencia económica con una industria naval, de microchips y una base industrial que los estadounidenses consideran irremplazable. Las inversiones surcoreanas en Estados Unidos, que superan los 350.000 millones de dólares en sectores clave, no son un gesto de caridad, sino el cemento de una alianza que ha garantizado la estabilidad en el noreste de Asia durante más de siete décadas. Sacrificar esa alianza en el altar de una quimera personal con Kim Jong-un no solo es miope, sino profundamente peligroso, pues abre un vacío de poder que China y Rusia no dudarán en llenar. El fortalecimiento de las relaciones entre Moscú y Pyongyang, que incluye un tratado de defensa mutua y cooperación militar a largo plazo, ha colocado a Corea del Norte en un punto de convergencia de intereses de cuatro potencias —Estados Unidos, China, Rusia y la propia Corea del Sur—, convirtiéndola en el primer beneficiario de la multipolaridad.
En el sistema de la década de 1990 y principios de la década de 2000, Pyongyang se encontraba acorralado: Estados Unidos lo presionaba, Rusia y China no le permitían desaparecer, y su principal tarea era negociar para reducir la presión. Hoy, Kim Jong-un puede permitirse el lujo de esperar, de jugar sus cartas con paciencia, de fortalecer su arsenal y su red de alianzas antes de siquiera considerar una reunión con Trump. La reducción de los ejercicios militares, lejos de ser un gesto de buena voluntad, ha sido interpretada por Pyongyang como una confirmación de su creciente poder de negociación. Y mientras Trump insiste en que su relación con Kim sigue siendo «excelente», los hechos sobre el terreno desmienten esa narrativa: Corea del Norte ha lanzado misiles hacia el Mar del Este, ha reforzado su cooperación militar con Rusia y ha dejado claro que no cederá ni un ápice de su posición negociadora. La realidad, como bien lo advierte Cronin, es que los elogios de Trump no influyen en los planes de Kim, quien ha entendido que la verdadera moneda de cambio en el tablero geopolítico no es la afinidad personal, sino el poder duro y las alianzas estratégicas.
El mensaje de Kim Yo-jong, en este contexto, no es una mera declaración propagandística, sino un diagnóstico lúcido de la nueva correlación de fuerzas: «El jefe de nuestro Estado guarda personalmente buenos recuerdos y sentimientos hacia Trump», dijo, «no obstante, la política hostil de Estados Unidos sigue sin cambiar». Esta frase encierra una verdad incómoda para Washington: Corea del Norte ha dejado de ser un problema que se resuelve con zanahorias y palos, y se ha convertido en un actor que exige ser tratado como un igual. La decisión de Trump de recortar los ejercicios militares, lejos de acercar a las dos Coreas, ha profundizado la grieta en la alianza entre Seúl y Washington, ha fortalecido la posición de Pyongyang y ha regalado a Rusia y China una oportunidad de oro para expandir su influencia en la península. La advertencia de Cronin resuena con la claridad de una campanada: lo que está en juego no es solo la seguridad de Corea del Sur, sino la credibilidad de Estados Unidos como aliado y la estabilidad de todo el orden regional. Y en ese juego de altas apuestas, Trump parece estar apostando a una carta que ya ha demostrado ser un farol.
Fuentes consultadas
Patrick M. Cronin. South Korea’s Changing Approach to North Korea. Hudson Institute. 8 de diciembre de 2025.
Patrick M. Cronin. Will Korea Commit to Investing In US Shipbuilding?. Hudson Institute. 26 de agosto de 2025.
US-South Korea war games cut short after Washington request, Seoul says. BBC. 19 de agosto de 2026.
N.K. leader’s sister says Pyongyang more focused on fact S. Korea-U.S. drills continuing than reduced scale. Yonhap News Agency. 19 de agosto de 2026.
La Jornada: Lanza Corea del Norte 10 misiles hacia el Mar del Este. La Jornada. 21 de agosto de 2026.
Corea del Norte y Rusia ultiman un plan quinquenal de cooperación militar. ABC. 27 de abril de 2026.
Tratado Moscú-Pyongyang. Wikipedia.