Por José Luis Preciado
La antesala de la guerra nuclear no es una metáfora, sino la descripción más precisa del momento histórico que atraviesa la humanidad. El geoestratega Dennis Small lo ha advertido con claridad meridiana: los acontecimientos de la última semana han arrastrado al mundo hasta la antesala misma de la guerra nuclear. No se trata solo de especulaciones abstractas sobre el uso de armas atómicas, sino de decisiones concretas que están tomando los responsables de la política de defensa de las principales potencias nucleares. El subsecretario de Guerra para Política de Estados Unidos, Elbridge Colby, ha propuesto oficialmente rebajar el umbral de la guerra nuclear y el uso de armas nucleares tácticas, mientras el contralmirante Thomas Buchanan, portavoz del Comando Estratégico de EE.UU., declaró a finales de 2024 que Washington consideraría el uso de armas nucleares siempre que pudiera conservar una reserva suficiente para un segundo ataque. Estas declaraciones no son retórica vacía: son la constatación de que las directrices para el uso de armas nucleares se están reescribiendo a puerta cerrada en un documento que el Congreso no revisará y que el pueblo estadounidense nunca verá.
Pero la escalada no se detiene en lo militar. Como ha advertido Small, existe una contraparte financiera directa que convierte esta crisis en un ataque nuclear doble: el militar y el financiero. El secretario del Tesoro de EE.UU., Scott Bessent —amigo íntimo de los Carlos III y Camila del Reino Unido, y antiguo socio de George Soros, el artífice del ataque contra la libra esterlina— ha declarado abiertamente una guerra económica total no solo contra Irán, sino contra cualquier país con conexiones financieras con Teherán, amenazando con excluirlo del sistema del dólar. «El reloj acaba de empezar a correr», sentenció Bessent, y al ser preguntado si esto alcanzaba a Pekín, respondió sin titubear: «Sí».
El riesgo de una guerra nuclear no es una posibilidad remota, sino una probabilidad creciente que los analistas más lúcidos han señalado con insistencia. Alastair Crooke, exdiplomático británico y exagente de inteligencia del MI-6, ha recordado que Trump ya consideró el uso de armas nucleares contra Irán durante su primer mandato, cuando planteó la opción a sus entonces secretario de Estado Rex Tillerson y jefe del Estado Mayor Conjunto Mark Milley. Ahora, con Colby impulsando activamente esa opción, el debate no está zanjado sino que se ha intensificado. La lógica es perversa pero coherente: Colby sostiene que el fracaso de EE.UU. en el ámbito militar convencional podría justificar el uso de armas nucleares tácticas para compensar la pérdida de la disuasión convencional estadounidense. Sin embargo, los simulacros de guerra nuclear coinciden prácticamente de manera unánime en que una guerra nuclear «limitada» es imposible; la espantosa lógica de las armas nucleares conduciría a su uso generalizado y al posible fin de la civilización.
Scott Ritter, exoficial de inteligencia del Cuerpo de Marines de EE.UU. y exinspector de armas de la ONU, ha sido particularmente explícito sobre la gravedad de la situación. Ritter señala que ya no existen tratados de control de armas entre Estados Unidos y Rusia; el control de armas está muerto. Esto significa que no hay frenos, no hay mecanismos de desescalada, no hay comunicación estructurada entre las partes. La ausencia de tratados ha permitido que los responsables políticos se centren no en cómo controlar o reducir el poder nuclear, sino en cómo usarlo. Ritter advierte que el Pentágono está revisando la postura nuclear estadounidense para incluir modificaciones en la guía de implementación que permitirían el uso de armas nucleares tácticas en las primeras fases de cualquier crisis importante. La razón es tan preocupante como reveladora: la disuasión militar convencional de EE.UU. ya no es suficiente para disuadir a Irán, y mucho menos a Rusia o China.
El escenario más alarmante que describe Ritter es el de Irán. El presidente Trump ha calificado a Irán como una amenaza nuclear y ha declarado que no se permitirá que Irán tenga un arma nuclear, lo que significa que Irán no puede existir como estado umbral nuclear. El problema es que Irán ha trasladado su uranio enriquecido al 60% a una instalación subterránea profunda inmune a cualquier intervención militar convencional. Las armas convencionales no pueden destruir esa instalación; si se toma la decisión de destruir el potencial nuclear iraní, se utilizarían armas nucleares. Ritter subraya que en cada plan de guerra de EE.UU. existe un anexo nuclear; no se planifica una guerra sin un plan nuclear. Pero lo que antes era un escenario teórico ahora se ha convertido en una opción operativa real.
