Oscuro Claro
Lama El Horr recoge una advertencia reciente —casi apocalíptica— de Trump a Pekín y sus aliados, para exponer la escalada de agresividad por parte del eje angloestadounidense frente al ascenso del orden multipolar, liderado por China, Rusia y el Sur Global. Pekín, dice, es consciente que no necesita convertirse en el nuevo hegemón, sino simplemente sobrevivir al colapso del orden unipolar. Pero Londres y Washington parecen estar dispuestos a destruir el planeta antes que compartirlo.

Por Mente Alternativa

Un documentado análisis de Lama El Horr publicado por New Eastern Outlook, expone la escalada de agresividad por parte del eje angloestadoujidense frente al ascenso del orden multipolar, liderado por China, Rusia y el Sur Global. Bajo la fachada de “defensa de la democracia” y la “seguridad internacional”, Washington y sus satélites europeos han puesto en marcha una estrategia sistemática de sabotaje nuclear, coerción económica y diplomacia simulada con el objetivo de evitar que emerja un mundo menos desigual y más cooperativo.

La advertencia más reciente —casi apocalíptica— se resume en el mensaje de Washington a Pekín y sus aliados: “La bomba no salvará al orden multipolar”. No es una metáfora. Estados Unidos, junto con sus cómplices europeos e israelíes, ha dejado claro que no permitirá que China u otras potencias emergentes establezcan reglas distintas a las impuestas por el Occidente atlantista tras la Guerra Fría. Cualquier avance hacia la soberanía, la industrialización o la justicia económica es respondido con sanciones, sabotajes o amenazas militares, como ha quedado demostrado en Irán, Venezuela, Siria, y ahora, potencialmente, en el sudeste asiático.

El Horr argumenta que la clase dirigente estadounidense —alérgica a la redistribución del poder y la riqueza— ha convertido la industria de la destrucción en su último refugio económico. Desprovistos de bases industriales y atrapados por décadas de especulación financiera, los oligarcas del Atlántico Norte apuestan por la guerra como vía para restaurar su dominio. Europa, lejos de frenar esta deriva suicida, se ha convertido en un peón útil, sacrificando su autonomía estratégica, su prosperidad y su seguridad en aras de una alianza transatlántica que solo beneficia a Washington.

En este contexto, el vicepresidente estadounidense J.D. Vance ha dejado claro en la Conferencia de Seguridad de Múnich que la nueva hoja de ruta geoestratégica de Trump exige el respaldo total de los europeos a tres frentes: una tregua verbal con Rusia para quebrar el eje Moscú-Pekín; el apoyo a las guerras de Israel en Asia Occidental para obstaculizar el proyecto chino de la Franja y la Ruta (BRI); y la formación de una OTAN del Pacífico para contener militarmente a China.

A esto se suma la presión sobre países como Panamá —donde Trump amenaza con militarizar el canal y bloquear su integración a la Iniciativa de la Franja y la Ruta— y el sabotaje directo de instalaciones nucleares en países como Irán y Pakistán, a través de drones israelíes. Incluso Rusia, semanas antes del ataque conjunto de EE.UU. e Israel contra Irán, sufrió una serie de ataques coordinados a sus bombarderos nucleares, presentados como ofensivas “ucranianas”.

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La diplomacia, bajo estas condiciones, se ha convertido en un teatro sin contenido. Acuerdos firmados, como el cese al fuego entre Israel y Hezbollah, son sistemáticamente violados. Las negociaciones con Irán solo sirven para ganar tiempo antes de bombardearlo de nuevo. Incluso los compromisos comerciales con China son saboteados mediante manipulaciones estadísticas y sanciones disfrazadas de proteccionismo.

Frente a esta ofensiva, China no ha permanecido pasiva. Ha estudiado el “sistema nervioso” del imperio estadounidense y está preparada para resistir sin replicar sus métodos. Pekín sabe que no necesita convertirse en el nuevo hegemón, sino simplemente sobrevivir al colapso del antiguo. Pero Washington no está dispuesto a dejar morir su ficción imperial como un ave cualquiera: desea renacer como un Fénix atómico, si es necesario sobre las ruinas del planeta.

El “orden multipolar” no es una consigna ideológica, sino una necesidad civilizatoria. Es la única alternativa al caos programado por una elite occidental que, incapaz de adaptarse a un mundo diverso, ha optado por incendiarlo. Mientras tanto, Europa, que podría haber actuado como mediador equilibrado, ha escogido desaparecer en la sombra de un imperio moribundo. La historia juzgará, pero los pueblos del mundo ya han comenzado a decidir.

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