Por José Luis Preciado
En una lúcida y preocupante disertación para la Organización LaRouche, el historiador Harley Schlanger (1) nos sitúa ante una realidad que muchos prefieren ignorar mientras la sociedad se degenera en medio de guerras, depresiones y un alarmante vacío moral. Schlanger retoma la tesis central de Lyndon LaRouche, quien pronosticó el fin del Imperio Angloestadounidense en el momento mismo en que este entró en una nueva fase crítica: el 15 de agosto de 1971, cuando se rompieron los acuerdos de Bretton Woods. La advertencia era clara: si no se creaba un nuevo sistema financiero internacional, el mundo sería arrastrado a un caos que desembocaría en un imperio global fascista. La historia parece estar dándole la razón, y los acontecimientos más recientes no hacen sino confirmar este diagnóstico. Como señala asimismo el geoestratega Dennis Small (2), nos encontramos en un momento donde un imperio está desapareciendo, donde el sistema financiero de la City de Londres y Wall Street ha llegado a un punto en que su existencia y capacidad de funcionar no puede asegurarse de ninguna manera.
El diagnóstico de Schlanger sobre el declive de la potencia hegemónica es severo. No se trata de un fenómeno meramente económico, sino de una podredumbre interna que afecta el tejido moral de la nación. La respuesta de las élites imperiales a esta crisis, lejos de buscar una solución sostenible, ha sido la implementación de un plan meticuloso para proteger sus intereses a toda costa. La creación de la Comisión Trilateral en 1973, impulsada por David Rockefeller y Zbigniew Brzezinski, es un hito clave en este proceso. Este organismo, comprometido con lo que Paul Volcker denominó la «desintegración controlada» del sistema financiero, se diseñó para orquestar un saqueo sistemático de la población en declive para rescatar a los bancos asfixiados por la deuda. El objetivo era establecer una dictadura bancaria central global que permitiera a la banca privada, utilizando los bancos centrales como herramienta, mantener sus balances en orden mientras las poblaciones eran sacrificadas en el altar de la acumulación financiera. Esta dinámica de saqueo, lejos de haber cesado, se ha intensificado en nuestros días. Small documenta cómo en la próxima reunión de la OTAN, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, presentará la propuesta de establecer un nuevo banco con sede en Canadá que podría emitir un billón de dólares anuales en instrumentos financieros para financiar armamento y producción militar, un mecanismo que Small califica acertadamente como un «banco tipo Hjalmar Schacht«, una burbuja especulativa respaldada por la producción de armas y por las guerras necesarias para saquear países y mantener esa burbuja a flote.
Pero este saqueo financiero no es sino la expresión más visible de un impulso más profundo que ha caracterizado a la City de Londres durante siglos. Existe una continuidad feroz, casi obscena en su coherencia, entre el Lloyd’s de Londres asegurando barcos negreros en el siglo XVIII y el proyecto que hoy incuba la Agencia Británica de Investigación Avanzada, conocida por sus siglas ARIA. Como advierte una nota de Mente Alternativa (3): el instrumento cambia —de la letra de cambio al algoritmo cuántico— pero el instinto permanece idéntico: interponerse entre el mundo y sus propios recursos, cobrar comisión por esa intermediación y llamar a ese peaje «confianza», «seguridad» o «verificación». Durante siglos, la City de Londres no manufacturó casi nada. Su genio consistió en no necesitar hacerlo. Bastaba con situarse en el nodo donde la incertidumbre se concentra — la travesía atlántica, la cosecha incierta, la solvencia dudosa de un comerciante en Calcuta — y ofrecer absorberla a cambio de una prima. El seguro marítimo, la banca de aceptación, los contratos de futuros sobre materias primas: toda la arquitectura financiera de la hegemonía británica fue, en esencia, una tecnología para monetizar el desconocimiento ajeno. Cuanto mayor la distancia entre el productor y el consumidor, cuanto más opaca la cadena de suministro, más valiosa la institución capaz de emitir un certificado de garantía. La incertidumbre no era un problema que resolver sino el activo fundamental que preservar, administrar y vender.
