Oscuro Claro
El decomiso de armas con la leyenda «Property of US Government» en Tamaulipas evidencia que el Departamento de Estado sigue alimentando el arsenal del crimen organizado, perpetuando una estrategia de dominación geopolítica.

Por José Luis Preciado

En una revelación que trasciende las fronteras de la nota policiaca para instalarse en el corazón de la geopolítica contemporánea, el periodista Jesús García publicó en *La Opinión* un reportaje que documenta el decomiso en Tamaulipas de armas de fuego cuyo rastreo conduce directamente al Departamento de Estado de Estados Unidos. Este hallazgo, según los expedientes de la Fiscalía de Tamaulipas a los que tuvo acceso el periodista, no es un incidente aislado sino la punta del iceberg de una dinámica histórica donde el aparato diplomático y de seguridad estadounidense ha sido, consciente o negligentemente, un proveedor de la violencia que azota a México. La información, que Manuel Hernández Borbolla califica como una «bomba informativa» en su programa *Ah, Revuelta*, expone una realidad incómoda: mientras la narrativa oficial se centra en una lucha contra el narcotráfico, las armas que empoderan a los cárteles provienen, en gran medida, del propio país que dice ser su principal adversario.

El contenido del reportaje es lapidario. No se trata de conjeturas ni de especulaciones. Los documentos oficiales revisados por Jesús García detallan, con número de carpeta de investigación, fecha de aseguramiento y ubicación, el hallazgo de al menos cuatro armas de fuego que, tras el rastreo realizado por las autoridades tamaulipecas, fueron vinculadas al Servicio de Seguridad Diplomática del Departamento de Estado, la agencia que custodia la seguridad de la diplomacia estadounidense a nivel global. Una de estas armas fue asegurada en octubre de 2024 en Nuevo Padilla; otra, en noviembre en San Fernando, un municipio con una historia particularmente macabra en el contexto de la guerra contra el narcotráfico; las dos restantes, en marzo y abril de 2025, en Ciudad Victoria y Miguel Alemán, respectivamente. Dos de estos decomisos ocurrieron durante la administración de Joe Biden y dos bajo la de Donald Trump, lo que sugiere una continuidad en el fenómeno que trasciende los cambios de gobierno en la Casa Blanca. No es un detalle menor que la mayoría de estas armas porten la leyenda «Property of US Government», una inscripción que las convierte en una prueba irrefutable del origen institucional del arsenal que termina en manos de los grupos delincuenciales más violentos del país.

La respuesta del Departamento de Estado a la solicitud de información, citada por el propio García, es un ejercicio de burocracia evasiva que, sin embargo, confirma la gravedad de la situación. El portavoz aseguró que la entidad se toma «muy en serio su responsabilidad de custodiar los bienes del gobierno», aunque se negó a revelar cifras específicas sobre la pérdida o robo de armas de fuego, alegando «motivos de seguridad». Esta opacidad, lejos de tranquilizar, siembra la duda sobre la magnitud real del desvío. Si se reconoce que hay un protocolo para notificar e investigar la pérdida de armamento oficial, pero se ocultan los números, la pregunta que surge es inevitable: ¿cuántas de estas armas han sido «perdidas» y cuántas han terminado alimentando el arsenal de los cárteles de la droga, no solo en México, sino en otros teatros de operación global como lo demuestra el caso de las armas estadounidenses halladas en poder del Estado Islámico en Siria e Irak?

Este hallazgo en Tamaulipas no puede ser desligado de un contexto más amplio que revela la mecánica del imperialismo en materia de seguridad. La Operación Rápido y Furioso, llevada a cabo entre 2006 y 2011, es el antecedente más grotesco de esta práctica, donde el gobierno de Estados Unidos permitió la entrada ilegal de más de 2,000 armas largas a México con el propósito de rastrearlas, un plan que resultó en un rotundo fracaso y en la muerte de un agente de la Patrulla Fronteriza. Sin embargo, como señala Hernández Borbolla, esa operación no fue un error, sino un patrón. La evidencia presentada por el periodista Jesús García sugiere que el tráfico de armas de origen oficial no cesó. Las armas incautadas ahora en Tamaulipas, algunas vinculadas a departamentos de policía de ciudades como Battle Creek, Michigan, y Darian, Connecticut, demuestran que la filtración es un problema sistémico que involucra tanto a agencias federales como a cuerpos policiacos locales de Estados Unidos.

