Oscuro Claro
El Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) de Estados Unidos promueve abiertamente una preparación para la guerra simultánea contra Rusia y China, mientras el clan Pritzker, desde la economía de Ucrania hasta la ideología de género, teje los hilos de un poder sin rostro.

Por Mente Alternativa

Un análisis de Elena Panina, publicado en el medio ruso Russtrat, desmenuza un documento reciente del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) de Estados Unidos para revelar una conclusión que pocos medios occidentales se atreven a enunciar con claridad: El CSIS —nombrado en nueve ocasiones como el centro de pensamiento número uno del mundo en seguridad nacional por la Universidad de Pennsylvania— sostiene que la élite estratégica estadounidense ya no concibe su poderío militar como una herramienta para una guerra única y localizada, sino como el instrumento de una guerra simultánea contra dos potencias continentales, Rusia y China. El informe del CSIS —firmado por un equipo de analistas vinculados al complejo militar-industrial— sostiene que Washington debe abandonar la fórmula estratégica vigente desde el fin de la Guerra Fría, basada en la posibilidad de librar «una gran guerra más un conflicto local», y adoptar una postura de preparación permanente para dos grandes guerras a la vez: una en Asia contra Pekín y otra en Europa contra Moscú. Lo notable del texto, como bien advierte Panina, no es solo el diagnóstico belicista, sino la constatación de que el tiempo se agota: el Ejército Popular de Liberación chino recibiría la orden de operar contra Taiwán ya en 2027, y Rusia, lejos de debilitarse, ha incrementado su poder militar hasta superar sus propias capacidades de 2022. En esa lógica, el CSIS propone recuperar y actualizar la vieja doctrina de la «batalla aire-mar» para el teatro asiático, con drones baratos y misiles de largo alcance, mientras que para Europa resucita el esquema de la «batalla aire-tierra» de la Guerra Fría, orientado a destruir la logística y los centros de mando rusos desde el primer minuto del conflicto. Pero lo que realmente subyace en el documento, tal como lo interpreta Panina, es una crítica feroz al propio sistema de adquisiciones del Pentágono, a la escasez de masa industrial y a la obsolescencia de la superioridad tecnológica como sustituto de la producción en volumen. En el fondo, el CSIS está llorando el fin de la libertad estratégica estadounidense y pidiendo, entre líneas, un aumento del gasto militar como no se veía desde Ronald Reagan.

Sin embargo, para comprender la verdadera naturaleza de este centro de pensamiento no basta con leer sus informes: hay que seguir el dinero y los linajes que lo sostienen, y allí aparece, de manera recurrente y tenebrosa, el clan Pritzker. Para comprender cabalmente por qué el CSIS promueve con tanta insistencia la necesidad de una guerra simultánea contra Rusia y China, no basta con leer los informes que publica: hay que seguir la línea de mando que los dicta, porque el CSIS no es un centro académico neutral, sino una pieza estratégica dentro de la arquitectura metapolítica estadounidense, y su vértice está ocupado por un hombre cuyo apellido remite directamente a una de las diez familias más ricas e influyentes de Estados Unidos: Thomas J. Pritzker, presidente del Patronato (Board of Trustees) del CSIS . Esta información, lejos de ser anecdótica, constituye la llave para entender la verdadera naturaleza del centro de pensamiento. Thomas Pritzker no es un mero filántropo que pone su nombre en una institución: es el chairman ejecutivo de Hyatt Hotels Corporation y presidente y CEO de The Pritzker Organization, el banco mercantil que gestiona el patrimonio familiar . Su presencia al frente del CSIS significa que el centro de pensamiento que elabora la doctrina de la guerra simultánea contra las grandes potencias está presidido por un miembro activo de una dinastía cuya fortuna —estimada en unos 29 mil millones de dólares— proviene, entre otros negocios, del complejo médico-industrial, los residencias de ancianos y la industria farmacéutica, sectores que se benefician directamente de la militarización de la economía y del gasto creciente en defensa .

