Oscuro Claro
Los anglosionistas straussianos, instalados en Londres y Nueva York, actúan como los verdaderos arquitectos de la guerra contemporánea, confirma el analista geopolíticotico Thierry Meyssan. Controlan los mecanismos de decisión internacional, sabotean los acuerdos de paz y utilizan a Israel y Ucrania como brazos operativos de un mismo diseño estratégico: mantener viva la confrontación para impedir el nacimiento de un orden multipolar. Mientras Netanyahu reivindica abiertamente la ideología de Zeev Jabotinsky y Leo Strauss al proclamar su aspiración de convertir a Israel en una “súper Esparta”, Londres ya se revela abiertamente como el centro operativo visible de un proyecto que instrumentaliza tanto a la OTAN como a la ONU en nombre de una “paz” que solo sirve de fachada a la expansión militar anglosionista.

Por Mente Alternativa

En dos análisis recientes (1, 2), el analista francés Thierry Meyssan traza un hilo que une lo que a primera vista parecería un conjunto disperso de acontecimientos: las maniobras diplomáticas dentro de la ONU, el desplazamiento del Grupo de Contacto sobre la Defensa de Ucrania a Londres, y la deriva abiertamente fascista del gobierno de Benyamin Netanyahu. En el fondo, dice Meyssan, se trata de la misma corriente: los straussianos, discípulos del filósofo Leo Strauss, que desde hace décadas operan como una logia ideológica transnacional, convencida de que sólo una élite capaz de manipular el caos puede garantizar la “seguridad del reino”.

Según Meyssan, un grupo visible de la línea dura anglosionista straussiana fue expulsado de la administración estadounidense tras el ascenso de Donald Trump, más no desapareció sino que se replegó y halló refugio en instituciones como la Organización de las Naciones Unidas y el Grupo de Contacto sobre Ucrania. Desde allí, habría manipulado documentos, influido en sanciones contra Irán y promovido operaciones militares a través de la OTAN y de gobiernos aliados en Londres, Berlín y París, confirmando que se trata de un poder supranacional capaz de falsificar actas del Consejo de Seguridad y fabricar consensos artificiales.

El analista francés no se limita a denunciar la instrumentalización de la ONU; la conecta con un escenario aún más inquietante: la fusión entre el poder straussiano y la ideología del “Gran Israel” promovida por Netanyahu. En su discurso del 23 de agosto de 2025, el primer ministro israelí proclamó como misión espiritual la reconstrucción de un Estado desde el Nilo hasta el Éufrates, retomando así el mito fundacional del sionismo revisionista. Aquella idea, recuerda Meyssan, fue en su origen el proyecto de Vladimir “Zeev” Jabotinsky —el mentor de Benzion Netanyahu, padre de Benyamin— y coincidía en muchos puntos con la doctrina de Leo Strauss: desprecio a la democracia, exaltación de la guerra, culto a la élite armada.

En esa línea, cuando Netanyahu pidió el 15 de septiembre convertir a Israel en una “súper Esparta”, Meyssan vio la señal definitiva: el Estado israelí, protegido por el silencio cómplice de la ONU, se transforma en una sociedad militarizada, autárquica y guiada por un mesianismo político que justifica el genocidio en Gaza como una forma de “purificación” nacional. “Esparta” no es aquí una metáfora casual. En la jerga de los fascismos clásicos, era un código para referirse a la disciplina totalitaria, al sacrificio permanente y al desprecio por la vida civil. Esa referencia, dice Meyssan, no había sido pronunciada en un contexto político desde la caída del Tercer Reich.

