Por Mente Alternativa
En una conversación publicada en su canal de YouTube, el periodista y analista político Jesús Escobar Tovar desmitifica el origen del narcotráfico y la violencia en México, trazando una genealogía que se remonta a las guerras del opio, atraviesa los ferrocarriles de Porfirio Díaz y la Operación Cóndor, y encuentra su centro nervioso en la Dirección Federal de Seguridad (DFS) encabezada por Fernando Gutiérrez Barrios. El análisis de Escobar no es una crónica más del narco; es una autopsia del Estado mexicano como actor principal de su propia descomposición.
Para comprender el monstruo, advierte Escobar, hay que definir primero de qué hablamos cuando hablamos de narcotráfico. Si lo entendemos como instrumento geopolítico, el origen se encuentra en las guerras del opio, cuando Gran Bretaña inundó China de droga para luego declararle la guerra. Pero en el caso concreto de México, la historia es más doméstica y más sórdida: el narcotráfico no surgió como lo conocemos ahora. “Antes era como vender tomates”, dice Escobar, citando a otros analistas: se trasladaba la droga al norte sin violencia, como un negocio campesino más, controlado por terratenientes sinaloenses que siempre han tenido el control del mercado local más allá de los capos. El problema —y aquí está la tesis central de Escobar— fue cuando el narcotráfico se volvió parte medular de la política exterior de Estados Unidos, cuando Nixon lanzó su guerra contra las drogas para cazar activistas antiguerra, cuando la droga se convirtió en un arma de control social y contrainsurgencia.
Ese es el punto de inflexión que Escobar sitúa con precisión quirúrgica: la Operación Cóndor en México. Inspirada en las dictaduras sudamericanas financiadas por la CIA —que utilizaron el narcotráfico para derrocar gobiernos democráticos en Bolivia, Brasil y Chile—, la versión mexicana, encabezada por Alejandro Hermosillo, se presentó como una campaña de fumigación contra los cultivos de droga. La realidad, denuncia Escobar, fue muy otra: fumigaron territorios de campesinos y detuvieron campesinos, pero los terratenientes de Sinaloa siguieron ganando el mismo dinero. Lo que sí hicieron fue trasladar el negocio del narcotráfico desde Sinaloa hacia Guadalajara. Y ahí, dice Escobar, el narcotráfico se armó, se volvió violento, empezaron a hablar de cárteles, cuando en México nadie hablaba de cárteles. “Hasta que aparece el cártel de Guadalajara bautizado de esa manera por la DEA y por la CIA”.
Pero Escobar va más allá del relato convencional. Desmonta el mito de los capos como actores principales. “Nos dijeron que Neto Fonseca, nos dijeron que Miguel Ángel Félix, nos dijeron que Caro Quintero, pero no”, sentencia. “La realidad es que era la Dirección Federal de Seguridad, ese era el gran tema”. Quien controlaba el narcotráfico era la DFS. Era el gobierno federal, era el gobierno de Estados Unidos. Y esa etapa, insiste Escobar, es clave para entender la violencia que hoy padecemos: es cuando se involucran policías y expolicías en el negocio, cuando se involucran generales, cuando México se convierte en un territorio en disputa.
La DFS, explica Escobar, era la policía política del régimen, una réplica de las agencias estadounidenses, con agentes entrenados en la Escuela de las Américas. Su lema era un tigre, y su función no era lograr la paz sino desestabilizar, reprimir, perseguir. Y al frente de todo estaba Fernando Gutiérrez Barrios, el hombre que, según Escobar, “más sabía del sistema político mexicano”, el tipo que sabía quién mató a Colosio, que sabía lo que habías desayunado tú y lo que había desayunado yo. “El jefe de jefes era Fernando Gutiérrez Barrios”, afirma Escobar, y no Miguel Ángel Félix Gallardo. Gutiérrez Barrios fue el gran creador, el gran instrumentalizador de todo esto, el hombre que con “guante de seda cubría el puño de hierro”.
El análisis de Escobar expone una continuidad siniestra: las prácticas de tortura de la DFS —esas bolsas en la cabeza que vemos hoy en los videos de detenciones— siguen replicándose. La formación de los policías mexicanos durante décadas fue una formación represora, de tortura, educados para ver al enemigo interno en el ciudadano, en el joven, en el estudiante. La DFS espió a Juan Gabriel, espió a medio México, espió a Andrés Manuel López Obrador, espió a Lázaro Cárdenas. Y Fidel Castro, que estuvo preso en México, supo perfectamente lo que era esa policía.
Lo que Escobar revela es que la violencia del narcotráfico no es un fenómeno paralelo al Estado: es una violencia procedente del Estado, pero de un Estado Profundo controlado desde el extranjero. Un Estado criminal, un Estado que durante años tuvo prácticas represoras, persecutoras, en donde el enemigo común eran los campesinos, los activistas, los doctores, los mineros, los estudiantes, los guerrilleros y todo grupo que obstaculizara la agenda del orden mundial anglo-estadounidense. Los secuestros, las desapariciones no provinieron de los capos. Fue el Estado el primero que empezó a desaparecerlos. De la policía a los narcoparamilitares, de la DFS a García Luna, la línea es recta y no se ha roto.
Fuentes consultadas
Jesús Escobar Tovar. This is why the cartels grew in Mexico. YouTube. 23 de agosto de 2026.
Wikipedia. Fernando Gutiérrez Barrios. s.f.
Wikipedia. Dirección Federal de Seguridad. s.f.
Wikipedia. Plan Cóndor. s.f.
Wikipedia. Pedro Avilés Pérez. s.f.