La opción operativa, sin embargo, no surge de una posición de fuerza, sino de una debilidad estratégica que los analistas más lúcidos han comenzado a desnudar. El portaaviones USS Lincoln sufrió un motín de sus marines y soldados por falta de alimentos y condiciones insostenibles; las bases estadounidenses en el Golfo, especialmente la de Baréin —sede de la Quinta Flota—, han sido prácticamente desmanteladas, obligando a la logística naval a recorrer 2.200 millas hasta Diego García. Las municiones se han agotado, y mientras Trump declara que EE.UU. controla el estrecho de Ormuz, la realidad es la inversa: Irán no solo mantiene su capacidad, sino que aumenta su producción de armamento a un ritmo superior al que se destruye. La guerra convencional está perdida; de ahí la desesperación por rebajar el umbral nuclear.
La gravedad de esa opción operativa ha trascendido los círculos militares. La excongresista estadounidense Marjorie Taylor Greene —hasta hace poco aliada de Trump— denunció públicamente que en la Casa Blanca se ha solicitado información sobre el posible uso de armas nucleares tácticas contra Irán, precisamente porque Estados Unidos está siendo derrotado en todos los frentes convencionales. Esta revelación fue corroborada por Alastair Crooke, quien ha advertido que no es la primera vez que se plantea esa opción.
La publicación de Greene en la red social X superó los seis millones de visualizaciones en apenas dos días, una cifra que evidencia el impacto social de su advertencia. «Están discutiendo sobre el uso de armas nucleares contra Irán en reuniones estratégicas. Sí, lo has leído bien. Es cierto. No estoy especulando, lo sé. Y es pura maldad», escribió. La Casa Blanca respondió descalificándola, pero el eco no fue aislado: el 16 de agosto, la revista Forbes publicó un artículo que, citando informes de expertos, advertía que el uso de una sola arma nuclear desencadenaría inevitablemente un invierno nuclear global, con hambruna masiva y el fin de la vida en el planeta. No es retórica: es la constatación de que el debate ha trascendido los pasillos del Pentágono y ha llegado a la opinión pública.
La conexión entre esta deriva hacia el holocausto nuclear y el colapso del sistema financiero global es mucho más profunda de lo que la mayoría de los analistas están dispuestos a reconocer. Alex Krainer, fundador de Krainer Analytics y creador de System Trend Following, ha sido contundente al respecto: el sistema financiero occidental está al borde de un Armagedón de bonos que hará que la crisis de 2008 parezca un ensayo menor. Krainer explica que el sistema bancario en la sombra, que gestiona unos 220 billones de dólares en activos invertibles, está masivamente expuesto a los bonos del gobierno. Si los bonos del gobierno colapsan, el sistema bancario en la sombra colapsa también. Y este no es un problema que afecte solo a los ricos: los fondos de pensiones, los seguros y las dotaciones institucionales forman parte de este sistema, lo que significa que todos los que tienen un plan de pensiones están en riesgo.
La deuda del gobierno estadounidense acaba de superar los 40 billones de dólares (trillions en inglés). El costo de los intereses de esa deuda ya supera el billón de dólares anuales, más que todo el gasto en defensa.
La desesperación ha llegado a tal extremo que el Tesoro de Estados Unidos ha anunciado una intervención directa y masiva en el mercado de bonos a largo plazo: dispone de un fondo de casi un billón de dólares para comprar sus propios bonos a 20 y 30 años, en un intento por frenar la subida de los tipos de interés, que en los bonos a 10 años ya superan el 4,9 %. Esa cifra es letal para un país con 40 billones de deuda. Lo que está haciendo el secretario del Tesoro de EE.UU. es apostar un billón contra el mercado especulativo que está presionando al alza las tasas, una confesión en sí misma de que el sistema está al borde de la metástasis.
Helga Zepp-LaRouche, presidenta del Instituto Schiller, ha sido tajante al respecto: si las cosas siguen por el mismo camino, no hay escapatoria. La crisis energética y alimentaria se agravará, la burbuja de la inteligencia artificial estallará, y el mercado de bonos —un polvorín— provocará una depresión que hará que 2008 parezca un ensayo. Su difunto esposo, Lyndon LaRouche, anticipó todo esto desde 1971; sus Cuatro Leyes —reorganización por bancarrota, banca nacional, crédito soberano para el Sur Global y programas intensivos en energía de fusión y cooperación espacial— son la única alternativa. Pero, advierte, la actual combinación de fuerzas no está dispuesta a aplicarlas; de ahí que la campaña presidencial de Diane Sare sea, hoy, la única opción viable para Estados Unidos.
