Por Mente Alternativa
Estados Unidos y China se negaron oficialmente a firmar la nueva Declaración conjunta sobre el uso responsable de la inteligencia artificial con fines militares, un documento impulsado por varios países europeos y organizaciones de derechos humanos que buscaba establecer límites claros al desarrollo y despliegue de sistemas de armas completamente autónomos. El eje central del texto era la exigencia de un “control humano significativo” en cualquier decisión relacionada con el uso de la fuerza letal, una línea roja que Washington y Pekín decidieron no cruzar.
La cumbre, celebrada en A Coruña bajo el marco del encuentro Responsible AI in the Military Domain (REAIM), reunió a 85 países, pero solo 35 firmaron finalmente el compromiso. Entre los ausentes más relevantes no solo estuvieron EE.UU. y China, sino también otras potencias que perciben el desarrollo militar de la inteligencia artificial como un asunto estrictamente ligado a su supervivencia estratégica. El resultado expuso de forma cruda una fractura creciente entre los discursos éticos multilaterales y la lógica real del poder global.
Tanto Washington como Pekín justificaron su negativa con argumentos prácticamente idénticos: aceptar restricciones estrictas podría socavar su seguridad nacional en un entorno de amenazas que evoluciona a gran velocidad. En su lectura, comprometerse con límites internacionales equivaldría a “atarse las manos” mientras actores no estatales o potencias rivales continúan desarrollando sistemas autónomos sin ningún tipo de control efectivo. El problema, desde su perspectiva, no es la ausencia de normas, sino el riesgo de cumplirlas unilateralmente.
Los diplomáticos involucrados en las negociaciones señalaron además una ambigüedad clave del texto: la declaración no define con precisión qué debe entenderse por “control humano significativo”. Estados Unidos insistió en que sus directivas internas ya contemplan mecanismos de supervisión ética y cadenas de mando claras, por lo que nuevas capas de regulación internacional serían redundantes. En otras palabras, Washington reclama para sí mismo el derecho exclusivo de decidir cuándo y cómo la IA puede matar, sin someter ese criterio a estándares externos.
Este desacuerdo no es técnico, sino profundamente político. Como reconocieron varios participantes citados por Reuters, los gobiernos se encuentran atrapados en un auténtico “dilema del prisionero”: todos admiten los riesgos de una automatización descontrolada de la guerra —errores de cálculo, escaladas accidentales, pérdida de responsabilidad humana—, pero ninguno quiere limitarse frente a sus adversarios. El ministro de Defensa de Países Bajos, Ruben Brekelmans, lo resumió con franqueza: el rápido avance de Rusia y China genera urgencia por desarrollar IA militar, pero ese mismo avance debería reforzar la urgencia de regularla. En la práctica, ocurre lo contrario.
El efecto más inmediato de la negativa estadounidense y china es la legitimación de facto de una nueva fase de la carrera armamentista. El foco ya no está en prohibir las armas autónomas, sino en desarrollar sistemas capaces de contrarrestarlas. Esto implica una aceleración del despliegue de enjambres de drones, defensas cibernéticas automatizadas y sistemas de respuesta algorítmica que operan a velocidades incompatibles con la deliberación humana. Según expertos citados en el entorno de la cumbre, estas tecnologías podrían estar plenamente operativas a gran escala antes de finales de 2026.
El contraste con cumbres anteriores es revelador. En La Haya y Seúl, en 2023 y 2024, cerca de 60 países —incluido entonces Estados Unidos— respaldaron un modesto “plan de acción” sin carácter vinculante. El documento actual tampoco es legalmente obligatorio, pero introduce principios más concretos, lo que bastó para que varias potencias dieran un paso atrás. Como explicó Yasmin Afina, investigadora del Instituto de la ONU para la Investigación sobre el Desarme, incluso compromisos no vinculantes pueden resultar incómodos cuando comienzan a parecer políticamente exigibles.
Entre los firmantes se encuentran Canadá, Alemania, Francia, Reino Unido, Corea del Sur y Ucrania, un bloque que intenta sostener la idea de que la guerra algorítmica puede y debe ser gobernada. Sin embargo, la ausencia de las dos principales potencias tecnológicas del planeta convierte ese esfuerzo en un gesto simbólico más que en un freno real.
Lo ocurrido en A Coruña confirma una tendencia inquietante: la inteligencia artificial no está humanizando la guerra, sino deshumanizando las decisiones sobre la violencia. Mientras el discurso público habla de ética y responsabilidad, las potencias centrales se preparan para un escenario en el que la velocidad del algoritmo sustituya al juicio humano. La negativa de EE.UU. y China no es una anomalía, sino una señal de hacia dónde se dirige el orden militar global.