Por José Luis Preciado
“La mejor manera de ocultar el verdadero poder es poner reflectores sobre sus operadores más visibles”. Esta máxima parece articularse con precisión quirúrgica en la cobertura mediática de dos grupos aparentemente distantes: la Sociedad del Diálogo (Dialog Society), una sociedad secreta de tecnócratas estadounidenses recientemente expuesta por Dell Cameron y Yulia Almazova gracias a una supuesta “filtración” en WIRED, y el Bullingdon Club, la archiconocida hermandad de la élite británica que marcó la juventud de los cortesanos Boris Johnson y David Cameron (hoy barón Cameron de Chipping Norton gracias a la gracia monárquica de Carlos III), documentada por Harriet Sherwood en The Guardian y Simon Kuper en El País. Leer estos reportajes en paralelo produce una inquietante sensación de déjà vu: la estructura narrativa, el elenco de personajes y, sobre todo, la función sociológica de ambos grupos parecen calcados. En esencia, lo que se describe no son sociedades secretas de poder absoluto, sino escaparates mediáticos diseñados para absorber el escrutinio público, desviando la atención de las verdaderas estructuras de poder hereditario y financiero que operan en las sombras. La filtración de Dialog, como las fotos del Bullingdon, podría ser una operación de inteligencia, una forma de controlar la percepción pública ofreciendo un chivo expiatorio visible y colorido para que la ciudadanía no indague en la naturaleza más profunda y menos accesible del poder metapolítico.
No es ocioso preguntarse, sin embargo, quién está detrás del espejo que nos devuelve esta imagen. La revista WIRED, que con tanto brío destapa los tejemanejes de Dialog, es una propiedad del grupo editorial Condé Nast, subsidiaria a su vez de Advance Publications, un holding controlado por la familia Newhouse. Esta dinastía de origen judío—cuyo fundador, Samuel Irving Newhouse Sr., nació como Solomon Isadore Neuhaus en el Lower East Side de Manhattan, hijo de inmigrantes de Vitebsk y Austria-Hungría—no se limita a la edición de revistas de lujo. Los Newhouse son los principales accionistas externos de Warner Bros, Discovery y poseen participaciones significativas en Charter Communications y Reddit, tejiendo así una red de intereses que abarca las telecomunicaciones, la tecnología y el entretenimiento, los mismos sectores que WIRED se dedica a cubrir y, en ocasiones, a investigar. Esta estructura de propiedad no invalida el periodismo de la publicación, pero invita a una sospecha metodológica: el ojo que escruta a los tecnócratas de Dialog pertenece, en última instancia, a un clan que también tiene asiento en el tablero de la industria tecnológica. La familia Newhouse ha sido ocasionalmente vinculada, por autores como Michael Collins Piper, a la órbita de los Rothschild—una afirmación interesante aunque que carece de respaldo documental fiable, pues la confusión proviene de un homónimo minero mencionado en The New York Times de 1897 y de un enlace genealógico menor sin relación con la rama principal de los Rothschild—, pero más allá de las teorías conspirativas, lo relevante es que el poder de los Newhouse es real, verificable y se extiende hasta los cimientos mismos de la infraestructura informativa que ahora expone a los cortesanos de Thiel. Así, el ciclo se cierra: el mismo aparato mediático que ilumina a unos poderosos forma parte de una constelación de poder igualmente opaca, lo que refuerza la hipótesis de que toda filtración, por explosiva que sea, es también un acto de inteligencia.
La escenografía del privilegio: de los fracs a los algoritmos
Lo primero que salta a la vista al yuxtaponer ambos reportajes es la similitud de la puesta en escena. El Bullingdon, en su época dorada, era puro exceso victoriano: trajes de levita con solapas de seda blanca, cenas pantagruélicas, destrucción de propiedades y una misoginia tan estructural que las prostitutas eran parte del mobiliario. Los reportajes lo describen como una banda de “niños pijos” cuyo rito de paso consistía en acreditar su impunidad a través del vandalismo y la humillación de los “plebeyos”, al más puro estilo de la Naranja Mecánica, de Stanley Kubrick. La fotografía de 1987, con Cameron y Johnson posando con sus rostros adustos, es el icono de una clase que sabe que las reglas no se le aplican. Son los hijos deliberadamente malcriados para escandalizar, que, de ser necesario, serán sacrificados como chivos expiatorios para expiar responsabilidades.