Scott Bessent ha intentado intervenir en el mercado de bonos de larga duración recomprando bonos a 20 y 30 años y reemplazándolos por deuda a corto plazo. Pero esta maniobra, como señala Krainer, es una admisión de que el sistema está al borde del colapso. La Reserva Federal se encuentra atrapada entre la inflación y una economía en desaceleración, una situación que los economistas denominan estanflación. Como ha demostrado Japón, incluso si se estimula en cantidades ilimitadas, la economía puede no responder, dejándola en una recesión inflacionaria.
La verdadera razón de la guerra contra Irán, sin embargo, no es el petróleo ni siquiera las armas nucleares. El petróleo es el síntoma, no la causa; su precio es una cortina de humo que oculta la verdadera partida. No es que el petróleo sea irrelevante, pero su precio está siendo manipulado para ocultar la verdadera naturaleza del conflicto. Como ha documentado el analista energético David K. Lifschultz, existe una brecha abismal entre el petróleo de papel que cotiza en Wall Street (unos 93 dólares por barril) y el crudo físico real que las refinerías deben comprar para operar, cuyo precio supera los 150 dólares por barril debido al colapso de los seguros marítimos en el Golfo Pérsico y el bloqueo de facto del Estrecho de Ormuz. Esa desconexión no es un fallo del mercado: es una anulación administrativa deliberada, similar a la que aplicó Ted Truman en 1987 tras el Lunes Negro, para evitar que el sistema financiero global perciba que la cadena de suministro físico está rota. Washington está suprimiendo artificialmente los indicadores de papel mientras sacrifica la integridad estructural de su propia Reserva Estratégica de Petróleo, que ha caído por debajo del piso crítico de 300 millones de barriles hacia un fondo proyectado de 243 millones, dañando permanentemente las cavernas de sal de Texas y Luisiana para contener los precios de cara a las elecciones de noviembre.
La verdadera razón de la guerra contra Irán es la bancarrota del sistema financiero especulativo transatlántico y la desesperación por frenar el asenso del Sur Global, y en este caso concreto el nodo central de dos megaproyectos logísticos que amenazan la hegemonía comercial estadounidense. El primero es el Corredor Internacional de Transporte Norte-Sur (INSTC), que conecta India con Rusia a través de Irán, evitando el Canal de Suez y las sanciones occidentales. El segundo es la Nueva Ruta de la Seda china (BRI), cuyo ramal más estratégico converge precisamente en Irán. China firmó en 2021 un acuerdo de cooperación de 25 años valorado en 400.000 millones de dólares para convertir a Irán en un centro logístico de trenes de alta velocidad, puertos modernos y corredores energéticos. Al atacar Irán, Trump no está buscando solo petróleo; está intentando destruir la inversión más grande de la historia de China en el extranjero y cortar la columna vertebral del sistema comercial que Rusia necesita para sobrevivir a las sanciones occidentales.
El proyecto alternativo que Washington quiere imponer es el IMEC, el Corredor Económico India-Medio Oriente-Europa, anunciado en el G20 de 2023. El IMEC propone conectar India con Europa a través de los Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita e Israel, usando el puerto de Haifa como puerta de entrada al Mediterráneo. El objetivo es exactamente el opuesto al INSTC: sacar a Irán, Rusia y China de la ecuación comercial euroasiática, y convertir a los aliados estadounidenses del Golfo en el único puente logístico entre Asia y Europa. Para Washington, el IMEC no es solo una ruta comercial: es el mecanismo para anclar a India en el sistema occidental, arrebatándosela a la esfera ruso-china. Si el comercio indio fluye por los Emiratos, Arabia Saudita e Israel en lugar de por Irán y Rusia, Estados Unidos habrá ganado la partida geopolítica más importante de las próximas décadas sin disparar un tiro contra Beijing. Para Israel, el IMEC representa su transformación más radical: pasar de ser una presencia militar en medio árabe a convertirse en el nodo logístico indispensable del corredor comercial más importante del planeta, con el puerto de Haifa como punto de entrada al Mediterráneo.