El colapso de la Unión Soviética en 1991 representó una encrucijada histórica. Como señala el análisis de Schlanger, existía una oportunidad real para romper con el ciclo de colapso imperial. Figuras como Lyndon LaRouche y Helga Zepp-LaRouche promovieron entonces una visión alternativa a través de la idea de un Puente Terrestre Mundial, una red de proyectos de desarrollo que pudiera unir a las naciones en la construcción de un futuro compartido en lugar de precipitarse por el precipicio. Sin embargo, los carteles financieros de la City de Londres, que ya habían capturado Wall Street tras la Primera Guerra Mundial, vieron en el desmembramiento de Rusia una oportunidad para apropiarse de materias primas y activos científicos. En lugar de un nuevo orden pacífico y sostenible, se consolidó la idea de la «hegemonía global» y el orden unipolar, protegiendo las estructuras endeudadas mediante procesos de acumulación primitiva contra las poblaciones de todo el mundo. Small aporta una dimensión crucial a este análisis al describir el fenómeno de la «sobreextensión imperial»: el imperio, en su afán de dominación, se ha extendido más allá de lo que sus capacidades físicas y económicas le permiten, como una onda de shock de Riemann que se propaga en un campo que él mismo no controla. Esta dinámica se ha manifestado con toda crudeza en el estrecho de Ormuz, donde Irán ha utilizado su control para imponer condiciones que dejan a la administración estadounidense en una situación de pérdida estratégica, un obstáculo insalvable creado por la burbuja especulativa y la bancarrota generalizada del sistema.
El siglo XXI representó para el modelo imperial una amenaza de primer orden. China construyó fábricas capaces de producir desde microchips hasta vacunas sin pasar por la cadena de certificación occidental. Rusia exportó petróleo y gas burlando el sistema SWIFT mediante acuerdos bilaterales en yuanes y rupias. El Sur Global comenzó a comerciar en corredores que prescindían de las instituciones de Bretton Woods. Y, con la proliferación de la manufactura descentralizada, del mercado gris tecnológico y de las economías paralelas que ignoraban las sanciones, el problema de la autenticidad se volvió estructuralmente intratable para quien aspiraba a controlarlo: cualquier chip podía ser clonado, cualquier mineral podía ser adulterado en la bodega de un petrolero, cualquier dron podía ensamblarse con piezas de procedencia imposible de rastrear. La opacidad del mundo físico se había convertido en el principal vector de evasión del orden liberal. Esta política, que llevó a Rusia a un colapso demográfico durante la década de 1990, fue el caldo de cultivo para el surgimiento de Vladimir Putin. Apoyado en las ideas de economistas como Sergey Glazyev, que presentaron los postulados de LaRouche como una vía para salvar la economía rusa sin proteger al imperio, Putin detuvo el expolio y reavivó el nacionalismo ruso. Paralelamente, se forjó una alianza estratégica con China, dando origen al bloque BRICS. Como se ha documentado, el grupo BRICS se ha consolidado como un polo de poder creciente que ofrece una alternativa multipolar al modelo unipolar estadounidense, atrayendo cada vez a más países del Sur Global. Small ofrece un dato revelador sobre la capacidad real de esta alternativa: China ha reiterado su compromiso de tener energía de fusión termonuclear comercial para el año 2030, y como dijo una vez Putin, «lo bueno de hablar con China es dicho y hecho». Esta capacidad de desarrollo físico-económico contrasta radicalmente con la economía de burbuja y saqueo del imperio moribundo. Small lo expresa con precisión: estamos ante un «choque total, no de civilizaciones, sino de un sistema con la realidad físico-económica que ellos mismos niegan que exista».
Es en este vacío — donde el mundo ha comenzado a evadir el control imperial — donde el colonialismo cuántico encuentra su razón de ser. La propuesta técnica que subyace al proyecto ARIA es, en abstracto, brillante hasta la elegancia: en lugar de intentar proteger la información sobre los objetos mediante criptografía convencional — un código que puede ser robado, una clave que puede ser comprometida —, se propone convertir al objeto mismo en su propia credencial irrepetible. Los defectos de la red cristalina del silicio en un chip, las oscilaciones moleculares únicas de un compuesto químico, los patrones estocásticos en la estructura de un polímero, incluso las secuencias de ADN introducidas como marcas de agua en un material biológico: todo ello constituye una firma física imposible de clonar porque no emerge de un proceso de diseño sino del ruido cuántico inherente a la materia, de esa irreductible singularidad que el universo imprime en cada objeto en el momento de su formación. Falsificar esa firma no es difícil, es físicamente imposible en los términos en que la mecánica cuántica describe la realidad. La potencia transformadora de esta tecnología no residía, sin embargo, en su elegancia teórica sino en el factor que históricamente ha convertido cualquier herramienta de verificación en un instrumento de poder: el coste. Hasta ahora, autenticar de manera rigurosa cada componente de una cadena de suministro global era económicamente absurdo. La inteligencia artificial cambia ese cálculo de manera radical. Al generar protocolos de verificación adaptados a cualquier tipo de objeto, al automatizar el proceso de lectura e interpretación de las huellas físicas y al reducir el coste marginal de cada verificación en varios órdenes de magnitud, la IA convierte lo que habría sido un privilegio reservado a los activos más valiosos — una obra de arte, un componente aeroespacial crítico — en un estándar aplicable a cada lote de mineral, a cada vacuna, a cada chip de consumo masivo. Lo que era joya de lujo se convierte en infraestructura universal. Y una infraestructura universal controlada por un actor específico no es tecnología: es jurisdicción.
