Por Mente Alternativa
Ray Dalio y Alex Krainer coinciden en un diagnóstico: el sistema financiero global se encuentra en una encrucijada terminal donde la convergencia de la venta masiva de bonos del Tesoro estadounidense por parte de Japón, el aumento de los rendimientos de la deuda soberana y el anuncio del Secretario del Tesoro Bessent de que su departamento comprará bonos gubernamentales, configuran el escenario clásico de una crisis de deuda soberana sin precedentes. Esta conjunción de factores no constituye una anomalía pasajera sino la manifestación puntual de un ciclo de deuda que se extiende por décadas y que ahora alcanza su fase final, esa que Dalio describe con la metáfora del infarto económico, cuando la constricción del gasto financiado con deuda obstruye el flujo normal del sistema circulatorio económico.
La mecánica de este proceso resulta tan inevitable como devastadora. El gobierno estadounidense, esa gran empresa llamada Estados Unidos, recauda anualmente alrededor de cinco billones y medio de dólares mientras sus gastos ascienden a siete billones y medio, generando un déficit presupuestario de dos billones que representa un cuarenta por ciento más de lo que ingresa. Sobre sus hombros pesa una deuda acumulada de aproximadamente treinta y dos billones de dólares, equivalente a seis veces sus ingresos anuales y a doscientos cuarenta mil dólares por hogar estadounidense. El servicio de esa deuda, es decir, el pago de intereses y principal que debe honrarse para evitar el default, asciende a once billones de dólares, lo que representa doscientos por ciento del dinero que ingresa. Esta ecuación, sencillamente, no cierra. Dalio lo explica con una claridad meridiana cuando señala que el sistema crediticio funciona como el sistema circulatorio humano, llevando nutrientes a todas las partes del cuerpo económico, pero cuando la deuda no se utiliza de manera productiva y no genera los ingresos suficientes para pagar los intereses, el servicio de la deuda se acumula como placa que obstruye las arterias y exprime el gasto en otras áreas esenciales.
La pregunta que surge inevitablemente es por qué este proceso, que se ha repetido en prácticamente todos los países a lo largo de la historia registrada, permanece tan deficientemente comprendido. Dalio teoriza que la razón estriba en que el colapso de los órdenes monetarios ocurre aproximadamente una vez por generación en los países con moneda de reserva, y cuando sucede en naciones sin ese estatus, se presume erróneamente que los países emisores de moneda de reserva son inmunes a tal destino. Esta complacencia, alimentada por advertencias prematuras que nunca se materializaron, ha creado una peligrosa ceguera colectiva. Es como el paciente con las arterias obstruidas que, tras años de advertencias médicas sobre los riesgos de su dieta y sedentarismo, responde a su médico que como aún no ha sufrido un infarto, no hay razón para creer que lo sufrirá. Krainer, por su parte, añade una dimensión geopolítica crucial a este análisis al señalar que la retirada estadounidense de Afganistán en 2021 marcó un punto de inflexión en los mercados de bonos globales, precipitando una caída que se profundizó con la guerra en Ucrania y posteriormente con el conflicto en el Golfo Pérsico, configurando lo que denomina el Armagedón de los bonos, la peor caída en doscientos cuarenta años.
Los síntomas de esta enfermedad financiera se manifiestan ya con claridad meridiana en los mercados globales. Los rendimientos del Tesoro estadounidense a diez años se dispararon hasta aproximadamente el cuatro punto ocho por ciento, mientras que el bono a treinta años superó el cinco punto tres por ciento, su nivel más alto desde 2007. Los bonos gubernamentales japoneses a diez años rebasaron el tres por ciento, su nivel más elevado en tres décadas. Los gilts británicos a treinta años sobrepasaron sus picos posteriores a 1999, y los bonos a largo plazo alemanes y franceses alcanzaron máximos de múltiples décadas. Estas cifras no son meras estadísticas; representan la materialización de un proceso que Dalio ha documentado meticulosamente y que describe cómo los tenedores de deuda, al percibir el riesgo creciente, optan por vender sus posiciones antes que renovarlas, generando una escasez de demanda frente a una oferta desbordante que inevitablemente conduce al aumento de las tasas de interés, a la caída de los mercados y al deterioro de la economía, o bien obliga a los bancos centrales a imprimir dinero para comprar la deuda que el mercado rechaza, devaluando la moneda y alimentando la inflación.
