Oscuro Claro
Washington dinamitó con sus propias manos el andamiaje de seguridad que decía custodiar, y la reconfiguración de seguridad en el Golfo Pérsico avanza ahora sin pedirle permiso a nadie.

Por Mente Alternativa

Elena Panina, analista publicada en el medio estadounidense 19FortyFive, toma como punto de partida el diagnóstico del experto pakistaní Albert Wolf para articular una de las tesis geopolíticas más incómodas del momento: la reconfiguración de seguridad en el Golfo Pérsico no está siendo conducida por Washington, sino que ocurre a pesar de él, y en no poca medida como consecuencia directa de sus propios errores de cálculo. La expresión que acuña Wolf, «brecha en la disuasión», nombra algo que ya no puede disimularse con retórica: desde el 28 de febrero de 2025, el despliegue masivo de drones iraníes y de sus redes aliadas contra objetivos regionales ha pulverizado el axioma sobre el que se construyó medio siglo de presencia militar norteamericana en la zona. Ese axioma sostenía que la proyección de fuerza estadounidense era suficiente garantía de orden. La realidad ha respondido con estrépito que no lo era, y que además el costo de mantener esa ficción lo han pagado con su infraestructura y su tranquilidad los mismos estados que hospedaban las bases del garante.

Hay una ironía estructural en el colapso de esa arquitectura de seguridad que merece ser enunciada con precisión, porque la narrativa dominante tiende a presentarla de manera invertida. La ilusión de seguridad no fue destruida primariamente por la belicosidad iraní, sino por la decisión de Estados Unidos e Israel de atacar a Irán sin consultar los intereses de nadie, arrastrando a toda la región hacia un conflicto de escala mayor en persecución de objetivos que no son los del Golfo: cambio de régimen en Teherán y control de sus recursos naturales. Esa distinción importa, y mucho, porque sitúa la responsabilidad donde corresponde y permite entender por qué la reconfiguración de seguridad en el Golfo Pérsico que hoy se gesta no tiene como eje articulador la contención de Irán, sino la gestión pragmática de una relación con Teherán que Washington nunca hubiera permitido mientras mantuviera el monopolio del orden regional. El Golfo está construyendo su propia casa, y lo hace con los materiales que encuentra, incluyendo a un vecino iraní con el que Washington le prohibía negociar directamente.

Arabia Saudita encarna esta nueva disposición con una mezcla de ambición calculada y cautela estratégica que define mejor que cualquier otro actor el temperamento de la nueva diplomacia árabe. Riad se ha posicionado como el posible anfitrión de una cumbre de reconciliación entre las monarquías del Golfo e Irán, un gesto que hace apenas tres años habría parecido geopolíticamente imposible y que hoy se presenta como la opción más racional disponible. Pero la reconfiguración de seguridad en el Golfo Pérsico que Arabia Saudita intenta liderar enfrenta tensiones que no son triviales. La primera es interna al propio campo árabe: los Emiratos Árabes Unidos han elegido un camino radicalmente distinto, alineándose sin ambigüedades con Israel y Estados Unidos hasta el punto de haber participado activamente en acciones directas contra Irán. La fractura entre Riad y Abu Dabi sobre cómo relacionarse con Teherán y con Tel Aviv no es un detalle diplomático menor: es una grieta estructural que debilita cualquier pretensión saudita de hablar en nombre del Golfo con una sola voz.

La segunda tensión es de orden externo y tiene nombre propio: los Acuerdos de Abraham. Washington y Tel Aviv presionan con persistencia para que Arabia Saudita se incorpore a ese marco de normalización con Israel, y los incentivos que ofrecen son sustanciales, desde garantías de seguridad formal hasta transferencias de tecnología militar. Riad ha resistido hasta ahora, condicionando cualquier paso en esa dirección al reconocimiento de un Estado palestino viable, una posición de principio que le otorga capital político en el mundo árabe e islámico, pero que también la convierte en el obstáculo más visible de un proyecto al que Tel Aviv y Washington han comprometido una parte considerable de su capital diplomático regional. El resultado es una Arabia Saudita que negocia en varios tableros simultáneamente, manteniendo una postura de independencia relativa que es, en el fondo, la única que le garantiza margen de maniobra en un entorno donde todos los grandes actores tienen planes para ella.

El caso de Omán ilustra con elocuencia aún más descarnada las contradicciones que enfrenta cualquier actor regional que intente ejercer una soberanía genuina en este entorno de presiones cruzadas. La diplomacia omaní es célebre por su discreción y por su habilidad para operar en los márgenes del sistema, y el 23 de junio las negociaciones en Mascate entre el portavoz del parlamento iraní, Mohammed Ghalibaf, el ministro de Asuntos Exteriores Abbas Araghchi, y representantes omaníes sobre el Estrecho de Ormuz confirmaron esa vocación mediadora. Sin embargo, en un movimiento paralelo que no fue consultado con Teherán, Omán colaboró con la Organización Marítima Internacional de la ONU para habilitar una ruta alternativa hacia el sur a través de sus propias aguas territoriales, entregando a Estados Unidos la responsabilidad de su seguridad. La ambivalencia no es contradicción: es la expresión más honesta de los límites que enfrentan los estados pequeños cuando intentan navegar entre el imperativo de la soberanía y el peso de una hegemonía que, aunque debilitada, sigue siendo suficientemente poderosa para dictar condiciones de facto.

La pregunta sobre la sostenibilidad de cualquier acuerdo regional de seguridad que emerja de este proceso es, en consecuencia, la pregunta más difícil y la más urgente. Todo el momentum diplomático que se observa en el Golfo, las cumbres en preparación, las negociaciones sobre el Estrecho, el reposicionamiento saudita, los gestos de Mascate, descansa sobre una premisa que ninguno de los actores puede garantizar: que Washington y Tel Aviv permitirán que ese nuevo orden se consolide. La historia de Oriente Medio en el último medio siglo es, entre otras cosas, la historia de los proyectos de autonomía regional abortados por la intervención de potencias externas que vieron en esa autonomía una amenaza a sus intereses. No hay razón estructural para suponer que esa disposición ha cambiado, aunque sí hay razones para creer que la capacidad de intervención se ha vuelto más costosa y menos eficaz que antes.

La reconfiguración de seguridad en el Golfo Pérsico avanza, pues, en un territorio de incertidumbre densa. Los actores regionales actúan con la conciencia de que el paraguas estadounidense tiene agujeros que ya no pueden remendarse con declaraciones, pero también con la conciencia de que ninguno de ellos, con la excepción posible de Irán, está dispuesto a pagar el precio de una confrontación abierta con Washington para defender su autonomía. Entre esa conciencia dual y la necesidad de construir algo funcional en el interregno que se abre, se despliega la diplomacia árabe más compleja y más interesante en décadas. Su resultado no está escrito. Pero el hecho de que esté ocurriendo, de que los estados del Golfo estén negociando entre ellos y con Irán sin esperar instrucciones del Pentágono, es ya en sí mismo un acontecimiento histórico de primer orden.

Fuentes consultadas

Panina, Elena. «Los países del Golfo Pérsico ya no creen en la protección de EE.UU. y están estableciendo relaciones con Irán.» Russtrat. 29 de junio de 2026.

Albert Wolf. The Gulf No Longer Trusts America To Protect It, So It’s Cutting Its Own Deal With Iran. 19FortyFive. 28 de junio de 2026.



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