La dimensión geopolítica de este fenómeno es ineludible y está intrínsecamente ligada a la palabra clave objetivo de este análisis: el Departamento de Estado. No es casual que las armas provengan de la agencia que dirige la política exterior y la inteligencia de Estados Unidos. El hecho de que el Servicio de Seguridad Diplomática, el brazo armado del Departamento de Estado, sea el origen de estas armas, apunta a una red de suministro que opera en las sombras de la diplomacia. Cuando la Secretaría de Relaciones Exteriores de México, a través de sus embajadores, se reúne con la ATF para discutir el combate al tráfico de armas, como ocurrió recientemente, el gesto parece un acto de ficción, un teatro diplomático que oculta la complicidad estructural de la maquinaria de seguridad estadounidense en la generación de violencia en México. Mientras se realizan estas reuniones de alto nivel, las armas con la inscripción «Propiedad del Gobierno de EE.UU.» siguen apareciendo en los operativos de la Guardia Nacional y el Ejército Mexicano en los municipios más conflictivos de la frontera norte.

El informe de Jesús García, contextualizado por el análisis de Manuel Hernández Borbolla, trasciende el mero hecho noticioso para erigirse en una acusación formal contra la hipocresía que domina las relaciones bilaterales. La narrativa oficial de una «guerra contra el narcotráfico» se desmorona ante la evidencia de que el principal enemigo de la paz pública en México es, en gran medida, un subproducto de la política de armamento de su vecino del norte. Los datos son contundentes: según un reporte de la ATF de enero de 2025, el 74% de las armas traficadas de Estados Unidos a los cárteles mexicanos provienen de los estados de Texas, Arizona y California, una ruta que se ha vuelto una autopista de la muerte. El hallazgo de un lanzagranadas RPG en un intento de cruce fronterizo, reportado por las autoridades de Arizona, demuestra la magnitud del arsenal que se mueve sin control, a menudo con la complicidad o la negligencia de las propias agencias que deberían impedirlo.

El silencio de los grandes medios de comunicación ante esta revelación es, en sí mismo, un dato revelador que Hernández Borbolla no duda en señalar. Mientras los principales noticieros del país se llenan de debates superficiales y ataques políticos, un bombazo informativo como este, que involucra directamente al Departamento de Estado en el financiamiento armamentístico del crimen organizado, pasa casi inadvertido. Esta omisión no es fortuita. La dependencia económica de los medios hegemónicos hacia la publicidad oficial, un tema que Borbolla aborda con crudeza al detallar los millonarios contratos que el gobierno federal otorga a cadenas como Televisa, Radio Fórmula o Milenio, explica en gran medida por qué temas de esta naturaleza son enterrados o minimizados. Es una dinámica perversa en la que el gobierno mexicano, al pagar a los medios para mantenerlos a raya, termina contribuyendo a la opacidad y a la desinformación, impidiendo que la ciudadanía comprenda la verdadera naturaleza de la violencia que la aqueja.

Al conectar este hallazgo con el rol histórico del Departamento de Estado en la financiación de conflictos, como fue el caso Irán-Contras en la década de los 80 —donde se utilizó el narcotráfico para financiar a la contra en Nicaragua—, Borbolla sitúa el fenómeno dentro de una estrategia de dominación imperial que se nutre de la desestabilización de los países del sur global. La venta de cocaína en Los Ángeles para financiar guerrillas y la entrega de armas a organizaciones yihadistas no son excepciones, sino la regla de una política exterior que confunde la seguridad nacional con el caos controlado.

Las armas incautadas en Tamaulipas son, por tanto, una prueba documental de que el modelo no ha cambiado. La geopolítica del armamento, que durante la Guerra Fría se manifestó en el apoyo a dictaduras y movimientos insurgentes, se manifiesta hoy en la inyección sistemática de armas de fuego de alto calibre en las sociedades civiles, generando un ambiente de violencia que justifica la intervención y el control.

Fuentes consultadas

Jesús García. México decomisa a grupos criminales en Tamaulipas armas conectadas al Departamento de Estado de EU. La Opinión. 2026.

Manuel Hernández Borbolla. Decomisan en México armas usadas por el crimen y vinculadas al Departamento de Estado de EE.UU. 22 de julio de 2026.

Senado de la República. Comisión de Relaciones Exteriores. Informe sobre la Operación Rápido y Furioso. 2024.

Conflict Armament Research. Informe sobre armas estadounidenses en poder del Estado Islámico. 2017.

Gobierno del Estado de Tamaulipas. Informe de Seguridad Pública y Decomisos. 2025-2026.

Si Estados Unidos realmente quiere acabar con el narcotráfico, debe invadir Wall Street y Londres, no México



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