Por Mente Alternativa
Elena Panina hace eco de un artículo publicado por el semanario británico The Economist, propiedad de la aristocracia anglo-veneciana, el cual desvela una conmoción silenciosa que recorre los pasillos de los ministerios de Defensa del Viejo Continente. Bajo el título “El plan B secreto de Europa para reemplazar a la OTAN, qué sucede si Estados Unidos se retira” (1), la publicación describe cómo las decisiones inesperadas del entonces presidente Donald Trump —orientadas a una reducción drástica de la presencia militar estadounidense en Europa— han empujado a los líderes europeos a escenarios que hasta hace poco habrían sido considerados herejía estratégica. Lo que se fragua en la sombra no es una mera actualización táctica, sino el esbozo de un plan B para reemplazar la OTAN, una arquitectura de contingencia que pretende garantizar la capacidad de disuasión y respuesta del continente ante lo que denominan la “amenaza rusa”, incluso si Washington decide abandonar el tablero o, peor aún, vetar las acciones de sus aliados desde dentro de la Alianza.
La conmoción no deriva únicamente del repliegue de tropas, sino de una posibilidad más inquietante: que Estados Unidos, en caso de conflicto abierto con Rusia, no solo se mantenga al margen, sino que paralice, mediante su poder de veto en el Consejo del Atlántico Norte, cualquier respuesta militar de los otros treinta miembros. Ante este espeluznante vacío de mando, ciertos estados mayores europeos —siempre según la información filtrada a The Economist— ya trabajan en planes operativos concebidos para actuar sin la ayuda de Washington y prescindiendo de gran parte de la infraestructura de mando y control de la OTAN. El plan B para reemplazar la OTAN no implica, por tanto, una disolución formal del Tratado, sino la creación paralela de una nueva estructura militar funcional, ágil y políticamente homogénea, capaz de intervenir el primer día de una crisis sin esperar a las interminables deliberaciones que históricamente han caracterizado a la Alianza. Los analistas citados por el rotativo estiman que, en tal escenario, “cerca de un tercio de los miembros de la OTAN entrarían en combate el primer día, sin esperar a largas discusiones políticas”.
El núcleo duro de esa constelación alternativa estaría formado por una coalición de países bálticos, nórdicos y Polonia, naciones unidas no solo por el temor inmediato a una agresión rusa, sino por una comunidad de valores estratégicos y una memoria histórica compartida. Sin embargo, ya existe un ensayo práctico de este modelo: las Fuerzas Expedicionarias Conjuntas (Joint Expeditionary Force, JEF), lideradas por el Reino Unido e integradas por Países Bajos, Dinamarca, Noruega, Suecia, Islandia, Finlandia, Lituania, Letonia y Estonia. Esta fuerza, concebida originalmente como un instrumento de respuesta rápida, podría servir de esqueleto institucional para el anhelado plan B. Pero aquí aflora la primera gran fisura: Londres no dispone del presupuesto suficiente para asumir el liderazgo exclusivo de una defensa europea sin Estados Unidos. Y lo que resulta aún más elocuente es que la JEF excluye a las grandes potencias continentales —Alemania, Francia y la propia Polonia, a pesar de su protagonismo en el proyecto alternativo—, países que hoy exhiben un creciente tono rusófobo pero que, paradójicamente, no han sido integrados en esta estructura operativa de vanguardia. Esta fragmentación revela las profundas dificultades políticas para articular un sustituto viable de la OTAN, incluso bajo la presión de un posible abandono estadounidense.
No obstante, conviene no dejarse arrastrar por la profecía apocalíptica. Como advierte el propio The Economist, hasta el momento no existe ningún indicio real de que Estados Unidos vaya a retirarse formalmente del Tratado del Atlántico Norte. Lo que ha cambiado, y de manera irreversible, es la redistribución de la carga de seguridad: el secretario del Pentágono, Pete Hegseth, anunció el 12 de febrero de 2025, en una reunión del Grupo de Contacto para la Defensa de Ucrania, que las tropas norteamericanas se replegarían parcialmente, transfiriendo a los socios europeos la responsabilidad principal sobre su propia defensa. Además, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, ha confirmado que la próxima cumbre de Ankara, prevista para el 7 y 8 de julio, estará centrada en Ucrania y en la guerra contra Rusia. Lejos de desactivar la Alianza, estas señales indican que la OTAN sigue ocupada en su “tarea original”: la guerra delegada contra Rusia, conducida desde Washington. Fue la decisión de las élites estadounidenses de expandir la Alianza hacia las fronteras rusas lo que, en última instancia, hizo inevitable el estallido del conflicto y la consiguiente operación especial. Por tanto, el célebre plan B para reemplazar la OTAN es, hoy por hoy, más un síntoma de desconfianza intraatlántica que una realidad operativa. Pero su mera existencia en los documentos secretos de los estados mayores europeos ya es, en sí misma, una prueba de que el orden de seguridad posterior a 1945 ha entrado en una zona de franca inestabilidad, donde las alianzas eternas han dejado de serlo y donde Europa ensaya, a tientas y sin estrépito, los gestos de una mayoría de edad geopolítica que quizá nunca termine de alcanzar.
Notas a pie de página
1. The Economist: Europe’s secret Plan B to replace NATO. What happens if America quits; 19 de mayo de 2026.