Por José Luis Preciado
Toda civilización atraviesa un momento en que deja de creer en su propia continuidad. No ocurre con estruendo, ni con la teatralidad de las invasiones bárbaras, sino con un desplazamiento casi imperceptible en su imaginación estratégica. El futuro deja de percibirse como promesa y comienza a percibirse como amenaza.
Europa, y más precisamente el proyecto de la “Gran Bretaña Global”, están entrando en ese umbral.
Durante más de tres décadas, el continente habitó una ilusión que parecía indistinguible de la realidad: la convicción de que la historia había alcanzado su forma definitiva. La expansión institucional de la OTAN, la consolidación normativa de la Unión Europea, y la aparente integración irreversible del espacio postsoviético en el orden liberal global sugerían que el conflicto había sido sustituido por la administración técnica del mundo. Era, en términos civilizatorios, el sueño de una política sin tragedia.
Pero la tragedia no desaparece. Se repliega. Espera.
El conflicto en Ucrania ha destruido esa ilusión con una claridad brutal. Lo que está en juego no es simplemente el resultado de una guerra regional, ni el destino territorial de Ucrania, ni siquiera el equilibrio militar entre la OTAN y Rusia. Lo que está en juego es la continuidad psicológica del orden histórico que emergió tras el colapso de la Unión Soviética en 1991.
Durante más de tres décadas, el continente europeo habitó una ilusión profundamente internalizada: la convicción de que el tiempo histórico había sido clausurado. La expansión institucional de la OTAN, la consolidación normativa de la Unión Europea y la progresiva integración del espacio postsoviético en el sistema liberal global no eran percibidas como movimientos estratégicos contingentes, sino como manifestaciones inevitables de una dirección irreversible de la historia. El futuro pertenecía a Occidente no como aspiración, sino como certidumbre.
Esta ilusión, sin embargo, ha sido destruida.
En un análisis publicado en Foreign Affairs (1), Samuel Charap y Hiski Haukkala reconocen implícitamente esta ruptura al afirmar que la arquitectura que organizaba las relaciones entre Rusia y Occidente ha sido desmantelada en todos sus niveles: institucional, económico, diplomático y conceptual. El Consejo Rusia-OTAN ha dejado de existir como mecanismo funcional. La interdependencia energética entre Europa y Moscú ha sido deliberadamente desmantelada. Los canales diplomáticos han sido reducidos a mínimos operativos. El sistema anterior no ha evolucionado. Ha sido abandonado.
Lo que emerge en su lugar no es un nuevo orden estable, sino una condición de confrontación permanente administrada. Esta condición no busca la paz. Busca la gestión del conflicto. La guerra ya no es una anomalía. Es el nuevo marco estructural de la coexistencia. Lo que se ha roto no es un tratado. Es una expectativa histórica. Y cuando las expectativas colapsan, las doctrinas extremas regresan.
El reconocimiento de que Rusia no colapsará interna ni económicamente, incluso bajo condiciones de presión extrema, constituye uno de los pilares centrales del nuevo pensamiento estratégico occidental. Este reconocimiento implica una conclusión inevitable: la confrontación no es un instrumento temporal para modificar el comportamiento de Rusia, sino una condición permanente para contener su existencia como polo civilizatorio autónomo.
En este contexto, la Unión Europea ha abandonado definitivamente su identidad histórica como proyecto de integración económica y ha asumido progresivamente la forma de un actor militar. La declaración conjunta emitida por António Costa, Ursula von der Leyen y Roberta Metsola confirma esta transformación (2). La asignación de más de 200 mil millones de euros desde 2022, junto con los 90 mil millones adicionales previstos para el período 2026-2027 —incluyendo el programa militar denominado “Puercoespín”— no constituye simplemente un esfuerzo de apoyo a Ucrania. Constituye la institucionalización de Europa como plataforma militar permanente contra Rusia.
Este proceso coincide con lo que el analista geopolítico Andrew Korybko (3) describe como la militarización estructural del continente, incluyendo el programa “ReArm Europe” de 800 mil millones de euros y la creación de un “Schengen militar” que permite el despliegue rápido de tropas hacia las fronteras rusas. Europa está reconfigurando su identidad histórica. De espacio post-histórico, se está convirtiendo en teatro activo de confrontación civilizatoria.
En este contexto emerge el elemento más inquietante y revelador de esta transformación: el retorno del arma nuclear como instrumento activo de presión estratégica.
Según declaraciones del Servicio de Inteligencia Exterior de Rusia (SVR) (4), Gran Bretaña y Francia estarían considerando la transferencia encubierta de tecnologías, componentes y posiblemente ojivas nucleares TN75 a Ucrania, bajo la cobertura de programas de desarrollo nacionales. La ojiva TN75, diseñada para el misil balístico submarino francés M51.1, posee una potencia estimada de 100 kilotones, equivalente a varias veces la potencia de la bomba de Hiroshima.
El objetivo de esta transferencia no sería necesariamente el uso directo del arma, sino su existencia en manos del régimen neonazi de Kiev. La posesión de una capacidad nuclear por parte de Ucrania transformaría radicalmente el cálculo estratégico de todas las potencias involucradas. Convertiría a Ucrania no simplemente en un teatro de guerra, sino en un nodo activo dentro de la red global de disuasión nuclear. Esta estrategia corresponde a lo que el analista Dave Christie denomina la aplicación indirecta de la Doctrina Sansón por parte de la “Gran Bretaña Global” (5).
