Por José Luis Preciado
El geostratega Dennis Small describe con crudeza el escenario de un mundo al borde del abismo: la convergencia de conflictos en Ucrania y Oriente Medio, sumada a la amenaza explícita de una depresión económica global y una escalada nuclear, no constituye un fenómeno aislado, sino la manifestación terminal de un sistema económico agotado que, en su fase de descomposición, recurre a la coerción geopolítica como mecanismo de supervivencia.
En este contexto de crisis estructural, América Latina emerge como un espacio decisivo de disputa estratégica. Lejos de la narrativa tradicional kissingeriana que relegaba al Sur Global a un papel pasivo, la región se convierte en un actor central en la redefinición del orden internacional. Sin embargo, esta reconfiguración no ocurre sin resistencia por parte de los centros de poder tradicionales. El neocolonialismo estadounidense opera hoy mediante mecanismos más sofisticados que la intervención militar directa: presión diplomática, manipulación electoral, guerra económica y operaciones de desestabilización política.
El caso de Brasil resulta paradigmático. Las declaraciones y acciones de actores alineados con Washington, así como los intentos de interferencia en sus procesos electorales, evidencian una estrategia orientada a fracturar la autonomía política de la principal potencia sudamericana. La caracterización de Brasil como país “no amigo” por parte de autoridades estadounidenses y la imposición de aranceles con motivaciones políticas constituyen instrumentos claros de coerción económica destinados a disciplinar su política exterior. Frente a ello, la respuesta del presidente Luiz Inácio Lula da Silva reafirma un principio fundamental: la soberanía nacional no es negociable ni susceptible de subordinación externa.
Paralelamente, el despliegue de figuras políticas disruptivas en la región, cuyas acciones generan conflictos diplomáticos y polarización interna, debe entenderse como parte de una arquitectura de poder más amplia. Estas dinámicas no responden únicamente a decisiones individuales, sino que se inscriben en una lógica de intervención indirecta que busca erosionar los proyectos de integración regional y obstaculizar cualquier intento de articulación autónoma frente al sistema internacional dominante.
Las recientes declaraciones del presidente argentino Javier Milei durante su paso por Brasil no pueden ser interpretadas como meros exabruptos de una personalidad excéntrica, sino como la manifestación de un proyecto político que, alineado con los intereses del neocolonialismo estadounidense, busca desestabilizar a los gobiernos soberanistas de la región. La decisión de Brasil de llamar a consultas a su embajador en Buenos Aires tras los insultos del mandatario argentino —quien calificó a Lula de «presidiario» y «ladrón» y al juez Alexandre de Moraes de «basura calva»— es una respuesta diplomática que, aunque mesurada, revela la gravedad de una afrenta que desafía las normas más elementales de la convivencia internacional, configurando así la más grave crisis diplomática entre ambas naciones en décadas.
La gira de Milei por Sao Paulo no fue sino el circo de Washington para impulsar la figura del candidato Flávio Bolsonaro. Esta operación se inscribe en un contexto más amplio: el intento de Estados Unidos por revertir el avance de los gobiernos progresistas en la región, utilizando para ello una suerte de derecha ultraliberal argentina como ariete. El propio Milei, quien se ha autodesignado líder regional de los gobiernos de derecha recién elegidos, actúa como un mayordomo que recibe y ejecuta órdenes en contra de su propio territorio, consciente de que su papel es allanar el camino para que el anglo-sionismo haga y deshaga a su antojo en el continente.
La reacción de Lula, a través de un artículo difundido por la Presidencia de Brasil y publicado en The Washington Post, no se limitó a un mero ejercicio de retórica defensiva, sino que constituyó una declaración de principios fundamentales. Al afirmar que «el destino de Brasil le compete únicamente a los brasileños sin interferencias externas ni sumisión», el mandatario brasileño trazó una línea clara en la arena política, denunciando las «investidas neocoloniales» y la imposición de aranceles que Washington ha decretado contra productos brasileños. Esta advertencia, que Small complementa en su informe al hablar del desplome del orden económico, resuena con particular fuerza cuando se analiza el impacto real de estas medidas: el comercio con Estados Unidos ha disminuido mientras que el intercambio con China no cesa de aumentar, un dato que no escapa a la geopolítica del siglo XXI. La negativa de Brasil a permitir la entrada de observadores estadounidenses en su jornada electoral, bajo el pretexto de un supuesto fraude, es una muestra de resistencia que Washington no está dispuesto a tolerar, evidenciando que el intervencionismo de Estados Unidos en la región se ha recrudecido al mismo tiempo que crece la violencia política en México como parte de esta misma dinámica de presión.
