Oscuro Claro
El Sistema nacional de economía política regresa al centro del poder mundial mientras la policrisis demuestra que dinero, mercados y tecnología dependen, en última instancia, de energía, industria, infraestructura y capacidad productiva.

Por José Luis Preciado

Desde posiciones intelectuales diferentes y en ocasiones abiertamente contrapuestas, diversos analistas han venido describiendo fragmentos de una transformación que empieza a adquirir una coherencia extraordinaria cuando se la observa desde una categoría histórica más profunda: el Sistema nacional de economía política. A esa discusión se suman ahora señales procedentes del propio núcleo institucional de las finanzas occidentales. El Banco de Pagos Internacionales (BIS por sus siglas en inglés) advierte sobre deuda soberana, apalancamiento y sobreinversión tecnológica; Deutsche Bank sostiene que la economía mundial ha regresado a un régimen dominado por restricciones de oferta; Washington estudia cómo ampliar una capacidad de refinación que llegó recientemente a operar cerca de sus límites; BRICS construye canales alternativos de pagos y financiación; China acelera la integración de su ecosistema tecnológico; y Estados Unidos comienza a hablar abiertamente de inteligencia artificial militar, armas de control espacial y operaciones que se extienden hasta el espacio cislunar. No son acontecimientos idénticos, pero todos responden a una misma pregunta: cuando la interdependencia deja de ser garantía de eficiencia y comienza a convertirse en vulnerabilidad, ¿quién conserva la capacidad material para reproducir su economía, sostener sus instituciones y ejercer autonomía?

Ésa es precisamente la pregunta que permite recuperar el concepto de Sistema nacional de economía política sin convertirlo en una reliquia del siglo XIX. La fractura decisiva del mundo contemporáneo no discurre simplemente entre mercado y Estado, ni puede explicarse exclusivamente mediante la oposición entre democracias y autoritarismos. Atraviesa estructuras económicas que conservan capacidad productiva, tecnológica, energética y financiera suficiente para absorber perturbaciones, y aquellas que dependen de cadenas excesivamente concentradas, crédito abundante, logística estable y acceso permanente a sistemas controlados por terceros. El problema no es el comercio exterior. Tampoco la inversión internacional. El problema aparece cuando una economía confunde interdependencia con invulnerabilidad y descubre demasiado tarde que una fábrica, una refinería, una red eléctrica, un puerto, un sistema de pagos o una planta de semiconductores no pueden improvisarse cuando llegan las sanciones, la guerra o la escasez.

China constituye el experimento contemporáneo de mayor escala en esta materia. Su ascenso no puede reducirse a la caricatura de un Estado que sustituyó al mercado. Pekín utilizó comercio mundial, capital privado, inversión extranjera, competencia empresarial y mercados de exportación, pero los insertó dentro de una estrategia de largo plazo que concedió una importancia excepcional a infraestructura, manufactura, educación técnica, energía, investigación, logística y control de sectores considerados estratégicos. Ferrocarriles, puertos, redes eléctricas, telecomunicaciones y cadenas manufactureras completas no fueron tratados simplemente como activos cuyo valor debía medirse por su rentabilidad financiera inmediata, sino como componentes de una densidad productiva acumulativa.

La relevancia de esa estrategia se vuelve más visible precisamente ahora que una importante institución financiera occidental empieza a describir el mundo en términos sorprendentemente compatibles con aquella lógica. En The Revenge of the Supply-Side: A New Economic Regime, fechado el 14 de septiembre de 2026, Henry Allen, estratega de Deutsche Bank, sostiene que la economía internacional está abandonando el régimen que predominó durante buena parte de la década posterior a la crisis financiera, cuando la gran preocupación era una demanda insuficiente frente a una capacidad productiva disponible. La década de 2020 estaría introduciendo una estructura distinta: restricciones de oferta, tensiones laborales, inversión creciente, shocks energéticos y una inflación que puede reaparecer con mayor frecuencia. La consecuencia es crucial: herramientas concebidas para estimular demanda pierden potencia cuando el problema se encuentra del lado de la capacidad física de producir.

Esta inversión de la ecuación contiene una de las claves de nuestra época. Si una economía se encuentra en recesión porque los consumidores carecen de dinero, una reducción de tasas, un estímulo fiscal o una expansión del crédito pueden reactivar capacidad ociosa. Pero si el problema consiste en que una refinería ya opera prácticamente al máximo, un estrecho marítimo permanece bloqueado, escasean transformadores, las fábricas de chips no pueden ampliar rápidamente producción o faltan trabajadores especializados, crear más demanda monetaria no crea automáticamente más oferta. Puede crear, sencillamente, un precio más alto para aquello que continúa siendo físicamente escaso.

