Por José Luis Preciado
La guerra que hoy incendia Asia Occidental no surgió de un ataque puntual ni de la operación bautizada por Tel Aviv como “Rugido de león”; su origen se remonta décadas atrás, cuando el plan del ‘Gran Israel’ y su juego de poder mundial —una receta delirante para sabotear los corredores de desarrollo euroasiáticos con Armagedón incluido— se puso en marcha, y el orden unipolar decidió que la mera existencia de la República Islámica era una anomalía intolerable. En 1996, un grupo de intelectuales y estrategas neoconservadores estadounidenses, entre los cuales se contaban figuras cercanas a Paul Wolfowitz, Dick Cheney, Donald Rumsfeld y Richard Perle, creó “El Proyecto para un Nuevo Siglo Estadounidense” (PNAC). Su objetivo principal era idear un “momento Pearl Harbor” que sirviera como pretexto para iniciar una nueva era de guerras de cambio de régimen en el Medio Oriente, mientras que una meta secundaria, pero igualmente estratégica, consistía en consolidar el dominio del ‘Gran Israel’ en la región.
Durante los primeros años del mandato del Primer Ministro Benjamín Netanyahu, Richard Perle redactó el informe Clean Break: A Strategy for Securing the Realm (1), en el que se delineaban objetivos estratégicos para las siguientes dos décadas: cancelar las bases de los Acuerdos de Oslo, promover una doctrina de “derecho de persecución” para justificar incursiones en territorios palestinos, inducir a Estados Unidos a derrocar a Saddam Hussein y lanzar operaciones militares contra Líbano, Siria e Irán. En 2007, el general Wesley Clark amplió esta agenda neoconservadora al revelar que, diez días después del 11-S, Wolfowitz y Rumsfeld le describieron invasiones planificadas de siete países en cinco años: Irak, Siria, Líbano, Libia, Somalia, Sudán e Irán, un programa que, en última instancia, perseguía el establecimiento del ansiado ‘Gran Israel’, promovido un siglo antes por visionarios sionistas como Theodor Herzl, Vladimir Jabotinsky y el rabino Abraham Isaac Kook.
Como MA reportó en octubre de 2023, ese año ya se advertía la presión de la organización “Unidos Contra un Irán Nuclear” (UANI) para involucrar a Irán directamente en la escalada militar del conflicto israelí-palestino. Su consejo asesor estaba compuesto en ese momento por neoconservadores estadounidenses, aristócratas británicos y altos mandos del Mossad israelí, entre ellos el Barón Lord Guthrie de Craigiebank, la Baronesa Pauline Neville-Jones, Tamir Pardo y Zohar Palti, quienes promovían ataques contra Irán con potencial de desencadenar un conflicto global. Como documentó Richard Freeman en su momento (2), UANI había emitido declaraciones públicas instando a Washington e Israel a responsabilizar a Irán por las acciones de Hamás y a realizar ofensivas militares directas, evidenciando la convergencia de intereses estratégicos, religiosos y escatológicos que desde entonces impulsaban la guerra total. Así, lo que presenciamos actualmente en Oriente Medio no es un episodio aislado, sino la convergencia de una estrategia de largo aliento que combina decapitación política, presión energética y rediseño geoeconómico global.
El 28 de febrero, fuerzas de Estados Unidos e Israel lanzaron ataques aéreos y navales contra Irán. Washington justificó sus acciones como protección del pueblo estadounidense frente a amenazas directas del régimen iraní; Tel Aviv habló de un “ataque preventivo”. Moscú, en cambio, calificó la operación sin ambigüedades: agresión armada contra un Estado soberano, violatoria del derecho internacional y del régimen de no proliferación nuclear bajo el TNP, subrayando que bombardear instalaciones bajo salvaguardias del OIEA desmantela la arquitectura que supuestamente protege.
El cálculo occidental era claro: eliminar al líder supremo y desarticular la vertical del poder. La operación de decapitación logró asesinar al ayatolá Ali Jamenei y a altos mandos, pero el sistema no colapsó. Ali Larijani emergió como figura central y declaró que no habría negociaciones con Washington. La estructura defensiva iraní, descentralizada, reaccionó con rapidez; en menos de dos horas comenzó la respuesta contra Israel y bases estadounidenses en la región. La hipótesis del “modelo venezolano” —sustituir líderes para colocar figuras dispuestas a acuerdos energéticos con Washington— había fracasado.
