Oscuro Claro
En un mundo al borde de una catástrofe nuclear, la cumbre de Alaska entre Trump y Putin, programada para el 15 de agosto, marca un quiebre diplomático al actuar como puente simbólico y físico entre ambas potencias. Paralelamente, el túnel del estrecho de Bering, promovido desde 1978 por Lyndon LaRouche y el Instituto Schiller, se presenta como eje de cooperación trilateral EE.UU.–Rusia–China en el Ártico. Estas iniciativas ofrecen no solo un respiro ante la guerra, sino la posibilidad de un nuevo orden global basado en cooperación y desarrollo. La humanidad debe elegir entre seguir el camino de la destrucción o apostar por la paz.

Por José Luis Preciado

En una intervención reciente, Steven Starr, experto en guerra nuclear y director retirado del Programa de Ciencias de Laboratorio Clínico de la Universidad de Missouri (1), destacó que la guerra en Ucrania ha evolucionado hacia una Tercera Guerra Mundial híbrida. El uso de drones, inteligencia artificial y ataques a infraestructura nuclear han roto el principio de disuasión mutua que durante la Guerra Fría evitó el intercambio de misiles intercontinentales. Los ataques a radares rusos de alerta temprana, bases aéreas estratégicas y depósitos de combustible, presuntamente con datos de Estados Unidos y Reino Unido, aumentan el riesgo de un error fatal. Al mismo tiempo, la expansión militar de la OTAN con nuevas bases en el norte de Europa y el despliegue proyectado de misiles nucleares de alcance intermedio en Alemania alimenta la percepción rusa de un ataque inminente.

En este contexto, Rusia decidió levantar su moratorio sobre misiles de alcance medio y corto (INF), en respuesta al despliegue de armamentos similares por parte de la OTAN, especialmente tras la incorporación de Finlandia, que reduce los tiempos de ataque y amenaza su escudo nuclear. EE.UU. desarrolla misiles hipersónicos como el Blackbeard GL, diseñados para ataques masivos difíciles de interceptar. Para contrarrestar, Rusia ha acelerado la producción de misiles “Oreshnik” para desplegarlos en zonas estratégicas, mantiene sus fuerzas nucleares no estratégicas en alerta permanente y replantea su doctrina hacia un posible ataque preventivo anticipado. Estas medidas buscan disuadir la expansión occidental y proteger la soberanía rusa, evitando repetir los devastadores costos humanos de conflictos pasados.

Más allá de una respuesta simétrica, Moscú aspira a tomar la iniciativa estratégica construyendo una nueva arquitectura sin restricciones. Aunque Rusia carece de una red militar tan amplia en Asia-Pacífico como EE.UU., su posición en el Lejano Oriente permite alcanzar objetivos clave, y su alianza con Corea del Norte brinda capacidad de acción indirecta en la región. Su relación estratégica con China añade otra dimensión a esta dinámica. Rusia apuesta por una estrategia basada en la imprevisibilidad, la interconexión de múltiples frentes y el equilibrio de amenazas, generando focos de tensión en Kaliningrado y Crimea en Europa, y en Corea del Norte en Asia oriental. Esto obliga a EE.UU. a enfrentar un dilema estratégico complejo, con limitaciones en misiles y sistemas defensivos, frente a un adversario que opta por la asimetría y la amenaza desde puntos inesperados.

Por su parte, el Pentágono ha firmado contratos millonarios con RTX Corporation y Lockheed Martin para la producción de misiles de largo alcance como AIM-120 AMRAAM y JASSM-ER, que serán entregados a aliados en Europa, Asia y Medio Oriente. Esta estrategia refuerza un cerco militar sistemático alrededor de Rusia, buscando neutralizar su arsenal nuclear y limitar su capacidad de contraataque. Aunque el expresidente Trump criticó el gasto militar, aprobó el mayor presupuesto de defensa en la historia de EE.UU., superior a un billón de dólares, y no se descarta el envío de misiles Tomahawk a Ucrania, lo que elevaría los riesgos para la seguridad global. En este escenario, Rusia debe prepararse para una posible escalada con potencial de conflicto nuclear.

El mundo atraviesa un momento decisivo en el que la escalada de tensiones entre Londres, Estados Unidos, Rusia y la OTAN amenaza con arrastrar a la humanidad hacia una catástrofe nuclear sin precedentes. Frente a esta amenaza, la Cumbre de Alaska entre Donald Trump y Vladimir Putin, programada para el 15 de agosto en territorio estadounidense, adquiere un peso inusual, pues se presenta además en el marco de una oportunidad histórica que podría cambiar el rumbo del mundo.

La Cumbre de Alaska, cuya sede es un territorio vendido por Rusia a EE.UU. en 1867 y que funciona como puente simbólico y físico entre ambas potencias, marca un quiebre en la diplomacia global. La ausencia deliberada de Ucrania, la Unión Europea y líderes como Zelenski o Macron, relegados a un segundo plano, indica que la negociación se configura como un pacto bilateral con consecuencias geopolíticas de largo alcance. Esta exclusión sugiere un posible reparto de esferas de influencia, en que Ucrania sería pieza clave, ya sea mediante una federalización supervisada por Rusia o como escenario de una guerra prolongada y devastadora si el diálogo fracasa.

