Oscuro Claro
El antropólogo Thomas Heberer señala que el soberanismo ha dejado de ser un principio jurídico abstracto para convertirse en el eje articulador de alianzas flexibles, coaliciones variables y estrategias de largo alcance. En ese tablero, las relaciones China-Rusia son una pieza central de la transición hacia un orden mundial post-occidental.

Por José Luis Preciado

En su informe “La ilusión de la jerarquía en las relaciones chino-rusas”, publicado por el Instituto de Estudios de Asia Oriental de la Universidad de Duisburg-Essen (1), el antropólogo social y politólogo Thomas Heberer desmonta uno de los mitos más persistentes del análisis geopolítico contemporáneo: la supuesta subordinación de Rusia frente a China. A esta lectura se suma la interpretación difundida por el periódico Global Times —órgano del Partido Comunista Chino— sobre la reciente declaración de Xi Jinping durante la visita de Serguéi Lavrov (2), donde se subraya la necesidad de una coordinación estratégica más estrecha entre ambas potencias en defensa de intereses comunes y del Sur Global. Ambos contenidos convergen en una tesis incómoda para Occidente: las relaciones China-Rusia no responden a una lógica jerárquica sino a enfoques convergen en una tesis más compleja y disruptiva: la relación sino-rusa es una asociación entre potencias soberanas que operan en simetría política pese a la asimetría económica.

El punto de partida del análisis es incómodo para la narrativa dominante pero empíricamente evidente: sí existe una profunda desigualdad económica —China posee una economía aproximadamente diez veces mayor que la rusa—, pero esta disparidad no se traduce en dominación política. La clave reside en la distinción conceptual entre dependencia económica y subordinación estratégica. Rusia puede depender del comercio energético con China en el contexto de las sanciones occidentales, pero no ha cedido ni su autonomía decisional ni su capacidad de definir intereses propios. Esta diferenciación es fundamental, porque desmonta la premisa según la cual el poder económico determina automáticamente la jerarquía geopolítica.

El eje real de las relaciones China-Rusia no es la economía, sino la soberanía. Ambos Estados se reconocen como potencias iguales en términos políticos y rechazan cualquier forma de interferencia en asuntos internos. Esta lógica configura lo que podría denominarse un “pacto tácito de no injerencia”, donde cada parte acepta las líneas rojas del otro: China en temas como Taiwán o Xinjiang, y Rusia en su espacio postsoviético. Este principio no solo garantiza la estabilidad de la relación, sino que explica su resiliencia frente a presiones externas.

Sin embargo, esta simetría política no implica homogeneidad ideológica ni convergencia total de objetivos. Uno de los aportes más importantes del estudio de Heberer es demostrar que China y Rusia no comparten una visión única del orden mundial emergente. Por el contrario, articulan proyectos distintos que, aunque convergen en su rechazo a la hegemonía occidental, divergen en sus métodos y fundamentos. China impulsa la idea de una “comunidad de destino compartido para la humanidad”, una narrativa que privilegia la interdependencia económica, la cooperación institucional y la construcción de redes de influencia a través de inversiones masivas en el Sur Global, especialmente mediante la Iniciativa de la Franja y la Ruta, créditos e infraestructura. Rusia, en cambio, promueve el concepto de “mayoría mundial”, una visión más confrontacional que se apoya en la oposición directa al Occidente colectivo, en la exportación de energía, armamento y servicios de seguridad, y en la movilización de resentimientos históricos contra el colonialismo occidental.

Esta divergencia revela un hecho crucial: China construye poder estructural, mientras Rusia opera en el terreno de la geopolítica clásica. Pekín crea dependencias económicas e institucionales de largo plazo; Moscú genera alineamientos políticos coyunturales. En este sentido, la “mayoría mundial” rusa tiene un carácter más retórico que sistémico, mientras el proyecto chino se materializa en redes tangibles de influencia.

