Oscuro Claro
En un mundo fracturado por bloques rivales y sanciones económicas, el centro de pensamiento británico RUSI plantea una herejía estratégica: resucitar la Compañía de las Indias Orientales como modelo de poder corporativo.

Por Mente Alternativa

En lo que parece una provocación intelectual publicada por The Royal United Services Institute for Defence and Security Studies, conocido por sus siglas RUSI, y comentada en profundidad por la analista Elena Panina, los autores Colin Reid y Lewis Sage-Passant, investigadores vinculados a ese influyente centro de pensamiento británico, formulan una declaración que trasciende el mero debate académico para instalarse en el centro de las tensiones geopolíticas contemporáneas: proponen abiertamente resucitar la Compañía de las Indias Orientales. No se trata, como bien advierte Panina, de un ejercicio de erudición histórica, sino de un llamado a las corporaciones occidentales para que abandonen su ingenuidad liberal y aprendan a actuar como actores de pleno derecho en el tablero geopolítico, exactamente como lo hizo aquella temible entidad mercantil que, durante dos siglos, ejerció soberanía privada sobre vastos territorios sin rendir cuentas a ningún orden internacional.

La argumentación de Reid y Sage-Passant parte de una constatación que pocos osarían rebatir: la globalización en su versión clásica, aquella que permitía a las empresas optimizar costos mientras fingían ignorar los vaivenes políticos, ha muerto. El mundo, explican, se está reconfigurando en bloques antagónicos donde los estados empuñan la economía como un arma de doble filo: sanciones, control tecnológico, restricciones a la exportación e interferencias sistemáticas en las cadenas de suministro. Frente a este escenario, las corporaciones occidentales se comportan como naúfragos que reaccionan a las tormentas solo después de haber zozobrado. Carecen de métodos sistemáticos para evaluar el riesgo político, construyen sus modelos de negocio sobre el altar de la eficiencia a corto plazo en lugar de la resiliencia, y cada crisis las encuentra con los pies de barro. Por eso, insisten los autores del RUSI, es necesario resucitar la Compañía de las Indias Orientales como arquetipo organizativo: una entidad privada con capacidad militar, fiscal y diplomática propia, capaz de extraer valor de territorios dependientes sin someterse a la engañosa retórica del orden basado en reglas.

Pero aquí es donde el análisis de Elena Panina introduce una agudeza que los autores originales parecen haber soslayado. Si la propuesta de resucitar la Compañía de las Indias Orientales se tomara al pie de la letra, las corporaciones se verían forzadas a ocupar una posición profundamente asimétrica. Se les exigiría actuar como sujetos geopolíticos —asumiendo todos los riesgos de la confrontación entre estados, blindando cadenas de suministro frente a bloqueos, anticipándose a las sanciones y operando en zonas de conflicto— pero sin que se les conceda jamás la soberanía política completa que sí poseía la histórica Compañía. Deberán internalizar los intereses de los estados de los que dependen, pero no podrán configurarlos en pie de igualdad. El estado conserva el derecho de utilizar a la empresa como instrumento; la empresa, en cambio, carga con los costos sin disfrutar del poder de fuego diplomático. Panina formula entonces la pregunta que todo consejero delegado debería grabar en la puerta de su despacho: ¿cuán rápido se les ocurrirá a las corporaciones la humilde idea de que, en ese caso, para qué necesitan al estado?

La ironía, que no escapa a una lectura atenta, es que el propio llamado a resucitar la Compañía de las Indias Orientales contiene el germen de su propia subversión. Porque si las grandes empresas aprenden a operar como potencias privadas —con inteligencia propia, con capacidad de coerción económica y con una red de alianzas supranacionales que eluda las fronteras jurídicas—, entonces el estado-nación se convierte en un lastre, no en un escudo. Los autores del RUSI parecen creer que pueden domesticar a esos nuevos Leviatanes corporativos atándolos al carro de los intereses nacionales occidentales. Pero la historia de la primera Compañía de las Indias Orientales enseña exactamente lo contrario: aquella entidad terminó gobernando territorios, declarando guerras por cuenta propia y dictando su ley a los propios funcionarios de la Corona británica hasta que esta, finalmente, tuvo que nacionalizarla por la fuerza. Lo que Reid y Sage-Passant proponen no es un retorno al pasado, sino la legalización de un presente que ya está ocurriendo sin reglas. Y la pregunta de Panina resuena con incomodidad: si la geopolítica empresarial exige riesgos de estado sin soberanía de estado, ¿no será más racional para las corporaciones construir su propia soberanía paralela, prescindiendo de la protección estatal y también de su control? El espejo en el que mirarse no es Westminster, sino la propia Compañía en su época de mayor autonomía. Resucitar la Compañía de las Indias Orientales podría terminar siendo el epitafio, no el renacimiento, del poder estatal occidental.

Notas a pie de página

1. Colin Reed and Lewis Sage-Passant, en RUSI: Corporations Must Re-learn How to be Geopolitical Actors. 7 de abril de 2026.

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