Irán, lejos de fragmentarse, cerró el Estrecho de Ormuz —por donde pasa cerca del 20 % del petróleo mundial— y lanzó ataques selectivos que alteraron la ecuación estratégica. Entre ellos, la destrucción del radar estadounidense AN/FPS-132 Block 5 en Qatar, parte de un sistema de alerta temprana que rastrea misiles hasta 5.000 km. Su eliminación no solo degrada la defensa contra Irán, sino también la capacidad de monitoreo de lanzamientos rusos y chinos. Al mismo tiempo, ataques a infraestructura energética en Ahvaz y daños en Ras Tanura, Arabia Saudita, hicieron que el precio del crudo se catapultara hasta convertirse en una amenaza sistémica.
El Pentágono admite haber atacado mil objetivos en dos días, pero reconoce bajas propias y teme una guerra prolongada que agote los interceptores, estimando un gasto de mil misiles diarios. Mientras tanto, RAF Akrotiri, la principal base aérea británica en Chipre, se ha convertido en un nodo estratégico clave en la actual guerra en Oriente Medio. Durante la escalada entre Estados Unidos, Israel e Irán, la base fue atacada con drones de tipo Shahed atribuidos a Irán o a grupos respaldados por Teherán, lo que marcó una ampliación del conflicto hacia territorio europeo y llevó al Reino Unido a reforzar sus defensas y permitir el uso de sus instalaciones para apoyar operaciones en la región, aunque Londres insiste en que no está formalmente en guerra.
Diversos informes señalan que en Akrotiri se encontraron restos del dron iraní Shahed-136, que incorporaba un sistema de navegación resistente a interferencias denominado “Cometa”, similar al de los misiles rusos “Geranios”. Esto indica que Irán podría haber tenido acceso a tecnología rusa de protección contra guerra electrónica, lo que sugiere que Rusia e Irán han comenzado a intercambiar tecnología militar sensible, tal como MA advirtió que ocurriría en enero de 2025.
La relevancia estratégica de Chipre no es nueva: la isla ha servido históricamente como baluarte de los Caballeros de Malta y centro logístico de la oligarquía europea. Esta continuidad se formalizó incluso en tiempos recientes: el 6 de junio de 2012 se establecieron relaciones diplomáticas entre la República de Chipre y la Soberana Orden de Malta, y el 3 de octubre el embajador Georgios F. Poulides presentó sus Cartas Credenciales al Gran Maestre Fra’ Matthew Festing, asumiendo el rol de primer Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Chipre ante la Orden, subrayando la vinculación histórica de la isla con la proyección de poder y suministro militar para Occidente y sus aliados en la región. Registros de vuelos y reportes de conflictos recientes (3, 4, 5) muestran que Akrotiri ha servido como centro logístico para operaciones aéreas en apoyo a Israel y proyección militar occidental, con aviones despegando hacia zonas como Irak, Siria, e Israel durante el genocidio en Gaza, reforzando su papel como plataforma de proyección de poder en el Mediterráneo oriental y Medio Oriente.
Analistas militares y expertos en seguridad coinciden en que Estados Unidos no puede sostener una guerra prolongada contra Irán. Jason H. Campbell (6) señaló que, según evaluaciones internas, EE. UU. podría realizar campañas aéreas intensas durante algunas semanas utilizando dos grupos de portaaviones y cazas en la región, pero no más debido al agotamiento de reservas de municiones y la necesidad de reabastecimiento masivo de barcos y aviones. Brian Berletic (7) advirtió que las reservas de armas podrían agotarse “en cuestión de días”, y que reponerlas implicaría trasladar recursos globales en lugar de fabricarlas localmente, con costos directos para los contribuyentes estadounidenses. Adrian Filut (8) subrayó el impacto económico: “El verdadero peligro es que la guerra erosione lentamente la capacidad fiscal de la mayor potencia mundial [se refiere a los Estados Unidos], cuya deuda ya se encuentra en máximos históricos, replicando patrones históricos de imperios en declive como España y Gran Bretaña”.
El teniente coronel retirado Daniel Davis (9), veterano de combate estadounidense, dijo que EE. UU. había iniciado una guerra que no podía ganar frente a un Irán preparado para un conflicto prolongado; pese a concesiones nucleares ofrecidas por Teherán, el asesinato de Jamenei reforzó el apoyo interno. Militarmente, EE. UU. contaba solo con unas pocas semanas de capacidad de operaciones de alta intensidad, limitada por inventarios mermados, mientras Irán mantenía producción constante de misiles, arsenales subterráneos y miles de drones sin desplegar. La estrategia iraní se orienta a una guerra de desgaste, dijo, agotando la ventana operativa estadounidense y aumentando bajas sensibles para la opinión pública, mientras cualquier expectativa de alto el fuego responde más a necesidades políticas de Washington que a la realidad sobre el terreno.
