Oscuro Claro
El bloqueo del estrecho de Ormuz es un punto de inflexión donde la legalidad internacional y la seguridad energética de Asia chocan con la nueva estrategia de desgaste de Estados Unidos.

Por José Luis Preciado

Hay momentos en la historia en que un solo acontecimiento ilumina todo un ciclo geopolítico. La crisis del estrecho de Ormuz en abril de 2026 es uno de ellos. Detrás de los bombardeos estadounidenses sobre Teherán, detrás de la amenaza de Trump de bloquear el estrecho y de interceptar en alta mar a los barcos que paguen el peaje iraní, se oculta un diseño mucho más vasto y siniestro que el simple enfrentamiento entre Washington y Teherán. Esa violencia no es incidental. Durante esta guerra, Estados Unidos y su presidente se han comportado como bárbaros. Trump se jactó de sus ataques contra los mismos civiles que un mes antes decía querer liberar. El 7 de abril de 2026 amenazó, pública y explícitamente, con destruir la civilización iraní, violando así el artículo 2.4 de la Carta de las Naciones Unidas. Con ese comportamiento, el presidente de Estados Unidos se puso al margen de la civilización. Lo que estamos presenciando es el nacimiento de un nuevo orden mundial organizado en macroregiones cerradas, cada una con sus propias reglas de paso, sus propias monedas de intercambio y sus propias esferas de coerción. Estados Unidos, que ya no puede sostener la globalización unipolar que él mismo creó, está empujando deliberadamente a sus rivales —y muy especialmente a China— a construir sus propias macroregiones como única vía de supervivencia. Pero ese empujón tiene una trampa: cada macroregión que se construye queda atrapada en sus fronteras, y el libre paso que China necesita para abastecerse de energía se convierte en un privilegio cada vez más caro y políticamente condicionado. Leídos a la luz de esta hipótesis, los artículos de Thierry Meyssan en Red Voltaire (1) y de Ye Yan en Beijing Cultural Review (2) adquieren una nueva profundidad: el primero al legitimar el peaje de Ormuz como expresión de la soberanía territorial, el segundo al advertir a China que no acepte esa lógica sin construir al mismo tiempo su propia capacidad de respuesta simétrica.

La tesis de la macroregión no es nueva, pero la crisis de Ormuz la ha vuelto brutalmente visible. Durante tres décadas, la globalización neoliberal nos acostumbró a pensar que el mundo era uno solo: un mercado único, un petrodólar, reglas universales, flujos libres de capitales y mercancías. Esa era ha terminado. Lo que viene es un mundo de bloques. En este nuevo orden, los estrechos, los canales y los pasos marítimos se convierten en las aduanas de cada macroregión. Quien controla un estrecho controla no solo el flujo de mercancías sino la pertenencia misma al bloque. Por eso Estados Unidos no se ha limitado a bombardear Irán: ha utilizado las bases militares de las monarquías del Golfo —países que ahora descubren, como señala Meyssan, que han sido convertidos en blancos legítimos de la respuesta iraní— para reconfigurar el mapa energético mundial. Y por eso Trump amenaza con tomar Groenlandia: quien controle el Ártico controlará la nueva ruta marítima que, con el deshielo, conectará Asia con Europa y América del Norte, y podrá imponer allí condiciones de paso —si no un peaje formal, sí un costoso sistema de permisos y servicios obligatorios—.

La posición de China en este rompecabezas es a la vez privilegiada y peligrosa. Privilegiada porque China tiene el tamaño demográfico, el peso industrial y la capacidad financiera para construir su propia macroregión sin depender de nadie. Peligrosa porque esa macroregión, para ser viable, necesita garantizar el libre paso de la energía y las mercancías a través de puntos que no controla: Ormuz, Malaca, el mar de China Meridional.

De ahí la insistencia de Ye Yan en defender el régimen de paso en tránsito del derecho internacional: mientras exista una norma universal que garantice la libre navegación por los estrechos internacionales, China puede recibir petróleo de quien sea sin tener que someterse al peaje político de nadie. Su análisis resulta especialmente lúcido porque desmonta una ilusión muy extendida en ciertos círculos nacionalistas chinos: la de que el acuerdo para liquidar en yuanes los peajes impuestos por Irán representa una victoria total contra la hegemonía del dólar. Nada más lejos de la realidad, advierte el autor. El estrecho no ha vuelto a la libre navegación, sino que ha entrado en un estado de «paso controlado»: alta incertidumbre, regulación estricta, bajo volumen de tráfico y tamizaje político bajo la apariencia de un alto el fuego. Este equilibrio de paso controlado, lejos de ser un accidente local, encaja perfectamente en la estrategia estadounidense de convertir Oriente Medio en un «corredor de Asia Occidental» dentro de un marco indopacífico, sosteniendo una fricción controlada que desgasta a las potencias manufactureras de Asia Oriental sin costes significativos para Washington.