La situación de Japón merece atención particular porque ejemplifica con precisión quirúrgica el destino que aguarda a las economías sobreendeudadas. Con una ratio de deuda sobre producto interno bruto del doscientos quince por ciento, la más alta entre las economías avanzadas, Japón ha sido presentado frecuentemente como la prueba viviente de que un país puede convivir con niveles elevados de deuda sin sufrir una crisis. Sin embargo, Dalio desmonta esta narrativa al señalar que los bonos japoneses han sido inversiones desastrosas, con pérdidas del cincuenta y uno por ciento en relación con la deuda estadounidense desde 2013 y del setenta y seis por ciento respecto al oro en el mismo período. Los salarios típicos del trabajador japonés han caído un cincuenta y cinco por ciento en términos de moneda común frente a los salarios de un trabajador estadounidense. El Banco de Japón, para compensar la falta de demanda de deuda japonesa a tasas suficientemente bajas, imprimió cantidades masivas de dinero y compró enormes volúmenes de bonos gubernamentales, devaluando el yen y empobreciendo a los tenedores de deuda nipona. Este es el modelo que, con variaciones, se replica ahora en Estados Unidos, Reino Unido, la Unión Europea y China, todas ellas economías que enfrentan problemas similares de deuda y déficit.
La solución que Dalio propone, denominada solución del tres por ciento en tres partes, requiere reducir el déficit presupuestario al tres por ciento del producto interno bruto mediante una combinación equilibrada de recortes de gasto, aumento de ingresos fiscales y reducción de las tasas de interés. Los tres elementos deben concurrir simultáneamente para evitar que cualquiera de ellos, por su magnitud excesiva, genere una ajuste traumático. Según sus proyecciones, recortes de gasto y aumentos de ingresos fiscales de aproximadamente el cinco por ciento cada uno respecto a la planificación actual, junto con una caída de las tasas de interés de entre uno y uno punto cinco por ciento, conducirían a pagos de intereses menores en uno o dos por ciento del producto interno bruto durante la próxima década y estimularían un aumento de los precios de los activos y de la actividad económica que generaría muchos más ingresos. El precedente histórico más análogo fue el de Estados Unidos entre 1991 y 1998, cuando el déficit presupuestario se redujo en un cinco por ciento del producto interno bruto con resultados exitosos. Sin embargo, Dalio advierte que si esta operación no se realiza ahora, mientras el sistema aún es relativamente fuerte, las deudas se acumularán hasta niveles inmanejables que exigirán ajustes de gran trauma, especialmente porque durante las contracciones económicas las necesidades de endeudamiento del gobierno se incrementan considerablemente.
Krainer, desde una perspectiva más geopolíticamente orientada, sostiene que el paralelo histórico más aleccionador es el del bono imperial alemán del tres por ciento hace un siglo. En 1916 y 1917, mientras la Primera Guerra Mundial se acercaba a su fin, el precio de ese bono fluctuaba a lo largo de una línea de soporte horizontal, de manera muy similar a como lo han hecho los bonos estadounidenses, alemanes y británicos hasta febrero de este año. Sin embargo, una vez que ese nivel fue quebrado, el desmoronamiento se aceleró vertiginosamente. Alemania sufrió una derrota devastadora en la guerra y firmó el igualmente devastador Tratado de Versalles, que resultó catastrófico para su economía. Krainer sugiere que la historia podría no repetirse exactamente, pero advierte que los déficits gubernamentales casi con certeza continuarán creciendo, las deudas se incrementan a un ritmo acelerado y un probable shock inflacionario en el futuro cercano podría precipitar una venta masiva de bonos. Mientras tanto, las apuestas geopolíticas más importantes del imperio occidental, Ucrania y el Golfo Pérsico, van de mal en peor, y los reveses geopolíticos ya han demostrado ser extremadamente costosos para los mercados de capitales.