La guerra se proyecta así como nodo de un orden multipolar convulso: cada movimiento en el Golfo repercute en Moscú, Pekín y Washington, mientras que el precio del petróleo puede detonar una crisis sistémica global. Ya se observa un cambio estructural en los mercados: el Brent y el Murban no reaccionan solo a titulares, sino a riesgos sostenidos. El Murban alcanzó los $83, ajustándose luego a $79,9, mientras oro y defensa se fortalecen frente a transporte y consumo. El ataque a oleoductos en Ahvaz, que representa cerca de 750.000 barriles diarios, compromete una cuarta parte de la producción iraní, mientras que cualquier desaceleración en Ormuz repercute de inmediato en China (5,4 millones de barriles/día), India (2,1 millones), Corea del Sur (1,7 millones) y Japón (1,6 millones).
Trump no actuó por impulso; su estrategia comenzó en 2020 con el asesinato de Qasem Soleimani —considerado por algunos como el “Ché Guevara del Medio Oriente”— lo que debilitó de manera significativa al eje chiíta. El verdadero objetivo de la ofensiva no es Teherán en sí, sino China: controlar el petróleo y gas iraníes mediante un modelo similar al aplicado en Venezuela (aunque este escenario ya es improbable), o mediante una balcanización interna del país a lo largo de líneas étnicas y regionales (10), con el fin de presionar a Pekín y frenar su ascenso como potencia global. Irán es estratégico porque se encuentra en el cruce entre Oriente Medio, Asia Central y el Golfo Pérsico, conectando directamente con Rusia y el Cáucaso, lo que permite a Moscú proyectar influencia regional y asegurar corredores energéticos hacia Europa. Al mismo tiempo, para China representa un nodo crítico de la Iniciativa de la Franja y la Ruta: presionar o bloquear Irán interrumpe suministros energéticos y logísticos, ralentiza el comercio marítimo por el Golfo Pérsico y desestabiliza rutas terrestres hacia Asia Central, afectando su desarrollo económico y geopolítico. En suma, controlar o neutralizar Irán significa presionar a la vez a Rusia y a China, consolidándolo como pieza central del tablero multipolar.
Las negociaciones en Ginebra habrían sido solo una cobertura: Teherán se negó a suspender sus suministros a China, obligando a EE. UU. a recurrir a la acción militar. La escalada militar y geoeconómica se entrelazó con factores internos estadounidenses. La administración Trump enfrenta riesgos políticos y económicos significativos: una campaña prolongada podría agotar los misiles Tomahawk y los sistemas Patriot, mientras que el aumento de los precios del petróleo y el gas presiona la inflación, encarece bienes y transporte, debilita el crecimiento económico y erosiona el poder adquisitivo, generando además un impacto negativo sobre las elecciones intermedias y la estabilidad del Partido Republicano.
Irán no necesita derrotar militarmente a Estados Unidos para modificar la correlación estratégica. Le basta con sostener una perturbación energética que termine trasladándose al núcleo financiero del poder estadounidense. Un encarecimiento prolongado del petróleo tensiona la inflación, eleva el costo del endeudamiento y presiona el mercado de bonos del Tesoro, que es el verdadero sostén de la proyección global de Washington. En ese escenario, grandes acreedores y actores financieros internacionales actuarían por cálculo propio, amplificando la presión sobre la deuda estadounidense sin que Teherán tenga que enfrentarse frontalmente a la superioridad militar norteamericana.
Por otro lado, el asesinato de líderes iraníes transforma un conflicto geopolítico en uno con dimensiones religiosas y escatológicas, donde la ideología y la narrativa del fin de los tiempos refuerzan las tensiones y movilizan a los actores involucrados. Para Israel, la guerra contra Irán tiene un fuerte componente escatológico y religioso, reforzando creencias sobre el cumplimiento de profecías bíblicas, la eventual reconstrucción del Tercer Templo y doctrinas como la de Sansón, donde la confrontación con enemigos percibidos del pueblo judío se interpreta como un acto con significado cósmico y divino. Para Irán, la confrontación refuerza la narrativa chií de martirio y resistencia sagrada, vinculada a tradiciones como la de Karbala, movilizando cohesión nacional y legitimando la defensa del país como un deber religioso y moral; la guerra se percibe no solo como un conflicto geopolítico, sino como un choque espiritual y cósmico contra potencias externas que buscan someterlo. En ambos casos, lo religioso y lo escatológico transforma la percepción del conflicto, elevando la guerra más allá de intereses estratégicos hacia un terreno ideológico y existencial.
