Oscuro Claro
La transición de la República al Imperio no fue solo un fenómeno militar, sino el resultado de una lenta posesión espiritual. Comprender el origen del Imperio Romano exige seguir la ruta subterránea de los cultos mistéricos que, como parásitos sagrados, migraron de Babilonia a Roma.

Por José Luis Preciado

El origen del Imperio Romano no puede ser comprendido en su integridad si se lo reduce a las tradicionales categorías de expansión territorial, crisis institucional o ambición de los generales victoriosos.En su artículo “El origen del Imperio Romano… los cultos mistéricos migran hacia un nuevo huésped”, el historiador revisionista Matthew Ehret propone una hipótesis tan inquietante como erudita: la verdadera clave del nacimiento del poder imperial romana reside en la migración deliberada de los cultos mistéricos de origen babilónico, persa y anatólico hacia el corazón de la República, transformándola desde dentro en un imperio sagrado dispuesto a devorar el mundo conocido. Para rastrear ese origen del Imperio Romano, Ehret nos conduce primero a la Ruta de la Seda del año 200 antes de Cristo, un corredor que no solo transportaba seda y especias, sino también teologías de sometimiento. La helenización impulsada por Alejandro Magno había roto las barreras culturales entre Oriente y Occidente, pero tras su asesinato en Babilonia, el sueño platónico de una polis universal de justicia y perfeccionabilidad humana quedó hecho trizas. En ese vacío, los sacerdocios del dios Marduk, humillados primero por los persas y luego burlados por los generales alejandrinos, buscaron un nuevo “señor de la marcha” que impusiera desde Roma lo que no lograron en Persépolis ni en Babilonia. Así, el origen del Imperio Romano aparece menos como un destino manifiesto y más como una posesión programada.

La antesala de esa posesión fueron las guerras púnicas, cuyo relato convencional omite un detalle monstruoso: Roma y Cartago habían sido aliadas durante siglos mediante cuatro tratados formales desde el 509 hasta el 279 antes de Cristo. Una división natural del talento regía sus relaciones: Roma era la potencia terrestre, disciplinada y militar; Cartago, la marítima, comercial y rica. No existía contradicción necesaria entre ambas, sino una sinergia defensiva que les había permitido sobrevivir a invasiones y crisis. Sin embargo, en el año 264 antes de Cristo, algo invisible rompió ese equilibrio. Roma lanzó la primera guerra púnica, conquistó Sicilia e impuso tributos a su antigua aliada. Ehret sugiere, con cautela pero con audacia, que la mano oculta de los sacerdocios babilónicos pudo orquestar ese giro: necesitaban un nuevo huésped para su parásito imperial, y la disputa entre Roma y Cartago era el mecanismo para decidir cuál de las dos potencias albergaría al futuro amo del mundo. La derrota de Aníbal en Zama el año 201 antes de Cristo selló la respuesta: Roma sería ese huésped.

Fue entonces, durante la segunda guerra púnica, cuando ocurrió el primer gran trasplante ritual. El Senado romano, desesperado por vencer a Cartago, consultó a los llamados Comité de los Quince, los custodios de los Oráculos Sibilinos que habían llegado a Roma bajo el rey Tarquinio el Soberbio. La respuesta oracular fue asombrosa: la victoria sería romana si se invitaba oficialmente al culto de Cibeles, la Gran Madre frigia, a establecerse en la ciudad. Así se hizo. En el año 204 antes de Cristo, la diosa de Anatolia y del reino mitraico del Ponto fue instalada en el Palatino, junto a los mismos libros sibilinos que habían autorizado su llegada. La victoria llegó, pero con ella llegó una ceremonia de castración y éxtasis: los sacerdotes de Cibeles, llamados galos, se autocastraban en orgías rituales, vestían como mujeres, hablaban con falsete y sembraban el horror entre los estoicos romanos, que aún veneraban la masculinidad, la templanza y la familia. El culto fue reprimido durante un siglo, pero no desapareció: se ocultó en las entrañas de Roma, esperando la protección imperial que llegaría más tarde. Paralelamente, el culto de Isis, traído bajo el nombre romanizado de Isis-Serapis, comenzó a difundirse a mediados del siglo II antes de Cristo, con sus ritos sexuales y su sustitución del dios Osiris por una figura romana de señor de los muertos.

El origen del Imperio Romano se acelera con la llegada del culto de Mitra en el año 64 antes de Cristo, introducido por el general Pompeyo tras sus guerras contra Mitrídates VI Eupator, el rey del Ponto que se consideraba la encarnación viva del Sol Invictus. El mitraísmo era un culto iniciático de siete grados, exclusivamente masculino, adorado en grutas subterráneas llamadas mitreos. Sus rituales de tauroctonía, en los que Mitra sacrificaba un toro mientras el perro, la serpiente y el escorpión bebían su sangre, inscribían una cosmología de lucha y salvación individual que cautivó a las legiones, a la guardia pretoriana y a una docena de emperadores romanos, desde Marco Aurelio hasta Constantino y Juliano el Apóstata. Pompeyo no derrotó realmente al reino del Ponto: lo absorbió. Los sacerdotes mitraicos vieron en Roma un huésped más vasto que aquel pequeño reino, y el pacto entre el general romano y los eunucos sagrados selló el traslado del marcher lord a Occidente. Cuando Octavio Augusto, tras vencer a Marco Antonio y Cleopatra en el 32 antes de Cristo, se autoproclamó emperador y Pontífice Máximo, el proceso estaba completo. Como recuerda Ehret citando al filósofo Lyndon LaRouche, una reunión secreta en la isla de Capri entre los sacerdotes mistéricos y Octavio Augusto decidió que Roma, y no Alejandría, sería la capital del nuevo imperio universal. El origen del Imperio Romano culminó así en un sincretismo sagrado: el emperador era ya un dios viviente, los cultos orientales eran su liturgia de control, y la vieja República, con sus valores de honor civil y ciudadanía armada, yacía enterrada bajo las losas de los mitreos.

Ehret no nos ofrece una historia complaciente. Nos ofrece una advertencia. La caída de la República no fue un accidente, sino una metamorfosis inducida desde los altares subterráneos. Y ese origen del Imperio Romano, tan teológico como militar, nos confronta con una pregunta que trasciende la antigüedad: ¿puede un pueblo perder su libertad sin que sus dioses hayan cambiado primero de bando?

Fuentes consultadas
  • Ehret, Matthew. “The Origins of the Roman Empire… the Mystery Cults Migrate to a New Host. Episode two of Augustine vs the Empire”. The Canadian Patriot Review / Rising Tide Foundation.
  • LaRouche, Lyndon. Executive Intelligence Review, vol. 15, no. 44, 4 de noviembre de 1988.
  • Platón. Critón y Fedón (sobre la decisión de Sócrates de no huir de la muerte).
  • Chung, Cynthia. “How to Conquer Tyranny and Defeat Tragedy”. The Art of Liberty: Conquering Tyranny and Defeating Tragedy (Rising Tide Foundation, Spring 2026).

Moscú como la Tercera Roma: Siete dispensaciones del ideal ruso, por Aleksandr Duguin



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