Oscuro Claro
La búsqueda de la destrucción social no es un accidente histórico, sino una estrategia deliberada de control tejida en la mismísima médula del poder corporativo occidental. Esta mentalidad no es un producto del capitalismo tardío, sino que hunde sus raíces en una tradición aristocrática de desprecio por el «vulgo» que el capitalismo, lejos de erradicar, racionalizó y expandió.

Por Mente Alternativa

En una lúcida reflexión que interpela la esencia de nuestro tiempo, Adrián Zelaia, de EKAI Center, plantea una pregunta que resuena con inquietante frecuencia entre la ciudadanía: ¿por qué existen fuerzas poderosas empeñadas en la destrucción social? La respuesta, como él mismo desgrana en sus análisis, dista de ser sencilla y nos obliga a mirar más allá de las explicaciones superficiales para adentrarnos en la lógica perversa que articula el poder contemporáneo.

Para comprender este fenómeno, es imperativo desmontar un axioma central del pensamiento vulgar: la creencia de que las grandes corporaciones solo persiguen la maximización del beneficio económico. Esta premisa, aunque intuitiva, resulta ser un espejismo que oculta la verdadera naturaleza del poder. El dinero, como acertadamente señala Zelaia, no es un fin en sí mismo, sino un instrumento, una anotación contable que, una vez satisfechas las necesidades básicas y los lujos, se convierte en el vehículo para alcanzar metas mucho más profundas y siniestras: el prestigio, la influencia y, fundamentalmente, el control. La capacidad de consumo se satura, pero el apetito por el poder y la capacidad de moldear el entorno a voluntad son ilimitados. Las estrategias de control social, por tanto, se erigen como el objetivo último, asegurando la perpetuación de los beneficios futuros y la dominación absoluta.

Esta mentalidad no es un producto del capitalismo tardío, sino que hunde sus raíces en una tradición aristocrática de desprecio por el «vulgo» que el capitalismo, lejos de erradicar, racionalizó y expandió. Esa pulsión elitista, que ve en las masas una amenaza potencial, encontró su justificación en doctrinas pseudocientíficas como el maltusianismo, el darwinismo social y la eugenesia. El mantra de que «sois demasiados» ha sido un runrún constante en las élites británicas, estadounidenses y occidentales durante los últimos doscientos años. Tras la Segunda Guerra Mundial, y ante el descrédito del fascismo, este discurso se recicló hábilmente bajo el manto de un ecologismo deformado, que presenta a la humanidad como una plaga para el planeta, justificando así la necesidad de reducir drásticamente la población. No es casualidad que las élites globales susurren cifras que oscilan entre los 500 y los 2.000 millones de habitantes como un objetivo deseable, un ejercicio de planificación demográfica que revela el núcleo duro de su ideario: la destrucción social y la reducción de la población como vía para su propia supervivencia y comodidad.

Las estrategias para alcanzar estos fines son múltiples y se despliegan en todos los frentes de la vida social. El debilitamiento sistemático de los lazos comunitarios—la familia, los sindicatos, los pueblos, las naciones—se convierte en un objetivo prioritario, pues un individuo aislado es un individuo dócil. En esta línea, el fenómeno de la migración masiva es impulsado no solo como una fuente de mano de obra barata, sino como una herramienta geopolítica para dividir sociedades y enfrentar a los trabajadores entre sí, diluyendo su capacidad de resistencia frente al poder. Paralelamente, la irrupción del transactivismo, financiado por grandes corporaciones farmacéuticas y multinacionales financieras, opera como un vector de disolución de las identidades sexuales y humanas. Más allá de su retórica de liberación, estas corrientes, en la práctica, destruyen vidas, especialmente las de jóvenes y adolescentes, al tiempo que generan pingües beneficios para la industria que las promueve.

Este proyecto de destrucción social encuentra su caldo de cultivo en el contexto geopolítico surgido tras la Guerra Fría. Con la desaparición de la oposición real, el poder corporativo se sintió investido de una soberanía casi absoluta. El control de los partidos políticos, que se presentan bajo las etiquetas de izquierda, derecha o centro pero que en lo estratégico se someten dócilmente a los intereses corporativos, es total. La financiación de fundaciones, el dominio del sistema financiero, el control de los medios de comunicación y de la industria cultural son los engranajes de una maquinaria que Zelaia identifica con claridad. En el contexto estatal español, el análisis se vuelve punzante al señalar a formaciones como el Partido Popular, el Partido Socialista, PNV y Bildu como los instrumentos políticos que, en mayor o menor medida, aplican estas estrategias de control. En la vanguardia del transactivismo, el análisis apunta directamente a formaciones como Podemos y Bildu, quienes han asumido estos postulados de forma expresa y reconocida.

En definitiva, la pregunta de ¿por qué se busca la destrucción social?, encuentra su respuesta en la amalgama de tres factores interrelacionados: el beneficio económico, el poder de control y una ideología de odio y desprecio hacia las masas, que se reviste de ropajes de modernidad y progresismo para ocultar su esencia reaccionaria. El posmocapitalismo, lejos de ser una era de libertad, se perfila como el «asalto a la razón», un proyecto deliberado para atomizar a la sociedad, arrebatarle su capacidad de autodeterminación y reducirla a un conjunto de individuos débiles y desorientados, presa fácil de los designios de las grandes corporaciones. Solo desde la conciencia crítica y el análisis racional de estas dinámicas, como propone Zelaia, podremos empezar a vislumbrar una salida a esta encrucijada.

Fuentes consultadas

1. Adrián Zelaia, ¿Por Qué Buscan la Destrucción Social?. EKAI Center. 14 de junio de 2026.

2. Adrián Zelaia, *Postmocapitalismo. El asalto a la razón* (El Viejo Topo, 2026).

La ‘economía Epstein’: un espejo del colapso de Occidente entre especulación financiera, redes de abuso y control cultural



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