Sin embargo, esta cumbre también podría abrir el camino a una cooperación trilateral EE.UU.–Rusia–China en el Ártico, con el túnel del estrecho de Bering como eje central, señala el geoestratega Dennis Small (2). Propuesto desde 1978 por Lyndon LaRouche y el Instituto Schiller, este corredor ferroviario de alta velocidad uniría Eurasia y América a través del Ártico, transformando la región en una arteria económica en lugar de un campo militar, transformando la región de un potencial campo de batalla en una arteria vital para el desarrollo económico global. Helga Zepp-LaRouche resume: “El desarrollo físico-económico es la base para acabar con los conflictos bélicos”.

El contraste es marcado: mientras avanza la ingeniería de la destrucción con sistemas como el dron nuclear Poseidón ruso, capaz de devastar miles de kilómetros de costa, la ingeniería civil propone un túnel que unirá culturas, economías y rutas comerciales. El primero aumenta las probabilidades de un invierno nuclear; el segundo podría redibujar el mapa geopolítico y debilitar la especulación financiera y los complejos militar-industriales.

En este delicado tablero, la política interna estadounidense juega un papel fundamental. Trump busca reforzar su posición política como mediador de paz, incluso aceptando concesiones como intercambios territoriales. Sin embargo, su control sobre el aparato estatal es limitado, frenado por el “Estado Profundo” y una red de élites que actúan a través de lobbies, sociedades secretas, corporaciones trasnacionales, empresas militares privadas y canales ideológicos que moldean la política exterior como un mecanismo de dominación global más que como instrumento de estabilidad. Por tanto, la negociación está condicionada por fuerzas internas y externas que responden a intereses diversos y a menudo se oponen a acuerdos duraderos.

A nivel internacional, la tensión se extiende más allá de Ucrania, con focos calientes en Oriente Medio y Eurasia. El mundo se orienta hacia una regionalización que desafía la globalización tradicional. Alianzas emergentes como los BRICS consolidan un orden multipolar donde Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica coordinan esfuerzos políticos y económicos que retan la hegemonía occidental. Este panorama plantea un futuro marcado por un delicado equilibrio entre bloques de poder, donde cooperación y conflicto conviven simultáneamente.

En este escenario, el túnel del estrecho de Bering no es solo un megaproyecto de ingeniería civil, sino un símbolo poderoso de una alternativa viable a la guerra que representa una visión que privilegia el desarrollo físico-económico como base para la paz, contraponiéndose a la escalada de sistemas destructivos. Sin embargo, sectores de la OTAN y medios como el británico Daily Mirror proponen una «paz» provisional en Ucrania basada en un intercambio territorial que aísla Crimea al hacer que Rusia se retire de Jersón, pero conserve Donetsk, Lugansk y Zaporiyia. Esta solución, atribuida a Trump, es en realidad una tregua provisional que busca Londres para debilitar a Rusia en el Mar Negro y preparar una futura operación de la OTAN, evidenciando que la paz que promueven es tramposa y sirve a intereses geopolíticos occidentales.

El Daily Telegraph británico y otros medios ultraglobalistas desconfían de la cumbre y advierten sobre maniobras para sabotear el diálogo. El temor real es que una alianza entre las potencias globales, apoyada por los BRICS, pueda socavar el orden financiero mundial actual, basado en la especulación y el poder militar-industrial. Mientras tanto, los BRICS avanzan en su coordinación política y económica: Brasil fortalece vínculos con China e India, Rusia estrecha lazos con India y Brasil, y Pekín y Nueva Delhi exploran acercamientos históricos.

Frente a la amenaza de misiles Trident II y ojivas hipersónicas capaces de destruir capitales y centros industriales en minutos, la humanidad debe decidir si continúa apostando por la destrucción o elige construir un mundo donde la paz sea deseable e inevitable, tal como exhortó John F. Kennedy. El túnel del estrecho de Bering no es una fantasía técnica, sino una prueba de que la creatividad humana puede canalizarse para conectar, unir y prosperar, en lugar de destruir y dividir.

En suma, el futuro inmediato ofrece dos caminos: perpetuar la escalada bélica con el riesgo constante de un holocausto nuclear, o apostar por una reforma profunda del orden mundial basada en la cooperación, el desarrollo conjunto y una multipolaridad equilibrada. La cumbre de Alaska y el túnel del estrecho de Bering representan la última oportunidad histórica para elegir la paz. ¿Será capaz la política internacional de optar por la excavadora en lugar del misil?

Notas a pie de página

1. Steven Starr, en EIR: La Tercera Guerra Mundial ya comenzó: ¿Podemos pararla antes de que sea nuclear? 11 de agosto de 2025.
2. Dennis Small, en EIR: La cumbre de Alaska: el desarrollo conjunto para impedir la guerra. 11 de agosto de 2025.

 

¿Cómo debe responder el BRICS al chantaje nuclear y los cripto-arancelazos de Trump?



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