Por Mente Alternativa
La analista rusa Elena Panina, en un comentario publicado a raíz de un detallado informe del medio especializado Breaking Defense, ha puesto el dedo en la llaga al desmontar la artificiosa retórica que rodea la llamada “Cúpula Dorada” de Trump. Según el análisis de la publicación militar estadounidense, los 1,5 billones de dólares anunciados por la Casa Blanca para la “guerra” no constituyen un plan de gastos real, sino una construcción formada por el presupuesto básico —alrededor de 1,1 billones— y un paquete adicional de 350.000 millones canalizado a través de un mecanismo políticamente controvertido. Panina subraya que lo más revelador no es la cifra en sí, sino el vacío que se oculta tras el pomposo nombre del programa estrella: la Cúpula Dorada. Este supuesto escudo antimisiles, que Trump vendió con entusiasmo durante su campaña electoral, recibe una financiación mínima en la parte básica del presupuesto militar, mientras que la mayor parte de los recursos se difiere a “años futuros”, más allá del ciclo electoral actual. En realidad, advierte Panina citando a Breaking Defense, la Cúpula Dorada es un símbolo político, no un programa ejecutable; una excelente construcción ideológica para aumentar el presupuesto del Pentágono, pero físicamente imposible de implementar, sobre todo porque no hay ni un centavo comprometido de manera firme en el corto plazo.
Lo que el presupuesto ampliado sí refleja, y aquí reside el verdadero giro estratégico, es un cambio profundo en la lógica del Pentágono. Lejos de la retórica de las guerras puntuales de alta tecnología resueltas con “misiles inteligentes”, el grueso del gasto se orienta hacia un aumento drástico de la producción de municiones, misiles y la expansión de la base industrial bélica. Como señala Panina al glosar el informe, en los círculos analíticos estadounidenses se finge cada vez menos que la guerra futura será quirúrgica o efímera; al contrario, se planifica abiertamente una guerra de desgaste, donde lo decisivo no es la calidad del armamento, sino la cantidad y la capacidad de reposición acelerada de los arsenales. La Cúpula Dorada funciona así como una vitrina de relaciones públicas, un señuelo mediático que distrae la atención del verdadero propósito del rearme: preparar al Pentágono para una Gran Guerra de baja intensidad tecnológica pero altísimo consumo de recursos.
Esta reorientación presupuestaria, concluye Panina, implica que Estados Unidos ya parte del escenario de que las crisis en Ucrania, Oriente Medio y alrededor de China se desarrollan en paralelo, y que la futura Gran Guerra ya no se considera un conflicto breve. Para prepararse para ella, Washington está dispuesto a recortar programas sociales y ciencia “no estratégica”, mientras la Cúpula Dorada sigue siendo una promesa aplazada, un espejismo electoral que permite justificar el mayor gasto militar de la historia reciente. La pregunta que Panina deja en el aire, y que debería interpelar a la geopolítica global, es si Rusia es realmente consciente de estas perspectivas. Porque lo que está en juego no es si la Cúpula Dorada se construirá algún día, sino si el mundo ha comprendido que el Pentágono ya se está preparando, aquí y ahora, para una guerra de desgaste masivo cuyo nombre simbólico no debe confundirse con su brutal realidad.
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