Por Mente Alternativa
Según un análisis de Claudio Celani, publicado por Executive Intelligence Review (EIR), una de las fallas estructurales más graves de la actual Estrategia de Seguridad Nacional de Donald Trump es el poder desmedido que se otorga a los bancos de Wall Street y al capital financiero especulativo. En lugar de corregir la creciente desconexión entre el sistema financiero y la economía real, Estados Unidos está acelerando ese proceso, mientras China adopta medidas cada vez más firmes para impedir que esa lógica especulativa se expanda a su sistema económico y, en particular, a Hong Kong.
A partir del 9 de diciembre, Washington puso en marcha una serie de decisiones orientadas a inundar los mercados con liquidez, en un intento desesperado por evitar el colapso inevitable del sistema financiero occidental. La primera de estas medidas fue la reducción de 0.25 puntos porcentuales en la tasa de interés de los fondos federales, aprobada el 11 de diciembre por el Comité Federal de Mercado Abierto de la Reserva Federal. A ello se sumó la reanudación del llamado “alivio cuantitativo” desde el 1 de diciembre, con compras mensuales de activos por 40 mil millones de dólares, una política que vuelve a inflar burbujas financieras sin crear valor productivo real.
El giro más preocupante, sin embargo, se produjo cuando la Comisión de Comercio de Futuros de Productos Básicos (CFTC) anunció la aceptación de “ciertas” criptomonedas como colateral para derivados financieros, bajo la figura de “colateral tokenizado”. En paralelo, la Oficina del Contralor de la Moneda (OCC) autorizó a los bancos a intermediar sin riesgo en el comercio de criptoactivos, legitimando de facto un mercado altamente especulativo y volátil. Estas decisiones no solo consolidan el dominio de Wall Street, sino que institucionalizan el uso del dinero ficticio como pilar del sistema financiero.
La OCC fue aún más lejos al “autorizar” cinco vehículos cripto específicos: Ripple, Circle, BitGo, Fidelity Digital Assets y Paxos. Tres de estas entidades —Ripple, Circle y Paxos— emiten sus propias stablecoins, supuestamente respaldadas por activos reales. En la práctica, estas monedas digitales funcionan como una nueva capa de apalancamiento financiero, desligada de la producción, el empleo y la infraestructura física, reforzando la financiarización extrema de la economía estadounidense.
Como señalaba Lyndon LaRouche, este fenómeno no es nuevo. LaRouche se refería al dólar desconectado de la economía real como “monopoly money” o “funny money”. Hoy, las criptomonedas y stablecoins representan la forma más acabada de ese dinero ficticio: instrumentos que multiplican el riesgo sistémico y profundizan la ilusión de riqueza sin sustento productivo. Que la Reserva Federal acepte este tipo de activos como colateral revela, como advierte Celani, hasta qué punto la política monetaria estadounidense ha perdido toda racionalidad económica.
En contraste, China avanza en la dirección opuesta. Pekín ha endurecido las restricciones contra la especulación financiera, limitando el uso de criptomonedas y reforzando el control estatal sobre el crédito, con el objetivo explícito de proteger la economía real, la inversión productiva y la estabilidad social. Lejos de “innovar” en burbujas digitales, China busca evitar que el cáncer financiero occidental se infiltre en su sistema, especialmente en centros sensibles como Hong Kong.
El choque entre ambos modelos es cada vez más evidente. Mientras Estados Unidos apuesta por legalizar el dinero ficticio para postergar un colapso estructural, China prioriza la soberanía económica y el desarrollo material. Esta divergencia no es técnica, sino estratégica, y anticipa una fractura profunda en el orden financiero global. En ese contexto, la expansión descontrolada del dinero ficticio en Occidente no es una solución, sino una huida hacia adelante que agrava la crisis que pretende ocultar.