Dialog, por su parte, sustituye los fracs por el código binario y los chalecos de mostaza por los blazers de la Costa Oeste. La filtración de WIRED muestra un despliegue igualmente escenográfico: no hay mesas destrozadas, pero sí sesiones tituladas “Navegando la Tercera Guerra Mundial” o “Cómo construir un culto”. El uniforme de Dialog no es sartorial, sino ideológico: la obsesión por la inteligencia artificial, la longevidad y el apocalipsis inminente. Al igual que los miembros del Bullingdon se divertían aterrorizando a los camareros, los de Dialog se divierten jugando a ser dioses del futuro en retiros irlandeses, mientras sus formularios filtran datos sensibles sobre sus “inclinaciones políticas” o su disponibilidad para el “matchmaking”.
La similitud no es casual. Ambos grupos comparten la misma esencia teatral. No son tanto reuniones de poder efectivo como rituales de consagración de una casta. El Bullingdon preparaba a futuros primeros ministros en el arte de la arrogancia; Dialog prepara a futuros comisarios de la IA y secretarios del Tesoro en el arte del cinismo tecnocrático. En ambos casos, los medios se encargan de retratar a los actores principales—los “cortesanos” del poder—con lujo de detalle, grabando sus rostros (foto de 1987) o listando sus nombres (directorio filtrado de Dialog) para que la opinión pública sepa a quién vigilar (1). La pregunta es: ¿a quién no estamos vigilando mientras miramos a estos?
La función del cortesano: visibilidad para ocultar al monarca
La tesis central de esta reflexión es que tanto el Bullingdon como Dialog actúan como “sociedades menores”, clubes de agentes diseñados para ser descubiertos y generar escándalo, mientras que el verdadero poder—aquel que no sale en las fotos ni en los directorios filtrados—permanece inmutable. Si el poder hereditario y la aristocracia financiera (las dinastías que controlan los flujos de capital global) son el “monarca” oculto, estos clubes son su corte de operadores mediáticos.
En el caso británico, el establishment sabe que la democracia moderna exige una narrativa de movilidad. El Bullingdon, como bien apunta Simon Kuper, servía para reforzar los lazos de una clase que ya se había conocido en Eton. Pero al hacerlo tan visiblemente disruptivo, permitió que el debate público se centrara en la “estupidez” de Johnson y Cameron en lugar de en el sistema que los puso allí. El escándalo del Bullingdon legitima la meritocracia al presentar a los políticos como individuos defectuosos, no como producto de un linaje. La operación es perfecta: se quema a los cortesanos en la hoguera de la opinión pública, pero se salva al rey (el sistema financiero y hereditario que realmente dicta las políticas).
En el caso estadounidense, la operación es análoga pero actualizada. La élite ya no es terrateniente, sino tecnócrata. Peter Thiel y su “PayPal Mafia” son los nuevos cortesanos. Al exponer los tejemanejes de Dialog, WIRED cumple con el mandato de vigilancia del poder, pero proyecta toda la luz sobre el sector tecnológico, las “startups” y los gurús de la IA. El reportaje detalla cómo los ejecutivos de Palantir y Google se codean con secretarios de Estado. Sin embargo, al centrar el reflector en estos “tecnócratas”, se desvía la atención de los agentes financieros más tradicionales y hereditarios que suelen ser los verdaderos beneficiarios de la desregulación y la guerra. Se critica a los operadores (Thiel, Hoffman), pero se evita indagar en la red de intereses que los financia de forma más estable y menos visible en los medios.
La confluencia de los teatros: la “aristocracia técnica” como nueva tapadera
Lo más revelador es que estos dos mundos—el de los cortesanos británicos y el de los tecnócratas estadounidenses—coinciden en la práctica. El Nobel Roger Myerson o el presidente del Cato Institute que aparecen en la lista de Dialog son descendientes ideológicos de aquella casta que gobernaba el Imperio, solo que ahora visten de “pensadores liberales”. La unificación del discurso—el miedo a la “degradación social”, la desconfianza en las masas, la necesidad de una inteligencia superior que gestione la Tercera Guerra Mundial—es el nuevo uniforme de la aristocracia.