La cuestión de por qué este proceso no se comprende mejor tiene una respuesta que Dalio atribuye a la complacencia generada por advertencias prematuras y a la rareza del fenómeno, que ocurre aproximadamente una vez por generación en países con moneda de reserva. Krainer añade que la relación entre geopolítica y bonos gubernamentales fue lo que le permitió predecir el mercado bajista actual ya en 2021, tras la retirada estadounidense de Afganistán. La reacción británica a esa retirada, que describió como extraordinariamente bizarra, reveló hasta qué punto Gran Bretaña estaba más comprometida con el aventurerismo global de lo que admitía públicamente. El entonces Secretario de Defensa Ben Wallace rompió a llorar hablando de la evacuación de aquellos a quienes teníamos obligación de proteger. La parlamentaria Tom Tugendhat pronunció un discurso emocional describiendo su lucha contra la ira, el dolor y la rabia. La ex Primera Ministra Theresa May condenó sin ambages la decisión unilateral de la administración Biden de negociar con los talibanes sin consultar a los británicos. El Secretario de Asuntos Exteriores Dominic Raab denunció el aislacionismo estadounidense y advirtió que las implicaciones eran absolutamente enormes, que Gran Bretaña tendría que revisar a fondo todos sus supuestos y políticas. Tony Blair reveló la razón profunda de la histeria británica cuando afirmó que existía el riesgo de ser relegados a la segunda división de las potencias globales. Estas reacciones, aparentemente desproporcionadas, sugerían que el impacto de la geopolítica en los mercados de capitales globales era mucho más profundo de lo que generalmente se reconocía.
La trayectoria de los bonos estadounidenses, británicos y alemanes desde 2021 hasta septiembre de 2026 muestra una caída pronunciada casi inmediatamente después de que los talibanes retomaran Kabul y los estadounidenses iniciaran su retirada. Seis meses después, el 24 de febrero de 2022, Rusia lanzó su operación militar en Ucrania, precipitando una caída adicional en los precios de los bonos y un aumento correspondiente en las tasas de interés. La disminución sostenida de los precios de los bonos a lo largo de 2022 se convirtió en el mayor mercado bajista de bonos en al menos doscientos cuarenta años. Las cosas se calmaron un poco después de 2022 y hubo un período de tres años de consolidación lateral de precios. Luego, a partir de 2025, los bonos del Tesoro estadounidense rompieron la tendencia bajista y comenzaron a recuperarse, una recuperación que duró más de un año hasta el siguiente terremoto geopolítico, cuando Israel y Estados Unidos lanzaron su guerra contra Irán. Desde ese momento exacto, los bonos del Tesoro estadounidense recayeron en una tendencia bajista mientras los bonos europeos se desplomaban a nuevos mínimos posteriores a 2007. Evidentemente, una guerra puede ser muy mala para los bonos y desastrosamente mala para los bonos del lado perdedor.
La situación actual presenta todos los ingredientes para una tormenta perfecta. Ucrania está actualmente al borde de una derrota militar y una posible capitulación. En Oriente Medio, Estados Unidos sufrió una clara derrota estratégica en su enfrentamiento con Irán, que muchos historiadores consideran el mayor error estratégico en la historia de Estados Unidos. Las consecuencias sobre sus mercados de capitales podrían ser adversas en extremo. A lo largo de la historia registrada, demasiada deuda y demasiada guerra han demostrado invariablemente ser fatales para los imperios, y podrían fácilmente probar ser fatales para el imperio occidental moderno liderado por Estados Unidos. Krainer ilustra este punto con el ejemplo del bono imperial alemán, señalando cómo el precio fluctuó a lo largo de una línea de soporte horizontal antes de quebrarse y acelerar su desmoronamiento. En los últimos días, el rango de consolidación horizontal de los bonos europeos también ha sido quebrado a la baja, lo que podría presagiar un destino similar.
