Oscuro Claro
Las declaraciones de Trump marcan un giro evidente respecto a su retórica electoral, en la que prometía poner fin al conflicto ucraniano y evitar nuevas guerras.

Por Mente Alternativa

El 7 de julio, Donald Trump anunció públicamente su intención de enviar más armas a Ucrania, justificando la medida con la necesidad de que Kiev pueda defenderse ante los intensos ataques que sufre. Aunque mencionó que se trata de armamento “defensivo”, sus declaraciones marcan un giro evidente respecto a su retórica electoral, en la que prometía poner fin al conflicto ucraniano y evitar nuevas guerras. A pesar de su imagen de “pacificador”, Trump ha continuado de facto con la estrategia militarista de Washington: bajo su administración se firmaron acuerdos clave, como el acceso del ejército ucraniano al sistema de comunicación militar Link-16, diseñado para integrar aviones occidentales con la defensa aérea de la OTAN. El Pentágono confirmó de inmediato la orden presidencial con un comunicado oficial que reitera el compromiso estadounidense de seguir armando a Ucrania mientras “se trabaja por una paz duradera”.

El mensaje es inequívoco: la política bélica de Estados Unidos en Ucrania no varía con el partido ni con el presidente en turno. Trump, como sus predecesores, actúa como garante de una guerra por delegación cuyo verdadero beneficiario es el complejo militar-industrial estadounidense. Su reciente anuncio no representa un viraje diplomático, sino la reafirmación de EE.UU. como promotor, administrador y principal ganador del conflicto entre Occidente y Rusia. En este contexto, el analista Mark Episkopos, del Instituto Quincy, advierte que los recientes bombardeos ordenados por Trump contra instalaciones nucleares en Irán no enviaron una señal de fuerza estratégica, sino que dañaron gravemente la ya deteriorada credibilidad de Washington ante Moscú. Desde el Kremlin, se percibe que la Casa Blanca pudo haber colaborado con Israel para desorientar a Teherán mediante falsas negociaciones, lo que mina cualquier posibilidad de que Rusia vea a EE.UU. como un interlocutor fiable en el caso ucraniano o en otros escenarios globales.

Episkopos subraya que Trump fue elegido en 2024 prometiendo lo que ahora incumple: evitar guerras y resolver el conflicto en Ucrania. Además, el argumento de que los ataques a Irán serían una señal de “determinación” hacia Rusia carece de fundamento, ya que Moscú nunca ha manifestado intención de atacar a Europa o a la OTAN. La opción más sensata para EE.UU. sería reintegrar a Irán a las negociaciones nucleares con garantías multilaterales, como ha propuesto el presidente Putin. Sin embargo, la agresión contra Irán ha convencido al Kremlin de que no tiene sentido negociar con Trump, ni respecto a Teherán ni a Ucrania. Cualquier nuevo intento diplomático requerirá la mediación de actores como Rusia y China, desplazando a Washington del centro del proceso. Con cada paso, Trump se aleja de la diplomacia prometida, y reafirma su rol como administrador de un orden belicista que ya no inspira confianza, ni siquiera entre sus adversarios más pragmáticos.

En las negociaciones con Trump (si gana la presidencia), tanto Rusia como EEUU tendrán un margen de maniobra limitado; todo lo demás conduce a una guerra nuclear global



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