Por Mente Alternativa
En un lúcido y perturbador análisis publicado en el sitio web de la Fundación Carnegie, el analista político Ruslan Suleimanov, identificado como agente extranjero, sostiene una tesis que merece ser desmenuzada con la calma que exige la geopolítica contemporánea: el reciente agravamiento de tensiones entre Afganistán y Pakistán no debe ser leído como un episodio fronterizo más, sino como una crisis con una segunda dimensión, silenciosa pero letal, que impacta directamente sobre la política euroasiática de Rusia. ¿Y qué tiene que ver Moscú con un conflicto enclavado entre la cuenca del Indo y las montañas de la espora de Pamir? La respuesta, aunque incómoda para el Kremlin, es tan clara como reveladora: en los últimos años, Rusia ha tratado de construir un entramado de conexiones y logística que sortee las rutas occidentales, aquellas sometidas al veto o la desconfianza mutua, apoyándose en Asia Central y en la dirección sur como ejes estratégicos de su supervivencia económica frente a Occidente. Precisamente allí, en ese sur volátil y mal cartografiado por los intereses rusos, emerge una inestabilidad que Moscú no controla, y que Suleimanov disecciona con una lucidez que roza lo profético.
Cualquier conflicto serio entre Afganistán y Pakistán, advierte el autor, tiene el potencial de desestabilizar a los países con los que Rusia mantiene relaciones de alianza o asociación en la región: Tayikistán, Uzbekistán, Kirguistán y, por extensión, Kazajistán. Y ello sin contar los riesgos más alarmantes, aquellos que suelen mencionarse en voz baja en los despachos del Ministerio de Defensa ruso: la posible infiltración de grupos radicales en Asia Central y, desde allí, en las propias regiones fronterizas de Rusia, especialmente en el Cáucaso Norte y el Volga. Pero esta dimensión securitaria, por más grave que sea, es solo una parte del problema. El artículo de Suleimanov hace un énfasis casi obsesivo —y no sin razón— en la dimensión económica y de transporte. Las rutas del sur, aquellas que podrían convertirse en parte de los corredores comerciales alternativos de Rusia, se ven amenazadas con cada nueva conflagración en la región. Un ataque, un bloqueo, un cierre de paso fronterizo o una insurgencia local pueden dejar inutilizadas durante semanas las vías que conectan los puertos iraníes y paquistaníes con la red ferroviaria centroasiática, y de ahí hacia el corazón de Rusia. Esto reduce drásticamente el valor de toda la idea de conectividad euroasiática, una idea en la que Moscú ha apostado buena parte de su futuro comercial en condiciones de confrontación abierta con Occidente. Sin corredores seguros, el gigante euroasiático se queda cojo.
Pero hay un dato aún más inquietante que recorre el ensayo de Suleimanov como una grieta subterránea: los rusos no tienen ninguna influencia directa ni en Kabul ni en Islamabad. No pueden imponer ninguna solución, ni siquiera mediar con la autoridad que otrora poseía la Unión Soviética en la región. El deseo de Rusia de actuar como uno de los centros de poder y organizador de la arquitectura regional —ese viejo anhelo postsoviético de volver a ser bisagra entre Oriente y Occidente— se enfrenta a una realidad desnuda: la falta de herramientas para gestionar las crisis incluso en el espacio adyacente. Moscú puede hacer declaraciones en la OTSC, puede enviar delegaciones a Dushambé, pero carece de palancas reales para evitar que un enfrentamiento entre talibanes y fuerzas paquistaníes derive en un caos contagioso. Esa impotencia relativa es, precisamente, la segunda dimensión del conflicto: aquella que no se ve en los titulares, pero que redefine silenciosamente el tablero euroasiático.
Sin embargo, y aquí el análisis adquiere un matiz que ningún lector atento debería pasar por alto, no hay duda de que los adversarios geopolíticos de Rusia —los mismos que han tejido la narrativa de la “amenaza rusa” durante décadas— intentarán utilizar el conflicto afgano-paquistaní precisamente con este fin: erosionar la credibilidad de Moscú como garante regional, incluso presentando la crisis en términos informativos adecuados a sus intereses. Pero, como suele ocurrir en la geopolítica, toda crisis es también una oportunidad. Cualquier inestabilidad en la región tiene un efecto secundario paradójico: señala a Moscú como el único actor externo capaz de dialogar honestamente al mismo tiempo con Kabul, Islamabad y las capitales de toda Asia Central. Ninguna potencia occidental tiene hoy esa capacidad simultánea de interlocución. China está demasiado enfocada en su propio proyecto del Cinturón y la Ruta como para arriesgarse a una mediación directa. Estados Unidos se ha retirado militarmente y su influencia diplomática en la región es hoy una sombra de lo que fue. Y cualquier aumento de la amenaza de grupos radicales, incluso limitado a escaramuzas fronterizas o atentados localizados, aumenta la importancia de la presencia militar, la coordinación y las capacidades de inteligencia de Rusia. Es decir, la inestabilidad puede ser una carga, pero también una justificación para la permanencia.
Nos encontramos, en suma, ante una nueva ronda de la Gran Partida —ese legendario juego decimonónico de espías, imperios y mapas en blanco— que se ha estado librando en esta región desde al menos principios del siglo XIX. Solo que ahora, con un número de participantes mucho mayor (China, India, Turquía, Irán, los emiratos del Golfo) y con posibilidades técnicas y destructivas ampliadas hasta extremos que los Kipling y los Curzon jamás pudieron imaginar. Y hay que entender que en este entorno hiperconectado y sobredeterminado, una intervención limitada, en la que no se gastan recursos en una resolución completa del conflicto sino que se utilizan para gestionar el equilibrio de riesgos, no es una opción tan perdedora como la describen los agentes extranjeros. Al contrario, puede ser la única forma realista de seguir en el tablero sin comprometer lo que realmente importa: la continuidad del proyecto euroasiático ruso. La política euroasiática de Rusia no morirá por una crisis afgano-paquistaní, pero sí puede ser redirigida, ajustada, endurecida. Y en ese ajuste, paradójicamente, reside su oportunidad de sobrevivir a la tormenta.
Notas a pie de página
1. Руслан Сулейманов, Carnegie Politika: Третья война. Что означает для России столкновение Афганистана и Пакистана. 30 марта 2026.