Por Mente Alternativa
El analista político Jesús Escobar Tovar, en un video transmitido el 3 de julio de 2026 para su canal de análisis político, ofrece una disección minuciosa de uno de los episodios más oscuros y determinantes de la historia reciente de México: el fraude electoral de 2006 y la subsiguiente «guerra contra el narco», que él describe no como una cruzada contra el crimen organizado, sino como una estrategia de control territorial y social diseñada por el poder fáctico para subyugar al pueblo, proteger los intereses de las élites globalistas y desmantelar cualquier posibilidad de cambio estructural. Su análisis desvela las capas de una operación de ingeniería social y política que marcó a fuego el destino del país, cuyas cicatrices aún supuran en el presente. Escobar sitúa el origen de la tragedia no en la declaración formal de guerra, sino en el mecanismo que la hizo posible: el fraude electoral que arrebató la presidencia a Andrés Manuel López Obrador para imponer a Felipe Calderón, un acto que no fue un accidente ni un capricho, sino la respuesta del sistema —empresarios, medios de comunicación, el gobierno de Vicente Fox, el IFE y el propio Estados Unidos— ante la amenaza real que representaba un proyecto de nación soberanista «México no podía tener un presidente como López Obrador en ese momento. Estados Unidos no podía permitirlo, el sistema lo sabía», sentencia el analista, desnudando la naturaleza geopolítica de aquella imposición. La noche del 2 de julio de 2006, la nación se fue a dormir con la certeza de que López Obrador ganaba, y amaneció con Calderón al frente, en una operación que el periodista califica como el «momento más duro que hayamos vivido como país», un fraude que no era una mera alternancia sino la imposición de un «chacal», un «criminal cínico y desvergonzado», que llegaba para ejecutar las órdenes del poder financiero internacional y las corporaciones, dispuesto a todo con tal de mantener vivo un sistema financiero extractivista que nos había puesto de rodillas.
La guerra contra el narco, según el análisis de Escobar, no fue un combate contra los cárteles, sino una purga, una estrategia de control territorial y social de dimensiones dantescas que utilizó el miedo como principal herramienta de disciplinamiento. El analista argumenta que «droga era el pretexto» y que el verdadero objetivo era controlar un estado clave como Michoacán, no solo por el trasiego de estupefacientes, sino por su riqueza en recursos naturales, su puerto estratégico Lázaro Cárdenas y su importancia geopolítica, iniciando así una estrategia que buscaba el control de la tierra, los minerales, el agua, la madera y los productos agrícolas como el aguacate y el limón. El «Operativo Conjunto Michoacán», presentado por Calderón como un reto al crimen y un acto de autoridad, fue en realidad el pistoletazo de salida de un conflicto que se ha prolongado por más de una década y media, una guerra que no era para acabar con los narcos, sino para «controlar el territorio» utilizando la violencia como herramienta de sometimiento poblacional. Escobar introduce el concepto de «necropolítica», citando al maestro José Rebeles, para describir cómo el gobierno de Calderón aplicó una política de muerte que «estigmatizó al pueblo, lo criminalizó, lo despojó de sus propios territorios» y que se tradujo en la persecución de comunidades indígenas, la expulsión de miles de personas de sus lugares de origen y la criminalización de jóvenes asesinados en Salvárcar, de estudiantes asesinados en Nuevo León y de indígenas masacrados en Oaxaca y Chiapas, todo ello para mantener sometida a una población que, hasta entonces, había sido la base del apoyo a un proyecto de izquierda y que, mediante el terror, debía ser desmovilizada y despojada de cualquier capacidad de resistencia.