Es aquí donde Deutsche Bank se encuentra, sin proponérselo necesariamente, con una de las intuiciones fundamentales del Sistema nacional de economía política. El dinero representa poder de compra; no sustituye capacidad productiva. Puede emitirse liquidez, pero no imprimirse una central eléctrica. Puede financiarse una orden de compra, pero no decretarse una planta de semiconductores. Puede subsidiarse el consumo de combustible, pero no producirse por decreto el diésel que una refinería saturada es incapaz de procesar. Cuando la oferta vuelve a convertirse en la restricción dominante, política industrial, infraestructura, energía, formación laboral y tecnología dejan de ser asuntos subordinados a la política macroeconómica: se convierten en sus fundamentos.

La coyuntura energética estadounidense ofrece una demostración extraordinariamente concreta. Los datos de la Administración de Información Energética muestran que la utilización de las refinerías estadounidenses alcanzó 98 por ciento de la capacidad operable a finales de agosto, mientras el Midwest llegó a registrar tasas superiores al cien por ciento bajo la metodología estadística utilizada por la propia EIA; para la semana terminada el 11 de septiembre, el promedio nacional seguía en 96.8 por ciento y el Midwest en 100 por ciento. En otras palabras, la restricción estadounidense no podía expresarse simplemente como ausencia de petróleo bruto. Existía también una restricción en la capacidad de transformar crudo en productos utilizables.

El cierre de la refinería de ExxonMobil en Joliet, Illinois, volvió visible esa fragilidad. La instalación, con capacidad cercana a 264,000 barriles diarios y una producción aproximada de once millones de galones diarios de combustibles, tuvo que detener sus operaciones después de un apagón, mientras el mercado estadounidense de diésel ya atravesaba una situación extraordinariamente ajustada. Reuters vinculó el episodio con un mercado mundial tensionado por la guerra en Oriente Medio, los ataques contra refinerías rusas y una menor disponibilidad de combustibles. La Casa Blanca llegó incluso a estudiar posibles usos de la Defense Production Act para elevar eficiencia y capacidad de refinación, una señal reveladora de hasta qué punto un país extraordinariamente rico en hidrocarburos puede encontrar su verdadera restricción más abajo de la cadena productiva.

El petróleo venezolano vuelve todavía más pedagógica la cuestión. El crudo pesado de la Faja del Orinoco posee características que hacen especialmente valiosa la infraestructura de determinadas refinerías complejas estadounidenses adaptadas para procesarlo. Pero disponer de acceso geopolítico a reservas no equivale a transformar inmediatamente esas reservas en gasolina o diésel. Entre el yacimiento y el surtidor existen extracción, diluyentes, oleoductos, terminales, buques, seguros, almacenamiento, unidades de coquización, hidrógeno, mantenimiento, electricidad y redes de distribución. La energía no es una cifra bajo tierra. Es una cadena de conversión.

La guerra regional amplifica esa realidad. El estrecho de Ormuz, Bab el-Mandeb y el oleoducto saudí Este-Oeste no son simples puntos sobre un mapa. Constituyen partes de una máquina física que conecta reservas energéticas con centros industriales y consumidores. En septiembre, la ofensiva hutí en Yemen y los ataques contra infraestructura saudí añadieron presión sobre ambas rutas. El tráfico comercial por Ormuz cayó drásticamente durante algunos días, mientras el Brent se mantuvo por encima de 100 dólares y cerró el 17 de septiembre alrededor de 104.82 dólares por barril. El 20 de septiembre volvió a cotizar cerca de 104.68 dólares después de nuevos ataques. Ningún banco central puede recrear inmediatamente mediante liquidez el tonelaje de los petroleros que dejan de navegar ni la capacidad de refinación que sale de servicio.

Ésta es la “venganza de la oferta” en su forma geopolítica. El sistema económico de las últimas décadas optimizó producción y transporte suponiendo que los grandes corredores seguirían abiertos, que el capital cruzaría fronteras con facilidad y que proveedores situados a miles de kilómetros continuarían entregando componentes con puntualidad casi industrial. La geopolítica de la década de 2020 introduce la premisa opuesta: toda dependencia crítica puede convertirse potencialmente en un punto de fallo. De ahí que la redundancia, que antes parecía desperdicio, comience a adquirir valor estratégico.

