Oscuro Claro
La pregunta no es si habrá transición, sino cómo y a qué costo. La humanidad debe elegir entre un futuro de guerras interminables y un posible evento de extinción masiva dictados por el complejo militar-industrial estadounidense y las élites de Wall Street y Londres, o un salto civilizatorio hacia la cooperación multipolar.

Por José Luis Preciado

La humanidad se encuentra ante una encrucijada histórica. Como ha señalado el geoestratega Dennis Small en intervenciones recientes en Executive Intelligence Review, los acontecimientos actuales ya no pueden analizarse como simples coyunturas políticas o crisis regionales, sino como momentos definitorios de una confrontación sistémica entre dos modelos civilizatorios: el moribundo orden unipolar occidental, anclado en la lógica de la especulación financiera, la guerra permanente, la degradación sociocultural y el saqueo, y la arquitectura multipolar euroasiática en construcción, cuyo núcleo es el BRICS+, la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) y los corredores de desarrollo impulsados por China, Rusia, India y sus socios.

Helga Zepp-LaRouche ha insistido en que el siglo XXI enfrenta la disyuntiva entre un salto cualitativo hacia una nueva plataforma de cooperación global —basada en ciencia, infraestructura y respeto a la soberanía— o la catástrofe de una guerra termonuclear. Los hechos recientes muestran con claridad esa bifurcación.

El orden unipolar, forjado tras la implosión de la URSS, se sustentó en dos pilares: la supremacía militar de la OTAN y la hegemonía del dólar como moneda de reserva mundial. Hoy ambos están en decadencia.

En el terreno militar, Estados Unidos y sus aliados europeos no han logrado imponer una victoria estratégica en ninguno de los conflictos que han alentado o dirigido. En Ucrania, pese a miles de millones de dólares en ayuda y al suministro de armamento avanzado, la resistencia rusa ha desbaratado los objetivos de Washington. Incluso el propio Donald Trump, que en su retórica se presenta como “antiglobalista”, mantiene el conflicto como palanca de negociación geoeconómica mientras Europa continúa financiando la maquinaria de Lockheed Martin, Boeing y Raytheon.

Como reveló Elena Panina en Russtrat, la administración estadounidense estudia adquirir participaciones directas en corporaciones del complejo militar-industrial, formalizando así la fusión entre Estado y contratistas. Esto convierte la guerra no en una excepción, sino en una necesidad estructural para garantizar la rentabilidad de un sector que ya se confunde con el propio gobierno.

En Gaza y Yemen, la dinámica es similar: guerras indirectas, genocidios silenciados y destrucción de infraestructura, donde Washington dicta las reglas y las empresas privadas convierten la tragedia en negocios multimillonarios. La Casa Blanca, como observa Panina, necesita crisis permanentes que alimenten la demanda de armas.

En el terreno financiero, la hegemonía del dólar enfrenta su mayor desafío en un siglo. La inflación interna, la deuda pública que ya supera los 35 billones de dólares, y el uso del sistema SWIFT como arma de sanciones han erosionado la confianza global. El propio FMI, como recordaba Elena Panina, se ha convertido en una reliquia de la era globalista: sus programas de ajuste no promovieron desarrollo, sino trampas de deuda y pérdida de soberanía.

El surgimiento de la alternativa euroasiática

Sin embargo, existen desarrollos sumamente positivos que encarnan el nuevo orden multipolar. La Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), junto con el BRICS y sus socios, representan ya tres cuartas partes de la población mundial, casi 6,000 millones de personas, en un movimiento hacia un nuevo orden económico internacional. Este proceso, iniciado con la cumbre del BRICS en Brasil en 2014 y la expansión de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, ha consolidado proyectos de infraestructura y cooperación económica con sustancia real, superando con creces los logros de hace una década.

Un elemento central de esta transformación es el corredor de transporte transártico, desarrollado por Rusia y presentado en la reunión del Foro Económico Oriental en Vladivostok. Según Vladimir Putin, este corredor no es solo una ruta marítima, sino un sistema integrado de transporte marítimo, ferroviario y terrestre que conecta San Petersburgo, Murmansk, Arkangelsk y Vladivostok, utilizando los ríos más importantes del país. La implementación de rompehielos nucleares permite un tránsito seguro durante todo el año, reduciendo la distancia entre Asia y Europa en un tercio y acelerando significativamente el comercio internacional.