El analista subraya con crudeza que la guerra no fue un proceso aleatorio ni fortuito, sino meticulosamente planeado y ejecutado con precisión quirúrgica, creando grupos paramilitares como «Los Zetas» entrenados desde el ejército mexicano con la anuencia de Estados Unidos y el respaldo de los grupos de interés de Carlos Salinas y George Bush padre, una maquinaria de terror que sembró el caos y la desconfianza entre la ciudadanía. La «granada en pleno grito» fue un mensaje claro: «Tengan miedo, porque vamos por todos», una advertencia de que la población entera era el blanco, el enemigo a batir. Escobar insiste en que el objetivo no era enviar un mensaje a los capos rivales, sino a la ciudadanía, porque «cuando tú atacas directamente a una población que ni la debe ni la teme, es un mensaje a la gente de que eres el blanco, de que eres el enemigo», y esta violencia no fue un subproducto indeseado, sino la esencia misma de la estrategia, un diseño deliberado para resquebrajar el tejido social, impedir la cohesión comunitaria, desactivar cualquier movilización social y mantener a la población aterrorizada, sin capacidad de discernimiento ni de protesta, mientras los ricos, las corporaciones y los intereses foráneos nos volvían a robar todo. El desplazamiento forzado se convirtió en una herramienta fundamental de esta estrategia de control territorial, expulsando a comunidades enteras de sus tierras para facilitar la explotación de los recursos por parte de grandes consorcios que, gracias a esta política de terror, podían acceder a los territorios sin resistencia alguna, demostrando que la guerra contra el narco no era sino una guerra de conquista interna, una purga de pobres, campesinos, activistas, izquierdistas y de todo aquel que pensara distinto.
Escobar señala con precisión y sin ambages a los responsables de esta catástrofe: «un tipejo que asumió la presidencia bajo las órdenes de otra nación», con un secretario de Seguridad, Genaro García Luna, que se convirtió en la «estrella de estrellas» a quien los medios construyeron como un superpolicía cuando en realidad era el principal operador de la violencia y la corrupción. Pero no se queda ahí; señala a los medios de comunicación, la Televisa de los Ascárraga y la TV Azteca de Salinas Pliego en particular, como actores centrales que no solo legitimaron el fraude, sino que «compraron el discurso de la guerra contra las drogas» y construyeron la imagen de un héroe que, en realidad, era el verdugo de una nación, convirtiendo a García Luna en un personaje mediático a través de series de televisión y reportajes de «profundidad» que ocultaban la barbarie que se cometía en cada rincón del país.
El análisis de Jesús Escobar Tovar concluye que el 2006 fue el inicio de una etapa de «país ensangrentado, fragmentado y saqueado», donde la «guerra contra el narco», lejos de pacificar, fue una purga de pobres, campesinos y activistas que sembró el terror y la desolación en todo el territorio nacional, calculándose cientos de miles de muertos y desaparecidos que son el saldo de una política deliberada de descomposición estatal diseñada durante décadas por el «prianismo». Los esfuerzos posteriores de los gobiernos de la Cuarta Transformación no pueden resolver en unos años lo que fue una política de destrucción sistemática, y sin embargo se les exige que en ocho años resuelvan todo el problema que organizaron desde Salinas hasta Peña Nieto, que echen para atrás a poderes fácticos que ellos mismos empoderaron y que les entregaron el país, una exigencia tan desproporcionada como injusta. La crítica se extiende a todos los órdenes de gobierno, señalando que la estrategia de control territorial y social se ha replicado a través de distintas administraciones, conformando lo que se conoce como «gobernanza criminal», donde el poder político y el crimen organizado se superponen y confunden, protegiendo intereses económicos que operan desde las oficinas de Polanco, Wall Street y la City de Londres, porque los verdaderos caciques de Michoacán no son gente con sombrero sino «gente de trajecito, corbatita, mancuernillas, zapatos lustrados, que tienen oficinas en Polanco, que tienen oficinas en Wall Street, que tienen oficinas en Reforma». México, según el análisis, aún paga el precio de haber permitido que el modelo de «John contra John» y el «PRIAN» se convirtieran en la fuerza dominante, impidiendo que un proyecto alternativo floreciera, pero también advierte que cuando se toca fondo, cuando se está en el suelo, no hay otra más que ir para arriba, y que doce años después, el pueblo, habiendo perdido el miedo, se levantó y derrotó al mismo sistema que lo había sometido, demostrando que la guerra contra el narco fue una estrategia de control territorial y social que, en su intento de perpetuar un sistema, terminó por arrancarle el corazón social a la nación, pero también por despertar una conciencia que, aunque golpeada y ensangrentada, sigue en pie y lucha por recuperar lo que le fue robado.
Fuentes consultadas
Jesús Escobar Tovar. “¡Se Doblaron!¿Fueron Sinceras Las Disculpas De El Universal a AMLO?; El Peligro Para México; El CJNG”. 3 de julio de 2026.