Dos proveedores son más caros que uno, pero reducen vulnerabilidad. Una reserva de capacidad industrial parece ineficiente hasta que una planta desaparece temporalmente. Una ruta logística alternativa puede costar más durante años y convertirse súbitamente en indispensable. Una industria nacional de semiconductores puede producir a mayor costo, pero evita que una sanción paralice sectores completos. Un sistema de pagos redundante parece innecesario mientras funciona el dominante. Todo cambia cuando el acceso deja de estar garantizado.

Por eso los corredores físicos recuperan importancia. El corredor bioceánico Capricornio entre Brasil, Paraguay, Argentina y los puertos chilenos no es solamente infraestructura carretera: modifica las opciones de acceso del interior sudamericano al Pacífico y, por extensión, su relación con Asia. La proyectada conexión rusa Indiga-Karachi intenta enlazar el mar de Barents con Asia Central, Afganistán y Pakistán mediante puertos y ferrocarriles que, si llegan a funcionar coordinadamente, reducirían otras dependencias logísticas. La Ruta Marítima del Norte todavía moviliza un tráfico pequeño frente a las grandes arterias oceánicas, pero Rusia invierte precisamente porque una ruta no adquiere valor estratégico el día en que se necesita: debe cartografiarse, asegurarse, equiparse y mantenerse durante años antes de la emergencia.

Lo mismo sucede con el dinero. La transformación de BRICS ha sido presentada muchas veces mediante la imagen espectacular de una futura moneda destinada a sustituir al dólar. La realidad es menos dramática y probablemente más importante. La Declaración de Nueva Delhi de septiembre de 2026 reconoce el trabajo para mejorar la interoperabilidad de mecanismos de pagos y mensajería transfronterizos y para ampliar liquidaciones e inversiones en monedas nacionales, al mismo tiempo que reconoce explícitamente las prioridades nacionales y la ausencia de una fórmula única. Reuters confirmó esas discusiones y también las divergencias entre los miembros, incluida la resistencia india a adoptar la plataforma china mBridge como fundamento común.

Esa discrepancia no demuestra necesariamente debilidad; muestra la naturaleza del fenómeno. BRICS no funciona como un Estado supranacional ni como una alianza militar con mando centralizado. Su potencial transformador reside en multiplicar opciones sin exigir que todos sus miembros dependan de la misma arquitectura. Monedas nacionales, sistemas de pagos domésticos, interoperabilidad, líneas de crédito, financiación del Nuevo Banco de Desarrollo y acuerdos bilaterales pueden reducir gradualmente el número de transacciones para las cuales existe un único canal obligatorio. El propio NDB confirmó durante la cumbre de Delhi conversaciones sobre cofinanciación, préstamos en monedas locales e infraestructura.

La desdolarización, entendida rigurosamente, no ocurre cuando un dirigente pronuncia un discurso contra el dólar. Ocurre cuando una compañía puede comprar una mercancía, obtener crédito, asegurar la carga, transportarla y liquidar la operación sin depender inevitablemente de una infraestructura financiera determinada. En ese sentido, el proceso es todavía incompleto y el dólar conserva ventajas extraordinarias de profundidad, liquidez, convertibilidad y mercados de capital. Pero la tendencia hacia la redundancia es observable.

Los datos del propio Departamento del Tesoro estadounidense ofrecen un ejemplo. Las tenencias registradas de bonos del Tesoro correspondientes a China continental descendieron a 618,000 millones de dólares en julio de 2026, frente a 633,400 millones en junio, el nivel más bajo desde 2008. El propio sistema TIC advierte que la custodia internacional impide identificar con absoluta precisión al propietario final de todos los títulos, por lo que esas cifras no equivalen a una medición perfecta de la exposición china. Aun con esa cautela, la tendencia ilustra una diversificación progresiva, no la desaparición súbita del dólar.

El problema estadounidense reside en que esta transformación coincide con otro cambio: el encarecimiento del dinero. El 16 de septiembre, la Reserva Federal elevó por unanimidad su rango objetivo de tasas en 25 puntos básicos, hasta 3.75-4.00 por ciento, señalando que la inflación continuaba elevada pese a una actividad económica resistente. El costo de financiar deuda pública, inversión tecnológica y expansión industrial deja así de ser el fondo pasivo de la geopolítica y se convierte en uno de sus principales condicionantes.

El Banco de Pagos Internacionales añade profundidad al problema. Su Quarterly Review de septiembre documenta presión sobre los rendimientos de largo plazo, preocupación por cargas fiscales, valoraciones elevadas y posible sobreinversión tecnológica. También observa que la emisión de deuda de los grandes hiperescaladores tecnológicos está creciendo y que sus primas de riesgo medidas mediante CDS han aumentado frente al resto del mercado. Más significativo todavía: el BIS advierte que inversionistas apalancados y financiados mediante repos están desempeñando un papel creciente como compradores marginales en mercados de bonos soberanos.

