Oscuro Claro
Ninguno de los actores globales reúne hoy todas las condiciones de forma simultánea, lo que condena al modelo internacional en desintegración a una transición prolongada y caótica sin centro único. El sistema mundial ha entrado así en una fase de multipolaridad caótica, donde polos regionales compiten sin un árbitro legítimo capaz de imponer reglas estables. La conclusión es clara: no asistimos al nacimiento de un nuevo orden mundial, sino a una coyuntura histórica marcada por la escalada de conflictos, la descomposición institucional y las luchas entre élites en decadencia, que se extenderá durante una o dos décadas.

Por José Luis Preciado

A diferencia del momento posterior a 1991, cuando EE.UU. logró imponer una hegemonía relativa tras el colapso soviético, hoy el sistema internacional ha entrado en una fase de fragmentación sistémica, afirma Paul Spydell. Los requisitos materiales, políticos y simbólicos necesarios para construir un orden mundial son: recursos, superioridad tecnológica, cohesión interna, voluntad política, planificación estratégica de largo plazo, código cultural exportable, legitimidad internacional y capacidad de gestión de alianzas. Esta lista no es arbitraria: describe exactamente los pilares que permitieron a EE.UU. consolidar su hegemonía tras 1945 y reforzarla tras 1991. Sin embargo, ninguno de los actores globales existentes reúne hoy todas esas condiciones de manera simultánea, lo que condena al sistema a una transición prolongada y caótica sin centro único.

Estados Unidos conserva aún ventajas estructurales: controla la arquitectura financiera global, domina el aparato institucional internacional y mantiene una red de alianzas sin precedentes históricos. No obstante, esas ventajas se erosionan rápidamente. La fragmentación interna de su élite, la polarización social extrema y la pérdida total de credibilidad internacional minan su capacidad hegemónica. La diplomacia estadounidense ha convertido el engaño sistemático en método, rompiendo acuerdos cuando conviene y violando reglas que ella misma creó. Esto destruye la base fundamental de cualquier orden: la confianza. Además, la política exterior se ha degradado a impulsos erráticos, dominados por gestos teatrales, improvisación estratégica y decisiones reactivas sin visión de largo plazo. El trumpismo no es la causa, sino el síntoma visible de una decadencia más profunda: el colapso de la coherencia estratégica de la clase dirigente estadounidense. La potencia sigue siendo grande, pero ya no sabe para qué ni hacia dónde la dirige.

Europa, por su parte, se encuentra en una situación aún más crítica. Aunque conserva capital simbólico y cierto peso institucional, ha perdido autonomía estratégica. Su retraso tecnológico frente a EE.UU. y China, la parálisis burocrática, la ausencia total de voluntad política y su dependencia militar de Washington la convierten en un actor subordinado. Europa no crea reglas: reacciona tarde a reglas impuestas por otros. Su estructura institucional está diseñada para administrar procedimientos, no para proyectar poder. La Unión Europea es una maquinaria normativa incapaz de actuar como sujeto geopolítico. Sin cohesión real, sin liderazgo y sin proyecto histórico propio, Europa queda atrapada en una posición de satélite decadente del imperio estadounidense.

China aparece como el único actor con capacidad material real para disputar la hegemonía. Posee la base industrial más poderosa del planeta, avanza rápidamente en sectores tecnológicos clave, mantiene cohesión política interna y practica una planificación estratégica a décadas vista. A diferencia de Occidente, su élite no está fracturada ni atrapada en ciclos electorales cortoplacistas. Sin embargo, aquí surge su límite estructural: China carece de un código cultural exportable. Su civilización es profunda, pero cerrada. No produce valores universales atractivos para el resto del mundo. Su “poder blando” es débil, tecnocrático y transaccional. Compra lealtades mediante infraestructura y comercio, pero no conquista mentes. No tiene experiencia histórica en la creación de instituciones internacionales que organicen el mundo bajo su liderazgo. Además, su red de aliados es frágil y periférica, compuesta en gran parte por Estados dependientes o marginados del sistema global.

El resultado es un bloqueo sistémico, vislumbra Spydell. EE.UU. conserva poder, pero ha perdido racionalidad estratégica. Europa conserva prestigio, pero ha perdido voluntad política. China conserva capacidad material, pero carece de magnetismo cultural. Ninguno reúne simultáneamente los factores necesarios para construir un nuevo orden estable. Por eso el sistema internacional entra en una fase de multipolaridad caótica: múltiples centros de poder regional sin un árbitro global legítimo. No es un mundo multipolar armónico, sino un espacio de fricciones permanentes, guerras híbridas, sanciones, crisis financieras y colapsos institucionales.

En una nota de julio de 2024, el historiador Andrei Fursov consideraba una ingenuidad creer que la idea de un eje Rusia-China-India como fuerza global que se opone a Occidente. En ese texto afirma que no quedan más de cinco estados independientes, más o menos soberanos, en el mundo, y su soberanía, incluso la de Estados Unidos, es incompleta:

«Para Rusia, girar hacia Oriente es la única manera de mantenerse a flote. Todos recordamos el giro hacia Occidente en los años 1990’s y a qué condujo. Pero girar hacia Oriente es un paso táctico; y no hay que esperar mucho. China siempre jugará su propio juego; su economía es demasiado grande para tener aliados estratégicos. Los aliados de China son siempre temporales. La India está demasiado estrechamente vinculada a la Commonwealth británica y su elite político-económica está arraigada en Occidente. Por lo tanto, todo lo que se habla de la alianza de la Federación de Rusia, China y la India como una fuerza global que se opone a Occidente es una ingenuidad.»

La conclusión es contundente: no estamos entrando en un nuevo orden mundial, sino en un interregno histórico. El viejo orden ha muerto, pero el nuevo no puede nacer. En términos gramscianos, estamos en la fase donde “lo viejo no termina de morir y lo nuevo no puede nacer”, y en ese vacío proliferan los monstruos. La lucha geopolítica actual no es por construir un nuevo sistema coherente, sino por retrasar el colapso propio y acelerar el del adversario. No hay proyecto civilizatorio dominante, solo guerras de desgaste entre élites decadentes.

Este diagnóstico explica la violencia creciente del sistema, la militarización del discurso, la ruptura de reglas y el desprecio abierto por el derecho internacional. Cuando nadie puede imponer un orden legítimo, todos recurren a la coerción. Pero la fuerza, como enseña la Historia, jamás crea estabilidad duradera. Sin legitimidad, toda hegemonía es efímera. Y hoy, ninguna potencia posee legitimidad suficiente para liderar al mundo. Por eso el unipolarismo no volverá. No por falta de ambición, sino por imposibilidad estructural.



Donar a Mente Alternativa
Artículos Relacionados
Total
0
Share