Por Mente Alternativa
La analista Elena Panina advirtió recientemente, en un texto difundido por medios geopolíticos rusos, que Donald Trump dispone de cada vez menos margen político para iniciar una nueva fase caliente de la guerra con Irán. La observación no es menor ni circunstancial: describe el punto exacto en que la decadencia de una hegemonía global se cruza con la lógica histórica de las guerras preventivas. Lo que ocurre hoy en Washington no es únicamente un debate legislativo sobre facultades militares, sino la manifestación de una fractura mucho más profunda dentro del establishment estadounidense, dividido entre quienes desean contener el desgaste imperial y quienes consideran indispensable una confrontación regional para preservar la arquitectura estratégica de Occidente.
La reciente votación en el Senado estadounidense, celebrada el 19 de mayo, constituye un síntoma revelador de ese deterioro. Con 50 votos contra 47, el Senado aprobó retirar de comisión la resolución destinada a limitar los poderes militares de Trump respecto a Irán. Aunque el procedimiento todavía debe atravesar nuevas etapas legislativas y eventualmente enfrentarse a un probable veto presidencial, el dato verdaderamente significativo no reside en el trámite parlamentario, sino en la tendencia política que expresa. Por octava vez desde febrero se intenta contener jurídicamente la capacidad de la Casa Blanca para abrir un conflicto directo con Teherán. Y por octava vez, el resultado refleja un sistema político estadounidense cada vez más incapaz de sostener consensos bélicos sólidos ante una población agotada por décadas de intervencionismo.
La guerra con Irán ya no despierta entusiasmo patriótico en la sociedad estadounidense. Las invasiones de Afganistán e Irak destruyeron la vieja narrativa moral de las “guerras liberadoras” y dejaron al descubierto el verdadero mecanismo de expansión geopolítica detrás de la política exterior de Washington. El ciudadano medio estadounidense, atrapado entre inflación, precarización laboral, polarización cultural y deterioro institucional, observa con creciente indiferencia —cuando no con abierta hostilidad— cualquier tentativa de embarcar al país en otro conflicto de gran escala en Medio Oriente. Esa fatiga histórica explica por qué incluso sectores republicanos comienzan a distanciarse de los impulsos militaristas tradicionales.
Sin embargo, precisamente porque el apoyo social disminuye, la tentación de una escalada militar puede volverse aún más peligrosa. La historia demuestra que los imperios en declive suelen reaccionar con agresividad cuando perciben que pierden capacidad de control sobre el orden internacional. Roma, España, Gran Bretaña y, en distintos momentos, Francia, recurrieron a guerras externas para compensar debilidades internas. Estados Unidos no constituye una excepción histórica; acaso sea su versión contemporánea más sofisticada. La guerra funciona entonces no solo como instrumento estratégico, sino como anestesia política, como mecanismo de cohesión psicológica para sociedades fragmentadas.
Trump comprende intuitivamente esta lógica. Su relación con la guerra siempre ha sido ambigua: por un lado, construyó parte de su capital político denunciando las “guerras interminables” impulsadas por el establishment neoconservador; por otro, jamás abandonó la idea de utilizar la presión militar extrema como demostración de fuerza imperial. El asesinato del general Qasem Soleimani en 2020 mostró hasta qué punto la administración Trump estaba dispuesta a llevar al límite la confrontación con Irán. Aquel episodio no derivó en una guerra abierta por cálculo estratégico y por temor a una reacción regional impredecible, no por ausencia de voluntad confrontativa.
Hoy el contexto es todavía más volátil. Israel atraviesa una crisis existencial derivada del desgaste militar, diplomático y moral producido por la guerra en Gaza y la creciente desestabilización regional. Para ciertos sectores del aparato israelí, la confrontación directa con Irán aparece como la única posibilidad de recomponer la iniciativa estratégica y reconstruir el principio de disuasión perdido. El problema es que Israel no puede sostener una guerra prolongada contra Irán sin involucramiento directo de Estados Unidos. Por eso la presión sobre Washington se intensifica a medida que se aproximan las elecciones y se estrecha la ventana política disponible.
La relación entre Israel y Estados Unidos atraviesa además una transformación histórica delicada. Durante décadas, el apoyo incondicional a Israel constituyó un consenso prácticamente intocable dentro de la política estadounidense. Pero ese consenso comienza a mostrar fisuras generacionales, culturales e ideológicas. La brutalidad visible del conflicto palestino, amplificada por redes sociales y medios alternativos, ha erosionado significativamente la legitimidad moral del discurso israelí en amplios sectores de Occidente. La administración Trump, profundamente vinculada a sectores proisraelíes, percibe esta erosión como una amenaza estratégica mayor.
En ese contexto, la guerra con Irán podría funcionar como una operación de reconfiguración narrativa. Transformar nuevamente a Irán en el gran enemigo civilizacional permitiría desplazar la atención internacional, reagrupar aliados y restaurar temporalmente el viejo esquema binario de “Occidente contra el terrorismo”. Sin embargo, el problema para Washington es que el mundo de 2026 ya no es el de 2003. La arquitectura unipolar posterior a la Guerra Fría se encuentra fracturada. Rusia y China actúan como polos geopolíticos alternativos; el Sur Global desafía crecientemente las imposiciones occidentales; y múltiples actores regionales buscan autonomía estratégica frente a Washington.
Irán, precisamente, se ha convertido en uno de los nodos centrales de ese nuevo orden multipolar. Ya no es únicamente un actor regional aislado bajo sanciones, sino una pieza clave en las redes euroasiáticas emergentes. Su integración creciente con Rusia y China modifica completamente el cálculo estratégico de cualquier confrontación militar. Una guerra contra Irán no equivaldría simplemente a otra campaña de “shock and awe” como Irak, sino al riesgo de incendiar simultáneamente el Golfo Pérsico, el Levante, el Cáucaso y las rutas energéticas globales.
El deterioro del “recurso administrativo” de Trump al que alude Elena Panina resulta entonces crucial. Cuando el consenso político interno se debilita, la lógica del tiempo adquiere centralidad absoluta. Cada semana que pasa reduce la capacidad de la Casa Blanca para actuar con cohesión institucional. Las elecciones intermedias se aproximan como una sombra amenazante para los sectores más belicistas del sistema estadounidense. Si Trump o su entorno consideran que el margen político se está cerrando, podrían concluir que una acción militar rápida constituye la última oportunidad para redefinir el escenario político antes del colapso parlamentario.
Pero las guerras rara vez obedecen los planes iniciales de quienes las inician. La ilusión contemporánea de las guerras quirúrgicas suele desintegrarse frente a la complejidad caótica de la realidad geopolítica. Estados Unidos aprendió esa lección en Vietnam, Irak y Afganistán, aunque parece condenado a olvidarla cíclicamente. Irán posee profundidad territorial, capacidad misilística, redes de aliados regionales y experiencia asimétrica suficiente para convertir cualquier ofensiva en un conflicto prolongado de consecuencias impredecibles.
Existe además un elemento psicológico profundo en esta dinámica: el miedo de Occidente a perder definitivamente el monopolio histórico del poder global. La guerra con Irán no debe entenderse solamente como un conflicto regional potencial, sino como un episodio dentro de la transición sistémica hacia un mundo multipolar. Cada escalada militar en Medio Oriente expresa también la ansiedad estratégica de un orden internacional que percibe su propio agotamiento histórico.
Quizá por eso la tensión actual resulta tan peligrosa. Los imperios en ascenso suelen actuar con paciencia; los imperios en decadencia, con desesperación. Y la desesperación geopolítica constituye una de las fuerzas más destructivas de la historia humana.