Por Mente Alternativa
El periodista Manuel Hernández Borbolla plantea una interrogante que la mayoría de los analistas eluden: qué beneficio real ha reportado a México más de tres décadas de integración comercial con Estados Unidos. La pregunta resulta incómoda porque las cifras oficiales, esas que los gobiernos de la llamada Cuarta Transformación exhiben con pompa para justificar su continuidad neoliberal, revelan un panorama desolador que ningún discurso patriótico puede maquillar. Mientras el representante comercial de Estados Unidos, Jameson Greer, exige a México mayor «cooperación» en seguridad fronteriza y el cumplimiento del tratado de aguas de 1944 como condición para la renovación del acuerdo, la presidenta Claudia Sheinbaum recibe al funcionario en Palacio Nacional con la solemnidad que se reserva a los amos, no a los socios. La imagen de Marcelo Ebrard y otros funcionarios mexicanos sonriendo ante la cámara mientras negocian la entrega de recursos hídricos y la sumisión en materia de seguridad resume con precisión quirúrgica la naturaleza de esta relación: una subordinación que se disfraza de cooperación.
Para comprender la magnitud del desastre, basta con examinar la productividad total de los factores, el indicador que mide la eficiencia con que una economía transforma sus insumos —trabajo y capital— en bienes y servicios. De 1991 a 2024, este indicador registró una tasa negativa del 0.51%, lo que significa que México se ha vuelto menos eficiente productivamente a lo largo de todo el periodo del TLCAN y su continuidad el T-MEC. La gráfica que Hernández Borbolla presenta en su análisis muestra con crudeza cómo el crecimiento económico de la posguerra, que alcanzaba tasas del 6% o 7% anual durante el «milagro mexicano», se desplomó hasta un magro 2% anual en la era del libre comercio, con los últimos años oscilando en torno al 1.4%. No es un problema de coyuntura, como advierte el economista Santiago Levy: «El problema fundamental es que es imposible esperar una alta tasa de crecimiento cuando la productividad va cayendo». Durante 25 años de crecimiento espectacular de las exportaciones manufactureras, la productividad siguió cayendo, porque el modelo no incentiva el crecimiento de las empresas más productivas sino la supervivencia de las improductivas.
La balanza comercial, otro indicador que desmiente la narrativa oficial, muestra que México ha tenido saldo negativo en prácticamente todos los años desde 1993 hasta 2025. Si se suman las diferencias entre importaciones y exportaciones en esas tres décadas, el resultado es un déficit acumulado de 200,000 millones de dólares. En otras palabras, el país ha importado sistemáticamente más de lo que ha exportado, desmintiendo el mito de una economía exportadora exitosa. La explicación reside en el valor agregado de las exportaciones mexicanas: mientras en 1995 el 76% del valor de lo que México vendía al exterior provenía de insumos nacionales, para 2022 esa proporción había caído al 66%, mientras que el contenido importado —principalmente de China— aumentó del 24% al 33%. México no exporta productos mexicanos; exporta importaciones ensambladas con mano de obra barata. La industria automotriz, joya de la corona exportadora, opera como una gran maquiladora que importa autopartes del sudeste asiático y las ensambla en territorio nacional sin generar el encadenamiento productivo que caracteriza a las economías desarrolladas.
La paradoja resulta insoportable para un gobierno que se autodenomina antineoliberal. Andrés Manuel López Obrador juró destruir el proyecto neoliberal en su discurso de toma de posesión, pero en los hechos no solo mantuvo el T-MEC sino que lo celebró como un logro. La administración de Claudia Sheinbaum continúa la misma política, presumiendo la llegada de inversión extranjera directa —40,800 millones de dólares en el último año— como si se tratara de una conquista y no de la perpetuación de un modelo que somete el territorio nacional a los intereses de las corporaciones transnacionales. La advertencia de Greer, que condiciona la renovación del tratado a que México entregue agua fronteriza y coopere en seguridad, revela hasta qué punto Estados Unidos concibe a su vecino del sur como un satélite cuyos recursos —naturales y humanos— están a su disposición. El agua del río Bravo, que ya ha generado conflictos sociales en Chihuahua documentados por el propio Hernández Borbolla en 2020, se convierte ahora en moneda de cambio para salvar un acuerdo que nunca debió firmarse.
La pregunta que debería encender el debate nacional es por qué un país con el potencial productivo de México acepta estas condiciones. La respuesta la ofrece el economista Enrique Dussel Peters, coordinador del Centro de Estudios China-México de la UNAM: «Es imperativo tomar mucho más en serio a China y es imperativo concretar una agenda con respecto a China. Nada de esto se ha hecho. Se le han apostado todos los huevos de la canasta a Estados Unidos». La dependencia no es un accidente histórico sino una decisión política. Los gobiernos mexicanos, incluido el actual, han preferido la subordinación al norte antes que diversificar sus relaciones comerciales con el Oriente, a pesar de que de China provienen buena parte de los insumos que alimentan el modelo maquilador. La guerra comercial entre Estados Unidos y China, lejos de ser una oportunidad, se ha convertido en otro factor de presión, con Washington exigiendo a México que se alinee con su estrategia de contención en lugar de aprovechar el conflicto para desarrollar una política industrial autónoma.