El corredor transártico se complementa con proyectos estratégicos como el Gasoducto Fuerza de Siberia 2, que suministrará hasta 50,000 millones de metros cúbicos de gas a China, complementando los 100,000 millones de metros cúbicos anuales de Fuerza de Siberia 1, reemplazando el suministro previamente destinado a Europa. Esto se integra con la Franja y la Ruta y con el corredor internacional norte-sur de India a Rusia, fortaleciendo un puente terrestre mundial que interconecta Asia y Europa de manera eficiente y segura. Putin subraya que estos proyectos no son exclusivos de China, India o Rusia: están abiertos a todos los países que deseen participar, incluyendo Estados Unidos, con posibilidad de cooperación trilateral en Alaska.

Asimismo, la OCS discute mecanismos de financiación, comercio en monedas nacionales y creación de un banco de desarrollo propio y un sistema de pagos transfronterizos independiente de Washington y Bruselas. China ya dispone de CIPS, Rusia de SPFS, e India de UPI. La sincronización de estas plataformas bajo el paraguas de la OCS permitiría que cientos de miles de millones de dólares en comercio mutuo se procesen directamente en monedas nacionales, sin bancos occidentales. La Declaración de Tianjin de la OCS, emitida el 2 de septiembre de 2025, propone precisamente la creación de este Banco de Desarrollo, el fortalecimiento del uso de monedas locales en el comercio y la identificación de proyectos conjuntos de inversión e infraestructura, consolidando así la infraestructura de un nuevo orden económico global. China comprometió 10 mil millones de yuanes en préstamos iniciales. Este mecanismo busca sentar las bases de un nuevo sistema de crédito alternativo al colapsado modelo financiero occidental, orientado al desarrollo científico, la reducción de la pobreza y el crecimiento productivo de los países miembros.

Panina advierte que el éxito dependerá de evitar la burocratización que limitó al Nuevo Banco de Desarrollo de los BRICS, y de avanzar hacia una independencia real en calificaciones crediticias. Las agencias de rating occidentales actúan como armas políticas: basta con un roce con Washington para que los costos de financiamiento de un país se disparen. Un sistema alternativo de evaluación sería, en sí mismo, un golpe estratégico contra la hegemonía del dólar.

En paralelo, China impulsa su Iniciativa de la Franja y la Ruta, que conecta Asia con Europa y África mediante ferrocarriles, puertos y corredores energéticos. Rusia refuerza su papel como proveedor energético hacia Oriente, mientras que India desarrolla infraestructura tecnológica y financiera propia. Incluso proyectos ferroviarios como el corredor Irán-China, atacado por Israel y EE. UU., muestran el nerviosismo de Occidente ante la consolidación de un bloque continental cohesionado.

La cumbre anual de la OCS en Tianjin (31 de agosto-1 de septiembre de 2025) se celebró con la mayor asistencia desde su fundación, reuniendo mandatarios que representan al 43% de la población mundial y desafiando la presión de Occidente. Destacó la reunión entre Narendra Modi y Xi Jinping, quienes reafirmaron que la cooperación entre India y China, en lugar de ceder a los aranceles de Trump, puede convertir al siglo XXI en un verdadero “siglo asiático”. Este acercamiento, tras el violento choque de 2020 en el Himalaya, muestra un giro hacia la cooperación estratégica.

Putin, en la cumbre, calificó a la OCS como un “potente motor del desarrollo global”, subrayando que su cooperación eclipsa a las “naciones industrializadas” con un crecimiento industrial del 4,6% en 2024. Propuso medidas económicas clave: bonos conjuntos de los Estados miembros, infraestructura propia de pagos y depósitos, y un banco para proyectos de inversión conjuntos, ya incluido en la Declaración de Tianjin.

