Por Mente Alternativa
La colosal salida a bolsa de SpaceX, que ha hecho historia como la mayor OPI jamás realizada, no es un evento financiero convencional, sino un fenómeno que desafía los fundamentos más básicos del análisis de inversión. Tal como lo analiza el agudo observador financiero Paul Spydell, la operación representa una concentración sin precedentes de optimismo —o, en sus propias palabras, una «concentración fenomenal de idiotas» en el mercado, dispuestos a seguir la narrativa de un visionario en la fase terminal de una psicosis alcista . La cifra es mareante: 555.555.555 acciones de clase A colocadas a 135 dólares, catapultando la capitalización bursátil a 1,75 billones de dólares, una suma que, al cierre de la primera jornada, superaría los 2,1 billones, situando a la compañía por encima de gigantes como TSMC y en el séptimo lugar del ranking mundial por capitalización. Este despliegue de poder financiero, orquestado por un selecto grupo de bancos liderados por Goldman Sachs, no hace sino magnificar la pregunta central: ¿qué están comprando realmente los inversores?
La respuesta, a simple vista, parece ser un sueño. SpaceX no es una empresa convencional; es un conglomerado de tres negocios muy dispares: el aeroespacial, el de conectividad vía Starlink y el de inteligencia artificial, integrado tras la fusión con xAI . La compañía, en su conjunto, es profundamente deficitaria. Los datos son tozudos: en 2025, con ingresos de 18.700 millones de dólares, acumuló unas pérdidas netas de 4.940 millones . Su flujo de caja libre es negativo en casi 20.000 millones, y la mayor parte de su colosal gasto de capital, 12.700 millones de dólares, se destinó no a cohetes, sino a la construcción de centros de datos para xAI . Es decir, el dinero de los inversores está financiando, en gran medida, la ambición de Musk en el campo de la inteligencia artificial, un sector donde su proyecto, Grok, es un actor menor comparado con OpenAI o Anthropic, pero al que se le pretende asignar una valoración que rivaliza con la de ellos.
El núcleo de la absurda valoración reside en una desproporción brutal con el sector que, en teoría, debería ser su par. Como señala el análisis de Spydell, aplicar los múltiplos estándar de la industria aeroespacial y de defensa a SpaceX revela una locura. Mientras que las grandes empresas del sector —Lockheed Martin, Northrop Grumman, RTX— cotizan a un múltiplo EV/Ventas de alrededor de 2,2 veces, SpaceX lo hace a más de 100 veces . De hecho, la capitalización de SpaceX supera a la de todas las empresas aeroespaciales del S&P 500 combinadas, que generan unos ingresos anuales conjuntos de aproximadamente 500.000 millones de dólares, más de 25 veces los ingresos de SpaceX . Esta es la esencia de la crítica: el mercado está pagando una prima estratosférica por un futuro incierto, ignorando por completo un presente financiero que, para cualquier otra empresa, sería considerado ruinoso. La empresa no genera beneficios, no reparte dividendos y su único negocio rentable, Starlink, aunque crece a gran velocidad, no es suficiente para justificar una valoración de dos billones de dólares .
Starlink, con más de 12 millones de usuarios y generando unos ingresos de 11.400 millones en 2025, es el pilar sobre el que se sostiene la narrativa de SpaceX . Es el «cash cow» que permite a la compañía soñar con el futuro, pero su potencial de mercado total direccionable se estima en 1,6 billones de dólares . Incluso si SpaceX capturara todo ese mercado, apenas alcanzaría su valoración actual, lo que pone de manifiesto que el resto del valor debe ser atribuido a la división de IA y a la promesa de unos «centros de datos orbitales» que aún pertenecen al ámbito de la ciencia ficción . La habilidad de Elon Musk para vender estos sueños es, sin duda, fascinante, pero como apunta la profesora Paulina Roszkowska, de la Bayes Business School, «si pides una contribución de 70.000 u 80.000 millones, creo que le debes a los inversores algo más que poesía» . La falta de detalles sobre la gobernanza y los riesgos de ejecución en el folleto de la OPI es un clamoroso vacío que los inversores, cegados por el brillo del mito, parecen dispuestos a ignorar.
En definitiva, la salida a bolsa de SpaceX no es una inversión en una empresa aeroespacial, sino una apuesta masiva, casi mística, por la capacidad de Elon Musk para redefinir la economía del futuro. Es una capitalización alucinógena que comprime en un solo paquete la promesa de la conquista espacial, el dominio de las telecomunicaciones y la inteligencia artificial, todo ello envuelto en el innegable carisma de su fundador. La economía no cuadra, los múltiplos no mienten y las pérdidas son reales. Sin embargo, en un mercado que parece habitar en la fase terminal de la psicosis, la fe en el mito parece haber vencido, al menos por ahora, a la gravedad de los números. Como bien sentencia el análisis que inspira este texto, el mercado no está pagando por SpaceX, sino por la posibilidad de que el sueño de Musk se convierta en la nueva realidad.