Dalio, por su parte, responde a las preguntas más frecuentes sobre este fenómeno con la autoridad de quien ha estudiado treinta y cinco casos históricos de colapso de órdenes monetarios. Explica que las crisis de deuda gubernamental y los grandes ciclos de deuda ocurren y pueden medirse fácilmente mediante tres indicadores: la cantidad de servicio de deuda gubernamental en relación con los ingresos del gobierno, que aumenta hasta exprimir inaceptablemente el gasto esencial; la cantidad de venta de deuda gubernamental en relación con la demanda, que se vuelve demasiado grande y hace subir las tasas de interés; y la respuesta del banco central, que primero reduce las tasas a corto plazo y luego imprime dinero para comprar deuda, devaluando la moneda. Estos elementos típicamente aumentan en un ciclo multidecadal hasta que ya no pueden continuar porque el servicio de la deuda exprime el gasto, la oferta de deuda supera la demanda y las tasas deben subir sustancialmente, o el banco central imprime enormes cantidades de dinero y compra grandes volúmenes de deuda gubernamental para compensar la falta de demanda, enviando el valor del dinero a la baja. En cualquier caso, los bonos tienen un mal rendimiento hasta que el dinero y la deuda se abaratan tanto que atraen demanda o la deuda puede ser comprada barata o reestructurada por el gobierno.
La cuestión de si Estados Unidos es menos vulnerable debido al papel dominante del dólar en la economía global es respondida por Dalio con contundencia: quienes creen esto desconocen la mecánica y las lecciones de la historia. Deberían examinar por qué todas las monedas de reserva anteriores dejaron de serlo. La libra esterlina británica y el florín holandés antes que ella siguieron exactamente este proceso. La moneda y la deuda tienen que ser depósitos de valor efectivos o serán devaluadas y abandonadas. El proceso que Dalio describe explica cómo una moneda de reserva pierde su efectividad como depósito de valor. En cuanto al momento en que podría producirse una crisis de deuda en Estados Unidos, Dalio estima que podría llegar en tres años, más o menos dos, si no se cambia el rumbo actual. Los catalizadores serán una convergencia de las influencias mencionadas, y el momento puede acelerarse o posponerse por políticas y factores exógenos como grandes cambios políticos y guerras. Si el déficit presupuestario se reduce a aproximadamente el tres por ciento del producto interno bruto desde el siete por ciento que proyectan la mayoría de los analistas, los riesgos disminuirían considerablemente. Si hay grandes shocks exógenos, llegará antes; si no los hay, llegará más tarde o no llegará en absoluto si se gestiona bien.
La solución del tres por ciento en tres partes que Dalio propone requiere reducir el déficit presupuestario al tres por ciento del producto interno bruto mediante una combinación equilibrada de recortes de gasto, aumento de ingresos fiscales y reducción de las tasas de interés. Todos los elementos deben concurrir simultáneamente para evitar que cualquiera de ellos, por su magnitud excesiva, genere un ajuste traumático. Y estos cambios deben producirse mediante buenos ajustes fundamentales en lugar de por la fuerza, pues sería muy malo que la Reserva Federal forzara antinaturalmente las tasas de interés a la baja. Según las proyecciones de Dalio, recortes de gasto y aumentos de ingresos fiscales de aproximadamente el cinco por ciento cada uno respecto a la planificación actual, junto con una caída de las tasas de interés de entre uno y uno punto cinco por ciento, conducirían a pagos de intereses menores en uno o dos por ciento del producto interno bruto durante la próxima década y estimularían un aumento de los precios de los activos y de la actividad económica que generaría muchos más ingresos. El caso más análogo de una reducción tan significativa del déficit con un buen resultado fue el de Estados Unidos entre 1991 y 1998, cuando el déficit presupuestario se redujo en un cinco por ciento del producto interno bruto.
