Oscuro Claro
El académico chino Zhang Weiwei afirma que una de las mayores confusiones de Occidente es creer que China tiene una economía comunista clásica. En realidad, explica, el país funciona bajo una economía socialista de mercado, donde el Estado controla sectores estratégicos mientras el mercado impulsa una intensa competencia empresarial. Este modelo busca equilibrar el poder político, social y del capital en favor de la mayoría, evitando que los multimillonarios dominen la política como ocurre en el sistema occidental.

Por Mente Alternativa

En una extensa entrevista con el periodista geopolítico Ben Norton (1), el académico chino Zhang Weiwei, profesor de la Universidad de Fudan en Shanghái, ofrece una explicación sistemática del llamado “modelo chino”, una estructura política, económica y social que ha permitido a China convertirse en una de las principales potencias del mundo contemporáneo. Su análisis no sólo aborda el funcionamiento interno del sistema chino, sino también el contraste con el modelo occidental y las implicaciones geopolíticas del ascenso de China en un mundo que se dirige hacia la multipolaridad.

Zhang sostiene que el sistema chino se basa en tres dimensiones fundamentales: política, económica y social. En el plano político, China funciona bajo lo que denomina un “partido holístico”, representado por el Partido Comunista de China. A diferencia de los partidos occidentales, que según su interpretación representan intereses parciales o sectoriales, el partido chino aspira a representar el interés general del Estado-civilización chino. Este concepto es clave: China no se entiende simplemente como un Estado moderno, sino como una civilización milenaria que ha mantenido una continuidad política durante más de dos mil años desde su primera unificación en el 221 a.C.

El liderazgo político chino se basa en un sistema que Zhang describe como “selección más elección”. En otras palabras, antes de alcanzar los niveles más altos del poder, los dirigentes deben pasar por décadas de experiencia administrativa, evaluaciones de desempeño y procesos de selección interna. Por ejemplo, muchos de los líderes del Comité Permanente del Partido han gobernado previamente provincias con poblaciones superiores a 100 millones de habitantes. Según Zhang, esto genera una élite política altamente experimentada, en contraste con sistemas electorales donde líderes pueden alcanzar el poder con escasa experiencia administrativa.

En el ámbito económico, el académico describe a China como una “economía socialista de mercado”, una forma particular de economía mixta. El Estado conserva el control sobre sectores estratégicos como la banca, la energía, la tierra, la minería o las telecomunicaciones, mientras que el sector privado opera dentro de un marco competitivo impulsado por la planificación estatal. La infraestructura básica —incluyendo redes digitales y de telecomunicaciones— es desarrollada por el Estado, mientras que empresas privadas aprovechan ese ecosistema para innovar y competir globalmente.

Este modelo ha permitido la creación de gigantes tecnológicos y comerciales como Alibaba o plataformas digitales que hoy compiten internacionalmente. Al mismo tiempo, el enorme tamaño del mercado chino produce una competencia interna extremadamente intensa —lo que en chino se denomina juǎn— que impulsa la eficiencia industrial y reduce costos. Zhang argumenta que este ecosistema industrial, especialmente visible en regiones como el Delta del Río Yangtsé, no puede reproducirse fácilmente en Occidente porque es el resultado de décadas de planificación combinada con dinámicas de mercado.

Los resultados sociales de este sistema han sido notables. Según datos citados en la entrevista, China ha sacado a aproximadamente 800 millones de personas de la pobreza extrema, contribuyendo a cerca del 75% de la reducción global de pobreza según el Banco Mundial. Este éxito se vincula con una relación particular entre Estado y sociedad. A diferencia de la tradición política occidental, donde frecuentemente se contrapone el poder estatal al ciudadano, el modelo chino promueve una cooperación entre ambos. La administración central mantiene una fuerte capacidad de respuesta ante crisis, desastres naturales o problemas sociales, lo que refuerza la legitimidad del sistema.