Y sin embargo, la prensa sigue cayendo en la trampa de tratar estas sociedades como sujetos de poder en lugar de vehículos de distracción. Se habla de “secreto” y “confidencialidad”, pero basta con ver el código fuente de la web de Dialog para acceder a los datos. Esa negligencia informática es sospechosamente útil para el sistema: ofrece a los medios una primicia jugosa, una lista de nombres para denunciar y un chivo expiatorio para la indignación ciudadana. De la misma forma, el Bullingdon dejaba pruebas fotográficas de sus desmanes. La imbecilidad de los cortesanos es funcional: les permite ser el centro de la polémica, protegiendo al verdadero poder de tener que salir del anonimato.
En definitiva, la comparativa revela que no ha cambiado la sustancia del poder, solo su estética. Dialog es el Bullingdon del siglo XXI: un club de señoritos con acceso a las esferas de gobierno, cuyas fechorías (ya sean destrozar restaurantes o planificar guerras desde una base de datos vulnerable) sirven para entretener a la galería. Ambos son el espejo donde la prensa nos obliga a mirar, mientras la mano que sostiene el espejo—la del poder financiero hereditario y estructural—permanece fuera de foco. La operación psicológica es impecable: haz que el público odie o tema a los operadores, y jamás preguntará por los dueños del tablero.
Notas a pie de página
1. De acuerdo con la investigación de WIRED, la filtración de datos de la sociedad secreta Dialog ha revelado una lista de miembros de élite que abarca los ámbitos político, tecnológico y financiero. A continuación, se presenta una lista de los nombres más destacados que aparecen en los documentos filtrados.
Figuras Políticas y Gubernamentales
General Alexus Grynkewich: Comandante Supremo Aliado de la OTAN en Europa y jefe del Mando Europeo de EE. UU.
Scott Bessent: Secretario del Tesoro de los Estados Unidos.
Dan Driscoll: Secretario del Ejército de los Estados Unidos.
Ted Cruz: Senador de los Estados Unidos por Texas.
Cory Booker: Senador de los Estados Unidos por Nueva Jersey.
Jim Himes: Representante de Connecticut y miembro del Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes.
Jared Kushner: Asesor y yerno del presidente Donald Trump.
Wes Moore: Gobernador de Maryland.
Jared Polis: Gobernador de Colorado.
Randy Kroszner: Exgobernador de la Reserva Federal.
Hallie Hoffman: Exdirectora general y jefa de gabinete interina de la DEA.
Líderes Tecnológicos y Empresariales
Elon Musk: Director ejecutivo de Tesla y SpaceX.
Peter Thiel: Cofundador de Dialog, PayPal y Palantir.
Eric Schmidt: Exdirector ejecutivo de Google.
Joe Lonsdale: Cofundador de Palantir.
Reid Hoffman: Cofundador de LinkedIn.
Auren Hoffman: Presidente de Dialog y fundador de SafeGraph y LiveRamp.
Neal Mohan: Director ejecutivo de YouTube.
Tom Lue: Director de Asuntos Globales de Google DeepMind.
Jonathan Levin: Presidente de la Universidad de Stanford.
Marc Andreessen: Inversor y cofundador de Netscape (confirmado por Forbes).
Personalidades de la Cultura y los Medios
Jonathan Greenblatt: Director ejecutivo de la Liga Antidifamación (ADL).
Peter Goettler: Presidente del Instituto Cato.
Roger Myerson: Economista y Premio Nobel.
Ezra Klein: Comentarista político.
Souad Mekhennet: Corresponsal de seguridad nacional de The Washington Post (ex empleada).
Joseph Gordon-Levitt: Actor.
Sophia Bush: Actriz.
Scooter Braun: Manager musical.
Rick Warren: Pastor evangélico.
Cabe destacar que la lista de 222 personas para el retiro de 2026 incluye a 87 asistentes por primera vez. Ninguno de los registrados utilizó un correo electrónico gubernamental, optando por cuentas personales o corporativas para eludir las leyes de registros públicos .