Para los inversores, Dalio recomienda diversificar bien en clases de activos y países que tengan estados de ingresos y balances sólidos y que no estén experimentando grandes conflictos políticos internos y geopolíticos externos, infraponderar activos de deuda como los bonos y sobreponderar el oro y un poco de Bitcoin. Tener un pequeño porcentaje, tal vez del diez al quince por ciento, del dinero en oro puede reducir el riesgo de una cartera y también aumentar su rendimiento. Krainer, por su parte, ofrece consejos más concretos y orientados a la supervivencia: sacar parte de los ahorros del sistema bancario, mantener algo en efectivo y convertir una porción en oro y plata físicos, del tipo que se puede sostener en la mano y usar para hacer compras o pagar a burócratas gubernamentales u otros tipos de guardianes. Prepararse para reducir gastos tanto como sea posible y salir de deudas si es factible. Lo más importante: conocer a los vecinos y establecer redes con ellos en la comunidad local, pues la red de apoyo local demostrará fácilmente ser el factor más importante de resiliencia y capacidad para resistir cualquier crisis. Cuando sea practicable, esa red local debería incluir agricultura compartida, pues los agricultores locales pueden necesitar financiación y esos dos intereses compatibles se prestan a una oportunidad fácil de eliminar a los banqueros, apoyar la producción local de alimentos y garantizar el suministro local de comida incluso si los bancos quiebran y las estanterías de los supermercados quedan vacías. Convertirse en accionista de la operación del agricultor local podría pagar dividendos en leche, huevos, carne y verduras exactamente cuando más se necesiten.
Para quienes trabajan en instituciones financieras y necesitan proteger las inversiones, pensiones y depósitos de sus clientes, Krainer recomienda encarecidamente el seguimiento de tendencias como forma de navegar la agitación venidera. Los cambios que se avecinan resultarán en muchos eventos de precios a gran escala, quizás similares al mercado bajista de bonos que vimos hace cuatro años. Si bien tales eventos son impredecibles, invariablemente se desarrollan como tendencias de precios que pueden abarcar muchos meses e incluso años. La forma más fiable de navegar tales tendencias es adherirse a un conjunto bien formulado de estrategias de seguimiento de tendencias, siempre con la debida disciplina y paciencia. Krainer señala que en su empresa han practicado esto durante más de veinte años y su experiencia incluyó el Armagedón de los bonos de 2021 y 2022. Recuerda que ese evento se produjo tras un mercado alcista de treinta años en bonos que vio las tasas de interés caer gradualmente a casi cero y en algunos casos por debajo de cero. En 2021, nadie podría haber adivinado que el peor mercado bajista en casi doscientos cuarenta años se desarrollaría en los dos años siguientes. Pero los seguidores disciplinados de tendencias no necesitaban saberlo; todo lo que sabían era que los mercados se mueven en tendencias.
La magnitud de las pérdidas sufridas por las instituciones financieras durante ese período es aleccionadora. Solo el Bank of America sufrió más de ciento treinta mil millones de dólares en pérdidas no realizadas en sus tenencias de bonos. En conjunto, la industria bancaria estadounidense perdió diez veces más, un billón trescientos mil millones, efectivamente eliminando más de la mitad del capital de nivel uno absorbente de pérdidas de todo el sistema bancario. Eso sería como un ejército perdiendo la mitad de su arsenal de armas y municiones en medio de una guerra. En 2023 quebraron varias instituciones bancarias importantes: Silicon Valley Bank, First Republic Bank, Heartland Tri-State Bank, Citizens Bank, Signature Bank y Silvergate. Durante la consolidación de los precios de los bonos después de 2023, solo se registraron dos quiebras bancarias aseguradas por la FDIC en 2024 y dos más en 2025. Pero en los primeros ocho meses de 2026, quebraron cinco bancos comunitarios estadounidenses, lo que podría ser otra señal de que algo malo se está gestando en el sector financiero. Si los gestores de tales instituciones hubieran utilizado estrategias de seguimiento de tendencias, podrían no haber quebrado; incluso podrían haber prosperado con las tendencias como lo hicieron muchos de sus clientes.