El diagnóstico es tan claro que resulta inexplicable la pasividad de los tomadores de decisiones. El estancamiento no es coyuntural sino estructural, como demuestra la evolución de la productividad total de los factores, el crecimiento anémico del PIB y la balanza comercial desfavorable. La únicoa beneficiaria del T-MEC es la oligarquía que controla los monopolios —telecomunicaciones, energía, banca— y los maquileros de la frontera norte, una oligarquía rentista que no produce innovación ni genera valor agregado. Hernández Borbolla recuerda que en 1993 México tenía 14 multimillonarios cuyas fortunas sumaban 22,000 millones de dólares; veinte años después, el número de multimillonarios se mantuvo prácticamente igual pero su riqueza acumulada se disparó a 148,500 millones, un incremento del 648%. El TLCAN y el T-MEC han sido un negocio redondo para la élite, pero un desastre para el pueblo mexicano.
En este contexto, la postura del gobierno resulta no solo insostenible sino humillante. Estados Unidos no respetó el acuerdo cuando podía hacerlo y menos lo hará bajo la administración de Donald Trump, cuya política exterior se mueve por el capricho y la amenaza constante. Firmar un alto el fuego con Irán y violarlo a la semana siguiente, como hizo Trump, no es una anomalía sino un patrón de comportamiento que México conoce bien. Sin embargo, el gobierno mexicano insiste en renegociar el T-MEC como si se tratara de un pacto entre iguales, cuando la realidad es que el representante comercial estadounidense viaja a México a exigir agua y sumisión en materia de seguridad, y la presidenta Sheinbaum lo recibe con una sonrisa protocolaria.
La salida no es sencilla pero existe. México podría iniciar un periodo de amortiguamiento de aproximadamente diez años, como ha sugerido Marcelo Ebrard, para que las empresas mexicanas se adapten a la nueva realidad sin el paraguas del T-MEC. Ese plazo, lejos de ser un problema, constituiría una oportunidad histórica para reindustrializar el país, apostar por el mercado interno y diversificar las relaciones comerciales con China y otras economías emergentes. Burkina Faso, un país con muchas menos recursos estructurales que México, está desarrollando coches eléctricos propios mientras México se conforma con el Olinia, un «carrito de golf» que no compite con nadie. La diferencia no es de recursos sino de voluntad política y visión de futuro. El gobierno mexicano podría incluso lavarse las manos y culpar a Trump del fin del T-MEC, utilizando la excusa para implementar una política industrial agresiva que fortalezca el mercado interno y reduzca la dependencia del exterior. Pero para ello se necesita algo que la clase política mexicana, con honrosas excepciones, parece haber perdido: dignidad y capacidad de pensar a largo plazo.
El caso paradigmático de esta incapacidad es la importación de maíz. Entre enero y junio de 2026, México importó 12 millones de toneladas de maíz, un aumento del 8.6% respecto al mismo periodo del año anterior. «Sin maíz no hay país», sentencia el eslogan de un movimiento que el gobierno dice representar, pero la realidad es que el país importa más maíz que nunca, la mayoría transgénico y destinado a uso industrial y forrajero. Es la síntesis perfecta del modelo neoliberal que la 4T prometió destruir y que, sin embargo, no solo mantiene sino que profundiza. Entregar el agua fronteriza para salvar un tratado que no genera crecimiento económico, que desindustrializa el país y que perpetúa la dependencia de Estados Unidos es el último acto de una política que ha condenado a México al estancamiento durante tres décadas. La pregunta no es si vale la pena mantener el T-MEC, sino cuánto tiempo más permitirá la clase política mexicana que el país siga siendo un apéndice de la economía estadounidense, exportando mano de obra barata e importando miseria. Las cifras responden con claridad: el T-MEC no es un tratado de libre comercio sino un tratado de rendición económica que México debería denunciar sin demora. La única manera de salir del subdesarrollo no es entregando más concesiones al imperio, sino construyendo una política industrial soberana que ponga la economía al servicio del pueblo mexicano y no al revés.
Fuentes consultadas
Manuel Hernández Borbolla. ¿Vale la pena mantener el T-MEC? EE.UU. exige a México agua y «cooperación» en seguridad. Transmisión en vivo. 23 de julio de 2026.
AM. EU condiciona el T-MEC a entrega de agua; Sheinbaum lo niega y defiende acuerdo. 23 de julio de 2026.
Tiempo. Hasta agua del Río Bravo, usa EU para presionar en el T-MEC. 23 de julio de 2026.
Santiago Levy. México no crece por falta de productividad, no por incertidumbre del T-MEC. El Financiero. 12 de marzo de 2026.
Alejandro Alegría. Enrique Dussel Peters. México debe tomar en serio a China. La Jornada. 20 de febrero de 2026.
Dr. Javier Galán Figueroa. El T-MEC y la globalización de la economía mexicana. Clioeconomía, FES Acatlán. 4 de julio de 2025.
Productividad total de los factores en las manufacturas mexicanas. Revista Política, Globalidad y Ciudadanía, UANL. Diciembre de 2024.
Bárbara Funes. Neoliberalismo del siglo XXI: Arranca el T-MEC en medio de la pandemia. Izquierda Diario. 1 de julio de 2020.