Al tejer estos hilos, el analista geopolítico plantea una hipótesis central que hasta el momento solo había sido sostenida por la línea de pensamiento metapolítica larouchista, de la que hemos hecho eco en este medio durante los últimos años: los anglosionistas, instalados en Londres (rama cabalista) y Nueva York (rama talmudista), actúan como los verdaderos arquitectos de la guerra contemporánea. Controlan los mecanismos de decisión internacional, sabotean los acuerdos de paz y utilizan a Israel y Ucrania como brazos operativos de un mismo diseño estratégico: mantener viva la confrontación para impedir el nacimiento de un orden multipolar. El enemigo, concluye Meyssan, por lo tanto no es el “Tío Sam” como símbolo del imperialismo estadounidense, sino una secta ideológica que sobrevive dentro del aparato occidental, usando sus instituciones como máscaras.

Sin embargo, un análisis metapolítico más profundo revela que, más que “arquitectos”, esta secta visible constituye solo una de las ramas de una red de operadores que se bifurca según la conveniencia del momento y que obedece al culmen ocultista de Occidente: un reducido núcleo de sociedades secretas rastreables hasta las Cruzadas y la Venecia medieval. Dichas sociedades están directamente vinculadas con el surgimiento del protocapitalismo y del protoglobalismo, así como con la alternancia de modelos e ideologías antagónicos mediante una estrategia perpetua de tensión dialéctica —en el sentido hegeliano— y de caos controlado. Esa dinámica les ha permitido conservar posiciones de influencia global a lo largo de la Historia, más allá del modelo que eventualmente se imponga, tal como ha advertido el historiador José Luis Preciado en diversos artículos publicados por Mente Alternativa (3–6).

De ahí la importancia de que analistas geopolíticos influyentes, como Meyssan, pongan en relieve la aberrante contradicción de cómo la ONU, que fue creada para “preservar a las generaciones del azote de la guerra” se ha convertido, bajo la influencia de estos núcleos, en una herramienta de presión, censura y manipulación. La agenda belicista que avanza desde Kiev hasta Gaza, y que Londres coordina ya como centro visible del Grupo de Contacto, no sería más que el retorno de un viejo proyecto: la “ruptura clara” (A Clean Break), redactada en 1996 por los straussianos estadounidenses para el gobierno de Netanyahu, y que sigue guiando —tres décadas después— el pulso de una guerra que se disfraza de diplomacia.

Meyssan propone, en última instancia, una advertencia: mientras el mundo multipolar trata de emerger, las viejas élites que nacieron del pensamiento de Strauss buscan reabsorber el control del sistema internacional, reescribiendo las reglas del derecho y transformando la paz en una categoría subversiva. Su reseña de los hechos no pretende ser neutral; es una acusación. Y su conclusión es clara: si las Naciones Unidas y las potencias europeas siguen permitiendo que esta ideología se imponga desde dentro, el planeta entero podría terminar convertido en una “súper Esparta” global, gobernada por el miedo y la guerra perpetua.

El ‘plan de paz’ de Trump para Gaza: la operación colonial del jabadista Jared Kushner y Sir Tony Blair disfrazada de reconstrucción

Notas a pie de página

1. Thierry Meyssan, en Red Voltaire: Los straussianos al mando en la ONU y la OTAN. 7 de octubre de 2025.
2. Op.Cit.: Después del “Gran Israel”, Netanyahu quiere una “súper Esparta” y “terminar el trabajo en Gaza”, por Thierry Meyssan. 30 de septiembre de 2025.

3. José Luis Preciado, en MA: Entre el Templo y la Logia: La llave oculta del imperio marítimo antihumano que perdura hasta nuestros días. 11 de marzo de 2024.

4. Op.Cit.: Las conexiones criptopolíticas de Usha y JD Vance, la pareja multidimensional que dirigirá la vicepresidencia de EEUU si Trump vuelve a la Casa Blanca. 21 de julio de 2024.

5. Op.Cit.: El papel multidimensional del trumpismo en la transición hacia un mundo multipolar. 7 de enero de 2025.

6. Op.Cit.: Trump no es un antiglobalista íntegro, sino el emisario de una oligarquía en guerra consigo misma. 1 de mayo de 2025.



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