Por el estrecho de Ormuz transitan diariamente unos 20 millones de barriles de crudo, lo que representa una quinta parte del comercio marítimo mundial de petróleo y más del 80% del GNL destinado a Asia. China, India, Japón y Corea del Sur concentran la inmensa mayoría de esos flujos. Sin embargo, mientras Japón depende críticamente del petróleo de Oriente Medio —más del 85% de sus importaciones, según datos de la AIE— y carece de margen de maniobra, Estados Unidos apenas importa 400.000 barriles diarios a través del estrecho y puede absorber el impacto gracias a su producción interna de esquisto. Peor aún: la disrupción ha disparado los fletes y las primas de seguro, erosionando la competitividad manufacturera china, mientras que las refinerías de la costa del Golfo de EE.UU. obtienen beneficios extraordinarios. Como ironiza Ye Yan, el enemigo no solo no sufre, sino que además se beneficia.

Desde la lógica de Ye Yan, si Ormuz se convierte en una aduana iraní, si Malaca se convierte en una aduana indonesia o malaya, si el Ártico se convierte en una aduana estadounidense o rusa, entonces China se verá obligada a construir su macroregión en condiciones de asfixia, pagando peajes múltiples en cada frontera marítima. Eso es exactamente lo que Washington quiere: desgastar a sus rivales asiáticos al menor costo posible y fragmentar el espacio global de manera que Pekín tenga que pagar un precio por cada barril de petróleo, por cada contenedor, por cada transacción financiera que cruce los límites de su macroregión.

Aquí es donde la reflexión de Meyssan, a primera vista opuesta a la de Ye Yan, se vuelve complementaria. El analista francés tiene razón al señalar que, desde el punto de vista de la geografía física y del derecho territorial estricto, las aguas del estrecho de Ormuz son aguas territoriales de Irán y Omán. También tiene razón al recordar que Egipto cobra peaje en el canal de Suez y Panamá en el suyo, y que nadie ha puesto en duda esa práctica, aunque también es cierto que Suez y Panamá están sujetos a tratados específicos que garantizan la no discriminación y la libertad de tránsito para todos los pabellones. Irán no ha ofrecido ninguna garantía equivalente. Y lo que Ye Yan considera es peor: si China acepta el peaje de Ormuz como un hecho consumado, estará convalidando el principio de que cada Estado ribereño puede cobrar lo que quiera a quien quiera en los estrechos que controla. Ese principio, aplicado al estrecho de Taiwán, daría a Pekín exactamente la misma legitimidad para cobrar un peaje a los barcos que naveguen entre la isla y el continente. La pregunta, entonces, no es jurídica sino estratégica: ¿le conviene a China establecer un mundo donde los peajes son la norma? La respuesta de Ye Yan es un rotundo no, porque China es hoy una potencia marítima en expansión, no una potencia ribereña atrincherada. Un mundo de peajes generalizados es un mundo donde China paga más de lo que cobra.

Dicho esto, la perspectiva de la macroregión añade un matiz que ni Meyssan ni Ye Yan desarrollan explícitamente pero que está implícito en ambos. Si el mundo se está fragmentando en macroregiones, China no puede limitarse a defender pasivamente el libre paso universal: tiene que construir activamente su propia macroregión con reglas propias, y dentro de esa macroregión puede perfectamente establecer peajes simétricos como herramienta de negociación. El estrecho de Taiwán —cuyas aguas son parcialmente territoriales (las primeras 12 millas desde cada costa) y parcialmente Zona Económica Exclusiva— no es jurídicamente idéntico a Ormuz, donde todo el estrecho cae dentro del mar territorial de los dos ribereños. Sin embargo, si el mundo acepta el principio de que un Estado ribereño puede cobrar peaje en los estrechos que controla, ese principio beneficiaría a China al menos en la franja de sus 12 millas territoriales tras la reunificación. El poder simbólico de esa capacidad —aunque limitada— sería suficiente como herramienta de negociación. China podría entonces cobrar un peaje a los barcos que se dirijan a Japón o Corea del Sur, o incluso a los que se dirijan a las propias bases estadounidenses en la región. No se trata de hacerlo, sino de tener la capacidad de hacerlo. En la lógica de las macroregiones, el poder de cobrar peaje es una de las monedas de cambio fundamentales. Estados Unidos lo sabe por eso presiona en Groenlandia: no porque necesite el hielo, sino porque quiere tener la opción de cerrar el paso ártico a sus rivales. China debería aprender la misma lección. La defensa del libre paso universal que propugna Ye Yan es estratégicamente inteligente mientras China no tenga el control de los estrechos que le importan. Pero una vez que China consolide su macroregión —integrando el Sudeste Asiático, asegurando sus líneas de suministro terrestres desde Rusia y Asia Central, y resolviendo la cuestión de Taiwán—, podrá negociar desde una posición de fuerza y, llegado el caso, establecer sus propios peajes como moneda de cambio para eliminar los peajes que otros le imponen.