El escenario se torna aún más sombrío cuando se amplía el foco para incluir a México, donde la violencia ha escalado a niveles alarmantes con el reciente ataque con un coche bomba en San Luis Potosí, un hecho que ha dejado un saldo de agentes de la Guardia Civil Estatal fallecidos. La explosión en la carretera 55, atribuida al Cártel Jalisco Nueva Generación, no es un incidente aislado, sino que se inscribe en una dinámica de violencia que responde a un timing mediático perfectamente calculado para instrumentalizar políticamente el sufrimiento y debilitar al gobierno mexicano en las cruciales negociaciones del T-MEC. Estados Unidos ha puesto las cartas sobre la mesa, amenazando con la aplicación de la doctrina Monroe de manera renovada y brutal, utilizando la seguridad como caballo de Troya para exigir que México ceda en las reglas de origen y en su política industrial, buscando no solo excluir a China de los beneficios del comercio regional sino también impedir que el país tenga un papel protagónico en la definición de su propio destino económico. La soberanía latinoamericana amenazada, en este sentido, se manifiesta tanto en los ataques directos a la institucionalidad brasileña como en la violencia desatada en el norte del continente, dos caras de una misma moneda: la consolidación de la hegemonía estadounidense a través del caos y la división.
En este contexto, la provocación de Milei debe ser entendida como parte de una estrategia de desgaste, un intento de «meter la mano» en la elección brasileña para impulsar a un candidato que garantice la sumisión de ese gigante sudamericano a los intereses del anglo-sion
nismo.
No obstante, el escenario no es unívoco. La emergencia de iniciativas de cooperación Sur-Sur, la expansión de los BRICS y los proyectos de integración bioceánica en América del Sur apuntan hacia la posibilidad de un orden alternativo basado en la interdependencia equilibrada. La visión de un desarrollo indivisible, donde la seguridad no se construya contra otros sino junto a ellos, representa una ruptura epistemológica con la lógica hobbesiana que ha dominado la política internacional occidental.
El desafío central radica en la capacidad de los países latinoamericanos para superar sus fragmentaciones internas y articular una estrategia común. La historia demuestra que la desunión ha sido el principal facilitador del intervencionismo externo. En contraste, la integración regional no solo constituye una necesidad económica, sino una condición indispensable para la supervivencia política en un mundo cada vez más polarizado.
En última instancia, el neocolonialismo estadounidense no debe entenderse únicamente como una política exterior agresiva, sino como la expresión de una crisis civilizatoria más profunda. La disputa por América Latina es, en realidad, una disputa por el modelo de orden global que prevalecerá en las próximas décadas. En ese sentido, la región no es un escenario secundario, sino uno de los principales campos de batalla donde se definirá el futuro del sistema internacional.
Fuentes consultadas
Dennis Small. La voz del Sur Global se hace oír en el Norte. EIR. 27 de julio de 2026.
Luis Ignacio Lula da Silva. Lula to Trump: ‘No one will defeat us through lies’
U.S. tariffs on Brazil are a strategic mistake. The Washington Post. 26 de julio de 2026.
Xinhua. Brasil no aceptará interferencias ni actuará con «sumisión» ante nuevos aranceles de EEUU, asegura Lula. 27 de julio de 2026.
Cynthia Rush. Argentina’s Milei Provokes Diplomatic Crisis with Brazil, Violently Attacking President Lula. EIR. 27 de julio de 2026.
Gretchen Small. Lula Da Silva Warns U.S. Tariffs on Brazil Are a ‘Strategic Mistake’. EIR. 26 de julio de 2026.
Arturo Meléndez. Presunto coche bomba explota en San Luis Potosí. La Razón México. 2026.
Alejandro Garita. Explosión de pipa con diésel en carretera 57. La Silla Rota. 2026.
Isaac Enríquez Pérez. El crimen organizado como engranaje del capitalismo. América Latina en Movimiento (Ailanet). 5 de mayo de 2021.
Le Monde. Brazil recalls ambassador to Argentina as Milei’s attacks on Lula trigger diplomatic row. 26 de julio de 2026.
Swissinfo. Crisis diplomática entre Brasil y Argentina tras «agresiones» de Milei a Lula. 26 de julio de 2026.
El Universal. Milei desata con Brasil crisis diplomática. 26 de julio de 2026.
La Mañana. Argentina y Brasil, al borde de la ruptura diplomática tras los insultos de Milei a Lula. 27 de julio de 2026.