Esta combinación modifica el significado de la burbuja tecnológica. El problema no consiste únicamente en determinar si una acción está “cara”. La cuestión sistémica aparece cuando una inversión gigantesca en inteligencia artificial empieza a financiarse crecientemente mediante deuda mientras los mismos mercados de bonos soberanos dependen en mayor medida de intermediarios apalancados y sensibles a márgenes, volatilidad y financiación de corto plazo. Un choque puede transmitirse entonces de un mercado a otro.

El BIS proporciona un ejemplo particularmente ilustrativo con los ETF apalancados sobre acciones individuales, cuyos activos superaron los 190,000 millones de dólares en Estados Unidos durante 2026. Ese tipo de estructura puede obligar a comprar cuando los precios suben y vender cuando caen para conservar su exposición objetivo, amplificando movimientos en ambas direcciones. El organismo utiliza precisamente la volatilidad registrada alrededor de fabricantes asiáticos de memoria para mostrar cómo el apalancamiento puede transformar un movimiento ordinario en otro mucho mayor.

Ray Dalio describe desde otra perspectiva la misma restricción: cuando el servicio de la deuda crece persistentemente más rápido que los ingresos destinados a sostenerla, aumenta la porción del presupuesto que debe destinarse a intereses y disminuye el margen político disponible para otras prioridades. La cuestión no es que un Estado emisor de moneda soberana “quiebre” como una familia. Es que la estructura de su financiación comienza a competir con infraestructura, defensa, seguridad social, inversión tecnológica y transición energética por el mismo excedente económico.

Esto conduce a una contradicción formidable. La geopolítica exige hoy más redundancia precisamente cuando financiar redundancia se vuelve más caro. Estados Unidos y Europa necesitan simultáneamente redes eléctricas, defensa, semiconductores, centros de datos, infraestructura energética y modernización industrial. China necesita sostener una gigantesca transición tecnológica mientras gestiona desequilibrios inmobiliarios y de gobiernos locales. Rusia debe reproducir cadenas tecnológicas bajo sanciones. India intenta ampliar infraestructura para una población enorme. Todos necesitan más capital físico cuando el costo del capital financiero se ha elevado.

La inteligencia artificial intensifica la contradicción porque destruye definitivamente la ficción de una economía digital ingrávida. Un modelo puede descargarse en segundos; la infraestructura necesaria para ejecutarlo a escala tarda años en construirse. Centros de datos, GPUs, redes de transmisión, transformadores, generación eléctrica, refrigeración, fibra óptica, agua, suelo industrial y especialistas constituyen el cuerpo físico de la inteligencia artificial.

China ha entendido esa dimensión. Las restricciones estadounidenses sobre chips avanzados intentaron limitar el acceso de Pekín a capacidades estratégicas, pero al mismo tiempo aumentaron el rendimiento político de sustituir dependencias. CXMT en memorias, Huawei en arquitecturas tecnológicas, Xiaomi en procesadores, modelos propios y el ascenso de DeepSeek forman parte de una transición desde la sustitución de productos concretos hacia la construcción de ecosistemas. Eso no significa que China haya eliminado sus vulnerabilidades. Conserva desventajas relevantes frente a Estados Unidos en chips de frontera y capacidad computacional. Lo importante es que la propia presión externa convierte la reducción de esas dependencias en objetivo nacional.

DeepSeek introdujo además una perturbación conceptual. Reuters señalaba el 16 de septiembre que varios desarrolladores chinos se encuentran ya relativamente cerca de los laboratorios estadounidenses en determinadas capacidades a pesar de trabajar bajo restricciones de cómputo y con estructuras de costos muy diferentes; el ecosistema chino compite particularmente mediante eficiencia, precios reducidos y modelos de pesos abiertos. La cuestión estratégica deja de ser quién posee un único modelo con la mejor puntuación y pasa a ser quién puede desarrollar un ecosistema completo de modelos, chips, energía, centros de datos, software y aplicaciones industriales.

Ahí aparece el concepto de inteligencia artificial soberana. Un Estado no posee soberanía tecnológica porque disponga de un chatbot que hable su idioma. Si los aceleradores pertenecen a otro ecosistema, la nube está sometida a jurisdicción extranjera, los datos se procesan fuera del país y el acceso al modelo depende permanentemente de una API que puede suspenderse, el sistema conserva importantes vulnerabilidades. Del mismo modo, descargar un modelo abierto tampoco produce automáticamente autonomía si la infraestructura material necesaria para ejecutarlo depende completamente de terceros.