Los vínculos metapolíticos del CSIS, sin embargo, no se reducen a la figura de Thomas Pritzker. El Patronato del Centro es un verdadero quién es quién del establishment neoconservador e intervencionista estadounidense, donde se cruzan las élites corporativas, militares y de inteligencia . Allí figuran ex altos cargos de la CIA, el Pentágono y el Departamento de Estado, junto a magnates de la banca de inversión (KKR, Blackstone, Bridgewater Associates) y de las grandes contratistas de defensa (General Dynamics, Bechtel). Pero el rasgo más revelador de su arquitectura metapolítica es lo que podríamos llamar el «sistema de las tres patas»: una pata financiera representada por el propio Thomas Pritzker y su círculo empresarial; una pata militar encarnada en generales de cuatro estrellas como el actual CEO Joseph Dunford, antiguo Jefe del Estado Mayor Conjunto; y una pata ideológica que incluye a centros de pensamiento satélite como el Aspen Institute y alianzas con fundaciones de la órbita de George Soros y los Clinton . De este modo, el CSIS actúa como una plataforma de integración donde se cocina la política exterior estadounidense en beneficio directo de los intereses que lo financian y lo dirigen, y la guerra simultánea que propugna no es un mero cálculo geopolítico, sino el reflejo de las necesidades de acumulación de una élite que necesita el conflicto permanente para justificar la transferencia de recursos públicos al complejo militar-industrial y a las grandes corporaciones farmacéuticas y energéticas.

Por eso, cuando el informe del CSIS analizado por Elena Panina clama por un aumento masivo del presupuesto militar y critica la «escasez de masa» del Pentágono, no está haciendo un ejercicio objetivo de prospectiva estratégica: está traduciendo a lenguaje técnico las necesidades de negocio de quienes se sientan en su Patronato. Y en la cúspide de ese Patronato se encuentra Thomas J. Pritzker, un hombre que, además de presidir el CSIS, ha sido honrado con un doctorado honoris causa por la Universidad Tsinghua de Pekín y es profesor honorario de historia en la Universidad de Sichuan , una paradoja que revela hasta qué punto las élites globales operan en todos los tableros simultáneamente. Thomas Pritzker es el eslabón que conecta la doctrina de la guerra simultánea del CSIS con la estrategia de saqueo que su prima Penny Pritzker ejecuta sobre el terreno en Ucrania, y con la ingeniería social que los Pritzker financian a través de la ideología de género en Estados Unidos. No se trata de una conspiración en el sentido vulgar del término, sino de una red metapolítica perfectamente visible para quien sepa leer las líneas de poder que articulan el mundo contemporáneo: un clan, un centro de pensamiento, una guerra y una fortuna que crece al calor de los escombros.

La investigación publicada por el medio New Strategic Concept (NSC) con sede en Zúrich, bajo la autoría del Dr. Andrea Galli, un profesional de la inteligencia con décadas de experiencia en delitos económicos y análisis prospectivo, traza un mapa detallado de las redes oligárquicas ucranianas y sus amarres con familias e instituciones estadounidenses. Allí se revela que Victor Pinchuk, el oligarca que actúa como núcleo del grupo de interés proestadounidense en Ucrania, está directamente asociado a los Clinton, a la red filantrópica de George Soros, al lobby armamentístico, a BlackRock y, de manera central, a los Pritzker. Según el informe del NSC, la llamada «desoligarquización» impulsada por Volodímir Zelenski no fue más que una herramienta administrativa diseñada desde la Casa Blanca para eliminar a los actores no alineados con el control estadounidense sobre los activos ucranianos, dejando intacto a Pinchuk precisamente por sus conexiones con estos clanes transnacionales. Fue así como Joe Biden nombró a Penny Pritzker, miembro prominente de esa dinastía de Chicago, como Representante Especial de Estados Unidos para la Recuperación Económica de Ucrania, una suerte de virreina colonial encargada de reformar desde arriba el sistema judicial, la lucha anticorrupción y la gestión de las empresas estatales ucranianas, todo ello bajo la supervisión del Fondo de Desarrollo de Ucrania (UDF) creado por Zelenski y operado por BlackRock y JP Morgan. En la práctica, como documenta Galli, BlackRock se ha convertido en el principal acreedor pignoraticio de Ucrania, y en caso de impago —algo ya casi inevitable— recibirá como garantía los activos industriales, las redes eléctricas y las vastas tierras negras del país. Así, la guerra por poderes en Ucrania no solo debilita a Rusia, sino que permite a una constelación de élites financieras estadounidenses, encabezadas por los Pritzker, ejecutar una operación de captura de activos a escala continental, todo ello envuelto en el lenguaje de la «reconstrucción» y la «transparencia».