La conclusión que emerge de ambos análisis es inescapable: el mundo se encuentra en un punto de inflexión histórico donde las condiciones actuales conducen inevitablemente a eventos que dan origen a tendencias, y en los mercados de capitales los grandes eventos de precios siempre se desarrollan como tendencias. Como escribió el general chino Sun Tzu hace más de dos mil años, existen tres grandes avenidas de oportunidad en la vida: eventos, tendencias y condiciones. Los tres son solo manifestaciones diferentes de una misma cosa. Las condiciones conducen a eventos, y los eventos dan origen a tendencias. En las condiciones actuales, el seguimiento de tendencias debería ser utilizado por cada gestor y cada inversor al menos como una verificación de la realidad y una fuente de segunda opinión sobre los mercados. Los eventos futuros presagiados en estos análisis han llevado a la creación de carteras de estrategias que cubren bonos gubernamentales, mercados de acciones y divisas de las principales economías globales como Estados Unidos, Alemania, Gran Bretaña, Japón y Canadá, diecinueve mercados en total, incluyendo también oro y Bitcoin.
La convergencia de todos estos factores apunta hacia un escenario donde la devaluación de la deuda y la moneda se convierte en la única salida viable para gobiernos atrapados entre la imposibilidad de pagar y la incapacidad de recortar. Dalio lo expresa con claridad cuando afirma que si el déficit presupuestario no se reduce a aproximadamente el tres por ciento del producto interno bruto desde el siete por ciento que proyectan la mayoría de los analistas, los riesgos aumentarán considerablemente. Krainer, desde su perspectiva, sostiene que los déficits gubernamentales casi con certeza continuarán creciendo, las deudas se incrementan a un ritmo acelerado y un probable shock inflacionario en el futuro cercano podría precipitar la venta masiva de bonos. Mientras tanto, las apuestas geopolíticas más importantes del imperio occidental van de mal en peor, y los reveses geopolíticos ya han demostrado ser extremadamente costosos para los mercados de capitales.
La historia enseña que demasiada deuda y demasiada guerra han demostrado invariablemente ser fatales para los imperios. La pregunta no es si el ajuste llegará, sino cuándo y cómo. La respuesta dependerá de las decisiones que se tomen en los próximos meses y años. Si se implementa una solución equilibrada que reduzca el déficit sin traumatizar la economía, si se evitan los shocks geopolíticos que podrían precipitar la crisis, si los bancos centrales mantienen su independencia y no se ven forzados a monetizar la deuda de manera descontrolada, entonces quizás el infarto económico pueda evitarse o al menos mitigarse. Pero si se continúa por el camino actual, si la complacencia persiste y las advertencias son ignoradas, entonces el colapso financiero que ambos analistas auguran se materializará con consecuencias que transformarán el orden económico global tal como lo conocemos.
La preparación individual, por tanto, se convierte en una responsabilidad ineludible. Diversificar en activos tangibles como el oro y la plata, mantener efectivo fuera del sistema bancario, reducir deudas, fortalecer las redes comunitarias locales, apoyar la producción local de alimentos mediante la agricultura compartida, y adoptar estrategias disciplinadas de seguimiento de tendencias para navegar la volatilidad venidera, son las recomendaciones prácticas que emergen de ambos análisis. No se trata de alarmismo sino de prudencia ilustrada por la historia. Los ciclos de deuda han ocurrido en prácticamente todos los países a lo largo de la historia registrada, típicamente varias veces, y siempre han terminado de la misma manera: con la devaluación de la moneda, la reestructuración de la deuda o ambas. La única pregunta es cómo se distribuirán las pérdidas y quiénes serán los que las soporten. La respuesta, como siempre, dependerá de quién esté preparado y quién no.
Fuentes consultadas
Ray Dalio. How Countries Go Broke: The Dynamic Behind What is Happening Now. Principled Perspectives. 21 de agosto de 2026.
Alex Krainer. Bonds Armageddon: The Coming Financial Collapse and How to Protect Yourself. 19 de septiembre de 2026.