La soberanía en IA es por tanto relacional. Consiste en decidir qué dependencias son tolerables, cuáles pueden sustituirse y cuáles provocarían una parálisis si fueran interrumpidas. Un país puede utilizar un modelo extranjero y conservar considerable autonomía si controla los datos, la inferencia, los servidores y la integración institucional. También puede proclamar un modelo “nacional” y continuar profundamente subordinado si carece de chips, energía, nube o capacidad de mantenimiento.

Estados Unidos está llegando a una conclusión semejante desde la seguridad nacional. OpenAI anunció en febrero la incorporación de ChatGPT a GenAI.mil, la plataforma empresarial segura de IA utilizada por aproximadamente tres millones de civiles y militares del Departamento de Guerra para tareas como análisis documental, adquisiciones, investigación, planificación y apoyo a misiones. La versión funciona en infraestructura gubernamental autorizada y el anuncio especificó que se trataba de usos no clasificados. La importancia estratégica no consiste en imaginar un chatbot disparando un arma, sino en comprender el efecto acumulativo de millones de pequeñas ventajas administrativas y analíticas sobre una organización gigantesca.

Resumir inteligencia, detectar contradicciones, revisar contratos, programar software, comparar escenarios logísticos y procesar enormes cantidades de información puede mejorar la eficiencia de una maquinaria militar mucho antes de que un modelo controle directamente un sistema cinético. La IA comienza así a actuar como una capa que conecta inteligencia, logística, adquisiciones, comunicaciones y mando.

Ésa es también la razón por la que la competencia tecnológica entre Washington y Pekín no puede separarse de tierras raras, semiconductores y energía. El 20 de septiembre, el secretario del Tesoro Scott Bessent y el viceprimer ministro chino He Lifeng discutieron precisamente comercio, minerales críticos e inteligencia artificial antes de las conversaciones de alto nivel previstas entre ambos gobiernos. La rivalidad tecnológica y la interdependencia económica conviven porque ninguno de los dos sistemas puede desmantelar instantáneamente todos sus vínculos sin imponerse costos extraordinarios.

Lorenzo Maria Pacini denomina “estabilidad estratégica constructiva” al intento de transformar esa rivalidad en competencia administrada. La formulación no garantiza ningún acuerdo, pero ayuda a comprender por qué Washington y Pekín buscan simultáneamente limitar al contrario y preservar canales de comunicación. El 17 de septiembre, Wang Yi y Marco Rubio discutieron futuras interacciones de alto nivel y la crisis de Oriente Medio. La vulnerabilidad mutua no elimina la rivalidad; puede establecer límites a la ruptura.

La dimensión espacial lleva esa lógica todavía más lejos. El 14 de septiembre, el secretario de la Fuerza Aérea estadounidense Troy Meink afirmó públicamente que la Fuerza Espacial dispone ya en órbita de “space control weapons” capaces, según su descripción, de proteger a la fuerza conjunta frente a acciones hostiles. La naturaleza exacta de esos sistemas permanece clasificada, por lo que no puede afirmarse responsablemente si son cinéticos, electromagnéticos o de otra categoría. La declaración constituyó, sin embargo, uno de los reconocimientos más explícitos de capacidades estadounidenses de control espacial desplegadas en órbita.

Dos días después, el presidente del Estado Mayor Conjunto, general Dan Caine, dijo que las fuerzas estadounidenses deben adaptarse para combatir, resistir y vencer en entornos disputados “desde el lecho marino hasta el espacio cislunar”. También advirtió que las fuerzas tendrán que asumir que podrán ser vigiladas por sistemas autónomos, interferidas a lo largo del espectro electromagnético y rastreadas en tiempo real. No se trata de una declaración menor: la frontera que los planificadores militares estadounidenses contemplan ya conecta fondo oceánico, infraestructura terrestre, órbita y región Tierra-Luna.

Conviene precisar el aspecto jurídico. El Tratado del Espacio Exterior de 1967 no prohíbe todas las armas convencionales en órbita. Su artículo IV prohíbe colocar armas nucleares u otras armas de destrucción masiva alrededor de la Tierra o estacionarlas en el espacio, y establece un régimen mucho más restrictivo para la Luna y otros cuerpos celestes, donde prohíbe bases militares, pruebas de armas y maniobras militares. Por eso la declaración de Meink no basta por sí sola para demostrar una violación del tratado. Sí demuestra, en cambio, hasta qué punto el espacio está siendo incorporado explícitamente a la planificación estratégica de las grandes potencias.