El historiador Matthew Ehret (11) sostiene que la guerra iniciada tras el ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra Irán —dentro del marco del llamado “Consejo de Paz” de Trump— no es un hecho aislado, sino parte de un plan más amplio con resonancias escatológicas y simbólicas, orientado a provocar un “reseteo” civilizatorio. Ehret señala que desde el 7 de octubre de 2023, con la devastación en Gaza, se habría puesto en marcha un programa estratégico cuyo objetivo incluiría la expulsión de palestinos hacia Jordania, Egipto y Arabia Saudita, generando el pretexto para una expansión regional bajo la doctrina del “Gran Israel”.
Según Ehret, sectores neoconservadores estadounidenses, corrientes vinculadas al sionismo cristiano y círculos históricos de poder —que incluyen a los Caballeros de Malta, la Orden del Santo Sepulcro, los Templarios y otras sociedades secretas vinculadas a la oligarquía europea y británica— han trabajado durante siglos para consolidar un orden regional y global que refleje un proyecto del “Gran Israel” con un fuerte trasfondo místico. La operación de falsa bandera del 7 de octubre de 2023 aceleró esta estrategia de expulsión y reconfiguración territorial, preparando el terreno para la eventual reconstrucción del Tercer Templo.
Ehret subraya que ciertos gestos y símbolos de figuras cercanas a Trump —como las referencias a la tradición del Reino de Jerusalén o la retórica de “cruzada” de Pete Hegseth— muestran cómo estos actores buscan legitimar un proyecto que combina política, misticismo y violencia estratégica. El autor vincula esta dinámica con una reactivación simbólica del antiguo Reino Cruzado de Jerusalén (1098-1292) y plantea una continuidad histórica entre cultos mistéricos antiguos —babilónicos, mitraicos y gnósticos— y las actuales estructuras de poder; una línea de análisis que he desarrollado con mayor amplitud en mi ensayo Entre el templo y la logia: La llave oculta del imperio antihumano que perdura hasta nuestros días (12), donde profundizo en esa genealogía histórico-esotérica:
«La transferencia de bienes y poder de los reinos soberanos europeos a órdenes internacionales ocultistas a partir del siglo XII de nuestra era revela aspectos intrigantes que le perfilan como un proceso de globalismo embrionario o protoglobalismo… Un punto destacado es la absorción de los mercenarios templarios controlados por Génova por parte de la Orden de Malta, bajo el dominio de Venecia. Posteriormente, una subdivisión de los hospitalarios sería asimilada por la Orden Jesuita, originaria de Venecia. Con el paso del tiempo, los jesuitas, a su vez, desempeñarían un papel crucial al establecer el rito escocés como un culto rosacruz, expandiendo su influencia desde el Reino Unido hacia los Estados Unidos a partir de 1787. Fue así como el embrión que parasitó a Escocia, a Inglaterra y al resto de Europa se convirtió en el principal responsable de los movimientos y proyectos neomaltusianos internacionales, despoblacionistas y desindustrializantes, que actualmente extienden su agenda por todo el mundo occidental.»
En su análisis, el historiador Ehret integra el surgimiento del sionismo cristiano y judío, así como el islamismo radical, atribuyendo su promoción en el siglo XIX a estrategias de ingeniería religiosa británica. En esa línea, vincula la creación de doctrinas teosóficas (Blavatsky, Annie Besant, Alice Bailey) con el transhumanismo contemporáneo y con centros de influencia en Silicon Valley, como el Stanford Research Institute y Esalen, que según él impulsarían una agenda de “nueva humanidad” tras un colapso global inducido.
El propósito de esta instrumentalización religiosa y simbólica, explica Ehret, no es meramente propagandístico: funciona como catalizador que transforma la confrontación con Irán en un conflicto existencial, reforzando expectativas mesiánicas y un imaginario de “reseteo” civilizatorio. Esto permite a los promotores de la agenda movilizar apoyo interno y externo bajo la narrativa de guerra sagrada, mientras que el conflicto se entrelaza con operaciones militares y geoeconómicas concretas en el Golfo, consolidando el control sobre corredores estratégicos y preparando el terreno para un orden regional y global con fuerte impronta ideológica.