Uno de los aspectos más controvertidos del modelo chino es su concepción de la democracia. Zhang critica el paradigma occidental que contrapone “democracia” y “autoritarismo”, argumentando que se trata de una definición dominada por Occidente. En su lugar propone distinguir entre democracia procedimental y democracia sustantiva. La primera se refiere a los mecanismos formales —elecciones multipartidistas, voto periódico— mientras que la segunda se centra en el resultado final: la capacidad del sistema para producir buen gobierno y mejorar el bienestar de la población.

En China, afirma, se desarrolla lo que se denomina “democracia popular de proceso completo”, un modelo en el cual la participación ciudadana se integra en múltiples etapas de la elaboración de políticas públicas. Por ejemplo, proyectos de ley importantes se distribuyen a centros comunitarios y organizaciones locales para recoger opiniones de ciudadanos comunes antes de su aprobación final. Asimismo, la implementación de las leyes es supervisada por instituciones consultivas y legislativas que evalúan su funcionamiento en la práctica.

Zhang también establece un contraste estructural entre China y Estados Unidos en la relación entre política y capital. Mientras el sistema estadounidense se basa en el equilibrio entre poderes dentro del ámbito político —ejecutivo, legislativo y judicial—, el modelo chino busca equilibrar tres fuerzas más amplias: el poder político, el poder social y el poder del capital. En su interpretación, el problema de Estados Unidos es que este equilibrio ha terminado favoreciendo al capital, permitiendo que grandes corporaciones y multimillonarios ejerzan una influencia decisiva sobre la política.

Estas diferencias estructurales se reflejan también en el conflicto económico entre ambos países. Zhang sostiene que la guerra comercial iniciada por Donald Trump se basa en una evaluación equivocada de la economía global. Según su análisis, Estados Unidos depende mucho más de la producción industrial china que China del mercado estadounidense. Las cadenas de suministro construidas durante décadas en regiones industriales chinas forman ecosistemas productivos altamente integrados que no pueden trasladarse fácilmente a otros países.

En el ámbito financiero global, el académico considera inevitable la transformación del sistema dominado por el dólar. China y otros países del Sur Global buscan alternativas que reduzcan la dependencia de la moneda estadounidense, especialmente después de que Washington utilizara sanciones financieras como herramienta geopolítica. En este contexto, Zhang menciona el crecimiento del sistema de pagos internacional chino CIPS, concebido como alternativa al sistema SWIFT.

No obstante, Zhang no plantea una ruptura inmediata con el orden financiero actual. Más bien imagina un sistema de “capas”: el yuan podría expandirse en el comercio de bienes, mientras el dólar continuaría dominando los mercados financieros durante algún tiempo. Este proceso formaría parte de la transición hacia un orden mundial multipolar, en el que distintas potencias coexistan sin una hegemonía única.

Finalmente, Zhang distingue la estrategia de China de la de Rusia en este proceso global. Mientras Rusia actúa como una potencia “revolucionaria” que busca derribar el orden internacional dominado por Estados Unidos, China se considera a sí misma una potencia “reformadora”. Su objetivo no sería destruir el sistema existente, sino transformarlo gradualmente, aprovechando sus fortalezas y corrigiendo sus debilidades.

En este contexto, el académico sostiene que el principal error estratégico de Estados Unidos —especialmente bajo la visión de Trump— es intentar regresar a un modelo mercantilista del siglo XIX, en lugar de adaptarse a las nuevas realidades económicas y tecnológicas del siglo XXI. China, en cambio, afirma estar orientada hacia el futuro.

La conclusión de Zhang Weiwei es clara: el ascenso de China no se explica simplemente por el crecimiento económico, sino por la combinación singular de planificación estatal, competencia de mercado, tradición civilizatoria y experimentación política. Este modelo, sostiene, representa una alternativa real al paradigma occidental y una de las fuerzas principales que están moldeando el nuevo orden mundial del siglo XXI.

Notas a pie de página

1. Benjamín Norton, en Geopolítica Económica: .¿Cómo funciona el sistema de China? El renombrado académico Zhang Weiwei explica el ‘modelo chino’. 26 agosto 2025.



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