Todo esto revela el verdadero diseño de Washington. Estados Unidos no está actuando contra China por simple animadversión o por una supuesta guerra fría ideológica. Está actuando para reconfigurar el espacio global de manera que China quede confinada en una macroregión asiática con fronteras porosas pero costosas. El libre paso universal beneficia a China porque China es una economía abierta y dependiente de los flujos globales. La fragmentación en macroregiones con peajes beneficia a Estados Unidos porque Estados Unidos es una economía más autosuficiente en energía y alimentos, y porque puede usar su poder naval para cobrar peajes simbólicos a sus rivales mientras exime a sus aliados. La asfixia no es un accidente ni una mera consecuencia impersonal: es el resultado deliberado de un cambio de régimen global que Washington está impulsando activamente para fragmentar el espacio mundial en bloques cerrados. No es ‘complot’ en el sentido clásico, sino diseño sistémico: la lógica de la fragmentación beneficia a EE.UU., y Washington actúa para acelerarla. La pregunta para China es si quiere seguir siendo una víctima pasiva de ese cambio o si quiere convertirse en un arquitecto activo de su propia macroregión.

Frente a este panorama, la recomendación de Ye Yan es clara y se alinea con la postura actual de «restricción estratégica» de Pekín: resistencia legal respaldada por reservas estratégicas, uso pleno de los oleoductos terrestres (Rusia, Asia Central, Myanmar) y creación de un «club de compradores» de los grandes importadores asiáticos para rechazar los peajes ilegales y reconstruir el orden regional. Según la fórmula desarrollada por Ye Yan, esta tercera vía —ni sumisión ni confrontación directa— opta por la resistencia legal. No es una posición ingenua: China puede aguantar el dolor de la transición gracias a su capacidad amortiguadora sustitutiva (reservas estratégicas y oleoductos), mientras que Japón, Corea del Sur e India enfrentan una vulnerabilidad aún mayor. La construcción de una «Alianza de Consumidores Asiáticos» permitiría que un bloque que representa más de la mitad del poder de compra energético mundial actúe al unísono en defensa de las reglas marítimas, rompiendo el equilibrio de paso controlado que tan cómodamente favorece a Washington.

Pero esa alianza es solo el primer paso. El segundo paso es la integración física de la macroregión mediante oleoductos, gasoductos, ferrocarriles y redes eléctricas que reduzcan la dependencia del paso marítimo. El tercer paso, más ambicioso, es la creación de una moneda regional de intercambio energético —no necesariamente para sustituir al yuan, sino para complementarlo— que permita a los países asiáticos comerciar entre sí sin pasar por el dólar. Cada uno de estos pasos reduce la vulnerabilidad de China a los peajes que otros puedan imponerle. Y cada uno de estos pasos, llegado el momento, puede ser acompañado de medidas simétricas: si Irán cobra un peaje en Ormuz, China podría cobrar un peaje en la franja territorial del estrecho de Taiwán; si Estados Unidos impone condiciones de paso en el Ártico desde Groenlandia, China podría cobrar un peaje en los estrechos que controla dentro del mar de China Meridional, como el estrecho de Taiwán o, parcialmente, el de Bashi. La simetría no es venganza: es la única manera de disuadir a los actores revisionistas de romper el orden existente.

En el fondo, lo que está en juego en el estrecho de Ormuz es el principio de reciprocidad. El mundo unipolar permitió durante décadas que Estados Unidos impusiera sanciones, bloqueara pasos y cobrara peajes financieros —el dólar es, en sí mismo, un peaje universal— sin que nadie pudiera responder de manera equivalente. El mundo de macroregiones que ahora nace restablece la reciprocidad: cada bloque tendrá sus propias palancas de presión, sus propios estrechos que controlar, sus propias monedas de cambio. China no puede permitirse quedar desarmada en esta nueva partida. Por eso la advertencia de Ye Yan contra la aceptación pasiva del peaje de Ormuz es tan importante, y por eso la constatación de Meyssan sobre la naturaleza territorial del estrecho es tan relevante. Ambos autores, desde perspectivas opuestas, nos están diciendo lo mismo: el mundo está cambiando, y China debe cambiar con él. No se trata de aferrarse a un libre paso universal que ya nadie respeta, ni de sumarse acríticamente a la lógica de los peajes que otros imponen. Se trata de construir una macroregión propia, fuerte, integrada y capaz de negociar de igual a igual con las otras macroregiones que están emergiendo en el planeta. El peaje de Ormuz es solo el principio. Lo que viene después —el Ártico, Malaca, Taiwán, el mar de China Meridional— decidirá quién es el dueño del tablero y quién es solo una ficha más en él.

Fuentes consultadas
  1. Thierry Meyssan, en Red Voltaire: Derrumbe del derecho multilateral y confusión de los campos de batalla. 14 de abril de 2026.
  2. Ye Yan (叶研), en Beijing Cultural Review (BCR): What should China do as the US and Iran make the rare move of “joining forces” to blockade the Strait of Hormuz?; 13 de abril de 2026. https://mp.weixin.qq.com/s/_oJXkAd2mye5Z9nx6AJwYg

  3. Datos de tránsito de petróleo: U.S. Energy Information Administration (EIA), estimaciones para 2024-2026.

  4. Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (UNCLOS), arts. 37-44 y art. 26.



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