Xi Jinping, por su parte, presentó su Iniciativa de Gobernanza Global, la cuarta tras las de Desarrollo (2021), Seguridad (2022) y Civilización (2023). Propuso un sistema de gobernanza mundial más justo y equitativo, basado en cinco principios: igualdad soberana, respeto al derecho internacional, multilateralismo, enfoque centrado en la gente y acciones concretas. Recordó que la OCS, fundada hace 24 años, es hoy la mayor organización regional del mundo con 26 países, cooperación en 50 áreas y una producción conjunta de 30 billones de dólares.

El 2 de septiembre de 2025, Rusia, China y Mongolia firmaron un memorando legalmente vinculante para construir el gasoducto Fuerza de Siberia 2, que transportará 50.000 millones de m³ de gas al año durante 30 años desde Yamal (Rusia) pasando por Mongolia hasta China, reflejando el giro de Rusia hacia Oriente tras el deterioro de relaciones con Occidente desde 2022. Este proyecto cubrirá más de la mitad de las exportaciones históricas de gas de Rusia a Europa, cuya compra Europa planea reducir a cero para 2027.

El 5 de septiembre de 2025, en el Foro Económico Oriental en Vladivostok con 70 países, Putin destacó que el desarrollo económico del Asia-Pacífico no se limita a India, China y Rusia, sino que también podría involucrar a Estados Unidos, si hay voluntad política, especialmente en proyectos de gas y energía en Alaska. Señaló que un encuentro trilateral con Xi Jinping y Donald Trump permitiría inaugurar un nuevo sistema mundial justo y una arquitectura de seguridad y desarrollo sin riesgo nuclear, revirtiendo décadas de daños culturales y económicos a EE.UU. desde 1963.

Helga Zepp-LaRouche propuso en la Coalición Internacional por la Paz un llamado a la unidad entre Occidente y la Mayoría Global, destacando que China e India (35% de la población mundial) junto con Rusia y bloques como BRICS, Franja y Ruta, UEEA, ASEAN, CELAC y UA representan el 85% de la humanidad. El objetivo es superar el unipolarismo occidental, sus guerras, sanciones e intentos de cambio de régimen, y establecer un orden multipolar que garantice paz, desarrollo económico y pleno potencial humano, creando una comunidad global para el futuro de la humanidad.

La cumbre de Tianjin y Pekín ofrece una oportunidad histórica para rediseñar el sistema económico mundial, comparable a la que siguió a la caída del Muro de Berlín, pero que esta vez no debe desperdiciarse. Como advierte Zepp-LaRouche, la humanidad enfrenta una disyuntiva: seguir con la confrontación, arriesgando una guerra mundial, o cooperar para superar pobreza y subdesarrollo y garantizar paz duradera.

El despertar estratégico en Europa y el vacío de liderazgo

El contraste con Occidente es cada vez más evidente, con el caos occidental que se intensifica: Israel asesinó al primer ministro hutí de Yemen, Europa reimpuso sanciones a Irán y continúa el genocidio contra los palestinos, amenazando con desatar una guerra regional. En contraste, la OCS y el BRICS plantean una alternativa de desarrollo y cooperación global, con proyectos de infraestructura, tecnología y energía. Londres, Washington y Bruselas, por su parte, buscan mantener su sistema financiero en quiebra mediante criptomonedas y el complejo militar-industrial, con una cobertura mediática hostil de AP y CNN.

En paralelo, Macron convoca a una “Coalición de los Dispuestos” con propuestas inaceptables para Rusia; Von der Leyen recorre Europa del Este promoviendo armamento, calificando a Putin de “depredador” y ligando a Trump con planes europeos de tropas en Ucrania. La UE celebró reuniones de ministros de Defensa y Exteriores en Copenhague para seguir armando a Kiev, con riesgo de un incidente de bandera falsa. Sin respaldo popular en sus propios países, líderes europeos como Bayrou o Merz enfrentan crisis políticas mientras crecen las protestas contra la economía de guerra y el genocidio en Gaza.