Pero la transformación de Israel en nodo logístico del IMEC choca con la creciente condena internacional a la deriva genocida de su gobierno. El ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, grabó un video en el que pedía asesinar entre 30 y 40 palestinos cada noche y declaraba que «no merecen vivir, ni siquiera son personas». Por primera vez, los principales medios alemanes —incluida la televisión pública— han cubierto estas declaraciones, y el portavoz de política exterior de la CDU ha exigido sanciones de la Unión Europea contra Ben-Gvir. Zepp-LaRouche ha señalado que esa retórica es equiparable a la de los nacionalsocialistas hace ocho décadas, y que Alemania, en particular, debe distanciarse en los términos más enérgicos, so pena de ser cómplice del mismo horror que dice haber superado.
Como ha señalado el Consejo de Relaciones Exteriores de Nueva York en su revista Foreign Affairs, «el Oriente Medio estadounidense está acabado». Marc Lynch, autor del artículo, escribe que la guerra «ha demostrado el fracaso de décadas de sanciones y violencia» y que la incapacidad de Washington para proteger a sus aliados del Golfo ha vulnerado fatalmente el acuerdo de seguridad fundamental que justificaba su red de bases militares en la región.
Zepp-LaRouche, una de las voces más lúcidas en la denuncia del peligro nuclear, ha insistido en que las dos guerras —la de Ucrania y la del sudoeste de Asia— son en realidad una sola. La verdadera razón no tiene nada que ver con las especificidades históricas regionales, sino con el colapso geoestratégico subyacente del viejo orden y el esfuerzo de las potencias occidentales por impedir que surja un nuevo sistema, tal y como lo expresan los países del Sur Global, que quieren poner fin a 500 años de colonialismo occidental.
Esa unidad no es una abstracción geopolítica: Gran Bretaña, núcleo financiero del sistema transatlántico en bancarrota, ha suministrado misiles Storm Shadow y drones a Ucrania para atacar en profundidad territorio ruso, provocando una respuesta contundente de la embajada rusa en Londres. El ministro Lavrov ha advertido que el Reino Unido será considerado parte beligerante y, por tanto, objetivo legítimo. La City de Londres, que concentra el poder de una burbuja especulativa valuada en varios miles de billones de dólares, empuja hacia la guerra como una tabla de salvación ante su propio colapso. Pero, como subraya Zepp-LaRouche, esa apuesta es suicida: Rusia, la potencia nuclear más fuerte del planeta, ha dejado claro que si se acorrala su existencia, no habrá sobrevivientes.
Zepp-LaRouche ha hecho un llamado a movilizar al Sur Global, recordando que en la Conferencia de Bandung de 1955, el presidente Sukarno y el primer ministro Nehru ya señalaron que si alguna vez se llegara a una guerra nuclear, los países del Sur Global se verían afectados semanas más tarde, pero que al final también morirían.
La guerra por las rutas comerciales no es un apéndice del colapso financiero: es su expresión más cruda. El dólar no es solo una moneda de reserva; es el peaje que se paga por usar las rutas marítimas y terrestres que controla Estados Unidos. El IMEC, si se consolida, mantiene el petrodólar y la denominación en dólares de todo el comercio euroasiático que pase por sus corredores. El INSTC y la Ruta de la Seda, por el contrario, permiten que Rusia, China e India comercien en yuanes, rublos y rupias, sin pasar por el sistema financiero occidental. Por eso la guerra contra Irán no es una guerra por el petróleo: es una guerra por el derecho a cobrar peaje en la moneda que cada bloque decida.
Bessent lo ha entendido perfectamente. Por eso su ofensiva no se limita a Irán: está dirigida a desmantelar todo el ecosistema financiero que permite convertir el petróleo iraní en moneda de curso legal. «Cualquier entidad que facilite el blanqueo en nombre de Irán será excluida del dólar», ha sentenciado, dando plazos perentorios a cada país. Pero la respuesta del Sur Global no se ha hecho esperar. El diario semioficial chino Global Times ha replicado con dureza: «Estados Unidos ha prendido fuego a su propia casa, pero quiere que el mundo entero ayude a avivar las llamas». Y mientras tanto, la Organización de Cooperación de Shanghái —que incluye a Rusia, China, India, Irán y Pakistán— se reunirá el 1 de septiembre en Biskek, y los BRICS harán lo propio el 11 y 12 de septiembre, con Irán como miembro de pleno derecho. El cerco financiero de Washington choca de frente con un bloque que ya no negocia su existencia.