Thierry Meyssan (13) considera que la muerte del ayatolá Alí Jamenei abre ahora sí la posibilidad de un programa nuclear militar en Irán, al eliminar la fatwa de 1988 que prohibía armas de destrucción masiva. Esto agrava el riesgo estratégico, dado que Irán dispone de 400 kg de uranio enriquecido al 60 % y capacidades técnicas disponibles. La escalada también impacta la economía global: un barril que alcance 200–300 dólares por interrupciones prolongadas en Ormuz generaría inflación importada, caída del crecimiento y tensión financiera. Europa, ya golpeada por la crisis energética de 2022–2023 y la ruptura con Rusia, se expone a recesión, estanflación o crisis de deuda soberana, mientras Estados Unidos sufre impacto en inflación, tipos de interés y estabilidad política interna.
En una entrevista reciente, el ex diplomático británico Alastair Crooke (14) considera que Irán ha implementado una estrategia por fases para expulsar a Estados Unidos de Oriente Medio, combinando ataques sostenidos a bases estadounidenses con campañas graduadas contra Israel, incluyendo el uso de misiles hipersónicos que superan la capacidad defensiva israelí. Las defensas aéreas del Golfo están agotadas, drones sobrevuelan Dubái, y la guerra se desarrolla en múltiples frentes, dejando a Trump en un verdadero “zugzwang”: retirarse implicaría una humillación estratégica, mientras que prolongar el conflicto erosionaría la percepción de invulnerabilidad militar de Estados Unidos.
Dado que la disputa energética global es un factor clave del conflicto, uno de los posibles escenarios de la agresión estadounidense podría acelerar incluso su retiro del Golfo Pérsico, permitiendo a la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China consolidar infraestructura, comercio y acuerdos energéticos, y fortaleciendo así un orden energético menos dependiente del dólar y más centrado en Asia.
La guerra contra Irán no es un episodio regional: es un catalizador del declive occidental y del ascenso multipolar asiático. El precio del petróleo, el control de rutas estratégicas y la resiliencia militar y económica de Irán definen hoy la correlación global de fuerzas. Cada ataque, cada sanción, cada misil lanzado o derribado repercute en Moscú, Pekín y Washington, en un tablero donde la energía, la geopolítica y la supervivencia estratégica están intrínsecamente entrelazadas.
Sobre el autor
José Luis Preciado es antropólogo, historiador, y columnista en el portal de análisis geoestratégico Mente Alternativa.
Notas a pie de página
1. Institute for Advanced Strategic and Political Studies: A Clean Break: A New Strategy for Securing the Realm; July 2006.
2. Richard Freeman, en EIR: British and Mossad Crazies Behind the ‘Bomb Iran’ Trigger for World War III. 23 de octubre de 2023.
3. Matt Kennard y Mark Curtis, en Declassified UK: U.S. Military Is Secretly Supplying Weapons To Israel Using Uk Base On Cyprus. 17 de noviembre de 2023.
4. Matt Kennard, en Declassified: Revealed: America’s Secret Special Forces Flights To Israel From Uk Base On Cyprus. 11 de Julio de 2024.
5. Op.Cit.: U.S. Special Ops Flights To Israel From Uk’s Cyprus Base Surge Under Starmer. 10 de octubre de 2024.
6. The New Arab: How long can the US sustain airstrikes against Iran?; 23 February, 2026.
7. Sputnik: US Doesn’t Have Enough Missile Interceptors For Sustained War Against Iran: Here’s Why; 1 de marzo de 2026.
8. Adrian Filut, en CTech: War with Iran poses a bigger threat to US debt than to its military; 1 de marzo de 2026.
9. Glenn Diesen: Daniel Davis: U.S. Miscalculation – War Not Going as Planned. 2 de marzo de 2026.
10. Andrew Korybko: Three Scenarios For How The Iran War Might End. 1 de marzo de 2026.
11. Matthew Ehret, en The Canadian Patriot: Trump’s Iran War as Eschatological Reset Agenda?Is Trump’s Gaza Plan Advancing an Occult Eschatological New Age Reset? 3 de marzo de 2026.
12. José Luis Preciado, en MA: Entre el templo y la logia: La llave oculta del imperio antihumano que perdurabilidades hasta nuestros días; 11 de marzo de 2024.
13. Thierry Meyssan, en Red Voltaire: Con el asesinato de Khamenei, Tel Aviv y Washington hacen posible lo que dicen haber querido evitar; 3 de marzo de 2026.
14. Glenn Diesen: Alastair Crooke: Iran’s Strategy – Evict the U.S. from the Middle East. 2 de marzo de 2026.