Por Mente Alternativa
Alan MacLeod, periodista de investigación de MintPress News, ha documentado en un extenso reportaje la creciente dependencia de las celebridades globales de los equipos de seguridad israelíes, una práctica que convierte a antiguos agentes del Shin Bet, el Mossad y las fuerzas especiales del ejército de Israel en los guardianes de los secretos más íntimos de Taylor Swift, Lionel Messi, Kim Kardashian y Brad Pitt. Lo que en apariencia constituye una elección pragmática de élite —la fama mundial de la seguridad israelí, comparada por sus propios promotores con la Coca-Cola— se revela, bajo el escrutinio de MacLeod, como una peligrosa confusión entre protección y espionaje, entre lealtad contractual y compromiso nacional, entre cuerpo de seguridad y brazo de inteligencia de un Estado extranjero cuya red de chantaje y vigilancia se extiende como una sombra sobre los poderosos de la Tierra.
La industria del espectáculo, ese universo de brillo y vulnerabilidad, ha abierto sus puertas a una corriente ininterrumpida de excomandos israelíes que, tras décadas de infiltración en territorio enemigo —aprendiendo árabe, memorizando términos para detectar homosexualidad, participando en misiones de extorsión y asesinato selectivo—, desembarcan en Los Ángeles con un currículum de sangre y sigilo que en lugar de repeler, seduce. Moshe Alon, veterano de los servicios secretos israelíes, llegó a Estados Unidos en 1984 para proteger a los atletas israelíes en las Olimpiadas de Los Ángeles y nunca regresó: fundó Professional Security Consultants, una empresa que hoy opera en más de cuarenta estados, emplea a cuatro mil personas y ha custodiado a Elizabeth Taylor, Michael Caine y Goldie Hawn. La trayectoria de Alon no es excepcional, sino el molde de una industria que vende como virtud lo que en cualquier otro contexto sería considerado un riesgo de seguridad nacional: la contratación de agentes entrenados para vivir bajo identidades falsas, recolectar información comprometedora y, llegado el caso, eliminar objetivos.
El caso de Lionel Messi resulta paradigmático, no solo por su condición de superestrella global, sino por su vínculo explícito con el ecosistema de inteligencia israelí: en 2020, el futbolista argentino se convirtió en el rostro de una empresa israelí de inteligencia artificial fundada por espías del ejército, y desde entonces se desplaza acompañado por un selecto equipo de exagentes. Brad Pitt, Jennifer Aniston, Madonna, Pink, Jennifer Lopez y Lucy Liu engrosan la nómina de celebridades que han confiado su seguridad a estos equipos. Justin Bieber, por su parte, protagonizó en 2013 un incidente que destapó la naturaleza de estas relaciones: la presunta agresión a su propio guardaespaldas israelí, Moshe Benabou, director de Israguard Security Services, puso en evidencia que la frontera entre el empleado y el empleador se difumina cuando ambos están inmersos en un ecosistema de lealtades complejas y secretos compartidos.
Pero la inquietud que MacLeod siembra con meticulosa precisión no se limita a la anécdota escandalosa, sino que se ancla en la estructura misma de las unidades de élite de las que provienen estos guardaespaldas. Kfir Goldin, director de Safe Security y protector de Nick Jonas y Priyanka Chopra, ostenta con orgullo su paso por la Brigada Givati, una unidad conocida por la demolición sistemática de viviendas palestinas y la conversión de los territorios que pisa en «tierra arrasada», en palabras de su comandante Avraham Zeriviv. Lior Raz, antes de convertirse en guardaespaldas de Arnold Schwarzenegger y Maria Shriver, sirvió en la unidad Duvdevan, un cuerpo de espías que vive infiltrado en comunidades árabes y cuya labor ha sido tan exitosa que inspiró la serie «Fauda», que ha glamorizado sus operaciones hasta convertir su nombre en un sello de marketing. «La gente quiere guardaespaldas como en Fauda», admite Yechiel Salomon, otro veterano que protege a Helen Mirren y Michael Douglas, confirmando que la línea entre la realidad y la ficción, entre la guerra y el espectáculo, se ha desvanecido por completo.
El caso de Aaron Cohen, canadiense de origen que emigró a Israel a los diecisiete años, sirvió tres años en la Duvdevan y participó en más de doscientas misiones de infiltración, antes de mudarse a Los Ángeles y fundar IMS Security Consultants, donde protegió a Britney Spears, Katy Perry y Brad Pitt, y donde Kanye West confió la seguridad de Kim Kardashian tras el robo a mano armada que sufrió en 2016. La ironía no escapa a MacLeod: el mismo Kanye West que años después se convertiría en una figura polémica por sus declaraciones antisemitas confiaba entonces su vida y la de su esposa a un exespía israelí. Pero más allá de las contradicciones individuales, el autor plantea una pregunta que resuena con inquietante claridad: ¿a quién sirve realmente un excomando israelí cuando protege a una celebridad estadounidense? ¿Al contrato que firmó o al Estado que lo entrenó, que lo formó en el arte de la vigilancia y el chantaje, y que sigue reclamando su lealtad?