La erosión del control estadounidense no se limita al tablero financiero. Turquía, Pakistán y Arabia Saudita han formalizado una alianza de defensa en la Meca, con otros países interesados en sumarse. La administración Trump lo presenta como un triunfo de los Acuerdos de Abraham, pero la realidad es muy otra: las bases estadounidenses en el Golfo son insostenibles y están más dañadas de lo que se admite, y estas naciones buscan precisamente dejar de depender de Washington en materia de seguridad. Zepp-LaRouche ha propuesto integrar esa alianza con el Plano Oasis Ampliado —un corredor de desarrollo que reverdezca el desierto con tecnología china y conecte el Cáucaso con el Mediterráneo, extendiendo los corredores del CPEC y el INSTC—, porque la paz, insiste, solo puede cimentarse sobre el desarrollo compartido.
Como ha expuesto David Lifschultz, mientras Washington quema su Reserva Estratégica y manipula los precios del papel para ocultar la escasez física, China e India compran crudo ruso con descuento, lo refinan y lo venden a Europa al precio real de mercado, drenando capital occidental y consolidando un sistema comercial paralelo que no necesita el dólar ni el visto bueno de Wall Street.
El colapso del sistema financiero y el de la guerra de rutas son, como ha insistido Zepp-LaRouche, uno y el mismo. Ante la quiebra del sistema financiero internacional con sede en la City de Londres, y la conciencia de que el sistema está a punto de estallar en una crisis sistémica, algunos círculos piensan que la única forma de evitarlo es desatar la guerra. Pero eso, subraya, conducirá a una catástrofe. La solución que propone Zepp-LaRouche son las ‘Cuatro Leyes’ de Lyndon LaRouche, que comienzan por someter al sistema financiero parasitario a una reorganización por bancarrota y restablecer los sistemas de crédito soberanos bajo un banco nacional. El desarrollo, concluye, es el nuevo nombre de la paz.
En este contexto de crisis múltiple, el oro emerge como el único activo sin riesgo de contraparte. Como ha señalado Luke Groman en su análisis para FFTT, China está preparando el terreno para un oro a 38.000 dólares la onza. El Banco Popular de China ha comprado oro durante 20 meses consecutivos, la racha más larga desde al menos 2015. Los bancos centrales del mundo están acumulando oro a un ritmo de aproximadamente 1.000 toneladas anuales durante tres años consecutivos, el doble del ritmo de la década anterior. Mientras tanto, China ha prohibido el comercio minorista de oro en papel, obligando a los ciudadanos a comprar el metal físico real. La razón es que si el oro va a ser el activo de reserva neutral que equilibre el comercio mundial, el precio tiene que ser mucho más alto; la estimación es de 38.000 dólares por onza.
Krainer ha sido igualmente explícito sobre el papel del oro en el nuevo orden monetario. Señala que el dólar es una moneda fiduciaria basada en la reserva fraccionaria, y que desde marzo de 2020, con la pandemia, se eliminó por completo el requisito de reserva. Los bancos comerciales de Occidente pueden simplemente imprimir cualquier cantidad de dinero de la nada a su discreción. Esto condena a la moneda; su colapso es solo cuestión de tiempo y una certeza inevitable. Rusia y China no necesitan destruir el dólar; se va a colapsar solo. Lo que están haciendo es cubrir sus apuestas, creando un sistema alternativo e invitando a otras naciones a participar en él. La congelación de 300.000 millones de dólares en activos rusos en Occidente después del inicio de la operación militar especial en Ucrania fue una advertencia que todos los países del mundo entendieron.
En ese esfuerzo por construir una alternativa, el Instituto Schiller ha lanzado una carta abierta al Papa León XIV —profundo conocedor de Nicolás de Cusa y, en su juventud, participante en la gran manifestación de 1983 en Roma contra los misiles Pershing— para que convoque una cumbre de alto nivel entre los presidentes de China, Rusia y Estados Unidos. La carta ya ha sido firmada por dos expresidentes de gobierno, por la superviviente de Hiroshima Setsuko Thurlow y por personalidades como Oliver Stone o Martin Sheen. No es un gesto simbólico: es la constatación de que la sociedad civil, ante el silencio de los poderes establecidos, está tomando la iniciativa para detener una deriva que, como en 1983, solo encuentra freno en la movilización popular.