El significado económico es incluso más profundo que el militar. Una presencia sostenible en el espacio cislunar requerirá comunicaciones, navegación, vigilancia, energía, lanzamiento, reposición de satélites, software, sensores, cadenas industriales y eventualmente infraestructura en torno a la Luna. La competencia empieza antes de que exista una economía lunar madura porque los estándares y sistemas construidos hoy pueden determinar qué actores controlarán mañana las condiciones materiales de acceso.

De nuevo aparece el mismo patrón. El Sistema nacional de economía política ya no termina en una frontera terrestre. Se extiende hacia redes submarinas, cables, órbitas, constelaciones satelitales y capacidad computacional. Una potencia que pierde los sistemas que observan, comunican, posicionan y coordinan sus fuerzas puede conservar tanques, aviones y barcos y, sin embargo, experimentar una reducción radical de su eficacia operativa.

La guerra en Ucrania confirma desde otro ángulo que la digitalización no elimina la geografía. Drones, inteligencia artificial, guerra electrónica y sensores transforman el campo de batalla, pero territorio, agua, ferrocarriles, energía, producción de municiones, mantenimiento y profundidad logística continúan condicionando las operaciones. Las evaluaciones de Elena Panina sobre Sloviansk, Kramatorsk y el corredor del Dniéper son interpretaciones de parte y sus pronósticos no deben confundirse con resultados establecidos; su utilidad analítica reside en recordar que incluso la guerra aparentemente más tecnológica continúa anclada en nodos físicos.

Europa enfrenta la misma contradicción en tiempos de paz relativa. Reemplazar energía rusa, elevar gasto militar, electrificar industrias, financiar transición energética, expandir centros de datos y mantener estados de bienestar envejecidos exige cantidades extraordinarias de capital físico. Al mismo tiempo, Deutsche Bank advierte que el envejecimiento demográfico puede reducir oferta laboral mientras generaciones jubiladas continúan demandando bienes y servicios, aumentando la presión sobre una economía cuya capacidad de respuesta ya no puede darse por descontada.

Esto modifica incluso la discusión clásica sobre salarios. Si la escasez de trabajadores se vuelve estructural, salarios nominales mayores no reflejan únicamente conflicto distributivo; pueden expresar una economía que compite por una oferta de trabajo limitada. Y si el aumento salarial ocurre mientras energía, vivienda, transporte o capacidad industrial siguen restringidos, parte de ese ingreso adicional puede transformarse en precios mayores. La solución deja de ser exclusivamente monetaria. Regresa la cuestión de productividad, capacitación, inversión y expansión de capacidad.

Jeffrey Sachs coloca esta transformación en una escala histórica más larga. Su argumento sostiene que el extraordinario predominio occidental de los últimos dos siglos fue producto de una combinación excepcional de revolución científica, industrialización, colonialismo y posterior concentración de poder estadounidense. Desde esta perspectiva, la recuperación del peso económico de Asia no constituye la creación de una anomalía, sino una redistribución hacia una configuración más plural. Esa interpretación puede discutirse, pero ayuda a comprender por qué infraestructura, tecnología y desarrollo industrial vuelven a desplazar a la ideología como indicadores de poder.

BRICS ofrece una traducción institucional imperfecta de esa pluralización. Su importancia no reside en constituir un “Occidente inverso” disciplinado desde Pekín. India mantiene profundas relaciones con Estados Unidos y Europa; China e India arrastran conflictos fronterizos y competencia industrial; Emiratos Árabes Unidos preserva vínculos occidentales; Brasil procura maximizar su autonomía; Rusia busca mercados alternativos sin que eso excluya el interés eventual por normalizar partes de sus relaciones económicas con Europa. La declaración de Nueva Delhi pudo alcanzar consenso sobre moderación en Oriente Medio precisamente entre Estados con intereses divergentes.

La multipolaridad real se parece menos a dos bloques perfectamente separados que a una proliferación de nodos. Un Estado puede financiarse en un mercado, adquirir tecnología en otro, comerciar energía mediante una tercera moneda y participar simultáneamente en instituciones rivales. La autonomía aumenta no cuando desaparecen las relaciones exteriores, sino cuando ninguna relación individual puede convertirse fácilmente en condición absoluta de supervivencia económica.

