Por José Luis Preciado
La reciente intensificación de amenazas nucleares por parte de Donald Trump no es una estrategia aislada ni improvisada, sino una fase avanzada de una operación geopolítica que combina presión militar, sanciones económicas y manipulación financiera para frenar la consolidación del orden multipolar liderado por Rusia, China y el Sur Global. Tal como lo advierten Dennis Small y Stewart Battle desde Executive Intelligence Review (EIR), estas amenazas no deben interpretarse como desvaríos de un líder errático, sino como la continuación de una agenda imperial trazada desde los centros de pensamiento del imperio angloestadounidense —en particular el Instituto Real de Servicios Unidos (RUSI)—, que instrumentaliza a Trump como ejecutor útil de una doctrina de disuasión total y chantaje económico encubierto.
El reciente despliegue de dos submarinos nucleares clase Ohio en “regiones apropiadas”, supuestamente en respuesta a un tuit de Dmitri Medvédev, representa, según el exoficial de inteligencia del Cuerpo de Marines de Estados Unidos y exinspector de armas de la ONU Scott Ritter, una provocación sin precedentes que podría activar incluso el sistema ruso de represalia automática conocido como dead-hand. Esta escalada militar se entrelaza con una ofensiva económica: la imposición de criptoaranceles del 25% contra países del BRICS, como India y Brasil, apunta a castigar cualquier intento de autonomía del Sur Global y proteger la hegemonía del dólar como arma geopolítica. En palabras de Dennis Small, estamos ante una crisis estratégica donde convergen el riesgo de guerra nuclear y el colapso sistémico del orden financiero internacional. Trump no defiende a Estados Unidos; defiende al sistema de Wall Street y la City de Londres que lo manipula.
Aquí es pertinente recuperar el análisis de Elena Panina, del Instituto Russtrat, quien explica que los aranceles —a diferencia de las sanciones— son fáciles de aplicar, generan ingresos directos para el Tesoro y permiten diseñar un mapa geopolítico de ganadores y perdedores. Esta lógica ha sido llevada al extremo por Trump, como lo denuncia Paul Spydell, quien documenta la irracionalidad de imponer tarifas del 39 % a Suiza o del 35 % a Canadá, destruyendo toda noción de coherencia económica. La política arancelaria de Trump no responde a una estrategia de desarrollo nacional, sino a un diseño de guerra híbrida: castigar, chantajear y forzar alineamientos políticos bajo amenaza comercial y financiera. Lejos de la recuperación económica inspirada en el New Deal rooseveltiano, Trump aplica un modelo de desmantelamiento institucional que promueve un neocolonialismo económico donde el dólar actúa como moneda de cambio pero también como cadena de subordinación.
El verdadero objetivo de este chantaje híbrido no es preservar la seguridad global ni detener una supuesta amenaza rusa, sino forzar la subordinación de los países del BRICS y el Sur Global al orden unipolar. El arancelazo contra India —en represalia por su cercanía con Moscú y su papel clave en el BRICS—, y el ataque contra Brasil —que ha generado una respuesta nacionalista liderada por Lula da Silva— son síntomas de una estrategia que mezcla disuasión nuclear con guerra comercial para imponer obediencia a través del miedo y la ruina económica. Pero como advierte Small, ninguna respuesta nacional —por valiente que sea— podrá enfrentar con éxito una amenaza de esta magnitud si no se articula una respuesta conjunta desde una nueva arquitectura de cooperación internacional.
Esa arquitectura debe basarse en dos pilares: en primer lugar, un acuerdo de emergencia entre Estados Unidos y Rusia para detener la espiral de sanciones y amenazas nucleares; y en segundo lugar, la construcción de un sistema de crédito productivo global inspirado en el modelo hamiltoniano. No se trata simplemente de desdolarizar el comercio ni de aumentar el uso de monedas locales: se trata de fundar instituciones soberanas capaces de emitir billones de dólares (o su equivalente) en crédito para financiar grandes obras de infraestructura, como la Iniciativa de la Franja y la Ruta china, y establecer una economía mundial basada en el desarrollo, no en la especulación.
En este contexto, resulta clave la advertencia de Sergei Glaziev: “Probablemente, Washington cometió un error estratégico. El conflicto con India debido a los suministros de petróleo ruso bloquea la posibilidad de una alianza estratégica, que es vital para EE.UU. para mantener la paridad en la guerra híbrida con China. Si aprovechamos este error del enemigo para construir una alianza estratégica entre China, India y nosotros tres, EE.UU. perderá irreversiblemente en la guerra híbrida mundial que ellos mismos desataron. Lo cual, de todos modos, sucederá debido a las leyes objetivas del cambio del orden mundial.” Las palabras de Glaziev subrayan que el éxito de una nueva arquitectura internacional no depende sólo de la defensa frente al chantaje occidental, sino de la capacidad de convertir sus errores estratégicos en oportunidades para consolidar un bloque soberano, multipolar y cohesionado.
La visión del mundo como un racket —una estructura mafiosa donde la incertidumbre es la norma y se exige tributo para evitar represalias—, como lo advertía el ex economista jefe del Banco Mundial Kaushik Basu, encuentra una expresión clara en la política comercial trumpista. La elevación abrupta de aranceles, del 2% al 16% en un solo año, ha encarecido la producción, disparado el déficit y profundizado la desigualdad, todo ello mientras se destruye el comercio multilateral y se siembra un caos global. Lo que estamos viviendo hoy no es más que la continuación de la lógica imperial de 1945: sabotear cualquier intento de integración euroasiática y aplastar a quienes desafían la hegemonía de Washington y Londres.
La narrativa oficial que acusa a Rusia de ser una amenaza atómica es una inversión deliberada de la realidad. Son los centros de pensamiento del imperio —como RUSI— quienes proponen ataques nucleares “demostrativos” sobre Crimea, con Malcolm Chalmers abogando por esta locura desde una lógica de terror planificado. Esta estrategia es coherente con la fabricación del Rusiagate —revelado por Tulsi Gabbard y otros como una operación sin base fáctica— cuyo propósito, más allá de sabotear a Trump, fue colocar a EE.UU. en rumbo de colisión nuclear con Rusia. La amenaza no es Moscú, sino un aparato transatlántico dispuesto a destruir el mundo para conservar su hegemonía.
Según Small, los efectos inmediatos de los criptoaranceles serán tres: el incumplimiento de pagos soberanos por parte de países del Sur, una reorientación radical de los flujos comerciales —como ya lo demuestra India importando el 43% de su petróleo de Rusia— y una hiperinflación catastrófica en EE.UU. y Europa. Esta combinación de factores podría detonar la bomba de 2,000 billones de dólares en derivados financieros, generando un colapso global que el FMI y Wall Street utilizarán como pretexto para imponer nuevas rondas de austeridad brutal, al estilo Milei en Argentina. Si los países del Sur no se organizan colectivamente para cortar el cordón umbilical que los ata al Titanic financiero occidental, serán arrastrados al abismo.
Por ello, la disyuntiva que enfrenta el BRICS y el Sur Global no es entre cooperación o conflicto con Occidente, sino entre soberanía o sumisión, entre reorganizar el sistema financiero global o ser víctimas de su colapso planificado. La única respuesta estratégica al chantaje nuclear y financiero es construir una nueva arquitectura de seguridad y desarrollo basada en el crédito productivo, la cooperación multipolar y el rechazo frontal a la lógica imperial de la guerra como política económica. Como señala Small, las soluciones verdaderas nunca son probables, pero sí necesarias. Y es deber de los pueblos organizados volverlas realidad.
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