La Doctrina Sansón —ya presente en la doctrina estratégica de Israel— no es simplemente una estrategia militar. Es una estructura psicológica que emerge cuando un actor percibe que su continuidad histórica ya no está garantizada.
En la narrativa bíblica, Sansón no derrota a sus enemigos mediante la victoria convencional. Derriba el templo sobre sí mismo y sobre ellos, negando la posibilidad de su propia derrota mediante la destrucción del sistema que permitiría esa derrota.
Es una lógica terminal.
Aplicada al contexto contemporáneo, esta doctrina implica el uso del poder nuclear no como instrumento ofensivo, sino como mecanismo para impedir una transformación irreversible del equilibrio geopolítico.
La transferencia potencial de capacidades nucleares a Ucrania representa precisamente este tipo de lógica. No busca ganar la guerra. Busca impedir su desenlace. Busca congelar la historia en un estado de indeterminación permanente.
Durante la Guerra Fría, el equilibrio nuclear estaba centralizado en dos actores racionales que comprendían plenamente las consecuencias de sus acciones: Estados Unidos y la Unión Soviética. Hoy, ese equilibrio está fragmentándose.
La posible extensión de capacidades nucleares a actores intermedios introduce un nivel de incertidumbre radicalmente nuevo. El arma nuclear deja de ser un instrumento controlado por centros claramente definidos y se convierte en una red distribuida de disuasión potencial.
Este fenómeno coincide con el colapso del tratado New START y el surgimiento de discusiones abiertas en países como Polonia y Turquía sobre la adquisición de sus propias capacidades nucleares (6, 7). El monopolio nuclear está erosionándose. El apocalipsis se está descentralizando.
El jurista alemán Carl Schmitt señaló que el fundamento último de la política no reside en la cooperación, sino en la distinción existencial entre amigo y enemigo (8). Cuando esa distinción alcanza su forma absoluta, la política deja de ser un proceso negociado y se convierte en una cuestión de supervivencia ontológica. En este punto, el arma nuclear deja de ser un instrumento militar. Se convierte en un instrumento metafísico. No protege territorios. Protege identidades históricas.
El filósofo Oswald Spengler anticipó este momento cuando argumentó que las civilizaciones no colapsan cuando son derrotadas militarmente, sino cuando pierden la capacidad de imaginar el futuro como continuidad natural de sí mismas (9). El retorno del pensamiento nuclear revela precisamente esa pérdida de continuidad. Revela que el futuro ha dejado de percibirse como seguro. Revela que el orden unipolar ha dejado de percibirse como inevitable.
Ucrania ha dejado de ser simplemente un Estado. Se ha convertido en una frontera ontológica entre dos concepciones incompatibles del orden mundial. Por un lado, la visión occidental de un sistema universal basado en normas abstractas y expansión institucional. Por otro, la visión multipolar de un sistema basado en civilizaciones soberanas que compiten por su continuidad histórica.
En este contexto, Ucrania no es el objeto del conflicto. Es su medio. Es el espacio donde se está decidiendo si el orden unipolar puede sobrevivir a su propia contradicción fundamental: la emergencia de actores capaces de desafiarlo.
Existe una paradoja central en el núcleo de esta transformación histórica. El arma más poderosa jamás creada es también el signo más claro de vulnerabilidad. Solo quien percibe la posibilidad de su propia desaparición necesita la capacidad de destruir el mundo.
La reaparición de la lógica nuclear en el centro del pensamiento estratégico europeo no representa la expresión de una confianza renovada, sino el reconocimiento implícito de que el orden que Europa ayudó a construir ya no puede sostenerse mediante los mecanismos tradicionales de poder económico, institucional y cultural.
La Doctrina Sansón no es el origen de esta crisis. Es su síntoma. Es la señal de que el mundo ha entrado en una fase donde ninguna civilización confía plenamente en la continuidad del sistema que habita. La estabilidad ya no es el estado natural del sistema internacional. Es el intervalo entre crisis. Y junto con Israel, Ucrania es uno de los epicentros delegados del poder occidental donde ese intervalo está siendo redefinido.
Notas a pie de página
1. Charap, Samuel; Haukkala, Hiski. Europe’s Next War. Foreign Affairs, 2025–2026.
2. Consejo Europeo. Joint Statement on the Fourth Anniversary of Russia’s Invasion of Ukraine, 2026.
3. Korybko, Andrew. Russia Faces Five Geostrategic Challenges As The Special Operation Enters Its Fifth Year, 2026.
4. Servicio de Inteligencia Exterior de la Federación Rusa (SVR). Declaraciones oficiales sobre transferencia nuclear a Ucrania, 2026.
5. Dave Christie, en The LaRouche Organization: Global Britain’s ‘Samson Option’ for Ukraine; 25 de febrero de 2026.
6. Freedman, Lawrence. The Evolution of Nuclear Strategy. Palgrave Macmillan, 2003.
7. Gray, Colin S. The Second Nuclear Age. Lynne Rienner Publishers, 1999.
8. Schmitt, Carl. El concepto de lo político. Alianza Editorial, 1932.
9. Spengler, Oswald. La decadencia de Occidente. Espasa-Calpe, 1918–1922.