Por eso el concepto más preciso no es autarquía, sino soberanía relativa. China necesita mercados externos, materias primas y tecnología internacional. Estados Unidos necesita cadenas de suministro, minerales críticos y compradores de sus activos. Rusia necesita mercados y logística. India necesita energía, capital y tecnología. Europa necesita materias primas y acceso marítimo. Ninguna gran potencia contemporánea puede aislarse sin destruir una parte importante de su prosperidad. La cuestión es diferente: cuántas dependencias críticas pueden interrumpirse simultáneamente antes de que la economía deje de funcionar.

Ahí se encuentra la contradicción central entre el viejo régimen de globalización y el orden emergente. Durante varias décadas, la eficiencia significó eliminar duplicaciones: inventarios mínimos, fabricación concentrada, una gran moneda de liquidación, redes logísticas optimizadas y producción localizada donde el costo inmediato fuera menor. La seguridad exige ahora lo contrario. Inventarios, producción doméstica, proveedores múltiples, rutas alternativas, reservas estratégicas, redes de pagos redundantes y capacidad tecnológica propia implican costos superiores en condiciones normales, pero ofrecen resistencia cuando el sistema es sometido a presión.

Puede definirse así la nueva economía política de la redundancia estratégica.

El cambio tiene consecuencias incómodas para todos. China puede construir capacidad industrial y al mismo tiempo sufrir sobreinversión, problemas demográficos y tensiones financieras. Estados Unidos puede conservar la infraestructura financiera más profunda del planeta y al mismo tiempo descubrir cuellos de botella en refinación, redes eléctricas o determinadas manufacturas. Rusia puede reducir algunas dependencias bajo sanciones y crear otras. India puede aumentar autonomía sin escapar a su dependencia energética. BRICS puede multiplicar alternativas sin crear una política común. Ningún modelo elimina costos; simplemente distribuye vulnerabilidades de manera diferente.

Por ello sería simplista concluir que el mundo presencia una sustitución mecánica de Occidente por BRICS. Lo que está desapareciendo no es un centro para que otro ocupe intacta la misma estructura. Está desapareciendo gradualmente la posibilidad de que una sola infraestructura monetaria, tecnológica, logística o política funcione como destino inevitable de todos los demás.

Tampoco muere el comercio internacional. Entra en crisis la idea de que el comercio puede sustituir una estrategia nacional. No desaparece el dólar de la noche a la mañana. Se erosiona la certeza de que todas las transacciones importantes deban pasar necesariamente por él. No termina Internet. Surge la pregunta de quién controla los centros de datos, modelos, cables, chips y legislación que permiten utilizarlo. No termina la globalización. Termina la fase en la que globalizar parecía equivaler necesariamente a concentrar los puntos críticos de control y asumir que seguirían disponibles con independencia de la geopolítica.

Deutsche Bank proporciona la fórmula macroeconómica adecuada: ampliar la frontera productiva. El BIS proporciona la advertencia financiera: hacerlo en una economía altamente endeudada y apalancada puede resultar cada vez más costoso. China ofrece el experimento de utilizar política industrial para construir esa frontera. Estados Unidos intenta reconstruirla mediante subsidios, seguridad energética, controles tecnológicos y movilización del sector de defensa. BRICS experimenta con mecanismos para internacionalizar opciones sin reproducir necesariamente una nueva hegemonía monetaria. La inteligencia artificial demuestra que la tecnología más avanzada continúa dependiendo de electricidad, minerales y máquinas. Y el espacio cislunar señala que esa frontera material empieza a expandirse fuera de la Tierra.

Ésta es quizá la paradoja histórica más importante del siglo XXI. Cuanto más digital parece la economía, mayor es su dependencia de una infraestructura física gigantesca. Cuanto más sofisticadas son las finanzas, más evidente resulta que el dinero no sustituye capacidad. Cuanto más globales son los mercados, más valor adquiere disponer de rutas alternativas. Cuanto más poderosa es la inteligencia artificial, más electricidad consume. Cuanto más lejos llega una potencia en el espacio, más larga y compleja se vuelve la cadena industrial necesaria para mantenerla allí.

La jerarquía mundial del poder vuelve, en consecuencia, a adquirir una base brutalmente material.

Puede emitirse una moneda, pero no imprimirse una refinería. Puede expandirse un balance bancario, pero no decretarse un transformador eléctrico. Puede aprobarse un presupuesto militar, pero no fabricarse de inmediato el inventario que no existe. Puede cerrarse un mercado, pero sólo otro mercado sustituye sus compradores. Puede bloquearse un estrecho, pero únicamente otra ruta transporta físicamente la carga. Puede desarrollarse un modelo de inteligencia artificial, pero sin chips y energía queda reducido a código. Puede lanzarse un satélite, pero sin una industria capaz de reemplazarlo su pérdida se convierte en vulnerabilidad estratégica.