Aquí emerge, con toda su crudeza, la dimensión geopolítica que el entusiasmo técnico prefiere dejar en segundo plano. Si el protocolo de verificación física de los objetos es desarrollado, estandarizado y administrado por instituciones radicadas en Londres y Washington, entonces esas instituciones no habrán creado una herramienta de autenticación sino un registro global de existencia legítima. Un chip fabricado en Shenzhen que carezca de la firma cuántica certificada por ese sistema no será un chip no verificado: será un chip inexistente para los propósitos del comercio internacional, de los seguros, de los contratos inteligentes, de cualquier infraestructura digital que acepte la capa de verificación como condición de entrada. Un dron ensamblado con componentes del mercado gris no necesitará ser derribado: se negará a despegar porque sus componentes propios, dentro de su propio microcontrolador, habrán fallado la autoverificación de confianza cero. Un laboratorio biológico en Nairobi, en Teherán o en Beijing que produzca vacunas sin las marcas de agua genéticas aprobadas por ese sistema verá su producto clasificado automáticamente como amenaza bioterrorista, no porque sus vacunas sean peligrosas, sino porque no hablan el idioma de la certificación anglosajona. La retórica que acompañará inevitablemente a este despliegue será la del bien común: la lucha contra la falsificación de medicamentos que mata a miles de personas cada año en el mundo en desarrollo, la trazabilidad de los minerales de conflicto, la seguridad de los componentes críticos en las infraestructuras civiles. Y ninguno de esos argumentos será mentira. Todos serán verdad parcial instrumentalizada, porque las mismas tecnologías que verifican la autenticidad de una vacuna pediátrica en Kenia verifican la «lealtad geopolítica» de un chip en un misil iraní, y la misma institución que emite el certificado de autenticidad de un lote de litio chileno tiene la potestad técnica de revocar ese certificado, de declarar el mineral como no verificado, de activar una sanción que no pase por ningún tribunal internacional ni por ningún Consejo de Seguridad sino directamente por la estructura matemática del objeto mismo. Es la sanción post-física: no se embarga el barco, se convierte la carga en materia inerte para el sistema global.
En este contexto de colapso anunciado, Small identifica un hito estratégico de primera magnitud que refuerza la tesis central de Schlanger: las manifestaciones masivas en Irán con motivo del funeral del ayatolá Jameneí, donde entre 15 y 30 millones de personas salieron a las calles no solo en Teherán sino en todo el país y en naciones vecinas, con representantes de más de 100 países presentes. Small señala que este acontecimiento, que ha sobrepasado todas las expectativas en Occidente y en el propio Irán, constituye un momento de transición, un punto de inflexión donde la capacidad del imperio para imponer su voluntad se ha quebrado. La reacción de la administración estadounidense revela la desconexión de la realidad que caracteriza a las élites imperiales: Trump, al ver las imágenes de multitudes llorando por la muerte de Jameneí, manifestó su sorpresa, creyendo que la población iraní odiaba a su líder, e incluso sugirió que el llanto podría no ser real. Small describe esta actitud como «una expresión de verdadera psicosis», propia de alguien que vive en un mundo que no existe y trata de imponer su visión mediante la fuerza, como lo demuestra el hecho de que el Departamento de Estado presionó a todos los gobiernos posibles para que no asistieran al funeral, en un intento vano de aislar a Irán que terminó en un fracaso rotundo.