La urgencia ha llevado a redactar una segunda carta, aún más directa, que se hizo pública el 19 de agosto de 2026, y que pide a León XIV que convoque una conferencia internacional de paz de emergencia, emulando la intervención de Juan XXIII durante la crisis de los misiles de Cuba. La carta ya cuenta con el respaldo de firmantes iniciales de primer orden, y el Instituto Schiller ha llamado a la ciudadanía mundial a firmarla y hacerla llegar a parlamentarios, líderes religiosos, exmilitares, sindicalistas y medios de comunicación. No es un gesto simbólico: es la constatación de que, ante el silencio cómplice de los poderes establecidos, la sociedad civil está tomando la iniciativa para detener una deriva que, como en 1983, solo encuentra freno en la movilización popular.
El momento que vive la humanidad es de una peligrosidad sin precedentes. Como ha advertido Scott Ritter, estamos en uno de los períodos más peligrosos de la historia. La combinación de un umbral nuclear que se rebaja en secreto, un sistema financiero al borde del colapso, una guerra en el Medio Oriente que amenaza con extenderse, y un orden mundial que se desmorona, crea una tormenta perfecta que podría llevar a la aniquilación de la civilización humana. Ritter ha sido claro: todos deberían estar gritando a pleno pulmón que ahora no es solo el momento del control de armas, sino de la reducción de armas. Tenemos que deshacernos de estas armas nucleares; serán el fin de toda vida en este planeta si no lo hacemos.
La responsabilidad de detener esta deriva hacia el abismo recae no solo en los líderes políticos, sino en cada persona consciente de la gravedad de la situación. Zepp-LaRouche ha instado a todos los que desean que la humanidad tenga un futuro a movilizarse para pedir una cumbre de líderes mundiales para abordar las cuestiones de la paz y del desarme nuclear. Es una carrera contra el tiempo. El mensaje debe ser contundente y llegar a todos los medios de comunicación a nivel internacional. El mundo debe saber en qué situación nos encontramos: que estamos a punto de perder la civilización entera.
No estamos ante una crisis más: estamos ante la antesala de la guerra nuclear en dos frentes, el militar y el financiero, y ambos son el síntoma de un mismo cadáver: el de un sistema que, para no morir solo, está dispuesto a llevarse el mundo por delante.
En esa carrera contra el tiempo, el Instituto Schiller y la Coalición Internacional por la Paz han fijado dos hitos inmediatos: el 4 de septiembre, una mesa redonda sobre una alternativa a la guerra y el saqueo en las Américas, donde se debatirá cómo la cooperación entre Estados Unidos y los BRICS puede desarrollar Latinoamérica y frenar la migración forzada; y el 11 de septiembre, un concierto con la Novena Sinfonía de Beethoven, cuya Oda a la Alegría de Schiller resuena como antídoto cultural frente al colapso y la barbarie. Porque, como ha repetido Helga Zepp-LaRouche, el desarrollo es el nuevo nombre de la paz, y la belleza, la única respuesta digna al horror. La humanidad tiene aún la oportunidad de elegir; pero el tiempo, ese reloj que Bessent ha puesto en marcha, no espera.
Fuentes consultadas
Dennis Small. La antesala de la guerra nuclear. EIRNS. 20 de agosto de 2026.
Dennis Small. La antesala de la guerra nuclear, tanto financiera como militar. EIR. 24 de agosto de 2026.
Helga Zepp-LaRouche. 168ª reunión semanal de la Coalición Internacional por la Paz. EIRNS. 20 de agosto de 2026.
Alastair Crooke. Trump Mulls Raising the Stakes to Force Iranian Capitulation. Conflicts Forum. 20 de agosto de 2026.
Scott Ritter: How NATO & Russia Came to the Edge of Nuclear War. Glenn Diesen. 23 de agosto de 2026.
Alex Krainer: “Bond Armageddon Is Coming” — The Western Financial System Is Breaking.. Manco 64. 14 de agosto de 2026.
Alex Krainer. Stagflation ahead! Key Markets report. TrendCompass. 21 de agosto de 2026.
Marc Lynch. El Oriente Medio estadounidense está acabado. Foreign Affairs. Septiembre-octubre de 2026.
Luke Groman. China Is Preparing For $38,000 Gold. FFTT. 2026.
Se está reescribiendo el umbral nuclear de EU a puerta cerrada. EIRNS. 21 de agosto de 2026.
El peligro de la «victoria» de Trump. EIRNS. 19 de agosto de 2026.
Trump declara la guerra económica a Irán. EIRNS. 21 de agosto de 2026.