El Sistema nacional de economía política regresa porque el mundo redescubre precisamente esa diferencia entre valor financiero y capacidad material.

China comprendió antes que muchos de sus competidores que infraestructura, industria, ciencia, educación, energía y crédito forman un sistema y no una colección de sectores independientes. Rusia aprendió bajo sanciones el costo de depender de cadenas que otros pueden cortar. India intenta transformar esa lección en autonomía sin renunciar a sus múltiples alianzas. BRICS empieza a institucionalizar una red de alternativas. Estados Unidos redescubre la política industrial y la vincula crecientemente con seguridad nacional. Europa habla de resiliencia, autonomía estratégica y cadenas críticas porque las crisis sucesivas han revelado los límites de la eficiencia sin redundancia.

Pero la pregunta final no es qué país posee una doctrina perfecta. Tampoco qué bloque obtendrá una victoria definitiva. La cuestión más profunda es qué sociedades serán capaces de organizar crédito, conocimiento, energía, tecnología y trabajo para ampliar su capacidad productiva sin quedar atrapadas entre deuda, inflación, escasez y militarización.

Dennis Small introduce aquí una dimensión que las hojas de cálculo no pueden resolver. La soberanía productiva no determina por sí misma el uso que se hará de ella. Una nación con más industria puede construir hospitales o misiles; una infraestructura más poderosa puede conectar sociedades o aumentar capacidad coercitiva. La multipolaridad tampoco es moralmente superior por definición. Distribuye poder de forma distinta y puede generar cooperación, competencia o ambas simultáneamente.

Por eso el debate decisivo no es simplemente cuánto poder conserva el Estado nacional, sino para qué se reconstruye ese poder. Si la economía física sirve exclusivamente para reproducir una carrera armamentística ilimitada, el mundo habrá cambiado de geometría sin cambiar de lógica. Si permite que países suficientemente fuertes para no depender de la subordinación cooperen mediante infraestructura, comercio y desarrollo, la redistribución de capacidades puede adquirir otro significado histórico.

Estamos entrando, en cualquier caso, en una época en la que las abstracciones económicas volverán una y otra vez a ser sometidas a la prueba de la materia.

Cuando falte combustible, importará la refinería.

Cuando falten chips, importará la fábrica.

Cuando falle una ruta, importará el puerto alternativo.

Cuando se fragmente el sistema financiero, importará el canal de pagos redundante.

Cuando la IA se convierta en infraestructura de Estado, importarán los datos, los centros de cómputo y la electricidad.

Cuando el espacio cislunar se convierta en dominio estratégico, importarán los cohetes, sensores, comunicaciones y cadenas industriales capaces de sostener presencia más allá de la Tierra.

Ése es el verdadero significado de la transición que estamos contemplando. La policrisis no demuestra simplemente que existen muchas crisis al mismo tiempo. Revela que todas ellas terminan chocando contra el mismo límite: la capacidad física de las sociedades para reproducir aquello de lo que dependen.

Y es allí, en el punto exacto donde el crédito debe convertirse en infraestructura, el petróleo en combustible, los minerales en chips, los datos en inteligencia, la ciencia en tecnología y las rutas en comercio efectivo, donde se está decidiendo la nueva jerarquía mundial.

El siglo XXI parecía destinado a confirmar que el poder sería cada vez más virtual. Está ocurriendo algo más paradójico.

Cuanto más digital se vuelve el mundo, más decisiva vuelve a ser la economía física.

Fuentes consultadas

Henry Allen/Deutsche Bank, The Revenge of the Supply-Side: A New Economic Regime, 14 de septiembre de 2026; Federal Reserve; U.S.

Banco de Pagos Internacionales, Quarterly Review, septiembre de 2026.

Alex Krainer. How China is Actually Winning the Economic War (The Real Data). 8 de septiembre de 2026.

Dennis Small. BRICS busca reorganizar el mundo: “somos socios y no rivales”. EIR. 14 de septiembre de 2026.

Jeffrey Sachs y Glenn Diesen. BRICS Builds a New World – Without the West. Glenn Diesen – Greater Eurasia Podcast. 16 de septiembre de 2026.

Elena Panina. Diversas notas sobre BRICS, Yemen, Irán, Ucrania, Reino Unido, política monetaria y espacio cislunar. Russtrat. Septiembre de 2026.

Ray Dalio. How Countries Go Broke: The Dynamic Behind What is Happening Now.* Substack 21 de agosto de 2026.

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