La narrativa occidental, atrapada en su propaganda, queda descolocada. Xi, citando a Schiller, advirtió: “Lo vil desciende sin ruido al Orco”. La prensa occidental, incapaz de narrar la nueva realidad, intenta ocultar que el orden unipolar ha muerto.

El presidente de Finlandia, Alexander Stubb, advirtió que el mundo occidental intenta preservar un sistema caduco, mientras el sur global, liderado por India y otros países, avanza hacia un orden basado en cooperación y desarrollo. La imposición de aranceles y sanciones demuestra que Occidente lucha por mantener restos de su hegemonía, enfrentando una alternativa que combina ciencia avanzada, infraestructura y cooperación internacional. En el plano estratégico, la situación es extremadamente delicada: la presencia militar de la OTAN en el Ártico, maniobras y detección de submarinos rusos, junto con doctrinas de ataques nucleares preventivos, mantiene latente el riesgo de confrontación termonuclear. La reciente declaración del ministro de Energía de Brasil sobre la necesidad de reevaluar la posesión de armas nucleares refleja un cambio geopolítico basado en la necesidad de defensa soberana ante estas amenazas.

Como advierte Small, nos encontramos en un momento histórico: un mundo donde conviven peligros extremos y oportunidades sin precedentes. Tres cuartas partes de la humanidad participan en proyectos de desarrollo económico y científico que podrían redefinir la civilización, especialmente en áreas como fusión nuclear y exploración espacial. La propuesta de Lyndon LaRouche, respaldada por Putin y líderes de la OCS, llama a que las naciones occidentales cooperen con este nuevo orden económico global, priorizando el desarrollo humano sobre la ley de la selva financiera y militar.

América Latina: laboratorio de la militarización

El laboratorio de esta dinámica se observa con nitidez en América Latina. En México, la militarización creciente bajo la doctrina de “seguridad” responde menos al combate real contra el narcotráfico que a la necesidad de preparar al país como plataforma de control estratégico en la frontera con el BRICS y el corredor económico latinoamericano.

Washington busca consolidar su influencia mediante el Pentágono y la DEA, pero la presión de China y Rusia en infraestructura, energía y telecomunicaciones introduce un factor disruptivo.

La disyuntiva para la región es clara: sumarse a la lógica de bases militares y extractivismo subordinado, o integrarse al nuevo orden multipolar con autonomía y proyectos de desarrollo reales.

La disyuntiva civilizatoria

Xi Jinping fue claro al afirmar que el siglo XXI no puede definirse por el choque de bloques, sino por la cooperación en ciencia, innovación y desarrollo compartido. Putin, por su parte, ha subrayado que el salto cualitativo en tecnologías como la fusión nuclear controlada es condición para una nueva era de civilización. Modi insiste en que India no será satélite de Occidente, sino actor central de un orden plural.

Pero estas declaraciones no se producen en el vacío. Están respaldadas por hechos: el comercio intrabloque que ya supera los dos billones de dólares; las maniobras militares conjuntas que consolidan la defensa continental; y el consenso en que la soberanía no es negociable.

Frente a ello, Washington responde con sabotajes, guerras híbridas y operaciones de lawfare. Desde el bloqueo a los proyectos ferroviarios en Asia Central hasta el encubrimiento de redes financieras como las reveladas en el caso Epstein —donde Wall Street aparece vinculado al crimen organizado global—, la estrategia es sostener un orden imposible de mantener.

Conclusión: el futuro en disputa

La historia está en un punto de no retorno. El orden unipolar, corroído por deudas, guerras y corrupción, se aferra a su hegemonía a costa de arrastrar al mundo hacia el abismo. El multipolarismo, aún en construcción, ofrece una vía de cooperación, infraestructura y soberanía.

La pregunta no es si habrá transición, sino cómo y a qué costo. La humanidad debe elegir entre un futuro de guerras interminables dictadas por el complejo militar-industrial o un salto civilizatorio hacia la cooperación multipolar. Esa es la verdadera batalla de nuestro tiempo.

Ucrania es apenas el prólogo del reparto de las cartas de la Historia: Resultados ocultos de la cumbre de Alaska y lo que viene

 



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