Por Mente Alternativa
El Departamento de Justicia de EE.UU. y el FBI han cerrado el caso Epstein con un memorando que parece más un acto de fe que una conclusión judicial: suicidio, no hay lista de clientes, nada que investigar. Pero los hechos gritan lo que el documento calla. Hace apenas meses, la fiscal general Pam Bondi juraba tener esa lista «sobre su escritorio» Hoy, el mismo FBI que dirigía William Barr cuando Epstein «se ahorcó solo» —a pesar de las cámaras fallidas y los guardias ausentes— insiste en que todo fue un error penitenciario, no un crimen.
Y en medio del escándalo, Trump, cuyo nombre ha orbitado los rumores sobre Epstein desde los años 90, estalla ante la prensa: «¿Siguen hablando de este desgraciado?”. Su irritación no es casual. Es la reacción de quien sabe que el memorando es un pacto de silencio entre élites: los mismos que ayer alimentaron teorías conspirativas (como el director del FBI, Kash Patel) hoy las entierran.
Pero el verdadero encubrimiento no está en lo que dicen, sino en lo que ocultan. 10,000 videos de abuso infantil mencionados en el informe —pero nunca mostrados— son la prueba de que Epstein no actuaba solo. ¿Por qué no se investiga su procedencia? ¿A quién protege ese hermetismo? La respuesta la dio un Trump evasivo, cambiando de tema a las inundaciones en Texas: cuando el poder se siente acorralado, prefiere ahogar la verdad bajo un diluvio de distracciones.
«Nada más que ver aquí», repiten las instituciones. «Nada más que temer», susurran los cómplices. Pero en ese minuto faltante de las cámaras —ese vacío que Bondi atribuye a un «reinicio del sistema»— late la sombra de lo que nunca admitirán: algunos crímenes son demasiado grandes para castigarlos, porque implicarían derribar a los que escriben las leyes.
Trump, los Rothschild, Príncipe Andrew y Bill Clinton en la ‘lista negra de Jeffrey Epstein’