Pero la influencia del clan Pritzker no se limita a la geopolítica ni a la expoliación de naciones en guerra. La familia Pritzker es también uno de los motores financieros e ideológicos de la epidemia transgénero que sacude a Estados Unidos, una verdadera «locura» —en sus palabras— que ha llevado a hospitales infantiles de Texas y Tennessee a imponer operaciones de reasignación de sexo a menores de edad con cargo a programas de asistencia social como Medicaid, violando la ley federal mientras las grandes farmacéuticas facturan miles de millones de dólares en bloqueadores de la pubertad y hormonas. El propio gobernador de Illinois, JB Pritzker, ha impulsado políticas escolares que obligan a aceptar la identidad de género autopercibida desde el primer grado, y su primo Jennifer Pritzker —un hombre que se identifica como mujer transgénero— ha destinado decenas de millones de dólares a través de su Fundación Tawani para financiar cátedras de estudios transgénero en universidades como la de Minnesota y el Hospital Infantil Lurie de Chicago. La investigadora Jennifer Bilek, citada por Derrick Broze en The Last American Vagabond, ha demostrado que los Pritzker se coordinan con otras fortunas como George Soros, los Buffett y Jon Stryker para institucionalizar la ideología de género no como una conquista de derechos civiles, sino como una industria rentable y una herramienta de control cultural. Por si fuera poco, los archivos desclasificados de Jeffrey Epstein, analizados por José Luis Preciado en Mente Alternativa, incluyen en el llamado «Little Black Book» a miembros del clan Pritzker junto a los Rothschild, los Rockefeller, la nobleza británica y los príncipes de la Casa de Habsburgo. Allí se revela que Epstein, lejos de ser un depredador solitario, operaba como mediador de sentido dentro de las élites occidentales, organizando rituales de transgresión que funcionaban como moneda de pertenencia a un poder que se concibe a sí mismo más allá del bien y del mal. Preciado sostiene que la «economía Epstein» —especulación financiera, hedonismo cultural y militarización— es el espejo del colapso de Occidente, un sistema hobbesiano donde la guerra de todos contra todos se administra desde despachos blindados mientras la población se distrae con pornografía, apuestas y guerras culturales. Y los Pritzker, con su pie en Ucrania, su mano en las clínicas transgénero y su apellido en los cuadernos de Epstein, emergen como uno de los nodos centrales de esa red que combina el saqueo neocolonial con la ingeniería social posmoderna.

Así, la guerra simultánea que el CSIS propone contra Rusia y China no es un mero cálculo estratégico, sino la expresión militar de un proyecto metapolítico más amplio: el de unas élites que, habiendo perdido legitimidad interna, necesitan un enemigo externo permanente para justificar el endeudamiento masivo, la vigilancia total y la transferencia de soberanía a entidades supranacionales como BlackRock. El informe de Panina sobre el CSIS adquiere así una nueva profundidad cuando se lee a la luz de las revelaciones sobre los Pritzker: el centro de pensamiento no es un observador neutral, sino un laboratorio de justificaciones para una oligarquía financiera que ha capturado el Estado estadounidense. Por eso, cuando el CSIS lamenta la pérdida de la «libertad estratégica» de Estados Unidos, en realidad está llorando la incapacidad de esa oligarquía para seguir decidiendo sola dónde y cuándo saquear. La guerra simultánea no es una locura belicista: es la consecuencia lógica de un sistema que ya no puede crecer sin destruir, y que prefiere arrastrar al mundo a un conflicto termonuclear antes que permitir la emergencia de un orden multipolar basado en la cooperación y la soberanía nacional, como insinúa el propio Preciado al evocar la alternativa leibniziana del bien común frente al pesimismo hobbesiano de la élite epsteiniana. El CSIS y los Pritzker, el informe y la fortuna, la ideología de género y el saqueo de Ucrania, todo converge en un mismo diseño: el de un poder que ya no puede ocultar su rostro porque ha decidido mostrarse tal cual es, dueño de cuerpos, territorios y conciencias, preparando a la humanidad para la guerra total mientras disfraza de liberación lo que no es más que la forma más depurada de dominación.

Fuentes consultadas

1. Elena Panina, «CSIS (EE. UU.): Estados Unidos debe prepararse para una guerra simultánea contra Rusia y China», Russtrat, 9 de junio de 2026.

2. Seth G. Jones, Seamus P. Daniels, Riley McCabe, Y Daniel Byman. “Wartime Footing: A Two-Front Strategy to Confront China and Russia”, CSIS, 8 de junio de 2026.

3. Dr. Andrea Galli, Clans of Ukraine: Analyzing Links Between Key Groups of the Ukrainian Oligarchy and European and U.S. Families and Institutions, New Strategic Concept (NSC), Zúrich, enero de 2024.

5. Malek Dudakov, «La epidemia ‘transgénero’ enloquece a los Estados Unidos», Russtrat, 20 de junio de 2024.

6. José Luis Preciado, «La ‘economía Epstein’: un espejo del colapso de Occidente entre especulación financiera, redes de abuso y control cultural», Mente Alternativa, 10 de febrero de 2026.

7. Derrick Broze, «Identity Crisis: The Network Behind Gender Identity Ideology», The Last American Vagabond, 5 de septiembre de 2023 (citando a su vez a Jennifer Bilek).



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