El historiador Andrei Fursov también se ha referido a esta asintonía, aunque de una forma más incisiva y pragmática:

«Para Rusia, girar hacia Oriente es la única manera de mantenerse a flote. Todos recordamos el giro hacia Occidente en los años 1990’s y a qué condujo. Pero girar hacia Oriente es un paso táctico; y no hay que esperar mucho. China siempre jugará su propio juego; su economía es demasiado grande para tener aliados estratégicos. Los aliados de China son siempre temporales. La India está demasiado estrechamente vinculada a la Commonwealth británica y su elite político-económica está arraigada en Occidente. Por lo tanto, todo lo que se habla de la alianza de la Federación de Rusia, China y la India como una fuerza global que se opone a Occidente es una ingenuidad.»

Thomas Heberer considera que la guerra en Ucrania constituye el laboratorio donde esta relación muestra sus límites y su sofisticación. La posición de China no puede entenderse como un simple apoyo a Rusia, sino como una estrategia de ambivalencia calculada. Pekín ha reafirmado reiteradamente el principio de soberanía territorial, se ha abstenido en votaciones clave de la ONU, ha evitado suministrar armamento a Moscú y, sin embargo, ha mantenido el flujo de bienes de doble uso hacia ambos bandos. Esta postura refleja una prioridad clara: preservar la relación con Rusia sin comprometer su propia estabilidad económica ni exponerse a sanciones occidentales.

Más aún, China no considera esta guerra como propia. Desde la perspectiva de Heberer, se trata de un conflicto entre Rusia y Occidente en el que su interés fundamental es evitar verse arrastrada. La negativa a proporcionar apoyo militar directo a Moscú, pese a las expectativas rusas, evidencia que la llamada “asociación sin límites” no implica obligaciones vinculantes. Esta expresión, ampliamente malinterpretada en Occidente, funciona más como una señal política de alineamiento estratégico frente a Estados Unidos que como una alianza formal. Es, en esencia, una solidaridad diplomática sin integración estructural.

Otro espacio clave donde se observa la complejidad de las relaciones China-Rusia es Asia Central. Tradicionalmente, esta región operó bajo una división funcional: China dominaba el ámbito económico, mientras Rusia mantenía la primacía en seguridad y cultura. Sin embargo, esta ecuación está evolucionando. La creciente penetración económica china comienza a desafiar la influencia rusa, aunque sin desplazarla completamente. Moscú conserva su papel como garante de seguridad y su capital simbólico histórico, mientras Pekín amplía su presencia a través de inversiones e infraestructura. Lo que emerge no es una sustitución, sino una recalibración del equilibrio.

En este contexto, la sostenibilidad futura de las relaciones China-Rusia plantea interrogantes estratégicos. El vínculo personal entre Xi Jinping y Vladimir Putin ha sido un factor clave de estabilidad, lo que sugiere que cambios en el liderazgo podrían alterar la dinámica. Sin embargo, reducir la relación a una cuestión personal sería simplificar en exceso: la convergencia estructural basada en la soberanía y la oposición a la hegemonía estadounidense proporciona una base más profunda que trasciende a los individuos.

La conclusión del análisis de Heberer es contundente: la idea de que China puede presionar políticamente a Rusia debido a su superioridad económica es una falacia analítica. La relación no se basa en dependencia jerárquica, sino en una convergencia estratégica entre actores que buscan reconfigurar el orden global sin someterse mutuamente. Occidente, al insistir en una lectura vertical de estas relaciones, proyecta su propio modelo de alianzas sobre una realidad que opera bajo una lógica distinta.

En última instancia, las relaciones China-Rusia representan un paradigma alternativo de interacción entre grandes potencias: una asociación sin subordinación, una coordinación sin integración y una alianza sin obligaciones. En ese modelo, la soberanía no es un obstáculo para la cooperación, sino su condición de posibilidad. Y es precisamente esa lógica la que anuncia, con claridad creciente, el tránsito irreversible hacia un orden multipolar donde la jerarquía cede ante la coexistencia de múltiples centros de poder.

Notas a pie de página

1. Thomas Heberer, The Illusion of a Hierarchy in Sino-Russian Relations, Institute of East Asian Studies, University of Duisburg-Essen, 2026.

2. Declaraciones de Xi Jinping recogidas por Global Times y Xinhua sobre la reunión con Serguéi Lavrov (Abril de 2026).

La criptopolítica china y el enigma del poder dual: entre la soberanía nacional y la cooptación global



Donar a Mente Alternativa
Artículos Relacionados
Total
0
Share