La pregunta fundamental que plantea Schlanger en su análisis es de una vigencia y crudeza demoledoras: ¿las poblaciones de Estados Unidos y Europa permanecerán sumisas, sufriendo bajo el yugo de un imperio moribundo por miedo a la represalia de una oligarquía desesperada, o se unirán a la creación de un nuevo paradigma? Small añade una dimensión de urgencia existencial a esta cuestión: el peligro de guerra nuclear es real e inminente. En vísperas de la reunión de la OTAN, Rusia ha endurecido su posición. Medvédev ha declarado que Finlandia, al haber levantado su prohibición de albergar armas nucleares, «figura ahora en la lista de objetivos nucleares de Rusia». Polonia y Letonia han manifestado su disposición a albergar armas nucleares de Estados Unidos y la OTAN en su territorio. Rusia, por su parte, ha advertido a Letonia que si cree que puede participar en ataques terroristas contra ciudadanos rusos protegida bajo el paraguas de la OTAN, «está profundamente equivocada». La portavoz rusa, María Zakharova, ha declarado que «Rusia va a eliminar por completo donde quiera que esté el peligro del terrorismo neonazi que surge desde Ucrania». Small cita al analista ruso Fyodor Lukyanov, quien señala que el entendimiento previo sobre una posible negociación con Ucrania «ya no existe», y que la evaluación rusa es que Estados Unidos, bajo Trump, no tiene un interés real en negociar, por lo que solo queda mostrarle con fuerza militar que Ucrania tiene todas las de perder. Esta escalada bélica no es un accidente, sino la manifestación lógica de un imperio que, al sentirse acorralado, recurre a la violencia extrema para mantener su dominio. Y esta violencia se entrelaza con el proyecto de control cuántico: el término que la doctrina estadounidense ha acuñado para describir esta arquitectura es «zero trust», confianza cero. Cada componente de un sistema debe verificar permanentemente la autenticidad de cada otro componente, sin asumir que nada es lo que dice ser. En el contexto de la ciberseguridad corporativa, es un principio defensivo razonable. Proyectado a la escala del mundo físico y administrado por potencias con agenda geopolítica propia, se convierte en algo cualitativamente distinto: la exigencia de que cada objeto del planeta obtenga un permiso de existencia de las instituciones que controlan el protocolo de verificación. No es metáfora. Es la descripción técnica precisa de lo que ocurriría si este sistema alcanzara la penetración que sus diseñadores le tienen prevista.
Este nuevo paradigma no es una abstracción utópica; se fundamenta en los principios que dieron origen a los estados-nación soberanos durante el tránsito del feudalismo a la modernidad. Small profundiza en esta cuestión al conectar los principios de la Declaración de Independencia de Estados Unidos con las ideas de Nicolás de Cusa, el gran genio del siglo XV que estableció en su obra La concordancia católica el principio revolucionario de que la legitimidad de un gobierno proviene del consentimiento de los gobernados. Cusa escribió: «Toda legislación se basa en la ley natural, puesto que por naturaleza todos somos igualmente libres. Todo poder coercitivo se deriva de la elección y el consentimiento de los súbditos». Esta tradición, que Small rastrea desde Cusa hasta Luis XI de Francia y luego a los fundadores de Estados Unidos, fue posteriormente corrompida por el Imperio Británico y la captura de Wall Street. Pero hoy, los banqueros británicos y los estrategas de Washington llevan trescientos años perfeccionando el arte de construir sistemas que parecen neutrales porque son universales y que son universales porque los han construido ellos. La física cuántica es solo su última y más bella gramática. La pregunta que queda sin responder en el documento fundacional del proyecto ARIA — y cuya ausencia es ella misma una respuesta — es quién audita a los auditores, quién verifica a los verificadores, qué recurso tiene un Estado soberano cuando su cadena de suministro es desautenticada no por decisión judicial sino por actualización de firmware en un protocolo de confianza cero administrado en Londres. Porque si la criptografía cuántica hace imposible falsificar la firma de un objeto, también hace imposible cuestionar la legitimidad de quien emite esa firma por medios que no sean los que ese mismo emisor reconoce como válidos. Es un sistema que se vuelve jurídicamente impugnable en sus propios términos, técnicamente infalible por diseño y políticamente omnipotente por acumulación.
La elección es tan nítida como severa: sucumbir al miedo y esperar migajas de un sistema que se autodevora, o abrazar la tarea histórica de construir un futuro basado en la soberanía nacional y el desarrollo sostenible. Small advierte que si Estados Unidos no logra regresar a ser el país de George Washington, o al menos el de Franklin Roosevelt o el de John F. Kennedy, este enfrentamiento estratégico y el derrumbe del imperio terminarán en guerra, probablemente guerra nuclear. La campaña de Diana Sare, la candidata laRouchista a la presidencia de Estados Unidos, y la de José Vega representan un esfuerzo por movilizar a una población degenerada en torno a estas ideas fundacionales, para lograr el cambio fundamental que se requiere para salvar al mundo del peligro de una guerra termonuclear o de una descomposición económica total que podría producir resultados genocidas peores que la era de las tinieblas y la peste negra del siglo XIV. Hoy más que nunca, la respuesta a este dilema definirá no solo el futuro de las naciones, sino la supervivencia misma de la civilización. Como concluye Small, podemos mirar con los ojos del futuro esta semana que ha pasado y ver en los acontecimientos de Irán uno de los hitos fundamentales en el cambio de orientación estratégica de nuestra época.
Notas a pie de página
1. Schlanger, Harley. «How to Survive the Collapse of an Empire.» The LaRouche Organization, 7 de julio de 2026.
2. Small, Dennis. “Zajárova: ‘Acabaremos con la amenaza neonazi en todos los frentes’”. EIR. 6 de julio de 2026
3. Mente Alternativa. La City de Londres despoja al mundo de su soberanía material usando la física cuántica como nuevo contrato colonial. 30 de junio de 2026.