La respuesta se hizo explícita en octubre de 2023, cuando, tras los atentados del 7 de octubre, una oleada de guardaespaldas israelíes abandonó sus puestos en Estados Unidos para reincorporarse a sus unidades militares. El guardaespaldas de Taylor Swift explicó a Israel Hayom que dejó su «vida increíble en Estados Unidos, un trabajo de ensueño, grandes amigos y un hogar cómodo» porque no podía permanecer impasible mientras «familias eran masacradas y quemadas vivas en sus hogares». Oded Krashinsky, fundador de Advanced Security Concepts y guardaespaldas personal de Nicole Kidman, dejó todo para luchar por Israel, argumentando que su experiencia en la toma de decisiones tácticas era lo que podía aportar. Estos gestos de lealtad, que algunos podrían calificar de patrióticos, revelan la vulnerabilidad de un sistema que confía la seguridad de las figuras más expuestas del planeta a individuos cuyo compromiso primario no es con el cliente, sino con un Estado genocida que libra una guerra de supervivencia y que ha demostrado una capacidad sin escrúpulos para utilizar cualquier información como arma.
MacLeod no se detiene en la anécdota, sino que conecta estos hechos con una red más amplia de vigilancia y control. Unit 8200, la unidad de inteligencia israelí de la que surgió el software espía Pegasus, ha atacado los dispositivos de jefes de Estado como Emmanuel Macron, Imran Khan y Barham Salih, y ha sido utilizada por gobiernos autoritarios como el de Narendra Modi en India o el de Arabia Saudita, que espió al periodista Jamal Khashoggi antes de su asesinato. Los mismos agentes que hoy protegen a las estrellas de Hollywood han sido entrenados para leer mensajes de texto palestinos, escuchar llamadas y extraer secretos que puedan ser utilizados para chantaje, incluyendo la orientación sexual de los objetivos. La pregunta que flota en el aire, y que MacLeod formula, es si existe alguna diferencia sustancial entre el modus operandi de un espía en Gaza y el de un guardaespaldas en Beverly Hills, más allá del salario y el alfombra roja.
La industria del entretenimiento, sin embargo, ha sido históricamente un bastión de apoyo a Israel, y el propio MacLeod ha documentado en investigaciones previas cómo productores de cine coordinaron con funcionarios israelíes la promoción del país y la represión de las voces propalestinas en el gremio. Por lo tanto, no resulta sorprendente que los mandamases de Hollywood vean con normalidad la contratación de exoperativos israelíes; lo que resulta alarmante, como señala el autor, es la permisividad con que Estados Unidos permite que agentes de inteligencia extranjeros —procedentes de un país que ha espiado sistemáticamente a sus aliados y enemigos— operen en su suelo y accedan a los secretos de sus ciudadanos más influyentes. Si se tratara de Rusia o China, el escándalo sería mayúsculo; pero tratándose de Israel, la fusión militar y política entre ambos países, ejemplificada por los proyectos de integración legislativa que han superado los 1,5 billones de dólares en el Congreso, convierte esta anomalía en algo apenas digno de mención.
El ensayo de MacLeod no se limita a denunciar un fenómeno, sino que desnuda una contradicción profunda del capitalismo global: la paradoja de que las élites del entretenimiento, que se presentan como defensoras de los derechos humanos y la libertad de expresión, confíen su integridad física y su privacidad a los brazos ejecutores de una de las políticas de ocupación y vigilancia más controvertidas del mundo. La seguridad israelí se ha convertido en un producto de lujo, un distintivo de estatus que, sin embargo, lleva consigo el germen de la vulnerabilidad, porque quien contrata a un exespía no está comprando solo un servicio, sino incorporando a su círculo íntimo a un agente doble potencial, cuya lealtad última está en manos de un Estado que no duda en utilizar la información como moneda de cambio.
La reflexión que subyace a todo el ensayo es que la seguridad, ese bien supremo en un mundo de amenazas crecientes, se ha convertido en un territorio minado donde la protección y la amenaza son dos caras de la misma moneda. Al confiar su vida a los mismos cuerpos que han perfeccionado el arte de la infiltración y el chantaje, las celebridades no hacen sino reproducir a escala íntima la lógica del poder global: la de un mundo donde los límites entre amigo y enemigo, entre protector y depredador, son difusos y cambiantes, y donde el precio de la seguridad es a menudo la cesión de la libertad.
Fuentes consultadas
Alan MacLeod. From Lionel Messi, Kanye West to Taylor Swift: Celebrities are «Protected» By Israeli Security Teams. MintPress News. 2026.