Oscuro Claro
La frase «Sigue Rusia» no es una especulación sino el diagnóstico de Dennis Small sobre la demencia moral de un sistema que utiliza la aniquilación de Irán como ensayo para una guerra mayor contra Eurasia.

Por José Luis Preciado

En su más reciente informe para Executive Intelligence Review, el geoestratega Dennis Small expone con crudeza lo que denomina la demencia moral del actual orden internacional, a propósito de las crecientes hostilidades contra Irán. Small sostiene que las recientes declaraciones del presidente estadounidense, Donald Trump —quien ha anunciado que «esta noche desaparecerá toda una civilización para no volver jamás» si Irán no se rinde incondicionalmente— no constituyen un exabrupto aislado, sino la manifestación más descarnada de un sistema podrido en sus fundamentos éticos y económicos. Lejos de ser un conflicto circunscrito a la región del Golfo Pérsico, Small advierte que el verdadero objetivo estratégico, declarado abiertamente por los aliados británicos y estadounidenses, es rodear y derrotar a Rusia, y posteriormente a China, utilizando la aniquilación de la milenaria civilización persa como mero ensayo general. Esta demencia moral, concepto que Small retoma y actualiza del legado larouchiano, no es un accidente psicológico sino un rasgo estructural de un modelo económico financiarizado que, para sobrevivir, requiere guerras perpetuas y destrucción física de poblaciones enteras.

La hipocresía de los pretextos esgrimidos por Washington y Tel Aviv resulta, según Small, particularmente reveladora. Se alega, por un lado, la necesidad de que Irán abra el estrecho de Ormuz y, por otro, el imperativo de impedir que Teherán desarrolle armas nucleares. Sin embargo, el analista subraya la ironía trágica de la situación: el estrecho no lo ha cerrado Irán, sino la propia escalada bélica impulsada por Estados Unidos e Israel, mientras que la república islámica mantiene el paso abierto para los países no beligerantes. En cuanto al fantasma nuclear, Small recuerda que las autoridades internacionales han certificado en repetidas ocasiones que Irán no perseguía un arsenal atómico, pero que el ataque israelí —posiblemente con armas tácticas— forzaría a los iraníes a desarrollar una capacidad de contraataque nuclear, desencadenando una espiral que bien podría terminar con la civilización entera. Lo que se presenta como defensa de la seguridad global es, en realidad, su mayor amenaza. Y esta inversión perversa de las causas y los efectos, este discurso que justifica el genocidio como autodefensa, es el sello distintivo de una demencia moral que ya ha devastado Gaza, que asola Líbano y que ahora se prepara para arrasar con los 90 millones de habitantes de Irán, incluyendo sus infraestructuras civiles, universidades y escuelas, en crímenes de guerra que Small documenta con escalofriante precisión.

Frente a esta barbarie planificada, el autor del informe destaca que no toda la comunidad internacional ha permanecido en silencio. España ha negado el uso de sus bases militares en Rota para la campaña contra Irán; Francia, a través de su canciller, ha expresado su oposición y preocupación por crímenes de lesa humanidad; y el Papa León XIV, en su mensaje Urbi et Orbi de Pascua, ha implorado por la paz con una contundencia inusitada, afirmando que «Dios no bendice a quienes declaran la guerra». Sin embargo, Small lamenta que esta oposición, aunque creciente, siga siendo insuficiente y que el miedo paralice a naciones e individuos. La demencia moral no es exclusiva de Trump, sino que impregna a todo el establishment, como demuestran las declaraciones de Jamie Dimon, director ejecutivo de JP Morgan Chase, quien justifica los ataques masivos contra Irán acusando a ese país de décadas de asesinatos de estadounidenses. Small no deja pasar la oportunidad de señalar que Dimon preside uno de los bancos centrales del sistema de derivados financieros, el mismo que estuvo vinculado a Jeffrey Epstein. No se trata, pues, de un conflicto geopolítico clásico, sino de la lógica inmanente de un capitalismo de casino que necesita la guerra para sostener su burbuja especulativa, valorada hoy en más de dos mil cuatrocientos billones de dólares, mientras destruye sistemáticamente la economía física subyacente.

Para dotar de densidad teórica a su diagnóstico, Small recurre al propio Lyndon LaRouche, citando un artículo de 1985 titulado «El papel de la ciencia económica en la previsión de pandemias». En ese texto profético, LaRouche advertía que las políticas de austeridad del Fondo Monetario Internacional no solo empobrecen a las poblaciones, sino que generan un colapso del potencial demográfico humano que, a su vez, provoca una reacción violenta de la biósfera: la reemergencia de pandemias. «En lugar de morir simplemente por los efectos de la desnutrición —escribió LaRouche—, la población genera una pandemia que se convierte en la adaptación de la biósfera a su propio estado de deterioro». Small aplica este marco a la situación actual: la guerra total contra Irán, el cierre efectivo del estrecho de Ormuz —que afecta al 20% del petróleo mundial y a más de un tercio de los fertilizantes— y la amenaza de una conflagración nuclear constituyen un choque de magnitud similar al que anticipó LaRouche, solo que agravado por la existencia de arsenales capaces de borrar a la humanidad. La economía física, nos recuerda Small, no es un sistema lineal ni reversible: los procesos de descomposición entrópica que se desatan con estas guerras tienen efectos en cadena, como una explosión nuclear pero en el plano productivo, y pueden llevar a una implosión demográfica y económica comparable a la peste negra del siglo XIV, aunque esta vez a escala planetaria.

Ahora bien, el análisis de Dennis Small no se limita a la denuncia cataclísmica; contiene también una propuesta de salida, anclada en las ideas de Helga Zepp-LaRouche y en el llamado «Plan Oasis». Frente a la demencia moral del sistema imperante, Small plantea la necesidad de un cambio de paradigma radical, que comience por formularse la pregunta correcta: no cómo ganar la próxima batalla geopolítica, sino qué tipo de mundo queremos construir en los próximos cincuenta o cien años. La respuesta, inspirada en el puente terrestre mundial y en las iniciativas de infraestructura masiva —ferrocarriles de alta velocidad, plantas de desalinización alimentadas por energía nuclear, integración regional—, ofrece una alternativa concreta a la guerra y al hambre. Small insiste en que esta propuesta, que coincide plenamente con la visión de China para la Ruta de la Seda, no es ingenua ni utópica: es la única respuesta práctica a la barbarie. Porque si nos dicen que construir un corredor de desarrollo en Oriente Medio es difícil, cabe preguntarse si acaso es más «práctico» el genocidio nuclear o las hambrunas inducidas por el cierre de fertilizantes. La demencia moral, concluye Small, solo puede ser combatida con «creatividad moral», ese don divino que distingue a los seres humanos y que ya permitió, en el Renacimiento, superar los efectos de la peste negra. Movilizarse en esa dirección, superando el temor paralizante, es la única garantía de que la civilización persa, y con ella la humanidad entera, no desaparezca esta noche para no volver jamás.

Se acelera el reparto de las cartas de la historia: fin del petrodólar, convergencia del colapso financiero y cómo prepararse para el nuevo orden mundial



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